Patrimonio

¿Por qué la cultura y el folclor vernáculo tienden a desaparecer?

Diógenes Armando Pino Ávila

03/07/2020 - 04:40

 

¿Por qué la cultura y el folclor vernáculo tienden a desaparecer?

Es la pregunta que debe hacerse toda persona con arraigo a su pueblo, a su tierra, a su cultura y tradición, todo aquel que sienta el orgullo del legado de sus mayores y se sienta identificado con sus ancestros. Las personas entre más cultas, más ilustradas, más conocedoras del presente, toman consciencia del pasado, lo estudian y desentrañan en él las claves para prepararse hacia el futuro incierto que nos viene encima. Así debería ser, pero en los estudiados, los profesionales, los intelectuales de nuestros pueblos, se nota la despreocupación y la falta de interés por estos temas, con razón las nuevas generaciones, entretenidas con las golosinas prefabricadas que produce la globalización y, que son promocionadas en las redes sociales, en los medios de comunicación privados y oficiales, potenciados por las pautas publicitarias que calcan y replican valores del consumismo internacional, nos llevan a la extinción de lo propio y la asunción de nuevas formas de comportarnos, de nuevas formas de pensar, ajenas a nuestro entorno y divorciadas de nuestra cultura.

Por ello la despreocupación y la fobia de nuestros jóvenes por la cultura vernácula se han convertido en un cuadro patológico que crece con dimensiones alarmantes, todo ello acompañado del distanciamiento que las autoridades locales tienen por los aspectos culturales, en el entendido que la cultura no genera votantes ni acrecienta caudal electoral alguno. De ahí se desprende los bajos presupuestos locales para temas culturales, a no ser el deporte en campeonatos locales de fútbol, festejo de fiestas patronales con conjuntos vallenatos que se presentan a la una de la madrugada, tocan dos tandas y se van con un pago millonario. Estas fiestas se dan en las cabeceras municipales, corregimentales y de cuanta pequeña vereda poblada que existe en la geografía de nuestros municipios.

Analizando el fenómeno, vemos que no es nuevo, por allá en la década de los 40 y 50, encontramos que el folclor, el aspecto cultural dancístico de nuestros pueblos permanecía en cabeza de algunos ancianos que lo practicaban en las fiestas de sus santos patronos, pero que el grueso del pueblo no lo hacía, lo veía como un fenómeno lejano practicado por los abuelos y que sólo algunos jóvenes criados alrededor de éstas prácticas lo aprendían y, años después, lo practicaban y practican como un homenaje al legado de nuestros mayores.

¿Qué ocurría en ese entonces? La educación pública llegaba a nuestros pueblos con la diferenciación de género, se crearon las escuelas urbanas de niños y las escuelas urbanas de niñas, en el caso de mi pueblo la de niños era regentadas por educadores hombres, mientras que la de niñas por las monjas misioneras de la comunidad Madre Laura. En el caso de las monjas, todas ellas eran oriundas del interior del país, andinas que traían e implantaban su propia cultura en un pueblo rural del Caribe Colombiano.

En la escuela de niñas, se hacían actos culturales, las llamaban «Veladas», donde se hacían representaciones teatrales, declamatoria de poesías a la virgen, a la madre y a los próceres de la patria y la parte folclórica dancística presentaban bailes de torbellino, sanjuaneros, guabinas y bundes y bambucos, pero en ningún momento una tambora u otro aire vernáculo. Ellas calificaban de vulgar esta práctica, por tanto ejecutaban largas jornadas de enseñanza y ensayos sobre la cultura andina mientras que la propia era discriminada y sojuzgada a tal punto que esa juventud creció con la creencia de que lo andino era mejor que lo propio. Esta práctica ha sido perniciosa y todavía subsiste, ha evolucionado, se ha transformado hacia otras modalidades como el reguetón, el rap, el pop y otras expresiones que, aunque pueda practicar el joven, el maestro, la escuela, el colegio deben priorizar la opción de practicar lo propio. Para ello se debe recurrir a incentivos como concursos, festivales, prácticas de las formas dancísticas vernáculas, de sus cantos y sobre todo lo que desde siempre se me ha dado por llamar «pensar la cultura» que no es otra cosa que la parte fina de la misma, estudiarla, filosofarla, socializarla, escribirla, pensarla y transmitirla. Sólo algunos grupos folclóricos locales lo hacen y lo hacen por amor, con las uñas pues las administraciones municipales poco o nada les dan para dotarlos de instrumentos, vestuarios y subsistencia.

Afortunadamente, y gracias a ellos y a los grupos universitarios del país que han encontrado en el folclor de nuestros pueblos la fuente de investigación e insumo para sus estudios, no ha decaído del todo el interés por la cultura vernácula. Es hora de rectificar el camino, la escuela, el colegio, las administraciones municipales deben mirar con responsabilidad la cultura vernácula.

 

Diógenes Armando Pino Ávila

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Sobre el autor

Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila

Caletreando

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

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