Opinión

Hígado encebollado

Luis Carlos Guerra Ávila

31/10/2022 - 04:40

 

Hígado encebollado

 

La vida es un baile, donde todo el mundo da vueltas, decía el maestro Diomedes Díaz, y creo tenía razón, pues cada individuo es dueño de su destino y cada quien va formando un modelo, que se va sujetando, ya sea al estilo de una sociedad exigente o simplemente vivirla de tal modo que lo que hacemos, nos permita tener acceso a las necesidades del mundo. Un mundo cambiante en tecnología, economía, y de nuevas oportunidades en diferentes ámbitos, pues cada forma de vivir, nos exige más ingresos y es difícil afrontar las necesidades cuando no se tiene algo concreto o cuando nuestras fuentes económicas dependen de nosotros mismos o a lo que llamamos, independientes.

Pues bien, fui absorbido, por esa modalidad cambiante, si es que se puede catalogar así. Después de trabajar durante mucho tiempo en una entidad bancaria, duré en unas vacaciones forzosas más de un año pensando qué hacer, qué trabajo o qué actividad emprendería y decidí comprar un camioncito de tres toneladas para ponerme a trabajar en él con productos de la canasta familiar, así empezó mi nueva actividad laboral independiente. Me fui para donde un amigo en el mercado público de Plato (Magdalena), para que me asesorara en el negocio, a lo que inmediatamente se puso a la orden y por casualidad de la vida estaba un señor proponiéndole una ahuyama. Enseguida me llamó y me dijo: “Luis Carlos, llévate esta ahuyama para Valledupar, son sesenta bultos, él, la coloca a seis mil pesos bulto en la parcela. Vas, la cargas y le pagas cuando vengas”. “¡Magnifico!”, le dije. “¡Eso sí!”, me volvió a decir. “Cárgala esta misma tarde, y tienes que estar en el mercado a la tres de la mañana, que eso se vende es temprano”. Esa misma tarde cargué los sesenta bultos de ahuyama y me fui a dormir a Valledupar, en mi primer negocio independiente, a explorar una nueva actividad de la economía cambiante.

A las tres de la mañana, estaba parqueado en el mercado de Valledupar, siguiendo las recomendaciones de mi asesor mercantil, alcé la mirada y vi que había tres camiones cuadrados con unas ahuyamas tres veces más grandes que las mías, y que la gente hacía cola para comprarlas. En el momento, me decepcioné y me preocupé porque mi producto era más pequeño. Mis ahuyamas tenían el tamaño más o menos de dos aguacates y la de ellos el tamaño de una patilla grande. “No, qué pena”, pensé. “yo no voy a abrir el camioncito, si muestro el producto, se van a burlar de mi”.

Amaneció rápido y, tipo ocho de la mañana, llegó un muchacho que le decían “El Ñero”. “¿Qué tienes ahí, cacha?”, me preguntó y le dije: “ombe, baja la voz, traje una ahuyamita y me da pena mostrarla”. El muchacho se subió al camión y gritó: “¡Cacha! “si usted trajo fue oro…”.

Luego, se bajó y me dijo: “Yo se la vendo, el negocio es el siguiente, yo me llevo dos ahuyamas y las muestro a los clientes, las propongo y reparto y luego se cobra a las once de la mañana. Cuando ya hayan hecho algo de plata, vamos a pedir veinte mil pesos por bulto y usted me da a mí, quinientos pesos por cada uno vendido”. “¡Trato hecho!”, le dije. Con un fresquito que me corría por el cuerpo, la inversión se estaba salvando.

El “Ñero” se llevó las dos ahuyamas y se me perdió de vista entre la muchedumbre del mercado. No había transcurrido treinta minutos, cuando lo divisé nuevamente y venía como el Flautista de Hamelin, con varias personas siguiéndolo. Se subió al camión y comenzó a despachar los bultos. “Anote bien los nombres de las personas”, me dijo. Transcurrieron dos horas y ya había vendido treinta y cinco bultos, cuando de pronto llegó una camioneta y se cuadró al lado de nosotros “El Ñero”. Se me acercó y me susurró al oído: “ése es el ecónomo de Olímpica, pídales a veinticinco mil pesos bulto”. En efecto, el señor se me presentó, vio la ahuyama y me preguntó: “¿A cómo el bulto?”. “A veinticinco”, le contesté. “¿Cuántos quedan?”, me volvió a decir. “Bueno, quedan veinticinco bultos”, le dije. Enseguida me dijo: “tenga el valor de los 25 bultos”. “No venda más, échemelos en la camioneta”.

Para ser el primer negocio, ya tenía en mi poder un millón trescientos veinticinco mil pesos, y el gran secreto de mi ahuyama “Oro”, es que la ahuyama pequeña es de fácil comercio y no se pierde tanto cuando la parten, para venderla por libra o kilo. Eso yo lo ignoraba, era un comerciante principiante, cogiendo experiencia en ventas.

El comercio es dinámico. “Piensa qué puedes traer de allá, para acá”, me dijo mi asesor de mercadeo antes de venirme. Pues bien, comencé a caminar por el mercado para ver qué podría comprar para traer de regreso, y pasé por el pabellón de la cebolla, y pregunté “¿A cómo el bulto?” y me contestaron “A seis mil pesos, patrón”.

Antes de venirme yo había preguntado por el precio de la cebolla en Plato (Magdalena) y estaba a diez y ocho mil pesos el bulto, y en seguida saqué cuentas: cien bultos de cebolla a seis mil son seiscientos mil, vendo en millón ochocientos y me quedan millón doscientos mil de ganancias. Negocio redondo, me dije con cierta alegría del deber cumplido y la satisfacción de haber acertado en el negocio. A las seis de la tarde regresaba al municipio de Plato, con cien bultos de cebolla.

Salí muy temprano con mi cebolla para venderla de tienda en tienda. Era mi primer negocio como independiente. Estaciono la camioneta, me bajo, sigo al negocio y, cuando le voy a decir al tendero que llevo cebolla para la venta, entro en pleno pánico escénico de vendedor sin experiencia. No di para pronunciar palabra alguna y pedí una gaseosa, regreso al carro y el conductor que contraté para mi nuevo negocio toma un bulto de cebolla, lo coloca en el mostrador y le dice: “Cachaco, ¿llevamos cebolla?”. “¿A cómo?”, contesta. “A diez y ocho mil pesos”. “No, mijo. Esta mañana compré a doce mil”. Sí, así como lo leen: ese día vendimos diez bultos a doce mil pesos, en la mañana había entrado un camión y el precio se bajó y, además, Plato no era plaza para cien bultos de cebolla. Cuando llegué a mi casa, con noventa bultos de cebolla, comenzó a desbaratarse el castillo de naipes que había creado en mi mente, me tocó convertir la sala en bodega de cebolla y mi mujer no estaba muy contenta con esta propuesta de desordenarle la casa, pero al final aceptó con la responsabilidad, que, en pocos días, la desocupaba.

Un poco preocupado fui al mercado, con el fin de que mi asesor de mercadeo me ayudara a salir de la cebolla. Hizo varias llamadas a Sincelejo y le contestaron que la cebolla se había achichado y que el precio se encontraba por el suelo, por lo que me recomendó dejara pasar unos días. Después de haberme llamado la atención y decirme que debía haberle llamado, que ese negocio consistía en llamar y preguntar y meterse el día preciso, me dijo: “pagaste la novatada”, y creo, no fue sólo la novatada, también influyó querer ganar unos pesos de más, sin conocer el negocio.

Tres días después había un olor insoportable en la casa, mi esposa, bastante contrariada, me dijo que la cebolla se estaba pudriendo, que hiciera algo. Bueno, llamé a mi asesor y me mandó dos muchachos que limpiaron la cebolla, resulta que una cebolla mala daña las demás. Las limpiaron y los bultos venían de 25 libras, y el comercial es de veinte libras. Al empacar y pesar nuevamente salieron ciento diez bultos de cebolla, hubo que colocarles cuatro abanicos para que se conservaran y poder hacer que se mantuvieran en ambiente. Quedé más preocupado aún, de noventa pasé a tener ciento diez bultos.

Diez días después me contrataron para hacer un viaje a Cartagena y vi la oportunidad de llevar la cebolla y venderla. Cargué los ciento diez bultos y salí para Cartagena, con la esperanza de poder vender la cebolla. “Ahora sí”, me dije. “Cartagena es grande y buena plaza”. Cuando me desocupé del viaje que me habían encomendado, me dirigí hacia el mercado y, cuando iba entrando a Bazurto, me llevé otra decepción: había más de quince camiones de cebolla cuadrados y a cinco mil pesos el bulto. Regresé nuevamente con la cebolla a Plato, ya no pensaba tanto en la cebolla, si no en mi mujer. Bueno, gracias a Dios, mi esposa tenía otra actitud, y me dijo: “bueno, preocúpate por recuperar la plata, no importa que la vendas al mismo precio de compra”. “Sí, yo también lo pensé”. Esa noche reflexioné sobre toda esa gente del campo que sale con sus productos y les toca a veces que regalarlos porque el mismo mercado se satura y se caen los precios, por lo menos yo tenía transporte propio, y los gastos eran mínimos.

Veinte días completé con la sala llena de cebolla y cuatro abanicos prendidos día y noche, y por esas cosas de la vida, llega a la casa una visita inesperada. Mi compadre Fernando Loaiza vivía en El Difícil, Magdalena, y tenía un depósito de víveres. Llegó como mandado de Dios a visitarme. Teníamos tiempo de no vernos y quiso pasar para saber de mí. Luego de estar charlando un buen rato en la terraza, se le dio por mirar para la sala y me dijo: “compadre, ¿y esa cebolla?”. Le dije: “Bueno, compadre. La tengo para negocio”. “Compadre, yo estoy necesitando ochenta bultos, los tengo encargados para los finqueros”. Me preguntó: “¿a cómo la tiene?”. “Compadrito, ofrézcame”, le dije. Volvió y me dijo: “Se la pago a doce mil el bulto”. “Compadrito, llévesela a diez mil, pero llévesela toda”, le dije. Luego de echar la cebolla en su camioneta, de nuevo me preguntó: “Compadre, ¿cuándo vuelve a traer cebolla?”. Me quedé mirándolo fijamente y le dije: “¡Más nunca!”.

Nosotros acostumbrábamos a ir a Valledupar constantemente, pues tanto mi señora como yo, tenemos familia allá, salíamos bien madrugado. Ese día después del negocio de la cebolla decidimos visitarlos, así fue como en Bosconia paramos a desayunar y, al pedir la carta, la mesera nos dijo: “Señor, solo hay hígado encebollado”, mi esposa e hijos me miraron y decidimos desayunar en Valledupar.

 

Luis Carlos Guerra Ávila, “El Tachi Guerra”

Sobre el autor

Luis Carlos Guerra Ávila

Luis Carlos Guerra Ávila

Magiriaimo Literario

Luis Carlos "El tachi" Guerra Avila nació en Codazzi, Cesar, un 09-04-62. Escritor, compositor y poeta. Entre sus obras tiene dos producciones musicales: "Auténtico", comercial, y "Misa vallenata", cristiana. Un poemario: "Nadie sabe que soy poeta". Varios ensayos y crónicas: "Origen de la música de acordeón”, “El ultimo juglar”, y análisis literarios de Juancho Polo Valencia, Doña Petra, Hijo de José Camilo, Hígado encebollado, entre otros. Actualmente se dedica a defender el río Magiriamo en Codazzi, como presidente de la Fundación Somos Codazzi y reside en Valledupar (Cesar).

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