Otras expresiones

Mano José, el acarreador de agua a orillas del río Magdalena

Álvaro Rojano Osorio

09/11/2020 - 04:20

 

Mano José, el acarreador de agua a orillas del río Magdalena

 

Todos los días, el canto de los gallos despertaba a "Mano" José Almanza. Entonces se levantaba de la cama de lienzo donde dormía para cumplir una nueva jornada laboral como arreador de agua. Antes de salir de su casa se tomaba unos sorbos de café negro y azucarado y se santiguaba. Después, lo veían por las calles con los pies descalzos, las botas del pantalón color caqui, enrollado hasta las pantorrillas, y con una camisa blanca amarrada con un nudo en las puntas, la que al carecer de botones le dejaban ver su cuerpo delgado y sus costillas.

Cargaba en sus hombros el palo de mula o balanza de madera del que colgaban dos alambres gruesos con los que enguachaba los galones metálicos que llenaba con el agua del río Magdalena, y llevaba a sus clientes. Los atendía sabiendo las exigencias de cada uno. Conocía que para algunos debía tomar el agua, con la que llenaba tinajas, albercas y otros recipientes, en el puerto de la plaza, lo que, para otros, era indiferente.

Lo de "Mano" era una forma de identificación que recibió por ser una persona callada y honesta, porque por razones económicas lo hubieran llamado “Ño”, pues, entre lo más valioso que poseía como bien estaba uno de los gallos que diariamente lo levantaban. Quienes lo recuerdan lo describen como de baja estatura, de piel quemada por el sol, de cara fileña, ojos vivos, carente de dientes, pies anchos, grandes, y siempre sonriente. Lo de acarreador era una labor que hacía desde tiempos que se pierden en la memoria de quienes lo conocieron. De eso vivía y mantenía a su mujer "La Charre", quien siempre vistió de negro, como si con ello reviviera los muertos a los que le guardaba luto.

Pero realizar este trabajo no era una tarea fácil, debido a que se enfrentaba a dificultades como los usuarios que eran esquivos para el pago del servicio que prestaba. Sin embargo, el mayor problema se presentaba cuando era víctima, mientras llenaba agua dentro del río, de un arzón de un pez raya o de una aleta dorsal de un pez barbudo, bagre o blanquillo.  De inmediato suspendía las actividades y procuraba aplicarse medicamentos naturales como parches de caraña y hojas de Clemón. Si había un brote de fiebre, le pedía a la "La Charre" que le diera sobos, en todo el cuerpo, con alcanfor, sebo de Cuba o mentolatina. Y mientras se aplicaba el tratamiento clamaba porque ninguna mujer en estado de gravidez o menstruando, se le acercara porque, aseguraba, aumentaba el dolor producido por el puyazo.

La experiencia, luego de ser víctima de más de quince peces raya, lo llevó a tomar precauciones como el evitar introducir los pies en lugares fangosos del río, montar en burro de color negro y acostarse en una cama de lienzo con una mujer que estuviera menstruando, argumentando que de hacerlo y ser víctima de un puyazo, sólo si Cristo bajaba a la tierra y hacía el milagro, podía salvarse de la muerte.

Debido al trabajo diario, que había modificado su cuerpo, tanto que parecía una vara de carángano, y al paso de los años, un día cualquiera anunció que se retiraba de la actividad de acarreador de agua. La noticia se extendió entre sus clientes habituales y los casuales, los que, a partir de ese momento, se enfrentaron a la incertidumbre de saber quién lo reemplazaría. Por ello, sus usuarios frecuentes comenzaron a barajar los nombres de quien lo reemplazaría: Aquiles Bolaño, Ramón Camargo y Anderson Saidel Martínez Osorio.

El último fue el escogido y tras aceptar la designación anunció un estricto y siempre cumplido horario de trabajo: echaba agua hasta el mediodía, las tardes las ocupaba en atender una mesa de raspado o cepillado de hielo que ubicaba en la puerta de su vivienda, mientras que las noches eran para expender cigarrillos y ron Caña.

Sin embargo, hubo una labor que no incluyó en esa regulación, la de llevar y traer recados entre enamorados. Actividad en la que era comparado como un buey amaestrado, debido a que era infalible cuando se comprometía a llevar una mujer a una cita amorosa. Sin embargo, como nada es perfecto, de él se aseguraba que no era un cofre seguro para guardar secretos, pues, en distintas oportunidades lo escucharon en esquinas y fogones de chismes, revelando los que le confiaban los enamorados.

No obstante, las malas referencias como guardador de secretos amorosos, en la labor de aguatero era un ejemplo de honestidad y cumplimiento. Cuando se trataba de llevar a cabo un compromiso no existía impedimento, ni había justificación para no hacerlo. Jamás se amilanó frente a un sol de agua, tampoco a la puyada de un pez. Si esto sucedía, guardaba compostura ante el dolor, lo asimilaba y salía hacía su morada en busca de las pócimas con las que se aliviaba, para continuar echando agua.

Pero, igual como sucedió con “Mano” José, un día cualquiera renunció a su labor. Lo hizo escribiendo en un trozo de cartón, que puso en la puerta de su vivienda "Todo tiene su final. Nada dura para siempre." Esta noticia movilizó a las fuerzas vivas de la localidad. Lo visitó el presidente del concejo, el personero municipal, el secretario de la alcaldía, el presidente de la junta de acción comunal, de la Anuc, el juez y su secretario, el sacerdote de la parroquia, el alcalde. Por último, le pidieron al hombre que amaba que lo convenciera, pero fue imposible, lo suyo fue una decisión irrevocable.

Desde el instante en que se supo que su resolución era inmodificable, cundió la desconfianza entre los usuarios del servicio de agua del río a su paladar, con respecto a la responsabilidad de los espontáneos echadores de agua, al lugar donde llenaban los recipientes. ¿Será que la está cogiendo en el puerto de la plaza o debajo del árbol de Pivijay? Hacerlo en este último lugar era motivo para que algunos clientes vetaran a quien lo hacía, por ser un vertedero de desechos humanos.

Urgieron las soluciones, por lo que fue convocada, de manera urgente, la asamblea general de la junta de acción comunal donde fueron planteadas varias propuestas, entre las que estuvo el pedirle a “Mano” José que regresara a la actividad de echador de agua, pero, qué va, a este la parca ya casi lo visitaba. De la reunión quedó la certidumbre de que en esa localidad carecían de material humano capaz de reemplazarlo.

La tradición de los aguateros desapareció. Hoy soplan otros vientos en la forma de suministrar y recibir el agua. Pocas son las tinajas traídas desde el brazo de Loba que se visualizan en las viviendas locales debido a que fueron reemplazadas por tanques plásticos. Tampoco hay carpinteros que fabriquen los banquillos donde acomodarlas, ahora basta unos cuantos ladrillos para ubicar el recipiente en la cocina o en el patio.

El tanque lo adquieren a crédito, aunque cuando llega "el cachaco de los martes" a cobrar, la deudora, después de mes y medio sin pagar la obligación, le manda un recado: Dile que no estoy, pero que viva seguro que la próxima semana le pago la primera cuota. Pero si mi propuesta no le sirve que lo coja, que está lleno de agua en el patio, y se lo lleve.

 

Álvaro de Jesús Rojano Osorio

Sobre el autor

Álvaro Rojano Osorio

Álvaro Rojano Osorio

El telégrafo del río

Abogado y escritor de los libros: La Tambora Viva, Musica de la Depresion Momposina. La Musica del Bajo Magdalena, Subregiòn rio. Libro ganador de la beca para la publicación de libros de autores colombianos por parte del Ministerio de Cultura y su Portafolio de Estímulos 2017. El río Magdalena y el canal del Dique: poblamiento y desarrollo en el Bajo Magdalena. Bandas de viento, fiestas, porros y orquestas en el Bajo Magdalena. Coautor de los libros Cuentos de la Bahía. Magdalena, territorio de paz.

@o_rojano

7 Comentarios


Javier 09-11-2020 08:27 AM

Buenas historias que nos enriquecen del pasado y nos transporta a una época más sana y mejor vivida, aunque nos aquejábamos del servicio del acueducto, nos hace falta esas vivencias de una u otra manera integradoras en las orillas del gran magdalena en baños y mujeres lavanderas. Un acogedor saludo y agradecimiento al historiador por llevarnos a ese viaje de nuestros pueblos y culturas.

Loraine M 09-11-2020 08:42 AM

Jajajajaja que coja el el tanque está lleno de agua y se lo lleve

Donaldo Rafael Márquez Martínez 09-11-2020 10:09 AM

Está muy interesante la historia de estos personajes que vimos por muchos años sirviendo le a la comunidad, con las posibilidades de tener un acueducto estaba años luz de ser una realidad. La historia de mano José es patrimonio de nuestra cultura costeña todos los pueblos a las orillas de rio Magdalena tuvieron su mano José y que bueno hacerle este homenaje a estás personas que has Sido olvidadas y solo quedan sus anécdotas.

Fernando 09-11-2020 07:09 PM

Excelente historia, alcance a echar agua de esta forma rudimentaria, por lo tanto se de sobra lo dura que era esta actividad, sobre todo porq se hacía descalzo y era creuel a medio día cuando pasaba uno con la carga de agua por la arena ardiente de la plaza. Alcance a ver a Adelso en sus últimos años en esta tarea, estas personas merecen su reconocimiento, estos escritos son un homenaje a esos señores que de una u otra forma ayudaron a sostener nuestro municipio.

Leonardo Fabio castillo 09-11-2020 07:44 PM

Son buenas historias pueblerinas que nos transportan a esas épocas doradas de nuestra juventud Gracias al historiador Alvaro Rojano por narrarnosla

Alfa Barrios Meneses 10-11-2020 09:16 AM

Historia que me transporta en la época de niñez, donde veíamos cruzarse por las calles el sol templao a Adelso y el Kuika .. que lindo mensaje

Roberto molinares 12-11-2020 10:04 AM

Bravo primo, siga rescatando los personajes y las memorias del pueblo. Me trajiste recuerdos de otras historias de papá. Felicitaciones.

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