Opinión

La cultura de las marchas

Diógenes Armando Pino Ávila

03/05/2024 - 05:25

 

La cultura de las marchas
Marchas del primero de mayo en Colombia / Foto: El País

 

Independientemente de las motivaciones, ideologías, odios, amores, reclamos, sátiras e indirectas que se cruzan en las marchas, es bueno anotar cómo ha ido cambiando la cultura de las mismas, cómo se modifica el comportamiento de las masas, cómo se morigera en algunos la agresividad y como se exacerba en otros, cómo algunos marchan sabiendo por qué lo hacen y cómo marchan algunos sin saberlo.

El observar las marchas de abril me llevaron a evocar los años 70 en que cursaba el bachillerato, donde los estudiantes nos dividíamos por partidos, por tendencias e ideologías entre el PC (Partido Comunista), el PC(ML) al que se mencionaba con el mote de La ecuación (Partido Comunista Marxista Leninista), El MOIR apodado Morir, Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario), El M19 apodado Los Mecánicos (Movimiento 19 de Abril), en fin era un mosaico de partidos, grupos y subgrupos que buscaban la liberación de Colombia, algunos con las armas y otros con la retórica.

Al interior de este mosaico ideológico, se movían movimientos y tendencias guerrilleras, los epelinos, los farianos, los mecánicos, los elenos, se hablaba de Fidel, Mao, Lenin, Marx, Engels, Trotsky, Enver Hoxha, Ho Chi Minh y otros muy populares, criticados, proscritos en ese momento. La cultura que se daba era la de la lectura, la del estudio, la de la preparación intelectual para compaginar la combatividad estudiantil con un discurso de coherencia de acuerdo a la ideología, militancia o simpatía del estudiante. Por ello leíamos a Nikitin, Marx, Engels, Bakunin, Molano, Fals, Neruda, Gabo, y otros escritores e intelectuales afines a la temática desde su disciplina escritural.

Era la época de los mítines, de los paros, de las huelgas estudiantiles, era la época de los círculos de estudio en la semi clandestinidad, era el momento de la información compartimentada, de las reuniones conspirativas, de las pintas o citas para rayar muros con consignas bajo la oscuridad de la noche. Fue la época en que imperaba “la filosofía de la piedra”, el momento de tomar las calles y plazas, siguiendo unas instrucciones dadas desde una cúpula desconocida que marcaba la agenda a seguir.

Fue la era de las eternas discusiones sobre quiénes eran la vanguardia, si la clase obrera y la retaguardia el campesinado como decía la tendencia marxista, o a la inversa como preconizaban los maoístas. Las marchas se median por el nivel de combatividad, en ese entonces quería decir cuánta piedra se le lanzaba a la fuerza pública, y cuánto garrote daba la policía, cuántos detenidos, cuántos aporreados, fueron las marchas de los pañuelos llenos de orines para resistir la gaseada, la de las bombas panfletarias que lanzaban propagandas sin herir a nadie.

El paso del tiempo ha ido cambiando la cultura de las marchas, todavía subsiste el modelo de los 70 en algunos campus universitarios, los bachilleres, ya no marchan, no protestan, los maestros cambiaron su discurso, ya no se estudia historia y la filosofía es más la lectura de la biografía de los filósofos que el pensamiento de esos pensadores, la lectura sociológica está proscrita en el salón de clases.

Las marchas pacíficas de la izquierda se volvieron un imperativo, la cual era, hasta hace dos años, mancillada por el vandalismo que implantaban las fuerzas del Estado y que, por contagio, eran secundadas por algunos jóvenes que se contagiaban de violencia. Las marchas de ahora son signadas de diferentes maneras: se marcha en paz, sin vandalismo, pero hay que reconocer que la marcha de la derecha y la ultraderecha, a pesar de tener una apariencia pacífica fue marcada por esa violencia simbólica de ataúdes, de pedir muerte, de la desinformación y el odio manifiesto de los altos dirigentes de la derecha y ultraderecha que huérfanos de poder vierten consignas venenosas incitando a una revuelta para derrocar lo que en democracia fue electo. También se nota la ignorancia supina, rayana en la estupidez de algunos marchantes que por su vestimenta y expresión demuestran sus humildes orígenes los que tratando de explicar erráticamente por qué marchan hacen el ridículo.

En contraste con la marcha última, la de la izquierda, la de los trabajadores que ordenada y entusiastamente realizaron sin violencias, sin ataúdes, con consignas de vida y esperanza y con la connotación político-social que, por primera vez en la historia colombiana, un presidente marcha al lado de los trabajadores. Sí, la cultura de las marchas ha cambiado, parece que la antigua violencia izquierdosa pasó a ser propiedad de la derecha y ultraderecha del país y la izquierda se apropia de un discurso fresco, informado y lleno de esperanza. Colombia merece este cambio, necesita este cambio para que podamos vivir y producir en paz.

 

Diógenes Armando Pino Ávila

Sobre el autor

Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila

Caletreando

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

@AvilaDiogenes

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