Pensamiento

El Amor: una corta definición y una gran historia

Iveth Barrantes y Eval Antonio Araya

15/06/2021 - 05:10

 

El Amor: una corta definición y una gran historia
El beso, de Francesco Hayez. Pinacoteca de Brera (Milán)

 

“El tiempo de amor no es grande ni chico: es la percepción de todos los tiempos en uno solo, de todas las vidas en un instante”. [Octavio Paz] 

En la antigüedad grecolatina se conoció el amor como una pasión dolorosa, sin embargo, apetecible. El mito del andrógino es muestra de ello. Los seres humanos eran considerados incompletos y la búsqueda de su otra mitad resultó dolorosa y no siempre exitosa.

En este contexto no existió una verdadera teoría del amor. Platón estuvo próximo de hacerlo, con el eros platónico, pero como lo vinos antes, desnaturalizó la acepción para transformarla en un erotismo filosófico, sublimado y contemplativo, del que, por lo demás, se excluía a la mujer de carne y hueso, o sea, se negó la sexualidad, aunque se partió de ella.

No es sino hasta próximos al final de la edad media que, en Francia, se inicia la especulación sobre el amor, no como algo contemplativo, individual ni extraviado, sino como un modo de vida superior; claro está, sin perder su contacto con la sexualidad y con el erotismo, es cuando aparece el amor cortés.

El amor comienza con la mirada del otro, la persona que amamos. Al igual que en el erotismo, el amor tiene como base lo físico. Está atado a lo corpóreo por la fuerza de la gravedad de lo sexual, por el placer y por la muerte. Pero es mucho más, es una forma de comunicación especial, es una especie de afecto, una alteridad particular basada en la libertad y en el reconocimiento del otro en cuanto tal:

“El amor, a su vez, también es ceremonia y representación, pero es algo más: una purificación, como decían los provenzales, que transforma al sujeto en objeto del encuentro erótico en personas únicas. El amor es la metáfora final de la sexualidad. Su piedra de fundación es la libertad: el misterio de la persona”.

La direccionalidad es clara y necesaria: no hay amor sin erotismo, ni erotismo sin sexualidad. A su vez, así como la sexualidad implica corporeidad, el amor implica la libertad de la persona amada y del amante. El amor es la corona del proceso y la libertad el valor y componente máximo del mismo. Este concepto de amor implica amar a una persona, no a una abstracción ni a una idea, tal fue el caso del eros platónico.

En este sentido, el amor filial, el fraternal, el maternal, el ágape y la filosofía misma, no son amores en sentido estricto. Solo se los puede considerar especies de amor en el tanto y en el cuanto se comprenda la referencia analógica implícita. O sea, el amor entre familiares, para con el prójimo en abstracto, para con dios y para con la filosofía, no pueden ser tales, siendo que no poseen el componente erótico ni el sexual.

El amor se da en tiempo y en espacio, con respecto de una persona mortal, por lo que la eternidad pretendida por el erotismo no encuentra correspondencia en él. Cronotópicamente, el amor no puede ser eterno, está condenado a terminar o a transformarse. Los amantes lo saben y comprenden que la relación y la realización derivada en y de estas características, sufren de afecciones tales como las generadas de la edad, la enfermedad y la muerte:

“El amor es también una respuesta: por ser tiempo y estar hecho de tiempo, el amor es, simultáneamente, conciencia de muerte y tentativa por hacer del instante una eternidad. Todos los amores son desdichados porque todos están hechos de tiempo, todos son el nudo frágil de dos criaturas temporales y que saben que van a morir; en todos los amores, aun en los más trágicos, hay un instante de dicha que no es exagerado llamar sobrehumana: es una victoria contra el tiempo, un vislumbrar el otro lado, ese allá que es un aquí, en donde nada cambia y todo lo que es realmente es”.

El amor no vence la muerte, ni siquiera en el matrimonio católico o cristiano en general. Él es una especie de apuesta contra los accidentes, aristotélicamente planteado, sin embargo, gracias a él, que, como lo señala Paz, es en esta tierra lo más próximo a la beatitud, es posible vislumbrar hacia las otras vidas posibles y, en un pequeño instante, trascender metafóricamente a la eternidad. Catulo señaló que el amor requiere tres elementos básicos, a saber: elección, el desafío y los celos. En este mismo sentido, Paz subraya que son cinco los elementos distintivos del amor: exclusividad; obstáculo y trasgresión; dominio y sumisión; fatalidad y libertad y unión hilemórfica: alma y cuerpo; los que finalmente resume a tres: exclusividad; libertad y persona.

Nótese que cuando se habla del amor entonces se hace referencia a la relación entre dos personas, que se recrean entre sí gracias a un ejercicio de voluntad y a una escala axiológica definida. Así, el amor es dialéctico necesariamente, por ejemplo: posesión y entrega, actos recíprocos; elección y destino, eternidad y negación de ella. Sin libertad no hay lo que llamamos persona y sin ésta no es posible el ejercicio amoroso.

 

Iveth Barrantes y Eval Antonio Araya

Universidad de Costa Rica

Acerca de esta publicación: el artículo “ El Amor: una corta definición y una gran historia ” de Iveth Barrantes y Eval Antonio Araya, corresponde a un capítulo extraído del ensayo académico “ Apuntes sobre sexualidad, erotismo y amor “ , publicado anteriormente por los mismos autores.

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