Pensamiento

La política, la lisonja y otras artes que cuidan el cuerpo y alma

Felipe Muñoz Plaza

04/07/2019 - 05:05

 

La política, la lisonja y otras artes que cuidan el cuerpo y alma
Socrates, Platón y Aristoteles: los padres de la Filosofía

 

“A la multitud le interesa más lo que le produce placer o consuelo, que lo que la hace mejor”. Esta crítica, esgrimida desde ninguna parte, no esperó a la invención de la televisión para ser formulada. También es anterior a la instauración del cristianismo e, incluso, al circo romano y a la profusión de entretenimientos “para el pueblo”. Fue ya formulada, y admirablemente descrita por Platón, en boca, por supuesto de Sócrates, en su diálogo Gorgias.

En esta obra, Gorgias, un sofista de la época de Sócrates, defiende su profesión de componer y recitar discursos agradables para la gente. Sin embargo, Sócrates encuadra el arte de Gorgias mediante la división de lo que es agradable y placentero y lo que es moralmente, y psicológicamente, mejor. Una división que, en ciertos aspectos, hoy hemos olvidado.

Para Sócrates, hay vida en el alma y hay vida en el cuerpo del hombre. Y, tanto el alma como el cuerpo, requieren de un arte especial para su cuidado. Del cuidado del alma se ocupa, según Platón, la política; el arte que vela por el cuerpo, sin embargo, carece de nombre aún.

Ambas artes, el arte de lo mejor para el alma y el arte de lo mejor para el cuerpo, se dividen, a su vez, en dos especies: una para la salud y otra para la enfermedad.

La parte de la política que se ocupa del alma sana es la legislación. Es decir, el arte de proporcionar las mejores leyes para el Estado, que, a su vez, formarán a los mejores individuos posibles.

En cambio, del alma enferma ha de ocuparse la justicia, como institución que restaura el imperio de la ley, cuando este se ha roto en el Estado y en el alma del individuo que ha cometido el desafuero.

Por otra parte, la rama del saber cuya misión reside en el cuidado del cuerpo sano, es la gimnasia. Esto es, la ejercitación del cuerpo para conservar y, en la medida de lo posible, promocionar su vigor.

Finalmente, del cuerpo enfermo habrá de encargarse, por supuesto, la medicina, entendida en el sentido amplio, como el arte de restaurar el equilibrio perdido en el cuerpo, en orden a lo mejor para él.

En fin, la política es entendida por Platón como el arte de lo mejor para el alma, y aún hay otro arte, sin nombre, de lo mejor para el cuerpo. Sin embargo, contrapuestas a estas cuatro disciplinas, han surgido otras cuatro que se encaminan, no a lo mejor, sino a lo más agradable para el alma y para el cuerpo. No se trata ya del arte de la política, sino del arte de la lisonja.

El placer para el alma y el cuerpo

En efecto, a la legislación como arte de las mejores leyes, corresponde la sofística como disciplina de las leyes más agradables o de la justificación de la ausencia de leyes.

A la justicia, como cuidado del alma enferma con vistas a lo mejor, se enfrenta la retórica, o el arte de convencer al alma de que ni siquiera está enferma; de que las leyes son convencionales y que transgredirlas “no es tan malo”, y no es sólo responsabilidad del trasgresor.

En el mismo sentido, en contra de la gimnasia como cuidado del cuerpo sano, se ha desarrollado la cosmética (¡en tiempos de Platón!), como arte de hacer parecer al cuerpo más saludable de que lo realmente está.

Y, finalmente, y para nueva sorpresa moderna, en contra de la medicina como ciencia del cuidado del cuerpo enfermo, aparece el “arte culinario”, como arte de agradar al cuerpo, con alimentos dudosamente saludables.

Estas artes no tienen por objeto lo mejor para el hombre; simplemente están hechos para agradarle. No tienen bases sólidas ni provienen del conocimiento de lo mejor. Así pues, la sofística es al alma lo que la cosmética al cuerpo. Y, esto, presuponiendo que hablemos de hombres sanos en cuerpo y alma. Porque, cuando el alma enferma, se pasa de la sofística a la retórica, que es análoga al “arte culinario”, el arte, al fin y al cabo, de cocinar los hechos para que nos parezcan más agradables.

 

Felipe Muñoz Plaza

 

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