Patrimonio

El embrión urbano de Barranquilla: historia de un centro histórico

Harold Dede Acosta

09/09/2020 - 04:45

 

El embrión urbano de Barranquilla: historia de un centro histórico
El Puerto Real en Barranquilla a finales de 1870 / Foto: Archivo Histórico del Atántico

La calle Real, según el historiador Domingo Malabet, es la más antigua de la ciudad de Barranquilla. Estaba delimitada al oriente por la laguna que entraba en el caserío inicial; al occidente, por el arroyo que atravesaba lo que después sería conocido como la calle Ancha (hoy paseo de Bolívar); al norte, por los anegadizos formados al encuentro del caño de Los Tramposos con la ciénaga de Barranquilla; y al sur, por un arroyo que debía coincidir con lo que hoy es la carrera de La Paz3 que luego desembocaba en el desaparecido caño de Soledad, y el terreno quebrado que comenzaba a aparecer más allá de esta carrera/arroyo.

La calle del Comercio en su costado occidental estaba delimitada por la mencionada laguna y en su costado oriental, por la ciénaga de Barranquilla, las cuales se irían desecando paulatinamente hasta convertirse en el caño del Mercado y el centro de la ciudad. En sus remates, en el punto más septentrional estaba el arroyo de La Paz y la topografía accidentada antes mencionada, y en su punto más septentrional quedaban algunas ciénagas pantanosas y anegadizos que provocaba el encuentro del caño de Los Tramposos con la ciénaga de Barranquilla.

El callejón de la Iglesia, que se convertiría eventualmente en la carrera del Progreso, coincidía directamente o de forma paralela con los restos de un camino amerindio que comunicaba con el exterior del caserío, y tenía las mismas características de la calle Real, delimitado al sur por el arroyo de la carrera de La Paz. Este arroyo coadyuvaba la formación de unos anegadizos vecinos al edificio de la antigua Tenería y lo que hoy es el Mercado de Granos. Al costado norte estaba delimitado por la laguna, así como por una pequeña colina sobre la cual años después se edificó la iglesia de San Nicolás. Sus remates eran: al occidente, el comienzo del arroyo que recorría la calle Ancha, y al oriente, en donde estaría la barranca del Puerto Real, la ciénaga de Barranquilla, que era el cuerpo hídrico más importante por el cual se desarrollaba el comercio del incipiente caserío.

La hegemonía del callejón de la Iglesia frente a las otras dos calles que conformaban el germen de Barranquilla está ligada a la consolidación de San Nicolás como la única parroquia de la villa, y la eventual desaparición de la iglesia de La Cruz Vieja y su respectivo embarcadero, que cortó la interconexión con el costado norte de la ciudad, y consecuentemente incrementó la importancia y el tráfico de la calle entre el embarcadero y consolidó San Nicolás como la plaza principal de la ciudad.

(1852) Del callejón de la Iglesia al callejón del Progreso

Hacia 1847, durante la visita de Tomás Cipriano de Mosquera, la ciudad mantenía muchos de los aspectos pueblerinos referenciados en las crónicas posteriores a la fecha. Una vez cerrada la negociación para la apertura del puerto de Sabanilla, la ciudad debía no solo emprender el mejoramiento de infraestructura en materia de comercio exterior, sino que también debía mantener su condición como la puerta de entrada y salida de Colombia hacia el mundo.

Como heredera de Cartagena de Indias, Barranquilla se reinventa entonces en diversos ámbitos para tomar las riendas del comercio exterior de la naciente república. Una de las operaciones casi quirúrgicas que dan cuenta de dicha reinvención es el cambio de la toponimia en las calles de la ciudad. Los nombres antiguos de las calles de Barranquilla reseñaban aspectos locales de la vida cotidiana de la villa: dichos o sucesos sin importancia eran los motivos de la toponimia local hacia la mitad del siglo XIX, tales como un caballo indomable que ha tumbado cuatro personas (callejón de Tumbacuatro) o comadronas que rezan el rosario (callejón de Las Viejas). Todo esto, seguramente, estaba muy en contra de la visión de la élite local del momento, que aspiraba a convertir a Barranquilla en el centro de la civilización y la modernidad de Colombia. En este orden de ideas, el concejo reemplazó los nombres parroquianos de las calles más arraigadas al imaginario colectivo de la población por conceptos genéricos y, en algunos casos, universales, relacionados con las pretensiones y aspiraciones de esta clase dirigente para la ciudad.

El callejón de Las Viejas cambia a callejón de La Luz mientras la calle de Las Vacas pasa a ser la calle del Recreo, pues debido a su cercanía al puerto, era en general zona de juergas y ocio para la población flotante de la villa, y también por sus grandes dimensiones en ella se hacían las corridas de toros. La calle de La Cruz, que llevaba a la plazoleta donde estaba incrustada la Cruz Vieja, se renombró calle del Comercio, dado el predominio en el lugar de dicha actividad. La calle de La Amargura, por donde pasaba la procesión del Viernes Santo, se rebautizó con el nombre de calle Real (sin ningún motivo esclarecido); el callejón de La Niña China se reemplazó por callejón de California; el callejón de La Cruz Vieja se redenominó callejón del Cuartel, y, por supuesto, el callejón de La Iglesia se conocería entonces como callejón del Progreso.

El anterior ejercicio demuestra que la clase dirigente debidamente posicionada decide qué aspecto (pueblerino o banal) se envía al olvido y cuál dispone resaltar. En este sentido, el Concejo hace una apuesta contundente sobre la creación de identidad, a partir de este proceso de selección. En particular, el concepto de progreso, es tanto un ejercicio de imaginación, de proyección de lo que se espera del lugar, como también de interpretación de la vocación programática del mismo. Bajo este nuevo imaginario, en 1858 ya no hay callejón de la Iglesia sino del Progreso, infiriendo la presencia de una mayor actividad comercial y empresarial en la pequeña ciudad; cuyos destinos ya desde dicha fecha se entretejen íntimamente con el concepto de progreso.

Como evidencia de lo anterior, Eliseo Réclus menciona que, en 1851, la “vecindad del puerto” concentra la mayor cantidad de casas construidas en cal y canto y es donde existen fábricas, talleres y aserraderos (todos en paja y bahareque, sin embargo) relacionados con la navegación, un sector de un movimiento “solo equiparable con el de una ciudad norteamericana o europea” (Vergara y Baena, 1922).

Por otro lado, Pedro María Revollo tacha de “calumnia” la costumbre de “los modernistas” de afirmar que en la segunda mitad del siglo XIX Barranquilla era un pueblo pajizo. Él, quien llegó a Barranquilla en 1863, afirmaba que en ese año existían varias viviendas de material, algunas muy lujosas, y las menciona una por una, ubicándolas en su mayoría en el callejón del Progreso (entre ellas la casa de Pedro Palacios, Francisco J. Palacios, la casa Molinares, la casa Salazar, el edificio de tres pisos o la casa Márquez), (Revollo, 1955).

De tal suerte que, antes de ser declarada oficialmente por el Concejo como la calle que debía contener los elementos programáticos equiparables al progreso de la ciudad, esta ya tenía una dinámica particular y una estética moderna (en tanto era una materialización en contraposición con las viviendas efímeras de la Barranquilla tradicional).

 

Harold Dede Acosta

Maestría en Urbanismo de la Universidad Nacional de Colombia

Acerca de esta publicación: El artículo titulado “ El embrión urbano de Barranquilla: historia de un centro histórico ”, de Harold Dede Acosta, corresponde a un extracto de un ensayo académico titulado “La Carrera del Progreso (1852-1938): Un laboratorio de modernidad en Barranquilla” del mismo autor, y basado en una ponencia presentada en un coloquio del Banco de la República titulado “Historias de ciudad”.

1 Comentarios


Diomaldo 09-09-2020 10:10 PM

Muy bien

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