Pensamiento

El lápiz y la pistola

Diógenes Armando Pino Ávila

25/09/2026 - 07:10

 

El lápiz y la pistola

 

Estos últimos días, he estado pensando en dos objetos que, aunque caben perfectamente en las manos de un hombre, representan mundos completamente distintos: el lápiz y la pistola.

El primero es un utensilio humilde, casi insignificante, que ha acompañado al ser humano en su empeño por crear, imaginar y dejar memoria de lo pensado. Antes de llegar a la forma que hoy conocemos, el grafito fue utilizado de distintas maneras hasta que, con el paso del tiempo, terminó protegido dentro de un cuerpo de madera. Así nació ese compañero silencioso de estudiantes, artistas, arquitectos, ingenieros, escritores y de todo aquel que alguna vez necesitó convertir una idea en una línea.

El lápiz tiene algo que me resulta particularmente hermoso: sirve para construir antes que para destruir. Con él se dibuja una casa antes de levantarla, se traza un puente antes de construirlo y se escribe una palabra antes de convertirla en discurso. También acompaña al niño en sus primeros garabatos, cuando todavía no sabe escribir su nombre, pero ya está tratando de explicarle al mundo que tiene algo que decir.

Y hay algo más: casi todos los lápices tienen borrador. Ese pequeño pedazo de goma parece un detalle insignificante, pero contiene una enorme lección de vida. Nos recuerda que podemos equivocarnos y corregir. Que una línea mal trazada no necesariamente arruina el dibujo. Que siempre existe la posibilidad de borrar, volver a empezar y buscar un camino diferente.

La pistola pertenece a otro universo. Es un arma concebida para disparar proyectiles y, por su propia naturaleza, está asociada al poder de herir, someter o quitar la vida. La pistola no dibuja caminos: los impone. No necesita borrar porque aquello que produce puede ser irreversible. Por eso ha acompañado tantas veces la violencia, el crimen, las guerras y las disputas por el poder.

Algunos la llevan para defenderse; otros para intimidar. Y no faltan quienes la convierten en una especie de accesorio de autoridad, como si llevarla al cinto agregara centímetros a la estatura del hombre o autoridad a su palabra. Hasta hay quienes las adornan, las enchapen en oro y las exhiben como símbolo de poder. ¡Como si la muerte también necesitara joyería! Pero lo verdaderamente inquietante no está en el objeto mismo, sino en lo que representa cuando aparece asociado al ejercicio del poder.

El lápiz propone una manera de gobernar desde la palabra, la imaginación, la educación, la escritura y la construcción de ideas. La pistola, en cambio, pertenece al lenguaje de la fuerza, de la autoridad que necesita hacerse visible y de la seguridad entendida desde el poder del arma. Y aquí es donde estos dos objetos dejan de ser simples utensilios y comienzan a hablarnos de la sociedad.

Un gobernante puede escoger simbólicamente entre muchas herramientas para presentarse ante sus ciudadanos. Puede aparecer con un lápiz en la mano, recordándonos que las grandes transformaciones se escriben primero en el papel, en las leyes, en los proyectos y en las ideas. O puede preferir el arma al cinto, enviando otro tipo de mensaje: aquí está el poder, aquí está la fuerza y aquí está quien manda. No estoy diciendo que un lápiz garantice un buen gobierno ni que una pistola convierta automáticamente a alguien en un mal gobernante. La realidad política es mucho más compleja que eso. Pero los símbolos importan, porque también educan.

Un niño que recibe un lápiz recibe una invitación a crear. Un hombre que empuña una pistola tiene en sus manos la posibilidad de destruir. El lápiz escribe leyes; la pistola puede hacer que alguien las obedezca por miedo. El lápiz necesita argumentos; la pistola necesita munición. El lápiz permite corregir; la bala, una vez disparada, no conoce el borrador.

Tal vez por eso me ha dado por pensar que los pueblos también deberían preguntarse con qué herramienta quieren que se escriba su historia. Porque gobernar no debería consistir únicamente en mandar. Gobernar también es dibujar el futuro, corregir los errores, escribir acuerdos y dejarle a la siguiente generación un país donde la vida tenga más valor que la fuerza.

Por ello pienso que, entre el lápiz y la pistola existe una diferencia sencilla, pero profunda: uno deja una marca que puede borrarse; la otra puede dejar una herida que jamás desaparece. Y quizás esa sea la verdadera pregunta que debemos hacernos cuando observamos a quienes ejercen el poder: ¿Con qué quieren escribir la historia: con el lápiz de las ideas o con la pistola de la fuerza?

Porque los pueblos podrán olvidar muchos discursos, pero difícilmente olvidan aquello que sus gobernantes les enseñaron a considerar como símbolo del poder. Y entre un lápiz y una pistola, como decía mis tías abuela cuando había que escoger entre dos caminos, “mijo, piense bien… porque después no venga a decir que fue sin querer”.

 

Diógenes Armando Pino Ávila

Sobre el autor

Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila

Caletreando

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

@AvilaDiogenes

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