Patrimonio

San Luis de Sincé: emporio de personajes fabulosos

Alfonso Osorio Simahán

10/11/2021 - 04:55

 

San Luis de Sincé: emporio de personajes fabulosos
El Padre Ayola dejó huellas en Sincé / Foto: since-sucre.gov.co

 

El padre Ayola: el Padre que Sincé lloró

No recuerdo si lo leí o lo escuché de alguien: aquello de que los personajes son como paisajes humanos que deberíamos llevar con nosotros al igual que lo hacemos con una fotografía o tarjeta postal. Lo que sí tengo bien claro es que la anterior frase me produce una gratificante empatía hacia ellos, al dar por descontado que se alude a los personajes que solemos clasificar como típicos o pintorescos. Existen y han existido en todos los pueblos y ciudades, pero la experiencia apunta que los pueblerinos son más fascinantes y encantadores al momento de rememorar nuestro venturoso pasado.

Un trascendental e inédito acontecimiento ocurrió el 6 de mayo de 1964 en el apacible San Luis de Sincé, Sincé: un levantamiento popular que, gracias a Dios, dijeron los católicos vocacionales, terminó en fracaso. Y causó perplejidad porque no se dio en contra de la aletargada dirigencia política, ni para demandar del gobierno local mejores y eficientes políticas públicas en materia de salud, educación o servicios. La razón tuvo que ver con una postura romántica y de agradecimiento. Aquella vez el sinceano salió a las calles para rechazar la llegada del nuevo sacerdote que se haría cargo de su centenaria parroquia.

Un grupo de destacadas personalidades, en su mayoría dedicadas al campo de docencia, lograron amotinar a medio pueblo con la excusa que el potencial sucesor parroquial tenía un carácter muy ácido y era de conducta autoritaria. Niños, jóvenes y ancianos se apostaron a la entrada de pueblo y, en la plaza principal con pancartas y pitos, cual muro de disuasión, para ver si con sus acciones, el candidato destinado a ocupar el nuevo cargo, junto con el equipo que lo acompañaba, se desmoralizaba y, luego, abandonara sus pretensiones. Pero una inesperada maniobra de astucia por parte del sacerdote de la discordia, logró que se aplacara aquel clima embravecido. Convenció al comité de la protesta pacífica, de que sólo se quedaría de manera interina por unos 20 días, los cuales aprovecharía para evangelizar y cumplir otras misiones pastorales en el pueblo. Esto, mientras la arquidiócesis del departamento de Bolívar nombraba en propiedad a un nuevo párroco. Su hábil jugada le dio tremendo resultado. El cura advenedizo no sólo se quedó en Sincé por los 20 días prometidos, sino por más de 20 años, hasta el día de su muerte.

Este novelesco episodio lo produjo la llegada del padre Daniel Ayola, quien suplió las funciones parroquiales del padre Juan Giovanny Christine. Con mente fresca, y después de un posterior análisis reflexivo, se concluyó que el pueblo había acudido al llamado de la convocatoria, no era para rechazar a quien llegaba, sino para evitar que Christine se fuera. Este sacerdote en los pocos meses que estuvo al frente de la casa cural, implantó un novedoso método revolucionario para beneplácito del pueblo, en todo lo que tuvo que ver con el mundo de la liturgia. Su fulgurante sonrisa, que combinaba a la perfección con su carisma hipnótico, fue el arma que utilizó para llevar a cabo sus programas religiosos, que resultaron ser la clave para que una entusiasta feligresía, que se encontraba en sumisión absoluta al pasado eclesiástico lo haya aceptado con devoción y afecto. Las celebraciones religiosas perdieron su rutinaria monotonía; los actos sacramentales se convirtieron en unas jubilosas fiestas paganas, y las diferentes procesiones fueron una verdadera romería donde predominaron los canticos y la teatralidad. Todavía queda en la retina de aquella generación, el esplendor y el colorido con que se llevó a cabo una memorable Semana Santa, con viacrucis en vivo. Las calles del pueblo se adornaron con luces multicolores que alumbraban cientos de faroles artesanales; las casas se vistieron con globos, cuadros pictóricos y cintillos, y los corredores se engalanaron con plantas ornamentalmente y motivos de decoración. Es decir, aquella maravillosa ceremonia rubricó lo que simbolizó Christine para toda la comunidad: perpetua alegría. Y ese gran sentimiento colectivo debió ser la causa para que aquel sacerdote de ascendencia italiana, lograra robarse en poco tiempo el corazón del generoso pueblo sinceano.

Caso contrario, el padre Ayola, los primeros días de su presunta transición como jerarca de la iglesia parroquial no la iba a tener muy fácil. Una pesadilla habría de fustigarlo por mucho tiempo y a todo momento. Su tormento iba ser Carmelo Moreno, el ladilloso “Como Fuere”. Con ese remoquete se le conoció y aún se le conoce. El calificativo le viene a este personaje porque en medio de sus alteraciones, de naturaleza síquica, las 24 horas del día lo única frase que esgrimía al primero que se encontrara en su agenda diaria, era una pregunta con puntos suspensivos, cuya eterna muletilla era: “como fuere”, que en el lenguaje coloquial correcto lo traduciríamos, a cómo fuese, o en peor de los casos, cómo será. Para él no existía el saludo de los buenos días, buenas tardes, cómo estás, sino como fuere. Lo normal era que le respondieran, para qué. Pero no era su martirizante pregunta la que de por sí intrigaba, sino las insolentes e ingeniosas respuestas que lanzaba Carmelo, al interlocutor que osara seguirle la corriente.

El padre Ayola lo empezó a vivir en carne viva desde el día en que ofició su primera misa en Sincé. Carmelo, era un muchacho impúber todavía. En pleno altar mayor, mientras Ayola oficiaba la eucaristía, como un fantasma irrumpió Carmelo con su prefabricada pregunta. No necesitó ser adivino el padre para entender que aquella figura estrafalaria que estaba parado frente a él, tenía que ser un muchacho con desequilibrios mentales El padre, sin embargo, disimulando paciencia y con cara de pocos amigos le dijo:

––¿Qué quieres decir con esa retahíla?

––Noo, padre. Era para ver si me podía leer la biblia al revés ––ripostó Carmelo.

Otro día, en el atrio de la iglesia, abordó al padre para aplicarle la misma dosis. Ya este conocía la rutina.                                    

––¿Cómo fuere, padre?  ––dijo Carmelo

––¿Para qué, niño? ––contestó el padre a regañadientes para quedar bien con los presentes.

––Para ver si me puede prestar al interés la platica que tienen los santos en las alcancías, porque quiero comprar una bicicleta.

Pero el día en que el padre, casi pone al descubierto su genio, que tuvo que contener para no darle un buen coscorrón a Carmelo, fue en unas novenas de la Virgen del Perpetuo Socorro. El padre Ayola estaba rodeado de feligreses que disfrutaban frente a la virgen de los arreglos novenarios. Como Fuere se le acercó a hurtadillas y le asestó su pregunta. El padre no le quedó más remedio que contestarle, el para qué.

––Para ver si con una sotana vieja ––dijo Carmelo––, le saca un par de mantazos a cualquier toro ahora en las Corralejas.

El padre Ayola le confesaría a alguien de su entera confianza que, hubo momentos en que estuvo pensando que esos acosos constantes de Carmelo tenían que ver con oscuras maquinaciones de sus detractores, para hacerle la vida imposible. Un día, a engañifas, hizo traer a la casa cural a Zenadia, la mamá de Carmelo, para suplicarle, que le sirviera de apagafuegos ante las arremetidas constantes de su hijo. La respuesta de Zenaida lo dejó más cerero. Le dijo que Carmelo en su rutina diaria salía a las 6 de la mañana de su casa y regresaba a las 8 de la noche, no más a dormir. Que hubo una temporada en que tuvo que amarrarlo para evitar que saliera a la calle, pero ese castigo estuvo a punto de matarlo emocionalmente, y para remate, con el grito a cada minuto de su frase insignia, los vecinos no tenían paz ni podían dormir. Le explicó además al padre Ayola, que en su casa se portaba como Carmelo, pero era en la calle era donde se transformaba en “como fuere” y, que ese disfraz callejero solo se lo podía quitar era el mismo pueblo que todos los días lo festejaba. No había nada que hacer, el padre Ayola quedaba otra vez a merced de las charadas de Carmelo, que lo seguiría asaltando como fantasma de convento a toda hora.

Pero la única víctima en importancia de Como Fuere, no fue el padre Ayola. Él nunca respetó género ni estrato social. Cuando a don Pepe de la Ossa lo nombraron de alcalde, el día de la posesión, de los pocos visitantes ilustres que fueron al palacio municipal a felicitarlo, Carmelo fue el primero. El saludo de felicitación que recibió Don Pepe, fue la agobiante pregunta. Don pepe, quien fue uno de los pocos adultos que más lo toleraron en el pueblo, lo afrontó con paciencia:

––¿Para qué? ––respondió Don Pepe.

––Pa´ ver si seca el pozo El trébol y lo llena de café con leche. Así, el pueblo tendrá a donde ir a desayunar todas las mañanas ––dijo Carmelo.

Un sinceano muy apreciado, hermano del dirigente político que le tocó en una ocasión coordinar la logística del doctor Luis Carlos Galán en su única visita a Sincé, comentaba la siguiente anécdota, muy oportuna para la ocasión. Dice que no se explica cómo hizo Carmelo para mimetizarse cuando se mezcló con el anillo de seguridad del doctor Galán. Cuando lo descubrieron y se prestaban a sacarlo, fue el mismo doctor quien se opuso a ello. NI siquiera le alcanzó a estrechar la mano al doctor Galán cuando ya le había asestado sin compasión el “cómo fuere”. El doctor galán en un gesto intuitivo al descifrar el interrogante de Carmelo, atinó:

––¿Para qué, hijo mío?

––Para que me consiga en Bogotá un puesto de Ministro, o de General retirado… y mientras me llega la primera mensualidad, a ver si usted me puede adelantar unos chivitos.

Quienes sí tenían vedado a Como Fuere para seguirles el juego, al menos en público, era el sexo femenino, después que algunas se ruborizaron cuando el contragolpe de Carmelo fue:

––Pa´ jalármela. O si no, para contarle los pelos de la chucha.

Quien no se dilató mucho tiempo para exhibir su renombrado temperamento explosivo ante la comunidad sinceana, fue el padre Ayola. Una vez que se sintió ungido de poder parroquial por la aprobación que le había dado el grueso de la comunidad en mucha de sus eficientes actuaciones sociales, soltó la perra. De esos primeros casos temperamentales que aflora en la memoria, fue uno cuando le tocó sacar cargado por las orejas en plena misa dominical a un estudiante que había pasado todo el tiempo dándole coscorrones a un compañero de formación que se encontraba delante de él.

Pero la primera vez que dejó entrever su estampa boxística de peso pesado, aunque no le fue tan bien, pese a contra-golpear primero, fue cuando desafió a un habilidoso futbolista, muy cercano familiarmente a este humilde cronista. Una noche de celebraciones religiosas, donde el triquitraque y el bullicio eran el plato fuerte frente al atrio de la iglesia, el padre creyó que el futbolista era el auspiciador del caos, sin preguntas ni reclamos se le abalanzó con sorpresa logrando asestar su primer golpe con la intención de noquearlo. Pero el futbolista asimiló el primer golpe y sorteo los demás, para luego propinarle una patada a lo cobrador de penal, que lo hizo torcer en dos. La intervención del público fue determinante para que la riña no llegara a mayores. A la luz del combate perdió el padre, pero ganó en fama divina. Una semana después de aquel desgraciado suceso, el futbolista tuvo uno de sus acostumbrados partidos de futbol y, en un encontronazo con un rival, justo, se rompió la pierna derecha con la que le había pegado al cura. La noticia se regó como pólvora en toda la comunidad: el padre Ayola estaba iluminado de poderes sobrenaturales. Esto hizo que la feligresía le fuera guardando más respeto. Tanto es así que, a los pocos días del suceso un revoltoso ciudadano que no quiso acatar las normas que debía cumplir en una de una procesión, el padre lo noqueó. Pero temeroso de lo que le pasó al futbolista, lo que hizo fue levantarse, sacudirse y darse las de Villadiego.

Un amigo de toda la vida de este humilde cazador de jolgorios, hace poco me contaba, que, en víspera de tomar el sacramento de la Confirmación, se fue a confesar con el padre Ayola. Cuenta, que todo marchaba bien mientras vomitaba el rosario de pecados que cargaba encima, hasta cuando se atrevió a decirle al padre que, en múltiples ocasiones, el ardor de su excitante adolescencia lo aplacaba con la complicidad de las burritas. Se le hizo raro que el cura en esos momentos se saliera del confesionario. A él le habían dicho en un cursillo para la ocasión, que uno de los rituales de la confirmación contemplaba una leve bofetada que el obispo le daba al confirmado en uno de los cachetes. Pero cuando el cura lo hizo poner de pie, y sin pronunciar palabras le inflamó uno de sus labios con una fuerte cachetada, entonces pensó que el padre Ayola, si de verdad era que estaba practicando con él, se le había pasado la mano. Solo cuando el padre se metió de nuevo al confesionario e hizo que se arrodillara de nuevo para que continuara con sus pecados, fue cuando despejó la duda. La cachetada era parte de la penitencia, y como una fuerte advertencia de que no volviera a tener sexo con animales. Nunca le contó la verdad a sus padres, ante el temor de que estos lo hubiesen terminado de rematar.

Este mismo mortal, en par de ocasiones, por milímetros, se salvó de engrosar la larga lista de víctimas del padre Ayola.

Para un lebero de oficio llega el momento en que las locaciones que sirven de mampara para ejercer sus jubilaciones de clases, se agoten. Barajeando la elección de la próxima leba, mi compañero de fechorías, Edelbero de la Ossa, tuvo una solución de altura: probar en el campanario de la torre de la iglesia.

Para que no fuera aburridora aquella jornada de tres horas que se extendía desde las 8 am, hasta la 11, fuimos a la tienda del “Mono” Gilberto Hernández a bailarle el indio con un par de bollos de batata para acompañarlos con cuatro onzas de queso que Ede, hábilmente sustrajo de la despensa de su casa. 

Pero una vez que logramos el objetivo de encaramados al campanario y empezamos a vernos la cara el uno al otro; sentados en el suelo y en aquel estrecho espacio de escasos un metro cuadrado, llegamos a la conclusión que habíamos perdido el año con elegir aquel lúgubre sitio; y sin provisiones, peor. Porque de un solo jalón le habíamos dado viaje a la merienda hurtada. Ni un dado que trajo Ede, el cual reboleamos por una hora para desestresarnos logró calmar la ansiedad.

Coronar el Everest de la comarca era un privilegio, y no disfrutar del panorama que se cernía a la distancia de sus cuatro puntos cardinales, era una estupidez. Así que, pese a que nos arriesgábamos, a ser descubiertos, probamos de rodillas y con cautela, echar una miradita hacia el exterior de manera fugaz. Un viejo sacristán me había asegurado que, desde el campanario, se divisaban claritos los pueblos de San Pedro, Betulia, Galeras, El Roble y Buenavista, pero nada de eso vimos, tal vez por el vértigo que sentimos. Pero el solo hecho de contemplar la inmensa Sabana y manadas de ganado por los cuatro costados, bastaba para calmar un poco aquel estado de claustrofobia. Cada media hora, como soldados en trinchera, aplicábamos el mismo método. Hasta que una torpeza del Ede, dio al traste con el recreo. Al levantarse, dizque porque se había acalambrado, no sé cómo se enredó con la cuerda que sujetaba el mazo de la campana pequeña que la hizo sonar levemente, pero lo suficiente para que se escuchara en todo el pueblo. No se había disipado el eco cuando del susto pasamos al pánico. Un grito cavernario que brotó desde abajo nos despabiló. Era el padre Ayola iracundo, que a mitad de la escalera nos cerraba el paso y nos ordenaba bajar.

Una vez que lo tuvimos cerca hizo un gesto con sus manos en señal que podíamos pasar sin problemas, pero fueron esas mismas manos de gorila que de un zarpazo nos tomó por los cuellos de las camisas, y nos zarandeó como muñecos. Todavía es la hora que no me explico cómo logré zafarme y escapar escalera abajo. Quien no corrió con la misma suerte fue Edelberto quien se llevó sendas cachetadas, la que me correspondía a mí y la que le tocaba a él. Pero la alegría habría de demorarme poco, porque salí ileso del Ayola, pero no de unos varetazos de parte de mi papá; porque el tiempo que perdí para que se cumpliera las 11 de la mañana para justificar mi horario de clases y poder regresar a mi casa, lo había aprovechado el padre Ayola para llegar hasta allá en plan acusatorio. Resulta que en el forcejeo para librarme de sus garras perdí el cuaderno que estaba marcado con mi nombre y un botón que se desprendió de mi camisa. Estas dos pruebas, más las hojas que sirvieron de envolturas para los bollos se las presentó a mi padre como cuerpo del delito.

Cinco años después de aquel caso del campanario, fue que volví a tener frente a mí al padre Ayola. Esa vez fue para enfrentarme a él en un duelo, pero en lo deportivo. En cierta medida, para aquel entonces ya se le había perdido el miedo. Mi primo Miguel y yo éramos seminaristas. Él tenía cierta preferencia por los que cursaban estudios en esas instituciones. Cierta tarde, Migue, quien era su vecino y un asiduo visitante del padre, me llevó hasta donde él para jugar unas partidas de ping-pong. En uno de los espacios de la casa cural tenía una mesa profesional para tal práctica. Migue me lo presentó como su primo y él no dio señales algunas de que me hubiera visto antes cural.

El futbol y el ping-pong eran los 2 deportes que yo más practicaba en el seminario, y dicho por algunos amigos, yo no lo hacía mal. Como aquel día en la casa cural solo éramos tres, el que perdía le cedía el turno al que estaba vacante. En la primera partida se enfrentaron el padre y Migue. Este perdió y debuté yo. Le gané y me sorprendió que no le haya dado chance a Migue, respetando la norma acordada. Le volví a ganar y nada. Tres, cuatro, cinco…no sé cuántas veces más y Migue seguía como mirón de palo. En pleno juego, en un momento en que recogía la bola que se había ido al suelo, con rostro de disgusto, me dijo que quiénes eran mis padres. Le respondí y eso me hizo sentir un poco intimidado al transportarme al pasado glorioso del campanario.

Bajé la guardia en el juego para dejarme ganar, buscando que Migue me reemplazara. Pero siguió la misma tónica, ahora su resabio era porque me tenía que dar la oportunidad para yo desquitarme. Perdí adrede unas 4 partidas y, adonde le quería darle la oportunidad a Migue. Yo no sabía qué hacer. La visita providencial de unas señoras de la tercera edad, me devolvió la calma porque hubo que suspender la partida. Me estaba despidiendo cuando me sujetó fuerte por uno de mis antebrazos. Me vino el ingrato recuerdo del campanario otra vez; quise soltarme, pero me abstuve. Pero un suspiro de alivio sentí cuando sacó de su nevera una chicha que luego me brindó.

El padre Ayola en el curso de su abnegada misión al frente de la parroquia de Sincé, se erigió con todos los méritos y honores en el párroco más amado y venerado de su historia. La prueba tangible fueron esas manifestaciones de amor y cordura que le brindó su feligresía en todo su proceso pastoral. Los efectos sociales y humanísticos de las obras que impulsó por el bienestar del pueblo aún son un referente valioso.

Su rigidez en la conducción de los destinos de la parroquia, talvez, tendríamos que asimilarla en que ese era el prototipo de disciplina imperante para una época de rebeldía. Para hacer cumplir con fidelidad algunos preceptos eclesiásticos, era a veces necesario aplicar lo que el pedagogo con regla en mano lo hacía en sus aulas. Era como cuidar para que una oveja negra no descarrilara a las buenas. Con los años se volvió manso y abierto. Demostró con los años que su fino humor era más relevante que su apariencia tosca. No se sabe en qué momento hizo las paces con Carmelo, para que ambos terminaran guardándose muto respeto. Fueron frecuentes las veces en que se vio a Como Fuere departir muy animadamente en la casa cural con el padre Ayola. El padre lo recibía con una gaseosa Castalia, o. si no le daba para que la comprara. Era su bebida preferida. El gusto obsesivo que Carmelo tenía por esa bebida le valió su segundo sobrenombre, Castalia.

El día en que se supo la muerte del padre Ayola, el pueblo entero lo lloró. En cumplimiento de su última voluntad sus restos fueron enterrados en Sincé, tierra que, dicen, lo quiso más que el pueblo que lo vio nacer.

Quien pudo escapar también al dolor de ausencia, fue Carmelo. Era común verlo aquellos días luctuosos deambular abatido por los alrededores de casa cural. Un mamador de gallo, de esos ofensivos, le dijo, que si era quería más al padre Ayola que su mamá. Pocas veces respondió tan grosero como en aquella ocasión.  

–SÍ, hijueputa, para ver si ahora vas hacer tú o tú mamà la que me va dar para la castalia.

 

El alcalde más famoso en la historia de Sincé: Demetrio Muñoz Lara

No existe pueblo del Caribe colombiano, por muy comprimido que sea, donde no haya sobresalido como mínimo una de esas legendarias figuras que, por tradición recurrimos a ellas, no para homenajearlas, sino  para festejarlas al son del jolgorio  y la sabrosura recreacional cuando el tedio de la rutina nos absorbe; o cuando el pasmo de una adversidad, o un rato de euforia nos ha revuelto el estado de ánimo. Y lo paradójico es que, lo único extraordinario que hicieron para alcanzar ese rango jerárquico de inmortalidad, fue por vaciar su carga genética en todo el quehacer cotidiano.

El alcalde más famoso en la historia de Sincé, quizá haya sido Demetrio Muñoz Lara, un militar de alto rango en calidad de retiro. Pero su cotización no se debió a sus charreteras, ni porque a que ocupó por cuatro períodos diferentes la administración municipal por allá en el primer cuarto del siglo pasado; ni mucho menos, por impulsar algunas obras de ostensible progreso; sino por su original manera de hacer cumplir con mano de hierro las más elementales normas en materia de convivencia y seguridad ciudadana. Un coterráneo suyo, de humor fácil, en estos días rememorando su temple nos decía en tono altanero que, si en esta época le hubiera tocado ejercer la alcaldía a Don Deme, ese tal animalito del covid-19 no se le hubiera ocurrido detenerse ni un minuto en Sincé, sino que más bien, asustado, habría pasado de largo. Pero al El Látigo –éste era su apodo– así como se le alababa su severidad, también se le admiraba su cualidad de justo. Tanto es así qué, él mismo se hizo preso por infringir en una ocasión la ley que él con ahínco defendía,

Siendo la máxima autoridad del municipio y dotado de una personalidad atractiva, resultaba muy difícil que alguna dama de la localidad, sin compromisos, se resistiera a sus pretensiones de conquista. Quien primero sucumbió como su amante fue una joven trigueña y muy agraciada, a quien Don Deme le hacía su visita romántica bien entrada la noche. Lo hacía en ese horario como manera de sacarle el cuerpo al chisme y salvar su reputación. El alcahuete de aquellos encuentros furtivos era un cabo de la policía quien, además, cumplía funciones de escolta. Pero sus meticulosos planes de aventura clandestina un día se vinieron a pique. Parece ser que, Don Deme, pasado de tragos, mantuvo un escandaloso altercado con su bella consorte donde los celos fueron la nota discordante. Todo el Barrio El Estanco, donde vivía su amante, se enteró. Encolerizado aún por riña, se montó en su caballo. No le bastó el recién bochornoso papel, sino que mientras cabalgaba a galopes hacia su verdadero hogar, cada cincuenta metros, desenfundaba su revólver y disparaba un tiro al aire que no solo despertaron sino que alarmaron al pueblo entero.

A las 6 de la mañana del día siguiente, una vez que se sacudió la pea y le tocó enfrentarse con la penosa realidad, sin mayores explicaciones le dijo a su mujer y al Cabo que, si alguien solicitaba por él de extrema urgencia, les dijeran que en la única parte donde lo podían encontrar era en Puerto Nuevo -la cárcel-, durante las próximas 24 horas; les recalcó que se abstuvieran de llevarle comida. Molido por la vergüenza que le produjo los eventos que protagonizó la noche anterior y, como medida para justificar que la ley sí entraba por casa, se metió en un calabozo, solo vistiendo con calzoncillos, donde departió y jugó dominó con el resto de los presos durante un día completo.

Otra de las virtudes que acrecentó la estampa peculiar de Don Deme, fue en el blindaje con que cubría su honradez.

Sostenía que el dinero en manos de un limpio era una tentación demoníaca. Fue de los pioneros en la región que promulgó un sistema de recaudación muy singular. Las multas, impuestos, donaciones y otras contribuciones al municipio, se hicieran con materiales de construcción, tales como cemento, varillas, arena y piedras de canteras. Materiales que después serían utilizados para construir cunetas, hombrillos u otras obras de infraestructura de interés público.

Un carpintero, muy popular en el pueblo, tenía por costumbre orinarse a cualquier hora y en cualquier recodo de la Plaza Bolívar; lugar que, para él y muchos desempleados, no solo era la única distracción en el día, sino la oficina de empleos donde guardaban la esperanza que cualquier parroquiano se dignara a ofertarles algún tipo de trabajo. No lo sapearon, sino que el mismo Látigo lo vio cuándo se sacudía el miembro viril. Contaría después Don Deme, que estuvo a punto de desenfundar el revólver y asustarlo, pero pensó que cualquier error hubiera sido fatal. Prefirió hacerle llegar una citación a su despacho para imponerle el mismo y en su presencia, una multica de 500 piedrecitas. Así en diminutivo hablaba los días que se encontraba ofuscado. Ni corto ni perezoso el transgresor le llevó el mismo día en una bolsita las 500 piedrecitas, más 50 de más por si hubiera equivocado

––Ahh, chistosito el niño, no ––dijo Don Deme––. Ahora por esa gracia, me vas a tener que traer 500 palitas de esas mismas piedrecitas. Si no te salen 2 días de castigo en un calabocito ––repuso.

En uno de aquellos períodos administrativos de Don Deme, había un cuarteto de afiebrados músicos bullangueros que cualquier día para ellos eran de celebración fiestera. No hubo esquina del pueblo que se salvara de sus arrebatados conciertos. Uno tocaba una violina, el otro un gigantesco tambor, un tercero la guacharaca y el cuarto era el showman: cantaba y bailaba. Aquellas jornadas las realizaban, más con la intención de parrandear, que la de captar alguna otra prebenda. Pero llegó el momento en que algunos habitantes, cansados por el trasnocho que les ocasionaba aquel zafarrancho, se fueron a quejar ante la alcaldía. Don Deme de inmediato los llamó a capítulo para prevenirles de un futuro castigo si persistían en sus arrebatos. Pero se pasaron la advertencia por la faja.

A las 7 de la mañana de cualquier día, esas mismas víctimas del insomnio, fueron a quejarse a Don Deme; le dijeron que los muchachos estaban amanecidos por los lados del barrio La Esmeralda en sus mismas andanzas. Giró instrucciones a su cabo de confianza para que los trajera, so pretexto de que los necesitaba para un toque personal. Pero el cabo no más encontró al del tambor, y al cantor- bailador, los otros dos, se supo después, habían salido a comprar leche.

––Con que ustedes son los distinguiditos artistas trasnochadores–– dijo Don Deme sin descomponerse.

––Están contratados por 12 horas continúas y sin descanso; y vayan comenzando enseguida la presentación que tiene ganas de llover ––sentenció.

Don Deme recomendó a uno de sus empleados de confianza que los surtiera de agua, y una ración de suero con bollo cada 2 horas.

Cuando se regó la noticia en el pueblo que Don Deme había montado un show musical frente a su casa, la cual quedaba en plena plaza principal, de uno en uno se fueron aglomerando los curiosos, hasta convertirse con el paso de las horas en una multitud. Acostumbrados a esperar cada año las fiestas patronales para una buena diversión, aquel espectáculo era un oasis en el aburrimiento que el sinceano de a pie no podía echar por la borda. Al mediodía, el tamborero, con las manos acalambradas lo que hacía era tocar el cuero de su tambora con los puños medio apretados; mientras el cantante bailador ya no daba vueltas, sino que giraba en su propio eje y de su garganta lo que salía era un tarareo afónico. Llegaron las seis de la tarde en medio de rechiflas y aplausos: el cajero visiblemente agotado, ya no utilizaba los puños, sino los codos para sonar a medias el tambor; mientras su compinche, con los pies ni un par de ñames sanjuaneros, lo que cantaba se parecía más bien un rosario recitado en velorio.

A las siete de la noche como estaba previsto finalizó la presentación. Don deme, como si se tratara de la culminación de un acto oficial, para que todos escucharan les gritó a los maltrechos músicos:

––Bueno, si están dispuestos a firmar un nuevo contrato, les advierto que el próximo tendrá una duración de 48 horas. Si están de acuerdo, no más avisen.

Cuenta uno de aquellos que presenciaron el espectáculo, que al bailador tuvieron que llevarlo a su casa en carretilla y el del tambor una vez que estuvo a 10 metros de su casa con el poco aliento que le quedaba le gritó a su mujer que le consiguiera el hacha porque a este ese día tenía a un marido tamborero.

 

Las ocurrencias de Kike, el de Tía Gena

Sobre Kike, el de Tía Gena, en una crónica pasada sosteníamos que el Síndrome de Down se había portado demasiado generoso con él. No solo rompió el mito de una expectativa de vida corta para los que lo padecen al superar los 70 años, sino que muy pocas veces se enfermó, y su vitalidad fue la fuente para que sus inocentes e ingeniosas salidas verbales fueran unas verdaderas joyas de museo. Además, su singular manera de interpretar a su conveniencia cualquier mensaje recibido, era otra de sus facetas aplaudidas.

El licor y el dominó fueron el pretexto para que el patio de mi casa hasta hace unas cuatro décadas, los fines de semana se convirtiera en el epicentro de unas memorables y maratónicas tertulias. Todos los contertulios de mi padre, quien por supuesto, era el anfitrión, eran parientes cercanos. El centro de acopio para aquellas sabatinas reuniones, empezaban a las 4 de la tarde en el corredor de la casa. Cuando al pasar revista se concluía que todo estaba en orden a las 6 se pasaba al patio. No era el ruido inclemente de las fichas de dominó quienes exasperaban a los vecinos, sino las risotadas que brotaban de algún festejo jocoso o picaresco. Todos los invitados los del grupo tenían chispa para el humor.

Era muy frecuente que en esas jornadas se apareciera “Kike el de Tía Gena”. No lo hacía por el dominó, sino porque al más mínimo descuido se dejaba colar un traguito. Alguien, cualquier día de glorificada euforia, le propuso a Kike un trato. Que si le pedía la chucha a una vecina solterona, quien era hija de un ricachón, le daba par un par de helados. Ni corto ni perezoso aceptó el reto. Tocó la puerta, y, justo, quien abrió fue la susodicha dama. Estiró y luego encocó su mano derecha con el ademán y los gestos que hace el muchacho que pide una limosna u otro regalo.

––Niña, ¿por qué no me da la chuchita? ––dijo Kike con cara de necesitado

––Mira, muchacho de mierda- contestó la solterona. Lárgate de aquí, si no quieres que te lave con agua caliente, además estás más hediondo que un chiquero ––lo espetó con rabia la dama.

El Kike, sintiéndose triunfador de inmediato salió a reclamar su prometido regalo. Cuando le preguntaron cómo le había ido contestó:

––Me dijo que sí me la iba a dar, pero primero se la iba a lavar con agua caliente porque la tena más hedionda que un chiquero.

Los hermanos Huertas, Manuel y Diego, rindiéndolos honores a sus apellidos y tradición familiar tenían cada uno una huerta que colindaba la una con la otra, en las afueras del pueblo. La huerta de don Mane estaba habilitada exclusivamente para animales machos: burros, mulos o caballos. La huerta de Dondie era para puras hembras, en su mayoría burras. El horario para ir a buscar los animales era a partir de las 5 de la mañana y para soltarlos a pastar era desde las 4 de la tarde. El distinguido profesor –fallecido– Anselmo Castilla, a la huerta de Dondie la identificaba como el Burdel de María Casquito, porque su tesis era que, se podía contar con los dedos de las manos, alguien de nuestra generación posberrequeque, que sus primeros orgasmos no fueran de factura Dondiegana.

Quienes por las tarde, aparte de ir a soltar la bestia, buscaban una aventura borricada, tenían que esperar que anocheciera por doble intención: había más oferta de ejemplares y la oscuridad evitaba la delación.

En una de esos horarios de placeres crepusculares, andaba en compañía de mi primo Gustavo, cuando a unos de 50 metros divisamos al alguien en unos movimientos no muy ortodoxos. Jurábamos que era alguien que se preparaba para algún concurso del juego del ula-ula, muy de moda en aquella época. Pero qué va: era ni más ni menos que  el Kike con dos burritas bien delineadas en paralelo, a quienes desbraguetaba simultáneamente con una alternabilidad, y aun ritmo simétrico asombroso mientras se balanceaba encima de un tronco. Pecador que censura al que comete el mismo pecado que él, es un ruin.

Con su peculiar sonrisa cantarina, después que al principio había hecho una mueca de disgusto ante nuestra presencia, y sin esperar a que dijéramos la primera palabra, mientras se subía los pantalones murmuró:

––Ya ven, niños, ¡aquí facteando!

Sincé ha producido personajes a granel. Algunos de estos valiosos seres humanos no nacieron en sus calles, pero sus firmes huellas de encantos las esparcieron en el pueblo. Al voleo hemos tomado, por ahora, no más que un trío de ellos para ir tratando de reconstruir algunos pasajes de sus célebres personalidades que aún resuenan en el colectivo sabanero. Al resto los tendremos muy en cuenta.

 

Alfonso Osorio

Sobre el autor

Alfonso Osorio Simahán

Alfonso Osorio Simahán

Memorias de Berrequeque

Abogado en ejercicio, profesión que alterna con la de gestor cultural. Folclorista a tiempo completo y compositor de aires autóctonos del Caribe.

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