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El odontólogo alemán Gunther Hoffman

Arnoldo Mestre Arzuaga

04/11/2013 - 08:00

 

Al terminar la primera guerra mundial en 1918, muchos alemanes inician el éxodo hacia América buscando un mejor mañana para ellos y su familia, huyendo de la traumática posguerra. Muchos encontraron albergue en países de Sur América, entre ellos Colombia.

Nuestra región no fue ajena a la llegada de estos emigrantes, de los cuales muchos fijaron aquí su residencia, como es el caso del personaje que nos ocupa: Gunther Hoffmann. Este odontólogo alemán se ganó el aprecio de las mejores familias de la ciudad, es por eso que Don Celso Castro Baute y su esposa Doña Anita Trespalacios lo instalaron en su casa.

A comienzos del segundo lustro de la década comprendida entre 1920 y 1930, aprovechando el equipo odontológico  de Rafael Castro Trespalacio, el hijo de sus anfitriones, quien estaba recién egresado de la universidad de Antioquia, comienza sus labores como odontólogo en la hoy calle 16 con carrera 6 esquina, exactamente donde queda un almacén de artesanías.

Gracias al profesionalismo que ponía en su trabajo, su consultorio se ganó en poco tiempo una numerosa clientela, a la que le prestaba sus servicios profesionales, haciéndoles cajas dentales, calzas, puentes fijos y removibles, lo mismo que extracciones, o cambiando el aspecto físico a unos y aliviando a otros de los horribles dolores de muela, muy comunes en esa época.

El doctor Hoffmann fue muy querido por los vallenatos y éstos le demostraron su aprecio cuando en la segunda guerra mundial (1939-1945) el gobierno nacional ordenó concentrar a todos los alemanes que se encontraban en el país en dos ciudades: Pamplona y Pueblo Bello. Fue en ese momento que los ciudadanos de esta ciudad enviaron una carta al doctor Sabas Socarraz para que intercediera ante el gobernador del departamento del Magdalena y evitara que el doctor Hoffmann fuera concentrado en Pueblo Bello, solicitud que fue acogida.

Los demás alemanes sí fueron reunidos y custodiados por la policía, que hacían las veces de guardianes. Algunos de estos agentes terminaron casándose con hermosas damas del lugar.

Tenía por costumbre todos los fines de semana ensillar una mula gigantesca de su propiedad, para ir a visitar en Manaure a su compadre y amigo  Guillermo Araque Gutiérrez. Juntos recorrían varias fincas cafeteras y después solo se iba para el Molina a visitar al padre Serrano.

Era muy especial con sus compatriotas. Apenas llegaban lo buscaban, de modo que era como un cónsul. Muchos eran atraídos por la belleza de la Sierra Nevada y querían conocerla, entonces se los enviaba a sus amigos  en Pueblo Bello: Oswaldo y Ladislao Mestre Medina, y estos les facilitaban la ida a los picos nevados.

Todos los hechos indicaban que Alemania perdería la guerra. Los aliados, a la vez que combaten en los campos de batalla, tienden a destruir el potencial económico, a inmovilizar su transporte, a minar la moral de la población y, desde el ataque aéreo a Colonia, por mil aviones, todo este proceso adquiere mayor intensidad a comienzos de 1944.

Esto perturba a nuestro personaje quien, en varias oportunidades, había manifestado que, si su país perdía la guerra, se quitaría la vida. Como así sucedió el 11 de febrero de 1944, mientras atendía en su consultorio a la distinguida matrona vallenata, doña Carmen Pupo.

Estando ella sentada en la silla de trabajo, le pidió permiso para ir a la habitación contigua al consultorio, donde él vivía. En vista de la demora, doña Carmen comenzó a llamarlo y al no recibir repuesta, se hizo acompañar de otras personas y lo hallaron muerto en su cama.

Se había tomado una capsula de cianuro en un café. Su muerte fue muy sentida en la ciudad y a su sepelio asistió mucha gente. Sus restos mortales se encuentran en el cementerio central y en su tumba hay una placa que dice:

Gunther Hoffmann

Febrero ii-1944

 

Arnoldo Mestre Arzuaga

nondomestre@hotmail.com

Sobre el autor

Arnoldo Mestre Arzuaga

Arnoldo Mestre Arzuaga

La narrativa de Nondo

Arnoldo Mestre Arzuaga (Valledupar) es un abogado apasionado por la agricultura y la ganadería, pero también y sobre todo, un contador de historias que reflejan las costumbres, las tradiciones y los sucesos que muchos han olvidado y que otros ni siquiera conocieron. Ha publicado varias obras entre las que destacamos “Cuentos y Leyendas de mi valle”, “El hombre de las cachacas”, “El sastre innovador” y “Gracias a Cupertino”.

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