Opinión

Aquellos polvos de cuatro patas

Baldot

05/04/2022 - 05:15

 

Aquellos polvos de cuatro patas
Obra del artista Uvaldo Torres (Baldot)

 

El niño se hizo adolescente enfrentándose a su pubertad. Los días en que llega la Manuela, son todos los días. Manuela le abría las puertas a la felicidad y a la libertad de las testosteronas y lo que se atravesara, hasta una ternera.

Mi primer amor, fue la hija de mi buen amigo Pomponio, aquel toro pardo suizo que, desde pequeño, lo vi crecer. ¿Quién pensaría que se convertiría en mi suegro? Lucía, aquella ternera con su vulva calientica, me hacía sentir que levitaba hasta que creció, haciéndose una vaca. Una vez en el corral me dio tremenda patada que me dejó privado y lleno de estiércol. Desde entonces, supe que uno de los novillos la pretendía. Lucía orinaba al novillo cuando su nariz yacía metida dentro de aquella cascada de orina, la cual salía de la vulva de color rosado. Cuando la vi, supe de inmediato que la había perdido. Eso me pasó en muchas vacaciones en la finca San Carlos.

Para ese entonces salía todas las mañanas con una machetilla dentro de mi pantalón a limpiar unos cuantos jardines en el barrio de los riquillos; caminaba vigilante de las casas que tenían los jardines llenos de maleza. Preguntaba si querían que les arreglara sus jardines, algunos decían que sí, otros que no. Yo tenía mi machete bien afilado, guardado dentro de mi pantalón, no sé cómo no me cortaba. Cuando empezaba a darle machete a esos jardines, iba con premura para hacer un par al día. No descansaba porque mi meta era llegar con plata a mi casa para que alcanzara para mi mamá y un poco para mí. Me gustaba dejarlos perfectamente arreglados y alineados. Medía el arreglo en los jardines con el machete y al ojo, sentado analizaba para ver si estaba derecho, sólo con el machete estirado me daba cuenta de las hojas o ramas que sobresalían. Si el corte quedaba torcido, lo arreglaba.

Recuerdo que un día, casi terminando los jardines, después de haber trabajado toda la mañana bajo el sol radiante de 38 grados, tal vez 40 grados, vi que sobresalía distorsionada la línea del borde de aquel jardín, le tiré el machetazo, con tan mala suerte que reventé el tubo del agua y aquello fue una fuente al instante. Sentí tanto miedo que me fui de inmediato sin importar que no me pagarán, tal vez el daño no era tan grave y se podía reparar de una vez, pero me acobardé y me fui sin cobrar.

Con el dinero que ganaba cortando los jardines ayudaba a mi madre, iba al colegio por las mañanas, mis profesores eran increíbles. Mis amigos de la escuela popular del barrio y yo, éramos felices como las lombrices. En la escuela, un día a un compañero le metí el pie cuando pasó corriendo cerca de mí y cayó de lado, el codo lo tenía salido y de inmediato los demás niños empezaron a correr hacia la rectoría. El amigo del brazo solo lloraba, me le acerqué a pedirle disculpas y, de inmediato, le tomé el brazo y de un solo tirón se lo puse en su puesto. Cuando llegó la rectora, ya su brazo estaba normal y no tenía motivos para que me expulsaran. La directora me tomó por los pelos de las patillas y me estiró tanto que casi me arrancó el pellejo, mientras expresaba: " ¡pela’o del carajo! ¡Deja de hacer tanta travesura! ¡Torres, arrodíllate en el medio de la plazoleta con un pupitre en la cabeza todo lo que resta del recreo!“

Todos los compañeros se burlaban, algunos se quedaban sorprendidos del castigo en aquella escuela, hasta nos daban unos cocotazos, jalones de oreja y reglazos a cada rato por no saber las tablas.

Recuerdo que un día de evaluaciones de fin de año, en la materia de Ciencias naturales, nos hicieron unas preguntas. Teníamos que ordenar los vegetales dentro del salón y nos mirábamos entre estudiantes como queriendo copiarnos. Eran unas preguntas muy sencillas, pero mi hermanito Anselmo solo se rascaba la cabeza sin saber qué responder. Cuando ya terminaron las clases, le dije: “Ajá, manito, ¿qué tal te fue en las respuestas?”. Me dijo: “Bien, manito, en las respuestas de las verduras coloqué chorizo, butifarra, morcilla...”.

Le dije: ¡qué vaina! Sacarás un 1.0 porque esas no son verduras!

Nos escapábamos a veces de clases para irnos al río a bañarnos y mi madre se daba cuenta porque llegaba de color morado de tanta agua y sol. Comíamos guamas silvestres y cañandongas. Comíamos todas las frutas que estaban en la orilla del río y que fueran comestibles; parecíamos micos montados en los palos todo el día.

Ese mismo río me dejó un recuerdo en mis riñones. Me lancé desde un peñasco de más de 10 metros y caí de lado, sentí escupir todos mis órganos apenas caí, no podía moverme, le pedí a un amigo que me ayudara a salir del agua y, cuando llegué a tierra firme, no podía sostenerme, los talones me dolían con solo ponerme de pie. Mi madre solo me dio unas plantas medicinales y me dijo: ‘’Eso te servirá para los riñones’’. Recuerdo el té de hojas de barba de maíz y una semana duré sin poder afincar bien mis pies, me hacían mucha falta salir de aventuras con mis amigos. Muchas veces, de tanto caminar en los montes, mis sobacos mantenían el olor del grajo como le decimos a la pestilencia que teníamos en esta edad debajo del brazo. Un día, en uno de los montes dónde frecuentábamos, éramos como 8 jóvenes del barrio donde nací y nos encontrábamos con un enjambre de abejas que alborotamos para robarle la miel y salieron disparadas a picar a todos los muchachos y creo que a mí por el olor que tenía en mis axilas no me atacaron, luego se acercaban y salían detrás a picar a los demás amigos.

A veces, nos encontrábamos con parejas en los ríos, teniendo sexo en el suelo pelao’. Muchas veces con almohadas de los mismos árboles. Mis amigos no podían ver una pollina porque la amarraban y todos en filas india, la montaban. Recuerdo que nunca pude estar con una burra porque siempre era el último por ser el menor y, cuando veía aquella vagina de la pollina que le chorreaba semen por litros, les decía a los compañeros que sí alguien le enjuagaba la cuca de la burra, me la follaba, todos se reían y la soltaban y solo veía irse mi polvo en 4 patas, perderse entre la maleza.

Mi hermano mayor, mis dos hermanas menores, estudiábamos en la misma escuela. Mi madre nos daba un peso y comíamos en la escuela, recuerdo aquella felicidad, apenas tocaban para el recreo o la hora de comer, se formaban colas con los innumerables niños felices con hambre, un plato que tenía como 4 compartimientos en uno la ensalada, el otro las lentejas y la sopa, unas bolitas de carne tan redondas como las que hacen los escarabajos con las heces de los animales.

También recuerdo cómo, a veces, cuando llegaban unos cachacos del interior que vendían fritangas, vivían pensando en comer eso y fue lo que se le había quedado en su mente…

 

Continuará en mi libro “Le vendí mi obra al diablo”.

 

Baldot

Sobre el autor

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Fintas literarias

Uvaldo Torres Rodríguez. “Baldot”. Artista que expresa su vida, su historia, sus sueños a través del lienzo, plasmando su raza, lo tribal, lo ancestral, y deformando la forma en la búsqueda de un nuevo concepto. Redacta su vida a través de la pintura, sus fintas literarias las escribe con guantes de boxeo. Con amor al arte y a la literatura desde niño.

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