Pueblos

Política, Corrupción e Identidad

Antonio Ureña García

08/01/2016 - 07:00

 

Siguiendo la definición propuesta por el Banco Mundial (World Develpment Report de 1997) entenderíamos por corrupción “la utilización del poder público para el beneficio privado”. El carácter tan amplio de dicha definición, tendría sentido únicamente si consideramos la extensión de las manifestaciones que engloba el concepto.

Democracia y subdesarrollo

La corrupción es actualmente una de las principales preocupaciones de la ciudadanía en ambas orillas del Atlántico. En Latinoamérica, está tan arraigada que determina las relaciones del día a día con la administración.

En España, el estallido de los escándalos de corrupción en los últimos tiempos –precisamente coincidiendo con una época de salvajes recortes- ha sido tan violento que ha modificado la tradicional correlación de fuerzas entre los dos partidos mayoritarios, trayendo como resultado un nuevo paisaje político y una situación postelectoral que algunos medios califican de ingobernable. Al producirse tales episodios en ambos contextos, deberíamos preguntarnos si la corrupción política es parte de la identidad Hispanoamericana; esto es, de una identidad común en ambos territorios.

En diferentes ocasiones nos hemos referido desde esta columna, al origen de muchos de los aspectos que configuran la identidad y vida cotidiana en el subcontinente, en la Conquista y en la Colonia, produciéndose lo que denominamos continuidad neocolonial. Es cierto que la corrupción en la España del S. XVI y XVII era moneda común. El propio Cervantes en su novela “Riconete y Cortadillo” nos describe la amistad entre Monipodio, el jefe de la cofradía de ladrones de la ciudad, y el  Alguacil de Sevilla, a quien le hacía llegar “sus buenos cuartos”.

Un documento de la época -Cristóbal de Cháves, 1585: Relación de la Cárcel de Sevilla-, relata la existencia de celdas que podían ser alquiladas al precio de quince reales al mes y de esta manera vivir la estancia penitenciaria de manera cómoda y sin mezclase con otros delincuentes; situaciones habituales en las cárceles latinoamericanas hoy en día. El citado documento narra cómo había carceleros que hacían guardia ante las letrinas y obligaban a pagar a todo aquel que quería usarlas, un pequeño canon por pisar las piedras que había colocadas en el suelo para evitar los excrementos, por citar solo dos ejemplos. En el artículo citado en líneas anteriores, nos referíamos a los sobornos en la Casa de Contratación de Sevilla para obtener el salvoconducto que permitiera asentarse en las indias.

Podríamos seguir citando multitud de ejemplos que reforzaran la tesis de cómo el origen de la corrupción hay que buscarlo en el proceso colonial. Tales ejemplos explicarían el origen del problema, pero en ningún momento sería justificación del mismo. Dicha corrupción continúa desarrollándose a través de los procesos  independentistas,  las dictaduras que asolaron la región, pero también en durante los regímenes democráticos, si es que podemos hablar de tales. Ludwig Huber (Una interpretación antropológica de la corrupción) define la misma como una “patología social” que supone un déficit en gobernabilidad; un obstáculo para el desarrollo económico; fomenta un ambiente antidemocrático y engendra el desprecio hacia las instituciones, perjudicando sobre todo a los pobres.

Corrupción y democracia

Durante muchos años, el discurso de la corrupción se aplicaba únicamente a países en vías de desarrollo, regímenes autoritarios o democracias emergentes, dada su falta de instituciones o la debilidad de las mismas,  generándose una burocracia lenta e ineficiente que obliga a los usuarios de un servicio a no seguir las reglas con el objeto de acelerar el proceso o saltárselo. Es más, frente a la administración de muchos países la regla es el soborno, esto es la corrupción, favorecida por funcionarios y políticos que no realizan esfuerzo alguno por cambiar la situación, puesto que la misma les proporciona ingresos. 

De igual manera, se ha mantenido que la corrupción es incompatible con la democracia. Si repasamos los titulares de la prensa mundial, veremos que la apreciación anterior no se ajusta a la realidad. El estallido de la corrupción en la España SXXI - una democracia consolidada, se supone- invalidaría ese argumento. De igual manera, el escándalo de Wolkswagen –que, para superar los estándares necesarios de bajas emisiones y poder recibir subvenciones públicas por ello, incorporaban un software capaz de detectar cuándo un vehículo estaba siendo sometido a Inspecciones, poniendo al vehículo en un modo de baja emisión de dioxido de carbono, que se multiplicaban durante la conducción normal-,  sería un pruebas de lo incorrecto de la afirmación.

El caso anterior, sería únicamente un fraude que nos hablaría de una ética empresarial propia del capitalismo salvaje, donde se valora más el beneficio, frente a la salud de las personas, la violación de las leyes, la conservación del planeta y los límites de la ética. Al intervenir dinero público, que bien pudiera haber sido empleado para otros fines, el fraude se transforma en corrupción

¿Valores positivos de la Corrupción?

En este punto sería necesario plantearse: ¿de qué manera pervive la corrupción hasta convertirse en endémica en muchas sociedades? ¿Es que los gobiernos no actúan frente a la misma?  Como dice Jonathan Parry (The Crisis of Corruption, 2000), una de las características del fenómeno es que los corruptos siempre son los “otros”.  En las disputas parlamentarias sobre casos de corrupción que salpican a un determinado grupo político, es demasiado frecuente la utilización del  “y tú más”, como único argumento e independientemente de su adscripción ideológica. De esta manera, no se actúa contra la misma, que continúa campando a sus anchas, siendo tácitamente asumida.

Detrás de este proceder característico, estarían las ideas de Nathaniel Leff, (Desarrollo económico a través de la corrupción burocrática) Leys Colin (What is the problem about corruption?) y Samuel Huntington (El orden político en las sociedades en cambio), entre otros, quienes sostienen que la corrupción es un fenómeno que, en determinadas circunstancias, ayuda a contrarrestar una serie de factores desestabilizadores, pudiendo ser funcional para el desarrollo al permitir superar las leyes tradicionales o las reglamentaciones burocráticas que traban la expansión económica. Según los citados autores, la corrupción sería un mal menor, cuyo efecto positivo sería el desarrollo; es decir, un precio necesario lograr el mismo.

Objetivo de la Corrupción: destruir la clase media

Por el contrario, otra serie de autores como Friedrich (The Pathology of Politics, 1972), afirman que la corrupción y el nepotismo –a los que, por nuestra parte, añadiríamos el clientelismo- pudren las buenas intenciones y retardan políticas progresivas convirtiéndose en un obstáculo para el desarrollo. Según manifiesta el autor, la corrupción sistémica puede conducir a sociedades económicamente estancadas, siendo una herramienta necesaria para la implosión de una ética pública que haga frente a la misma, la existencia de una clase media lo suficientemente consolidada.

La clase alta utiliza la corrupción a su favor; las clases más pobres no tienen voz política. Entonces, el problema de la moral anti-corrupción recae sobre las clases medias. El objetivo, entonces, está claro: destruir las clases medias; práctica que se ha puesto en marcha durante décadas en Latinoamérica y ahora se quiere implantar en Europa, siendo los años de gobierno del Partido Popular en España o la labor de acoso y derribo sobre Grecia, del que nos hemos hecho eco en estas páginas, una buena muestra de ello. 

¿Por qué son reelegidos los corruptos?

¿Por qué los políticos corruptos son reelegidos; los empresarios implicados en tramas de corrupción obtienen un trato fiscal diferente el del resto de sus conciudadanos, o algunos famosos implicados en casos de fraude fiscal, blanqueo de capital o delitos similares reciben un trato de favor por parte de los medios?

Esta forma de tratar la corrupción, contribuye a minimizar el impacto negativo de la misma a ojos del gran público. Recordemos que los medios de comunicación están en manos de grandes corporaciones empresariales, favorecidas y favorecedoras de grupos políticos, para los cuales, la corrupción es moneda de cambio.

El politólogo Noruego  Bo Rothstein considera que para los defensores de los aspectos positivos de la corrupción, ésta engrasaba la maquinaria y hacía que la rueda siguiese girando”. Los medios de comunicación nos venden la idea anterior, unida a que el desarrollo económico logrado por los grupos políticos afines a sus intereses tienen mayor importancia que los casos de corrupción detectada. A todo ello habría que sumar el trato de favor que, determinados grupos, reciben en período electoral. Ya sabemos la importancia del trato mediático para los resultados electorales.                

Las consideraciones anteriores explicarían, en parte, la reelección de partidos y personas tocados por la corrupción,  pero habría más elementos que analizar. Según el citado politólogo -en conferencia pronunciada recientemente en Madrid- con los políticos locales suele ocurrir que, aun no siendo honestos, a los electores les da igual da igual si ayudan a la comunidad, trayendo el pan a casa en forma de contratos públicos. Y esta forma de pensar puede contagiar las elecciones nacionales.  Por otro lado, en nuestras sociedades se ha impuesto una doble moral cuyas repercusiones en la vida política son claras.

En ambas orillas del atlántico se pronuncia entre sonrisas una frase que define muy bien la base de la corrupción: a mí que no me den, que me pongan donde haya. Externamente se critica a los corruptos, pero en el fondo  -y la frase anterior es buena muestra de ello- un sector importante de la población piensa que de tener la oportunidad, ellos o ellas hubieran hecho lo mismo. De la misma, se critica el nepotismo -trato de favor hacia familiares o amigos, a los que se otorgan cargos o empleos públicos por el mero hecho de serlo, sin tener en cuenta otros méritos-, pero en el fondo se piensa, como en el ejemplo anterior, que de estar en esa situación, hubieran hecho lo mismo. Ello explicaría cómo políticos muy beligerantes en periodo electoral contra la corrupción, nombran como alto cargo a un familiar cercano. 

Las anteriores, son muestras de la doble moral tan característica de la sociedad que tenemos, en la cual, la ética tradicional está siendo sustituida por la ética de los mercados o la ética del capitalismo salvaje, a la cual ya nos hemos referido. Esa misma ética -que en realidad es una falta de ética- es en buena medida, la que lleva a votar a un político determinado sin tener demasiado en cuanta sus vinculaciones con tramas de corrupción. 

 

Dr. Antonio Ureña García

Sobre el autor

Antonio Ureña García

Antonio Ureña García

Contrapunteo cultural

Antonio Ureña García (Madrid, España). Doctor (PHD) en Filosofía y Ciencias de la Educación; Licenciado en Historia y Profesor de Música. Como Investigador en Ciencias Sociales es especialista en Latinoamérica, región donde ha realizado diversos trabajos de investigación así como actividades de Cooperación para el Desarrollo, siendo distinguido por este motivo con la Orden General José Antonio Páez en su Primera Categoría (Venezuela). En su columna “Contrapunteo Cultural” persigue hacer una reflexión sobre la cultura y la sociedad latinoamericanas desde una perspectiva antropológica.

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