Patrimonio

¿Quién inventó a Francisco el Hombre?

Diógenes Armando Pino Ávila

07/08/2026 - 06:45

 

¿Quién inventó a Francisco el Hombre?
Monumento de Francisco el Hombre en Riohacha / Foto: archivo PanoramaCultural.com.co

 

"Los pueblos no solo construyen ciudades. También construyen símbolos."

Pocas figuras del imaginario colombiano despiertan tanto consenso como Francisco el Hombre. Su nombre aparece en libros, festivales, discursos, canciones y conversaciones, hasta el punto de que muchos lo consideran el padre fundador de la música vallenata. Sin embargo, cuando uno intenta separar la historia de la leyenda, descubre que ambas terminan abrazándose, y que rara vez es fácil saber dónde termina una y empieza la otra.

Entonces, surge una pregunta inevitable: ¿quién inventó a Francisco el Hombre? La respuesta parece sencilla, pero no lo es.

Si hablamos del personaje histórico, Francisco el Hombre sí existió. Diversos investigadores coinciden en identificarlo con Francisco Moscote Guerra, un campesino guajiro nacido hacia la mitad del siglo XIX que recorría los caminos del antiguo Magdalena Grande llevando mercancías, noticias y, por supuesto, su acordeón. Hasta allí llega la historia documentada.

El Francisco que hoy habita el imaginario colectivo, en cambio, es mucho más que ese hombre. Es el acordeonero que derrotó al Diablo en un duelo musical, el viajero que conocía todos los caminos, el anciano legendario que Gabriel García Márquez hizo pasar por Macondo divulgando canciones que él mismo componía. Ese Francisco pertenece a la tradición oral, a la literatura y a la memoria popular, mucho más que a los archivos históricos. Y eso, lejos de restarle importancia, la multiplica.

Los pueblos necesitan personajes capaces de resumir su identidad. Roma tuvo a Rómulo y Remo, Inglaterra al rey Arturo, la cultura gaucha a Martín Fierro, y el Caribe colombiano terminó encontrando en Francisco el Hombre un símbolo capaz de representar el nacimiento mítico de su música. La pregunta, entonces, ya no es si derrotó al Diablo, sino por qué necesitábamos creer que lo hizo.

A finales de los años sesenta ocurrieron dos hechos decisivos: en 1967 nació el departamento del Cesar, y un año después, el Festival de la Leyenda Vallenata. El nuevo departamento requería símbolos propios que fortalecieran su identidad, justo cuando la música de acordeón necesitaba dejar de ser vista como una expresión campesina marginal para convertirse en patrimonio cultural.

Fue en ese contexto donde personajes como Alfonso López Michelsen, primer gobernador del Cesar; Consuelo Araujo Noguera, periodista y gran promotora del folclor; y Rafael Escalona, ya convertido en referente nacional de la composición, desempeñaron un papel definitivo. No inventaron a Francisco el Hombre —sería injusto afirmarlo—, pero ayudaron a convertir una vieja leyenda oral en uno de los grandes símbolos culturales del Caribe colombiano.

Ese proceso tiene incluso un nombre en la historia cultural: la invención de la tradición. No se trata de fabricar una mentira, sino de tomar personajes reales, relatos populares y acontecimientos dispersos, y darles una forma coherente para representar la memoria de una comunidad. Así procedieron muchas naciones modernas durante los siglos XIX y XX, y algo semejante ocurrió alrededor del Festival de la Leyenda Vallenata: la música de acordeón obtuvo un relato de origen, los primeros acordeoneros recibieron el nombre de "juglares", Francisco el Hombre fue elevado a héroe fundador, y Valledupar terminó convirtiéndose en la capital simbólica de un universo musical mucho más amplio que el propio Valle de Upar.

Nada de esto habría sido posible sin la fuerza de la tradición oral, pero tampoco sin el enorme trabajo de escritores, investigadores, periodistas, músicos y gestores culturales que organizaron ese relato y lo proyectaron hacia Colombia y el mundo. Reconocer ese proceso, sin embargo, no significa aceptar que la historia del vallenato comenzó con Francisco. Mucho antes de que existiera un acordeón en estas tierras ya sonaban las gaitas indígenas, los tambores afrodescendientes, los cantos de vaquería y las tamboras de la Depresión Momposina. El acordeón no creó el paisaje sonoro del Caribe; llegó a dialogar con él.

Por eso conviene mirar a Francisco el Hombre desde otra perspectiva: no como el fundador absoluto de una música, sino como el gran símbolo de una tradición que venía gestándose desde mucho antes. Quizá ahí resida su verdadera grandeza —no en haber vencido al Diablo, ni siquiera en haber sido el primer acordeonero— sino en representar, como pocos personajes de nuestra cultura, el momento en que la historia y la imaginación decidieron caminar juntas.

Porque los pueblos no viven únicamente de fechas y documentos. También viven de los relatos que escogen para contarse a sí mismos. Y Francisco el Hombre, más que un personaje, terminó convirtiéndose en uno de esos relatos imprescindibles.

 

Diógenes Armando Pino Ávila

Sobre el autor

Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila

Caletreando

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

@AvilaDiogenes

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