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Pedro Rizo: Historia de un callejón

Benjamin Casadiego

26/06/2013 - 11:50

 

Callejón Pedro Rizo en Valledupar / Foto: Benjamin Casadiego“Este es el callejón de Pedro Rizo”, dijo el escritor Luis Barros Pavajeau, mientras me guiaba para una serie de fotografías desde el sector comercial de Cinco Esquinas hasta el Balcón de las Maestre en la Plaza Alfonso López de Valledupar. “No puede ser. A Pedro Rizo lo conozco –comenté extrañado–. Él vive en Ocaña, somos vecinos”. Cuatro días después me choqué de frente con el callejón: iba cruzando la plaza 29 de mayo en Ocaña.

El callejón, y su extensión, es un denso fluir de sacudidas, un aire de fronteras difusas, prestas al juego, entre la luz y la sordidez espesa, entre la transparencia y lo oscuro: su inicio es un estrecho pasaje, con empalizadas cubiertas de mallas y plásticos para amortiguar el sol, armarios de vidrio exhiben zapatillas, bolsos y joyas de plástico; vestidos de colores cuelgan del techo, camisas resbalan de endebles soportes; artesanía, bisutería, un baúl se abre como un tesoro de cuentos árabes o historias de corsarios distraídos.

Luego, el sol se extiende, las ropas y colgandejos dan paso a piñas, manzanas, guineos, mandarinas, jugos; huele también a fritangas, hay gritos, equipos de sonido estridentes; los árboles desaparecen y el sol aplasta el barro revuelto de aceite y gasolina, no hay andenes, talleres de carros y de motos. Luego las mecedoras, estrechos zaguanes: tristes prostitutas se aplastan a la sombra; al fondo, oscuros antros con vallenatos a todo volumen: un hombre solitario mira su cerveza. La frontera se abre hacia almacenes de repuestos, luego la calle se tropieza con un muro de ladrillo ennegrecido: hombres de sucios monos caquis me observan con descuido. Bordeo el muro, salgo de allí, el espacio se ilumina, estoy en otra “vocación”. Ese edificio de ladrillo desnudo era una harinera en los años cincuenta del siglo XX, me dicen los vecinos.

Es decir, los años en que Pedro Rizo tenía su negocio en el extremo de la calle, en donde comencé mi recorrido esa mañana de brisas en el corazón comercial de Valledupar.  Pedro no podría saber que su nombre terminaría convertido en un callejón simplemente por haber venido a dar con sus huesos desde Ocaña a ese lugar vacío y sin nombre.

“Estuve en tu Callejón” le dije a Pedro Rizo en Ocaña y los afanes que llevaba se aquietaron al pie de la Columna de los Esclavos: “¿Estuviste allí?” Clic. La película de su pasado había comenzado a rodar. La palabra se volvió  abanico de la memoria: la huida de Ocaña por la violencia del 48, el viaje de la familia a Barranquilla en un Super Constellation de dos pisos de la aerolínea Avianca que salía de la pista sin asfaltar del aeropuerto Hacaritama, cerca de Aguachica, el vuelo siguiendo la línea azul verdosa del río Magdalena; la infancia en el Valle cuando salían a vacaciones del colegio en Barranquilla; el nuevo vecindario, pobre pero con dinero, los inolvidables 9 años cuando correteaba por el callejón, los juguetes electrónicos que un Niño Dios contrabandista le traía desde la Guajira (aún los tiene y funcionan), la hermosa iglesia del Santo Ecce Homo. La nostalgia.

¿Podemos sentarnos a hablar de todo esto? Le dije. Concertamos una reunión en su casa paterna.

Era mediados de octubre y a partir de allí comenzamos a postergar la cita; en noviembre regresé a Valledupar. Mostré la foto del callejón a la gente, como quien busca una historia perdida en el tiempo. Supe que todo el mundo en Valledupar conocía el Callejón con su nombre de pila, lo había caminado y pedido rebaja por algo. Luego pregunté si sabían quién era Pedro Rizo. Un historiador lo definió como un comerciante llegado de Río de Oro. El resto de los entrevistados se lo imaginaron como un tipo importante de Valledupar: un prócer, un poeta, un político. Los oficios, uno supone, indicados para terminar aplastados por una calle.

¿Sabía alguien en Ocaña que había un callejón en Valledupar con el nombre de Pedro Rizo? Una sola persona de los entrevistados dio los datos correctos y, además, dijo por qué se le llamaba así, los demás relacionaron el nombre con el de un profesor universitario. “Es de los Rizo de las Llanadas”, dijeron algunos. Otros soltaron la risa. Concluí que todos en Valledupar saben dónde queda el Callejón pero desconocen quién fue Pedro Rizo; a su vez, todos en Ocaña saben quién es Pedro Rizo pero no se imaginan un callejón con ese nombre. Haría falta un encuentro entre estudiantes de Ocaña y Valledupar para que cada grupo contara la otra parte que le hacía falta al relato. Se aprendería mucho de historia, de diseño urbanístico, de geografía, de economía y de la violencia en ese intercambio.

Pedro Rizo y su mamá Milena De la Rosa / Foto: Benjamin CasadiegoA mediados de febrero, cuatro meses después de haber planeado la cita, logré reunir a Pedro Rizo, un biólogo jubilado de la universidad Francisco de Paula Santander, con su mamá, Milena De la Rosa, una tranquila octogenaria, lúcida y vital que se ganó la vida como modista de lujo cuando los negocios familiares fracasaron en Barranquilla. La casa de ellos está ubicada en una calle céntrica, bulliciosa, tradicionalmente comercial, donde no es posible adivinar que adentro, tras las gruesas paredes de tapia pisada, habita la tranquilidad de una tarde silenciosa. En la sala cuelga una foto en sepia de Enrique Rizo el papá de Pedro, el hombre del callejón. La imagen nos muestra a un joven cercano a los 25 años, de incipiente bigote, cuello de pajarita, corbata y una actitud resuelta mirando hacia un lugar indeterminado. “Un abanderado liberal de la guerra de los Mil Días que luego se hizo comerciante” -relata Milena y luego, al sentarnos dice-: “Pero ese es otro tema, ¿no? El tema de tu visita es Pedro, mi cuñado”.

¿Quién fue Pedro Rizo, el hombre del Callejón?, les pregunto entonces.

“Es la década del cincuenta. Mi tío –dijo Pedro-, es un comerciante de café. Te podés imaginar el escenario. Bajaba café de la Sierra y lo llevaba al interior del país”

“También lo contrabandeaban a Aruba”, señala doña Milena.

De Maicao y de Aruba Pedro, y su hermano Carlos, hacían trueques de café por Whisky, Manzanas importadas, sardinas, peras, galletas, duraznos, cigarrillos Marlboro, Lucky Strike, Kent. Lo vendían todo en esa calle.

“La calle era una callejuela polvorienta rodeada de monte y potreros. Mi tío Pedro tenía allí un almacén de calzado y una bodega donde vendía romanas, sacos de fique, almacenaba y comercializaba café, maíz, arroz.”, dijo Pedro.

Cuando no estaba metido por la trocha llevando y trayendo mercancía de contrabando, Pedro Rizo pasaba las tardes son sus socios. Se sentaban a la sombra de los cañahuates en medio de esa calle desolada que tenía apenas cinco casas mal hechas, bebían, bromeaban, hacían cuentas, jugaban dominó, los asientos eran las cajas de cedro donde venía el whisky White Horse. Desde cualquier sitio se les podía ver en ese descampado, las siluetas recortadas contra el horizonte encendido. Poco a poco, esa rutina se volvió un referente para el encuentro: “Nos vemos donde Pedro Rizo”, comenzó a decir la gente. Así nacen las huellas urbanas.

“Valledupar era un pueblo de calles destapadas y amorfas –dijo Pedro-, el ochenta por ciento de las casas eran de barro y techo de palma, Cinco Esquinas era un tierrero rodeado de unas cuantas manzanas; lo que es hoy el Banco de la República era un inmenso potrero; había una plaza pobre, y una sociedad, de hacendados y ganaderos, excluyente. En el Club Valledupar colgaba a la entrada un letrero que decía: Se prohíbe la música de acordeón”.

Antes de que ese mapa amorfo fuera lo que es hoy, un trazado pujante y vivo con una marca ciudad y sello de exportación representado en los mismos cantos que en un tiempo las misma sociedad desdeñó, antes de que su tejido urbano volcara y revolcara esos potreros con espíritu de calles y callejuelas y la ciudad se convirtiera en una de las más bellas del país, con sus amplias calles a la sombra de mangos generosos, antes de todo eso, llegaron unos colonos a levantar sus toldos con el miedo de la muerte marcado en sus rostros.

El callejón es entonces el revés de una historia nacida de la violencia, el desarraigo, el comenzar de cero y de hacerle el quite al destino.  Es la otra narración, un poco dejada aparte ante los grandes acontecimientos que llenaban los titulares de la prensa: la de la solidaridad, las puertas abiertas, el emprendimiento. La ciudad acogió a esos desplazados. Según el historiador James Henderson, en Colombia los estudiosos se concentraron en la política y la violencia dejando a un lado el desarrollo socioeconómico que tuvo lugar entre la década del 40 y del 50. ¿Tiene esta afirmación algo que ver con aquellos abandonados de la guerra, que llegaron de Santander y Norte de Santander, montaron negocios e imaginaron sin gran diseño, pero con terquedad, otro país para sus familias? El callejón es una paradoja, una salida donde no la había, una señal.

A mediados del siglo XX, Pedro Rizo era un hombre que andaba por los 30 años, de contextura mediana, calva incipiente y ojos afables que brillaban como los de un felino para anticipar las oportunidades, un comerciante llegado del frío y de la niebla, que al atardecer veía extenderse su sombra más allá de los potreros que iban hasta el límite de su historia.

¿Cuándo se fue Pedro Rizo del callejón?, pregunté dos horas después.

“Todavía no se ha ido -respondió Pedro Rizo sin metáforas-. Allí está”.

 

Benjamin Casadiegos

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