Patrimonio

Valledupar tuvo su Benito Barros

Diógenes Armando Pino Ávila

03/07/2026 - 05:40

 

Valledupar tuvo su Benito Barros
José Barros y Rafael Escalona, dos grandes compositores del Caribe colombiano / Foto: créditos a sus autores

 

En el Caribe colombiano hay humanos, muy humanos que, semejantes a Homero, no escriben la historia con documentos, estos prefieren escribirlas con canciones. En el antiguo Magdalena Grande, dos hombres salidos del seno del pueblo y la ruralidad del momento, compositores para mayor definición, lograron lo que pocos historiadores han conseguido: convertir un territorio en memoria. El Banco tuvo a Benito Barros. Valledupar tuvo a Rafael Escalona.

Mi pretensión no es igualarlos en estilo ni en repertorio. Cada uno vivió y compuso sus cantos dentro de un universo musical distinto. Sin embargo, ambos desempeñaron con mucha lucides e identidad, una misión semejante: darle voz a su tierra haciendo de ella un patrimonio cultural que emocionó y aún, hoy emociona a varias generaciones.

Benito Barros nació en El Banco Magdalena, dentro de La Depresión Momposina, donde el río Magdalena marca el pulso de la vida. Como habitante de este territorio desde niño entendió que el río no era solo un accidente geográfico, sino un modo de existir, la vida misma. De ahí, que cuando compuso la inmortal cumbia titulada La Piragua, no solo escribió un canto, sino que levantó un monumento sonoro al mundo mágico del Caribe fluvial que, unía pueblos, familias, oficios y culturas.

En esa barcaza de Guillermo Cubillos no solo navegan pasajeros. También viajan las bogas, los pescadores, los comerciantes, las tamboras, las comparsas, las fiestas patronales y la memoria de un país que durante siglos tuvo en el Magdalena su principal camino.

Escalona hizo algo parecido, aunque desde otro paisaje entre las estribaciones de la Nevada en Valledupar y la indómita Guajira. Su escenario no fue el río Grande de la Magdalena, ni la ciénaga de La Zapatosa, fue el río Cesar, los caminos de herradura, las sabanas, los caseríos y los pueblos de la antigua provincia de Padilla. Allí encontró una riqueza humana que transformó en canciones. Jaime Molina, Compae Migue, Sara, los habitantes de Badillo y tantos otros personajes dejaron de pertenecer únicamente a Valledupar para convertirse en patrimonio del Caribe colombiano.

La diferencia es geográfica, no espiritual. Benito cantó al territorio que se movía sobre el agua. Escalona cantó al territorio que se encontraba en los caminos. Uno inmortalizó el río. El otro inmortalizó a sus gentes. Ambos, en su momento, comprendieron que la identidad de un territorio, no se construye solo con monumentos ni con discursos oficiales. Sino que, se construye contando historias. Y pocas, muy pocas formas de contar resultan tan poderosas como una canción que sobrevive al paso del tiempo y que generación tras generación la escuchan y la cantan. Por eso sus obras siguen vigentes. No porque pertenezcan al pasado, sino porque siguen explicándonos quiénes somos.

Mientras los archivos, los libros notariales y de historia conservan fechas y decretos, las canciones conservan la emoción y vivencias de una época. Nos permiten escuchar cómo hablaban nuestros mayores, cómo celebraban, cómo viajaban, cómo se enamoraban y hasta cómo resolvían sus diferencias. Son documentos donde la memoria se transmite con melodía y es más fácil aprenderla.

No es casual que Gabriel García Márquez considerara a Rafael Escalona un extraordinario narrador del Caribe. Tampoco sería exagerado afirmar que Benito Barros, sin padrinos de alto vuelo, hizo con el río Magdalena lo que los grandes cronistas hacen con las civilizaciones: impedir que el olvido las devore.

Sin embargo, hay una diferencia que merece destacarse. Escalona alcanzó un reconocimiento nacional e internacional extraordinario. Su obra fue impulsada por la expansión del vallenato y llegó a públicos de todo el continente. Benito Barros, lo hizo solo con sus cantos (Violencia, La Piragua, El Pescador, Navidad negra), no siempre ha recibido el mismo lugar en el imaginario colectivo. Esa desproporción no disminuye su grandeza; más bien nos recuerda cuánto falta por valorar la cultura de la ribera del Magdalena.

Quizá ha llegado el momento de reconocer que el antiguo Magdalena Grande produjo dos gigantes de la memoria musical. Uno hizo del río una epopeya cantada. El otro convirtió a la provincia vallenata en una novela hecha canción. Cuando escuchamos La Piragua, el Magdalena vuelve a navegar. Cuando escuchamos La Casa en el Aire, Jaime Molina o El Testamento, vuelve a caminar la provincia. Y entonces comprendemos que los pueblos no solo se recuerdan por los libros de historia. También se recuerdan por las canciones que aprendieron a cantar.

Por eso, sin restarle un ápice de grandeza a Rafael Escalona, bien puede decirse que Valledupar tuvo su Benito Barros. Y el viejo Magdalena Grande tuvo la fortuna de contar con dos cronistas que, desde el agua y desde los caminos, nos enseñaron que la mejor manera de conservar un territorio es convertirlo en música.

 

Diógenes Armando Pino Ávila

Sobre el autor

Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila

Caletreando

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

@AvilaDiogenes

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