Patrimonio
Mitos y leyendas del otrora Valledupar

Es un privilegio habitar en esta mágica tierra del Cacique Upar para escuchar una a y otra vez en boca de los mayores cuentos, mitos y leyendas de quienes presenciaron esa romería de personas, cuando se iban para el Río Guatapurí en el balneario Hurtado. En ese entonces, Valledupar era solo un caserío, todos tratando de ver a esa niña que se convirtió en sirena, llamada Rosario Arciniegas.
Le decían Rosario en homenaje a la virgen del mismo nombre, y esta niña, al bañarse en las frías aguas del Río Guatapurí, se convirtió en sirena un viernes santo, desobedeciendo las órdenes de su madre. Desde entonces, una figura en forma de sirena, observa silente a todos los que van a refrescarse en las cristalinas aguas del Río Guatapuri.
Esta fantástica leyenda se convirtió en mito por lo que hoy reposa un imponente monumento en unas de las gigantescas piedras del río Guatapurí, elaborado por el maestro escultor Jorge Maestre.
Era tanta la fe de quienes iban a ver la niña sirena que muchos aseguraban observar esa mítica figura, como lo cuenta el abogado y compositor Tomás Darío Gutiérrez, en algunos de sus libros en conferencias y escritos, así lo dice también Ruth Ariza, antropóloga e historiadora ambos conocedores del tema.
Pero no solo era la sirena, muchos visitantes afirmaban que veían ciempiés gigantes y caballos fantásticos, cuentos, mitos y leyendas del viejo Valledupar narrados por sus antiguos moradores.
La historia continúa relatando que la joven convertida en sirena llegó hasta el Río Cesar, después al caudaloso Río Magdalena, pasando por la Ciénaga de Zapatosa, allá por Chiriguaná para finalmente terminar en el Océano Atlántico.
Quienes no recuerdan con nostalgia y desean que Valledupar vuelva a ese remanso de paz, ese que todos añoran del que muchos han escrito tantas anécdotas y relatan que ya no se ve igual, ni huele igual.
Ese Valledupar con un clima distinto era el Valledupar de las cabañuelas, adornado con la hermosura y majestuosidad de los cañahuates amarillos, los que bajan imponentes de la Sierra Nevada de Santa Marta, o por las laderas de los ríos Badillo y Guatapurí, exhibiendo sus flores como si estuvieran marchando o a veces en pelotón y se adentran a la ciudad, haciendo hileras a lado y lado de las carreteras del Cesar.
Quienes no añoran el brillo de las luciérnagas al anochecer ya casi desaparecidas, el vuelo de las mariposas, después de un fuerte aguacero, el canto de un Turpial y de un Sinsonte, en un amanecer o cuando está muriendo el día. Así como reconocer el lastimero canto y sonido del Guacaó, bien adentro de la espesa vegetación, emulando un Son vallenato, motivo de inspiración de los maestros Rafael Escalona, Gustavo Gutiérrez y Leandro Díaz y otros grandes compositores de la música vallenata.
Ese es el viejo valle del que se perdió su encanto y magia, conformado tan solo por los céntricos barrios de la ciudad, se extendía hasta Patillal porque muchos tenían familiares allá o con el intercambio comercial.
Se disfrutaba del grito lejano del vendedor de las famosas arepitas vallenatas, de los auténticos quéquis, merengues, chiricanas y dulces de la Garita, de los bollos de mazorca y los quesos de San Diego, de las inigualables almojábanas de La Paz, de los alfandoques y las panelas de Atanquez, así como del chicrrinche para los que les gustan las bebidas espirituosas.
Época en donde se podía reposar y conversar en el frente de tu casa, sentado en un asiento de cuero, sin temor a que los dueños de lo ajeno te visitaran y te causaran un daño.
Como olvidar para épocas de Semana Santa, cuando los feligreses murmuraban, un lunes santo en la procesión, día del patrono de Valledupar, El Santo Ecce Homo, cuando este supuestamente se ponía pesado impidiendo continuar con la ceremonia.
Así como el milagro de la Virgen del Rosario, cuando resucitó a los españoles, envenenados por los aborígenes, al beber agua con barbasco en la Laguna Sicarare, sucesos que solían ocurrir en esta tierra del realismo mágico.
De igual manera los hermanos de Jesús de Nazareno relataban, que les daba miedo estar solo en las filas al momento de contarlos, porque se les aparecía un hermano nazareno ya fallecido, sean cuentos, leyendas mitos o exageraciones, todas esas historias se escuchaban en la ciudad de los Santos Reyes, como también es conocida esta amañadora tierra.
Tierra de pintorescos y excéntricos personajes que fueron inspiración y argumentos para escribir y hablar de ellos, así como los temas y las letras de muchas canciones vallenatas.
Iván Fernando Márquez
Sobre el autor
Iván Fernando Márquez Gómez
Libre Pensador
Iván Fernando Márquez Gómez es periodista y escritor. Nacido en Valledupar, acumula más de 20 años de experiencia en los medios de comunicación y la docencia, en Venezuela y Colombia. Mantiene un blog personal, Libre Pensador, y escribe para otros medios como el periódico Doble Vía o la revista Aquí el César.
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