Patrimonio

Santa Ana: una perla de arena del sur del Magdalena

Gustavo A. Carreño Jiménez

17/02/2026 - 03:25

 

Santa Ana: una perla de arena del sur del Magdalena
Las calles de Santa Ana, Magdalena, estuvieron tapizadas de arena hasta finales la década de 1980 / Fotos: archivo del autor

 

¡Qué lindo nombre! "La arenosa", como cariñosamente llamamos a ese rasgo tan especial de la Barranquilla antigua. Está grabado en el alma currambera y se inculca de generación en generación en las historias del pueblo barranquillero, sus hijos lo celebran, presumen y le dan valor histórico y cultural que hace de la Puerta de Oro de Colombia algo único. Hace menos de 50 años, muchos pueblos del Caribe eran así. Santa Ana, mi tierra natal en el Magdalena, fue uno de ellos: un universo de arena en el sur del departamento.

Calles y caminos que eran alfombras grises y blancas

En Santa Ana, sus viejas calles y caminos veredales estuvieron tapizados por auténticas “alfombras de arena” hasta finales la década de los años 80s del siglo pasado, entonces abundantes arenales engalanaban casi todo su territorio, más allá de sus “barrancos”, telón pedregoso que da bienvenida a nativos y foráneos, monumento natural que nos recuerda que nacimos de una comunidad puerto, ribereña, riana, donde se juntan río[1], arena, bosques, llanuras, montañas, al ritmo de nuestra cultura  triétnica.

Las calles, espacios públicos y caminos veredales de antaño fueron inicialmente “bancos de arena”, empezando en la calle primera o la albarrada; la calle segunda (o del medio), la tercera y cuarta (convertida en hipódromo de las carreras de caballo durante las fiestas patronales cada 26 de julio). De igual manera fue arenoso todo el marco de la plaza más importante, la plaza de Boyacá, también todo el marco del parque central, el barrio arriba, el barrio abajo y el barrio San Martín.

El secreto del caminar elegante

Un coterráneo y vecino en Cartagena, José López Macareno sostiene la curiosa hipótesis-y yo la comparto- de que los arenales santaneros modelaron el caminar elegante, estilizado de nuestras mujeres, rutina diaria que permitió marcar piernas tonificadas, musculosas, poco flácidas. ¡Era un espectáculo verlas! Caminaban despacito, en cámara lenta, como sí alunizarán, con una experticia y dominio propio del modelaje de pasarela, llevando puesto aún zapatos de tacón.

La arena era como un certificado de origen: las santaneras la dominaban con clase; las foráneas terminaban quitándose los zapatos. Entre las reinas del caminar recuerdo con cariño a Myriam Sánchez, Nohorita Villamizar, Mayito Elitin, Ana López Delgado... ¡una lista interminable de elegancia!

Mis juegos infantiles en el parque central

Recuerdo mucho los arenales del marco del parque central, primer parque del poblado, en la cuadricula formada por la iglesia central, el teatro Michichoa,[2] la antigua Caja Agraria, la casa del turco Zacarías Naizir y la casa conservadora, los gocé en todo su esplendor en mi infancia, jovencitos de mi generación acostumbramos compartir colectivamente “la lleva”, “el cacho escondido”, “la libertad”, hasta dónde las fuerzas, la luz y la luna nos acompañará, “zunguitos” por los baños de arena, salíamos rauda y velozmente a disfrutar en casa un baño con agua fresca y reposar en los brazos de Morfeo.

Calle cuarta: Pista de carreras de caballos

La calle cuarta o calle de “Las Massones”, vecinas de mi casa, vivienda de las hermanas Elsa, Ofelia y Mercedes Masson fue la calle de largada de las carreras de caballos, tal vez la calle más larga y arenosa, concentró “nichos” de arena al frente de las viviendas de los señores Orlando Pava, Chico Morales, Fernando Mejía, el turco Emilio Elitin y las hermanas Masson. El recorrido de las carreras se fue acortando hasta finalizar en el tramo comprendido entre la esquina de la casa de Don Emilio Elitin (dónde tocaba la banda de viento) y la casa de Don Alejo Campo, punto de llegada de los jinetes.

Plaza de Boyacá: Alma del pueblo

La Plaza de Boyacá fue una “cantera” de arena, enmarcada en la cuadratura delimitada por las viviendas de cachaco Pineda, Don Antonio Nieto, Héctor Sierra y Nando Beltrán, estas cuatro (4) y todo su interior fue arenoso, epicentro de importantes actividades sociales: Cancha de fútbol, de beisbol, “juego de la tapita o checa”, manifestaciones políticas, espacio para elevar papagayos, realización de casetas, verbenas carnavaleras, puesta en escenas del circo y las inolvidables corralejas patronales con toros de lidia, novilladas, rejoneo y exhibiciones de caballos de paso fino.

Las corralejas del 26 de julio eran en la plaza de Boyacá, en sus inicios fiestas eminentemente populares, inclusivas, sin discriminaciones. Una junta central recaudaba recursos para el pago de la banda de música, los ganaderos más pudientes (Néstor Benavides, Raymundo López y otros), aportaban los toros, de las fincas se extraía la madera, guaduas, bejuco y horcones, labriegos rasos, bajo las órdenes de Don Alfonso Sierra entregaba días de trabajo para su armado, ad honorem.

Los profesionales hacían lo propio con sus conocimientos y saberes, por ejemplo, médicos veterinarios para el cuidado de astados y caballos, médicos de plaza, como mi padre, Juan Carreño Jaraba, atendían laceraciones, heridas y contusiones de los embestidos por los toros. Más los aportes del comandante de Policía para garantizar la seguridad y el cura bendecía la patrona Santa Ana y todos los santaneros.

La “monumental” plaza de Boyacá fue el más grande salón arenoso en tiempos de verbenas carnavaleras, fandangos decembrinos y casetas en fechas y fiestas especiales, allí tuvimos el privilegio de apreciar las elegantes faenas de  mantero de Marceliano Acuña, el fino arte de picar y garrochear toros de Alfonso Sierra (El sabanero), las fantásticas “voladas” de toros de Rafael Pérez Samudio, mejor conocido como “el ovejo”, su espectacular ejercicio acrobático consistía en arrancar una carrera de frente contra el toro, brincar sobre él, colocar banderillas sobre el morrillo, hacer volteretas en el aíre y caer de píe sobre la arena de la plaza de Boyacá.

Carnavales inolvidables

La inolvidable plaza de Boyacá fue muchas veces escenario de escenificación de las parodias carnavaleras de Guillermo Molina y Elías Calderón, los disfraces de indio Chimila de Beto Caro, la representación de los “gallegos”, Ñañe Pérez y Santiago Ruiz el popular “caballo grande” que por su estatura y corpulencia eran lo más temidos en las carnestolendas; también recuerdo del desfile de disfraces “el tigre”, “el mono”, “el descabezado”, “el diablo”, “el murciélago”, “el látigo”, además de los tradicionales “gallegos”, los sonajeros de Don Antemio López, y las danzas tradicionales “los coyongos”, “el garabato” o las farotas de nuestro vecino ribereño, Talaigua Nuevo (Bolívar).

Camiones y Tractores: El Sonido de la Prosperidad

La espesura de los arenales de Santa Ana explica la presencia de camiones y tractores, primeros vehículos en transitar por ellos, movilizando los frutos de la tierra y el trabajo de la gente: Maíz, yuca, naranja, frijol, ganado, etc. Entonces se nos hizo melodioso e inconfundible el sonar de las trompetas del “Milagroso” o “Paparira” de Don Óscar Coronado, “El consentido” de Don Juan Coronado, los camiones de Don Luis Gutiérrez, Dagoberto Larios, Napoleón Ospino, etc.

Pistas de baile de las cumbiambas y fandangos en navidad y año nuevo

Aquellos arenales fueron tapizadas pistas de baile, cómodas y funcionales en las festividades de la navidad y el año nuevo, al compás de gaitas (Chandé, San Fernando)[3] y música de viento (Cabecera municipal), los danzantes o bailadores terminábamos con sus cuerpos sudorosos, espermas de velas en manos y brazos, piernas y pies “enmaicenandos” por la arena y los infaltables “guapirreos” de los hombres de mi tierra, éxtasis de alegría y amor por la vida. La alegría contagiosa impregnaba el alma del pueblo al son de goces de gaitas, tambores, música de viento y espermas, alrededor de un árbol trasplantado en cualquier esquina de sus cuatro puntos cardinales, en noches estrelladas, plenilunares.

Las celebraciones de fandangos de cumbias[4] empezaban el primer día del mes de diciembre y terminaban el 7 de enero, se hacían por calles, esquinas, en fechas precisas, a lo largo y a lo ancho del poblado, se conformaban juntas de vecinos encargados de recaudar fondos y preparar la logística que demandaban: tarima, músicos, adorno de calles con hojas de palma de vino, luces, árbol de la cumbia, generalmente de cañaguate o piñón con sus cadenetas y perendengues, barrido y limpieza de la calle, etc.).

Oasis de arenas blancas

Arenales bellísimos, únicos, los encontrábamos en el sector de “Arenas Blancas”, finca de una gran persona, Don Joaquín López Gutiérrez. Los caminé tantas veces a píe para llegar a “Los Corozales” de mi viejo, era una arena limpia, blanca, fina, suave, con muchos menos tráfico vehicular, en zona rural. La presencia de arroyos y quebradas, más la escorrentía de las aguas lluvias bañaban la zona, es probables que el poco trajín humano y las corrientes de agua lluvia, arroyos y quebradas incidieran en la configuración de este tipo de arenales “lavado”, de alta pureza y distinción, lo que también observábamos esto otra finca del sector, “arroyo arena” de Don Fernando Jiménez.      

Los caminos veredales eran casi todos arenosos, por ejemplo, la vía, hoy carretera entre Santa y El pueblito Los Andes (entonces corregimiento), en el tramo comprendido entre el sector de “los tubos” y la “cruz”; el camino hacía San Fernando, especialmente a la salida de Santa Ana frente a la casa de Miguel Guerra y a la entrada de San Fernando diagonal a la finca “cacique” de Don Celso Siado y la huerta del tío Prudencio Carreño.

Igualmente, fueron arenosos el camino de entrada al corregimiento de Pijiño del Carmen, el camino viejo de Santa Ana a la granja experimental “La Monta” hasta el puerto “Punta de Sanchez”, el camino hacia el puerto de “Los Paracos” del “Negro Martínez”; el camino hacia la Playa Afuera y Coroncoral; el camino hacía “Tapia” y “La Batalla”; el camino hacia la vereda “Pedro Hernández”.

San Fernando: último bastión de arena

El corregimiento de San Fernando era tanto o más arenoso que la cabecera del municipio, Santa Ana, no había calle o callejón que no lo fuera, empezando con la calle de la albarrada, la calle del medio-arenosa de punta a punta-largada de las carreras de caballos, allí vimos correr diestros jinetes como Demetrio Oliveros, Arnulfo Delgado, Orlando Turizo y Jaime Aguilar, corrían sobre un solo estribo o de pie sobre las sillas de los corceles.

Luego la calle tercera, arenosa también de principio a fin, calle de mis abuelos maternos; igualmente, fueron arenosas la calle cuarta y calle quinta, siendo esta última en su momento, la “culata” del pueblo, justamente bordeando la cieneguita. De todo el municipio, San Fernando es en donde más se conservan los arenales, todavía los podemos apreciar, aunque en menor escala. De todos estos caminos arenosos, el de San Fernando a Jaraba y Pijiño, fue sin duda el más duro, espeso, largo y ancho arenal de todo el municipio. Lo transite como quiera que fue el camino de mis ancestros, mis abuelos y padres, ruta para llegar a “Nazareth”, el paraíso de papá.

En el camino de San Fernando a Jaraba, atravesado muchas a píe, en bestia y sobre la fuerza descomunal del AD 7623, era normal apreciar recuas de burros y caballos con sus jinetes cada madrugada y atardecer, caminaban sobre “trillas” de los arenales, eran sus “autopistas”, muestra de la laboriosidad de nuestra gente. De este camino, mi hermano Yimmy guarda entre los recuerdos de juventud las apuestas sobre lomo de burro, en la meta ganador y perdedor celebraban con “clavados” y “zambullidas” sobre acolchonadas arenas del camino.

Centros poblados corregimentales, por ejemplo, San Fernando, que todavía se conservan arenales, deberían procurar conservarlos, tomar conciencia de su importancia cultural, ecológica, ambiental, regulando su extracción comercialmente feroz, dimensionando la degradación dada por su mal manejo en el municipio, recordando los versos del cantor José David Aguilar: “De su bella arena nace la naranja, la yuca y el maíz por el agricultor”.

Ya no existen aquellos “paraísos” arenosos, se extinguieron, desapareciendo para siempre de la panorámica y del entorno, hoy solo queda recordarlos para que su existencia no se difumine en nuestra memoria, dado que la memoria es parte de la vida de las colectividades humanas, probablemente bajo la premisa de una abundancia sin límites, nunca pensamos en su frenética desaparición, la modernidad, el desarrollo urbanístico y la mercantilización incontrolada de la arena, las convirtió en insumo para la construcción, las tradicionales casas de bahareque se vistieron de cemento y las alfombra de cemento terminaron despareciendo las alfombras de arena de nuestras calles y caminos.

Perdimos más que arena

Los caminos y calles del municipio de Santa Ana terminaron por convertirse en canteras de usufructo público y privado, qué bueno hubiese sido conservar alguno de sus arenales, por ejemplo, uno en el marco de la iglesia, en el marco de la plaza de Boyacá, en cualquier esquina de las calles principales o el que estaba justo al frente de la clínica “El Salvador”, primera clínica privada del municipio, hoy sede “José María Benavidez Macea”, de la “Institución Educativa “Rafael Jiménez Altahona”.

Finalmente, no pueden pasar desapercibidos los efectos innegables, evidentes e irrefutables del cambio climático en todo el planeta, en una zona que por su ubicación geográfica-Depresión Momposina- implica la presencia altas temperatura, los arenales levantaban polvorín, pero morigeraban el calor y cada día las olas de calor de elevan más, de manera que sin intencionalidad, es posible que hayamos acabado un filtro natural de la temperatura ambiente, una especie de “termostato” mitigante de la temperatura ambiente, impactos pendientes de medir y valorar por la ciencia.

 

Gustavo A. Carreño Jiménez

 

[1] Carreño Jiménez, Gustavo (2023). https://panoramacultural.com.co/medio-ambiente/9373/cuando-el-rio-era-la-vida-de-mi-pueblo

[2] Carreño Jiménez (2022). https://panoramacultural.com.co/cine/8851/recuerdos-del-teatro-michichoa-i-parte

[3] Carreño Jiménez, Gustavo (2024). https://panoramacultural.com.co/musica-y-folclor/10302/marcelino-rico-martinez-ultimo-exponente-del-chande-en-san-fernando-santa-ana-magdalena

[4] Carreño Jiménez, Gustavo (2005). https://panoramacultural.com.co/artes-escenicas/8994/aquellos-fandangos-y-cumbias-de-navidad-y-ano-nuevo-en-santa-ana-magdalena

Sobre el autor

Gustavo A. Carreño Jiménez

Gustavo A. Carreño Jiménez

Desmitificando a la India Catalina

Economista, Universidad de Cartagena. Especialista en Gerencia de Proyectos, Universidad Piloto de Colombia (Bogotá). Magister en Desarrollo y Cultura de la Universidad Tecnológica de Bolívar. Investigador Cultural. Maestro de Ciencias Sociales Distrito de Cartagena de Indias.

@TavoCarJim

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