Patrimonio

El legado colonial en Bogotá: una ciudad de iglesias y casonas

Andrés Fernando Castiblanco Roldán

24/08/2020 - 04:45

 

El legado colonial en Bogotá: una ciudad de iglesias y casonas
Iglesia de la Veracruz en Bogotá / Foto: Archivo de Bogotá

 

El desarrollo de la arquitectura y el urbanismo en Bogotá a mediados del siglo XIX contiene toda una galería de sentidos, debido a que su contexto está enriquecido con la relación social y la representación de los fenómenos cotidianos paralelos al acontecer político del país. La definición de un momento histórico en el desarrollo se plasma en las contiendas ideológicas de los partidos políticos y el afán de los grupos sociales por definir su verdadero sentido de identidad política y cultural.

Al interior de la colectividad decimonónica de liberales y conservadores, existía la necesidad de sobresalir ante los nuevos retos de las sociedades civilizadoras (Francia e Inglaterra), pero el fuerte contraste se presentaba en las calles y paseos de Bogotá, entre otras ciudades; caracterizados por ser escenarios donde confluían las dos versiones imperantes de la naciente república: un campesinado artesanal y de rasgo religioso determinante frente al citadino cuyo bagaje se evadía en la vanguardia de la modernidad; en la materialización de los espacios sociales, esta serie de rasgos se plasmaron en las construcciones y lugares adecuados a las necesidades de la época.

Cuando se mira la arquitectura como evidencia material de la intención de quien construye, se refleja el alma y el sentido en el significado de la obra. Las casas, conventos y templos constituían las formas más representativas de la ciudad donde no había –topológicamente hablando– una diferencia sustancial entre entidades oficiales, casas de familia y negocios, las distinciones las hacían los símbolos o estandartes tallados en piedra o las banderas.

Gaspard Mollien en 1823 comenta: “[...] Oyendo el pomposo título de palacio que se ha dado a la antigua mansión de los virreyes y que hoy ocupa la presidencia de la República, podría uno imaginarse que va a ver un edificio suntuoso, cuando no es más que una casa de tejado bajo, con balcón corrido en la fachada, a la que están adosadas otras dos más bajas. En éstas, están instaladas, juntamente con la cárcel, las dependencias de palacio…” (Mollien 1992: 215).

La disimilitud de las edificaciones particulares con relación a las del Estado radicó en el carácter político de su intencionalidad; las tiendas, ferreterías y restaurantes como negocios sin importar la ideología del dueño debían lucir atrayentes al transeúnte o cliente ya sea por sus productos o por simple comodidad. Puede entonces concretarse que la organización urbana del espacio no estaba delimitada u organizada en relación a sus servicios y que tiempo después se haría necesario por problemas urbanos como la salubridad.

En el caso de las edificaciones de función estatal su misión fue –y sigue siendo– demostrar poder y ante todo majestuosidad, hacer del espacio toda una oda a la autoridad, la belleza y la fuerza, se trata de demostrar a los ciudadanos la solidez del estado como órgano político por encima de todas las instancias sociales –contando con la venia eclesial de la época– estas nociones se fueron formando con base en los modelos de otros estados cuya simbología reposaba sobre las obras civiles y edificios que demostraban ese “sello oficial”.

El concepto arquitectónico de “Estado sólido” sería más valido si se hablara de un contexto lineal, es decir, si las situaciones y circunstancias políticas se mantuvieran estables por largo tiempo. En el caso del siglo XIX colombiano esta estabilidad se deterioraba a medida que cambiaban los actores y los propósitos producto de las guerras intestinas que sufrió la nación a lo largo de todo el siglo xix en lo sucesivo en el devenir hasta hoy.

A pesar del borroso panorama de los conflictos políticos y sociales una nueva fuerza consumía la mente del pensamiento decimonónico post colonialista de las élites urbanas, era la idea de la industrialización y la apertura a la cultura del mundo “occidental”, aunque es de resaltar que esta occidentalización provenía en especial de Francia e Inglaterra países desde donde viajeros extranjeros comparaban los fenómenos de Bogotá con sus lugares de origen.

Esta renovación solo se presentaba en algunos grupos sociales que tenían la posibilidad de acceder al abierto desarrollo de las naciones que ya eran industrializadas, es en este momento que se exalta el valor de la nueva república que se desprende de los cánones coloniales. Una herencia hispana que hizo huella en la identidad de la arquitectura y el urbanismo colombiano.

En la ciudad de la primera mitad del siglo XIX en su perfil horizontal, sobresalían solamente las torres de numerosas iglesias, pues los edificios primarios de la ciudad no eran tanto los de gobierno como los de las iglesias y conventos religiosos; estos eran elementos estructuradores del ambiente donde se regían por las parroquias y los barrios (Niño 1991: 30), casas de adobe y tapia pisada, ornamentos tallados en madera y el adoquín configuraban los espacios organizados en la urbe, las nociones de lo patrimonial giraban en torno a la sagrada devoción de los templos y algunas placas conmemorativas entre las cuales se resalta la que se ubica bajo la ventana por la cual escapó Bolívar la noche de la conspiración septembrina de 1825.

La herencia española se proyectaba a través de las construcciones, monumentos arquitectónicos como el Puente del Común y el de Nuestra Señora de Atocha (desaparecido en relación a su estilo original) evidenciaban el legado del antiguo régimen, sin olvidar la diferenciación de las élites de acuerdo a su genealogía real entre otras distinciones que constituyeron la identidad urbana de los habitantes en el momento.

Paralelo a esto “la actividad constructora del Estado era casi nula o por lo menos incipiente, se reducía a restaurar los edificios confiscados, mantener las construcciones existentes o desarrollar obras de menor rango”. (Niño, 1991: 32) se puede establecer, entonces, una especie de punto cero de quietud en la evolución urbana, más teniendo en cuenta la ausencia de los arquitectos y maestros españoles después de la independencia, donde la cotidianidad se desarrollaba entre la contradicción ideológica –además de religiosa– de liberales y conservadores.

Las condiciones económicas no ayudaban a la expansión urbanística del estado, de allí que existió una carencia monumental y de carácter patrimonial que sólo se expresaba en el fervor popular de las festividades religiosas y las procesiones que evocaban las fechas patrias. Más que un monumentalismo se desarrolla una devoción a la celebración y condecoración patria; frente al tema, Marcos González cuenta que “no obstante, a partir del momento en que se consolidó la independencia del domino colonial español se iniciaron los intentos de ocupar el calendario festivo con celebraciones en memoria de estos acontecimientos” (González, 1993: 28).

Para 1840 la arquitectura colonial de edificaciones particulares y oficiales era la imagen de la capital de la república, una quietud en la cual sectores informados de las transformaciones industriales internacionales abogarían por la inserción de nuevos paradigmas de estilos y formas de la construcción, un primer acercamiento lo hace Petréz, a principios del siglo xix con la construcción del observatorio astronómico y los diseños de la catedral primada, siendo pionero en los trazos de una nueva forma de identidad arquitectónica y monumental que configuraría a la sociedad de mediados y finales del siglo xix.

 

Andrés Fernando Castiblanco Roldán 

 

Acerca de esta publicación: El artículo titulado “ El legado colonial en Bogotá: una ciudad de iglesias y casonas ”, de Andrés Fernando Castiblanco, corresponde a un capítulo del ensayo académico titulado “Ciudad y Memoria: los monumentos y la cultura popular de la Bogotá de fines de siglo XIX y principios del XX1” del mismo autor.

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