Opinión

El amor de mi vida (Primera parte)

Baldot

18/01/2022 - 06:45

 

El amor de mi vida (Primera parte)
Obra del artista Uvaldo Torres (Baldot)

 

Cuando la conocí, apenas tenía 16 años. Recuerdo su cabello enroscado, hermoso, abundante, su sonrisa me cautivó de inmediato, me acechaban las ganas de abrazarla de inmediato, ella dentro de una tienda de esas que tenían ventanas elevadas que se sostenían con una varilla. Era una tienda de propiedad de su madre, quien no se encontraba aquel medio día que la conocí. Yo venía de un pueblo llamado Maicao, la Guajira, en compañía de uno de mis amigos para la época, veníamos tomando whisky escocés y pasando por Villanueva, su pueblo, el conductor del taxi nos recomendaría parar en aquella tienda en donde había una jovencita hermosa y no sé, quedaría corto, quedé perplejo, al verla me enamoré de inmediato.

El padre de mi amigo -que tenía un trabajo en un almacén que le había dejado su padre de herencia-, había fallecido en esos días y tomábamos casi a diario porque sentíamos mucho su partida, porque fue él quien nos enseñaría a trabajar con Topo quien tenía un gran almacén en Valledupar. Para no distraerme más con el hallazgo de esa linda chica Villanuevera, mi amigo le dio la tarjeta de su almacén y ella la tomó con aquella sonrisa que le caracterizaba, amplia de amabilidad, su piel de color clara me cautivó, pensé que con ella saldrían unos hijos capuchinos, sus ojos grandes color café simplemente hermosos, yo me quedé callado cuando mi amigo le dio la tarjeta, no tenía nada que dejarle, nunca he tenido nada que dejarle, sólo le dije que era boxeador y, por supuesto, que me había encantado. Sentí en mi pecho que latía y que ella también había sentido algo por aquel negrito.

Nos marchamos después de compramos unos refrescos y unas latas de cerveza, si más no recuerdo de venida charlábamos de lo hermosa que era y que esperaríamos que viniera al Valle y visitara el almacén de mi amigo, yo desde ese momento empecé a visitar el almacén, todos los días esperaba que ella de repente apareciera algún día, pero no llegó jamás. Mi amigo, en pocos meses quebró y vendió el almacén, y perdí toda la oportunidad de verla, el almacén cambió de dueño y de nombre y me regresé a Bogotá con lo del boxeo y mi amigo se marchó con lo que le quedó del dinero para un pueblo cerca del mar.  

Años después me encontré con el mismo conductor que me llevó a conocerla, al verlo me emocioné muchísimo, me alegré tanto como si me hubiese ganado la lotería, le pregunté por la chica y me dijo que ella vivía en Barranquilla, que estudiaba allá y que, cuando ella venía para vacaciones, él la recibía en el terminal de transporte y la llevaba a su casa de Villanueva, le rogué que le hablara de mí, que yo desde ese momento que la conocí no la había olvidado y que me fascinaba, que estaba loco por ella, él sonriendo me dijo: listo, boxeador, no te preocupes, yo le diré.

No sé por qué no fui a Villanueva a preguntar por ella, no sé qué me pasó, seguí mi vida, regresé a Bogotá y cada vez que veía al conductor le preguntaba y me decía que hace un mes la había traído al terminal para que regresara a Barranquilla y yo no sé por qué carajo no sacaba tiempo para ir a buscarla y me regresaba de nuevo a Bogotá, hasta que un día tuve problemas y no sé, me regresé a Valledupar. Ya habían pasado dos años y no dejaba de pensar en la chica Villanuevera, se había metido en mi corazón y se había quedado para siempre. Tenía un amigo en Valledupar que había conocido en Bogotá ya hace tiempo y nos habíamos convertido en amigos inseparables, tal vez estábamos en la edad fresca, época de los 20, de los amigos que se adoran y se quieren, aunque después de los 30 y tantos, acercándonos a los 40, cambiamos el corazón por dinero y no sé qué más hace cambiar. Lo cierto es que mi amigo Aponte, como lo llamábamos, era en ese momento mi escudero. Un domingo en el día, como suele pasar, me fui a refrescarme en ese paradisíaco río que tenía en mi pueblo que baja de la Sierra nevada, cristalino y tan frío como ella, como el río de Macondo del gran Gabo, un río frío que pasa sobre piedras, estatuas y vigilantes, y a lo largo de su caudal, piedras como huevos prehistóricos como lo cita Gabo en Macondo, estando ebrio me tiré al río con pantalones, billetera y el teléfono celular de la época, que era tan grande como un ladrillo. No me percaté y lo sumergí hasta dañarlo. Al día siguiente fue que me di cuenta al despertar que la pantalla y la batería de aquel teléfono estaban con agua, me fui a visitar un amigo para ver si me ayudaba con un destornillador a desarmarlos para revivir aquel teléfono, su local quedaba en los almacenes de repuesto, muy cerca de un sitio que le llaman el sector del boliche por ser un sector de repuestos, arreglos de carro y chatarras y hombres llenos de grasas por todos lados debajo de los autos en pleno anden sin importar por donde pasa el peatón y chiveras como le dicen de repuesto llenas de cualquier repuesto de carro robado, importado o desguazado. Cerca de ahí, hay un restaurante pequeño de comida criolla y mi amigo me invitó a desayunar porque era muy temprano; le dije “bueno, qué más da si allá preparan buena comida en ese chuzo”, y él me dijo señalando con sus dedos a una mujer de aquel lado de la calle que salía de otro restaurante pequeño, una mujer con jean corto de piernas y trasero grande, ésa es la que cocina, y le respondí: la vieja se ve bien, compadre, debe cocinar muy bien.

Aquella era una mujer como de unos 45 años, pero se veía bien de cuerpo, aquella mujer pasó justo la calle y vino hacia el otro restaurante que quedaba al lado de mi amigo, él la llamo: “Fulana, hágame el favor de llegar hasta el almacén de mi amigo”, ella sonrió y le contestó: a la orden, Jaime, refiriéndose a mi amigo. Él le respondió: ¿qué tienes de desayuno, Golla? La señora caminando hacia el local del lado, dijo “Mi hija te dirá, ya te la envío”. Se acercaba una joven de cabellos cortos, vestía una camiseta de cuadritos pequeños de color verde y de líneas claras, de piel clara, sonriente, me quedé mirándola y me quedé callado, mi amigo le hizo el pedido, recuerdo que él se dirigió a mí y me dijo con ensalada y yo le respondí: sí, con ensalada, sin saber qué había pedido. Pasaron unos minutos y regresó la joven de nuevo con su camisa de cuadros muy pequeños de tallas clara de colores verdes claro y me trajo una bandeja con carne asada y una ensalada. De inmediato tomé el cubierto separando el tomate de la ensalada, me di cuenta que tenía un pequeño cuerpo extraño y que no era propio de la ensalada y de inmediato le reclamé a la jovencita: “Nena, esta ensalada no le lavaron bien el tomate, porfa que lo laven” a la joven se le notó que no le había caído nada bien, seguía mirándola queriendo recordar dónde la había visto, algo le decía a mi pecho que la conocía, no recordaba, su sonrisa me recordaba a alguien pero no, estaba más enfrascado en ser grotesco con la ensalada y con la dama. Recuerdo que, al final, me hablaría la mamá, que muy decente me llevó el desayuno, tenía un don de convencer y me comí aquel desayuno sin hablar porque después que lo probé le dije a mi amigo el anfitrión, que la vieja aparte de quedarle vácanos los mochos, cocina riquísimo, la joven como que le caí mal que escuché “Vea, mamá, vaya usted misma y atienda a un negro feo que está donde el señor Jaime, que lo están invitando y es más pretencioso, ahora disque la ensalada está mal lavada, atiéndalo usted”. Añadiría la joven de la camisa de cuadros verdes: uff, qué hombre tan cansón. Me marché de ese lugar sin recordar dónde diablos la había conocido.

Un día normal, quizás un viernes o talvez un sábado me fui a visitar mi amigo Aponte, me comentó que había una joven muchacha hermosa en el sector del boliche muy cerca al almacén de mi amigo Jaime. Mi amigo Aponte me insistía que la fuera a conocer que yo era el hombre que podía meterle conversación a la preciosa dama que era la más hermosa del sector y que todos los mecánicos o el que iba a arreglar el carro la conocía y le gustaba de una, tanto que querían pretenderla. Mi amigo era uno de esos que no se atrevía a decirle nada. Aponte que me conocía desde Bogotá y sabía lo sagaz que era para enamorar cualquier mujer -porque cuando estábamos en Bogotá yo era un vago conquistador que levantaba a la vez amigas de mis conquistas para presentárselas a mis amigos-, le dije: bueno, Aponte, vamos a ver cuál es la bulla, llévame a conocer tal belleza. Nos montamos en la Toyota de color amarillo mostaza que era de su papá y que se lo soltaba los fines de semana en especial para que lo llevara a arreglarle los frenos donde el mono boster como se llamaba su mecánico, llegamos diagonal dónde arreglaban el campero, había un pequeño quiosco claro, recuerdo que él detuvo el carro pa’ que yo me bajara frente de la joven muchacha, apenas que la vi quedé anonadado, en shock, la miré dentro de ese quiosco de lata y ella me sonrió y mi mente se fue a Villanueva y ella al escucharme decir que yo era boxeador se le vino a su mente también y me dijo: yo a ti te conozco, tú eres el boxeador, y yo le dije: “nena, ¿tú eres la de Villanueva? Te encontré, gracias, Dios”. Casi que babeando le dije: tú eres la chica de la tienda que conocí hace dos años en Villanueva, te busqué y te encontré. La tomé de la mano, le di una vuelta, ella vestía un traje corto, al darle la vuelta le vi su cuerpo, sus piernas hermosas, de grandes pompis, ella sonreía y yo fascinado de encontrarla, sólo se me salió de mi boca que yo vivía en Miami que me la llevaría a vivir allí y que le daría un apartamento con tal que fuese mi novia, recuerdo que tenía una tarjeta que alguien le había dejado -al igual que el día que la conocí le había dejado una con mi amigo-, pero esta vez se la quité de sus manos, le pedí un lapicero y rayé el número de aquel tal abogado dejándole escrito el mío y que si me llamaba o me escribía un mensaje en mi teléfono sería su novio para siempre y que dejaría cualquier novia que yo tuviera en ese momento. Sí, porque tenía una novias que no le llegaban al tobillo ni en sueños a esa hermosa mujer y para su sorpresa, yo era aquel negro feo que había molestado por el sucio tomate de aquella ensalada y yo no reconocí a la chica de la camisa de cuadros pequeños de color verde.

Me fui, marché porque la había encontrado, ya no tenía el cabello ondulado, tal vez no era tan bonita como cuando la conocí, pero me había enamorado y eso me bastaba. Pasaron los días y yo tenía un compromiso con una de las novias feas que tenía de llevarla a la ciudad de hierro, aquella novia era la preferida de mi madre porque se parecía un poco a mis hermanas y una que otra tía por parte de mi padre, bueno yo me sentía bien con ella era una chica divertida, estudiaba, en fin, tampoco era una fea que espantaba. Vicky, recuerdo su nombre, estaba en las filas para entrar a la ciudad de hierro en compañía de mis dos hijos, si mis hijos, que no eran los de la novia, eran míos con la primera mujer, pero no vivía con ella, ni nunca viví, se los hice y punto. Estando en la fila para entrar sonó mi  teléfono celular, de aquel lado escuché la voz de una princesa, “soy yo”, era ella, la mujer que yo había estado esperando toda mi vida para que me llamara y me llamó, le pregunté que si podíamos vernos y, de inmediato, me respondió que sí, me dio su dirección y le pedí el favor a Vicky que no nos demoráramos en la ciudad de hierro por mucho tiempo. Había comprado boletos para que se subieran mis hijos a todos los juegos y solo nos gastamos la mitad, me los llevé de inmediato a casa de mi madre porque era ella la que me los cuidaba, se los había quitado a su madre biológica hace muchos años cuando apenas eran unos bebés. Me fui de inmediato a la casa de mi amor y, desde ese momento en que ella me llamó, ocupó por completo mi espacio, ella me dijo que la valorara, que la respetara, me enamoré tanto de aquella preciosa mujer que de inmediato regresé a boxeo y me puse en forma.  

Un día, supimos que íbamos a ser padres, no hallaba donde poner mi alegría, era tan grande, imaginar a la hija del amor de mi vida, la mujer que le había pedido a Dios en oración y que por mi preexistencia la había conseguido. Nuestra primera hija nos llenó por completo de felicidad, el tiempo pasó tan rápido sobre nuestras caras que ella nuca me preguntó que por qué no había regresado a Miami y que dónde está el apartamento que le prometí, tal vez ella supo aquella vez que solo era una mentira para conquistarla y ella aceptó esa mentira por amor tal vez o porque le gusté. Me acompañaba siempre al gimnasio de boxeo, me apoyaba en esa dura carrera, soportaba mis olores a sudor, a cuero mojado cuando venía de entrenar. Un día se me escapó un pedo, vulgarmente (peo), se me salió mientras me hacía pedicura, recuerdo que aún estaba recién y ella pensó: “Que liso este man peándome así tan rápido” y le dije “Anda, mamita, qué pena se me salió”, y se me siguió saliendo me hasta los 22 años que he vivido con ella. Cuando estaba en embarazo le compré un perro labrador para que la acompañara porque yo paraba siempre afuera, trabajando y viajando. Al nacer Paula, nuestra primera hija, marcó el camino definitivamente, nuestra bebé nació con restos de audición muy bajos, eso fortaleció más nuestro amor, fuimos a muchos lugares a buscar soluciones.  

Este amor que conoció mis triunfos en el boxeo y mis derrotas, por ella comencé una nueva vida, de comerciante, viajaba al vecino país bolivariano y regresaba cargado de comida y ropas para la venta, de noche venía lleno de mercancías, en caminos peligrosos, de asaltantes, igual que aquel camino que vivió mi madre cuando viajaba también a aquel país vecino y bolivariano como el nuestro. Sólo la energía de mi compañera me bastaba para luchar, apenas llegaba me quería venir, pero el anhelo y el pensamiento siempre de darle un hogar propio, me hizo mirar otros horizontes porque el hombre cambia a medida que pasan los años y las ganancias empezaron a salir y con ellas volvió mi embriaguez de los fines de semana, aquel amigo que me ayudó a encontrarla, ese mismo me ayudaba a embarrarlas invitándome al licor, a los bares de mujeres públicas, amplias para el amor sin amor y mi amor de verdad empezaría a vivir una vida que nunca le prometí, a veces uno como hombre se deja dominar por los amigos y yo soy uno de esos que muy fácil cae, un machista patán mujeriego.

Cuando nuestra tercera princesa nació, casi me mato accidentándome en un carro que volví chatarra  y mi amor, mi villanuevera siempre ahí como el amigo famoso del gran Diomedes Díaz, pero como Dios me ha hecho siempre un hombre fuerte me fui de nuevo a esos caminos de trabajo de contrabandistas y superé de nuevo su confianza, pero no por mucho tiempo, de nuevo me fui a esas tierras bolivarianas y ella sufría de nuevo, yo solo le pedía perdón y ella ahí, claro tal vez no me dejaba porque las niñas estaban chicas, así como crecían mis niñas, así crecía poco a poco mi vagabundería, a pesar de que soy el hombre más responsable del universo en el hogar, nunca he comprendido porque soy así si ella era todo en mi vida entera, tal vez lo hacía para alardear con los amigos de mi pueblo, que creemos que podemos hacerle sexo a todas las mujeres del mundo y nuestras mujeres no se dan cuenta porque creemos que por tenerles ropa y barriga llena ellas no sienten y no solo nosotros los costeños, sino también las personas del interior al pisar estos pueblos costeños. 

Llegó el día que explotó mi globo tal como lo cita el poeta Neruda: “No hagas con el amor lo que hace un niño con su globo, que al tenerlo lo ignora y al perderlo lo llora”. La mujer que creía que se aguantaría todo de mí, un día que me fui del pueblo, ese pueblo dónde deambulé en calles del pasado y que al regresar a mi casa la encontré sola sin ella, tal vez dejaría de quererme y yo ayudé con mi prepotencia, mi egocentrismo y mis cagadas, embarradas, porque me creía Don verga, Don Falo, como decimos en el Caribe y ahora vivo sin el amor de mi vida.  

En este aposento vacío, frío vivo yo, en una cama muerta, sonámbulo, sin sueño, tú aliento no está, mi energía menos está, vivo porque respiro, mi madre que se llevó mis lágrimas con su muerte, así es mi sufrimiento sin ti, perdóname paloma herida por mi rebeldía. 

No sé si pedirle perdón o que me odie tal vez, pero esto que me pasa a mí tal vez lo merezco, quizás me perdone, me queda esperar que vuelva el tesoro que perdí.  

“Mis hijas, tuyas, tuyas más que mías, perdóname, paloma herida.” 

Esta historia continuará en ‘‘Le vendí mi obra al diablo’’ 

 

Baldot

Sobre el autor

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Fintas literarias

Uvaldo Torres Rodríguez. “Baldot”. Artista que expresa su vida, su historia, sus sueños a través del lienzo, plasmando su raza, lo tribal, lo ancestral, y deformando la forma en la búsqueda de un nuevo concepto. Redacta su vida a través de la pintura, sus fintas literarias las escribe con guantes de boxeo. Con amor al arte y a la literatura desde niño.

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