Pensamiento

La guerra en la mirada: estampas de algo aborrecible

Johari Gautier Carmona

20/10/2021 - 05:45

 

La guerra en la mirada: estampas de algo aborrecible
¿Cómo se combate la guerra? / Foto: archivo El Día de Valladolid

 

Sobre la guerra se ha escrito mucho. Muchísimo. Quizás porque quisimos durante demasiado tiempo pintarla como una dimensión heroica y esencial del deber patriótico. O tal vez porque, como seres destructivos, la guerra rige, de una forma u otra, nuestra vida entre sociedades. Hoy, sin embargo, las guerras se han vuelto una vergüenza, a pesar de que ellas -las guerras- siguen siendo pan de cada día.

Leon Tolstoi la describió como una cuestión de honor. En su obra “Guerra y paz” decía: “Una ciudad ocupada por el enemigo es como una doncella que ha perdido su honor”. Mientras que Hemingway resaltaba los idealismos que animan la guerra y sus combatientes en “Por quién doblan las campanas” con frases como ésta: “El mundo es hermoso y vale la pena luchar por él”.

García Márquez, por su lado, representó la guerra como algo absurdo en “Cien años de soledad”. Algo que se repite hasta la saciedad debido al orgullo y la codicia de jefes perdidos en sueños de grandeza. La frase que mejor la retrata es tal vez aquella que habla del sinsentido del comienzo de una guerra y la facilidad con la que el hombre se acomoda a la idea de destruir: “No entendía cómo se llegaba al extremo de hacer una guerra por cosas que no podían tocarse con las manos".

En su serie de ensayos sobre la guerra y la poesía, el escritor Antonio Acevedo Linares describió el cinismo de quienes empiezan las guerras y las llevan más allá de lo imaginable. En un contexto de diálogos y reconciliación nacional (con la firma de la Paz en La Habana), Antonio describió cómo, en el caso colombiano, la guerra tiene un tinte sistémico, es decir que el sistema administrativo vive de ella. Su aparato político, económico y propagandista respira con ella y se alimenta de ella en una suerte de imagen extraña y diabólica en donde el enfermo se complace y congracia con la enfermedad y la mantiene en sus adentros, aunque esto represente una muerte en vida.

“La esquizofrenia de la guerra que vive Colombia debe ser un gran negocio –explica Acevedo Linares–, porque si la insurgencia no es capaz de tomarse el poder por las armas, y el ejército constitucional no es capaz de derrotarla, con toda la tecnología de sus asesores norteamericanos, sus satélites y arsenal bélico, es porque alguien se beneficia de esta guerra que no tiene fin; descubrir quiénes son los que se benefician con la guerra es un principio estratégico para comenzarla a terminarla, porque el ajedrez de la política nacional debe ser jugado de otra manera, para que no nos sigan dando jaque mate”. 

En este entramado de reflexiones sobre la guerra –todas ellas tan pertinentes como necesarias para entender el paso del tiempo y los cambios sociales–, la obra “Las miradas a la guerra” de Luis Mario Araújo Becerra tiene su relevancia. A caballo entre el ensayo y el texto de ficción, Luis Mario retrata la guerra como un conjunto de imágenes desazonadoras en las que el ser humano se ve reducido a una sola palabra: destrucción. Destrucción del entorno, destrucción de un horizonte y destrucción de sí mismo.

La guerra es, desde la óptica de Luis Mario, algo que reviste un atuendo universal: “No creo que haya guerras “nuestras”; pienso que donde se produzcan causarán la misma desolación, el mismo miedo. Los rostros frente a la muerte siempre serán iguales”, expresa el autor en el prefacio del libro.       

Desde los Balcanes –lugar en el que empieza la narración– hasta el suelo colombiano, los seres humanos se caracterizan por el apetito que les produce la muerte, y en esa carrera aberrante hacia lo más horroroso, los capítulos fúnebres terminan pasando y cayendo en el más impresionante sinsentido.

¿Para qué sirven las guerras? Ésta es la pregunta que subyace en la narración de Luis Mario Araújo, desde el momento en que “los soldados van pasando con ese imponente tableteo”, hasta que “oyen la voz del capitán que es llevada por la brisa”. La guerra es la representación misma de la barbaridad humanidad, de la altivez y del silencio, opuesta a la creatividad. El tanque en celo, que pinta Luis Mario, ese mismo tanque que respira y exhala un vaho hediondo, es el fruto de esa creatividad puesta al servicio de la muerte. La muerte de lo genial. Y bien se sabe que la guerra y la destrucción alimentan el desarrollo y el crecimiento.

Vivimos, nosotros los seres humanos, y civilizaciones enteras, sobre un sinfín de contradicciones. Buscamos afirmarnos en el tiempo a través de la desaparición del otro. Pero peor todavía: esos instintos infantiles de guerras y luchas que ya pueden observarse en los niños de 4-5 años cuando juegan con las pistolas de plástico se mantienen vivos, controlados de alguna forma, hasta el momento de la madurez, aquel en el que la lucha por el poder les lleva a desatar sus peores odios. Ahí, en ese momento, se convierten las guerras fantasiosas en guerras de verdad, batallas de vecinos en conflictos fratricidas, como niños que juegan con armas letales en escenarios reales.

En estos escenarios tan volátiles, tan repentinos y manipulables, el libro de “Las miradas a la guerra” recoge un suceso de grandísima importancia: la campaña que hizo Ernst Friedrich realizó con fotografías crudas y reales sobre los estragos de la primera guerra mundial para alejar esa atracción fatal del ser humano por los conflictos. “¡Guerra contra la guerra!”, se titulaba. Era una suerte de terapia de choque que buscaba abrir los ojos de la sociedad. Sin embargo, pocos años después advenía el más tenebroso de los conflictos: la Segunda Guerra Mundial.  Y ahí reside también una gran incógnita. ¿Cómo se combate la guerra? ¿Cómo se lucha contra algo enquistado en los mismos intereses del poder? ¿Cómo se crea una sociedad pacífica dentro de sistemas que viven de la guerra, que la alimentan en sus telenovelas y manifestaciones diversas? ¿Cómo se habla de paz en sociedades que ven la paz como un engaño continuo o una traición? ¿Cómo?

El caso de Colombia es, obviamente, un caso de estudio. Aunque, de momento, todas las respuestas responden a esa misma lógica que alimenta la propia guerra. ¿De qué forma hay que ver la guerra para que deje de existir en la vida cotidiana?    

 

Johari Gautier Carmona

@joharigautier

Sobre el autor

Johari Gautier Carmona

Johari Gautier Carmona

Textos caribeños

Periodista y narrador. Dirige PanoramaCultural.com.co desde su fundación en 2012.

Parisino español (del distrito XV) de herencia antillana. Barcelonés francés (del Guinardó) con fuerte ancla africana. Y, además -como si no fuera poco-: vallenato de adopción.

Escribe sobre culturas, África, viajes, medio ambiente y literatura. Todo lo que, de alguna forma, está ahí y no se deja ver… Autor de "Cuentos históricos del pueblo africano" (Ed. Almuzara, 2010), Del sueño y sus pesadillas (Atmósfera Literaria, 2015) y "El Rey del mambo" (Ed. Irreverentes, 2009). 

@JohariGautier

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