Pueblos

Oralidad y escritura en la isla de San Andrés

Juliana Botero Mejía

05/04/2019 - 05:30

 

Oralidad y escritura en la isla de San Andrés
Una vista del litoral de San Andrés / Foto: Colombia.travel

Las islas de San Andrés, Providencia y Santa Catalina tienen una ubicación geopolíticamente estratégicas en el Mar Caribe occidental y, sin embargo, no se sabe «en qué año ni por quién fueron descubiertas, pero sí se sabe que fue al principio del siglo XVI por españoles» (Gallardo, 1986: 159), quienes las ignoraron por completo, dándole paso a la colonización y poblamiento por parte de puritanos ingleses y de sus esclavos.

Durante los siglos XVII y XVIII, España –que nunca colonizó ni pobló el Archipiélago– e Inglaterra mantuvieron un constante forcejeo por el dominio y gobierno de las islas expresados «en la disputa entre la religión católica y la protestante, entre el idioma inglés y el español y entre los grupos blancos y los negros» (Friedemann, 1989: 14). Dicha disputa terminó en 1795, cuando la corona española accedió a la petición de los ingleses de permanecer en las islas a cambio de someterse a España y a su estructura jurídica. A partir de 1822, el Archipiélago pasó a pertenecer a Colombia y, gracias a la falta de presencia por parte del Estado, las islas mantuvieron su independencia económica y cultural. De esta manera, la sociedad isleña –con raíces africanas y británicas– continuó con el desarrollo de su propio sistema de vida basado en la memoria colectiva y en la historia de un pasado común –su razón de ser como pueblo– diferente de la historia oficial colombiana, al igual que con su cultura caribeña, su religión bautista, su sistema escolar en inglés –cuyo propósito era la enseñanza de las primeras letras y la enseñanza de la religión– y su propia lengua: el creole.

A principios del siglo XX, el Estado colombiano, en su afán homogenizador plasmado en la Constitución de 1886 y siguiendo una política centralista que llevara a un control total de la población y de su territorio, quiso construir una unidad nacional sobre la base de la uniformidad, traducida en una sola lengua: el español; una sola religión: la católica, y una sola historia patria, ignorando así la lengua, la historia y demás manifestaciones culturales propias de las islas.

La política de colombianización de las islas, que tenía como meta la uniformidad cultural mediante la estrategia de asimilación del Archipiélago al continente a costa de su identidad cultural, se llevó a cabo por medio de la educación formal, pasando por encima del sistema escolar en inglés instaurado en las islas desde el siglo XIX por la iglesia bautista. Por tal motivo, a partir de la década de 1910 la tarea encomendada por el gobierno central colombiano a la orden religiosa capuchina –encargada de impartir la educación escolar oficial– fue la de civilizar, catolizar e hispanizar las islas (Forbes, 2003; Ratter, 2001).   

La conversión a la fe católica llegó a ser requisito para ocupar cargos públicos en las islas o disfrutar de otros beneficios oficiales, mientras que los estudiantes de los colegios públicos, fueron obligados a asistir a misa y a estudiar exclusivamente en español.

Con la imposición del nuevo sistema escolar y laboral por parte del gobierno central, el creole –la lengua materna, la del diario vivir y de la solidaridad– fue prohibido dentro del ámbito de la escuela, y el inglés –lengua utilizada en la escuela y en la iglesia– fue relegado a las iglesias bautistas y adventistas, mientras que los estudiantes tuvieron que utilizar el «método memorístico» en español pues, para leer, escribir y comprender los temas de clase, debían trasladarse a una lengua que no comprendían (Clemente Batalla, 1989).

Así eran las cosas en 1953, cuando llegó el general Gustavo Rojas Pinilla –el primer presidente colombiano en visitar las islas–, quien dividió la historia de San Andrés en dos declarando a la isla Puerto Libre y ordenando la construcción del aeropuerto. Con esta decisión política se dio origen, entre otras cosas, a un fuerte desarrollo del movimiento migratorio y, con él, a una confluencia de varias formas de vida, lenguas, credos religiosos, valores culturales y actividades productivas que produjeron una irreversible penetración cultural colombiana en San Andrés. Así mismo, a partir de la década de 1950, también llegó a la isla la radio y, años más tarde, la televisión colombiana en español, medios que, al igual que la escuela, jugaron y siguen jugando un papel central en los procesos de formación de la población de la isla.

Oralidad y creole

En San Andrés se habla creole, «which like their blood was also very mixed…» (AMH Doc. 152 y Mill Hill citado por Clemente Batalla, 1991: 127). El creole es una lengua oral –es decir, que no posee un sistema de escritura alfabética de base Akán y lexicalizada en inglés, que históricamente ha sido discriminada por el Estado colombiano por ser un «inglés mal hablado» y por diferenciar a sus hablantes del resto de la población colombiana al no hablar español como lengua materna (Clemente Batalla, 1989; Forbes, 2003; Friedemann, 1989; Gallardo, 1986; Parsons, 1985; Ratter, 2001; Sandner, 2003).

Los hablantes del creole entremezclan y acompañan los giros lingüísticos, las variadas entonaciones, el ritmo, la musicalización, los silencios, las variaciones, las risas, las confusiones y repeticiones propias de cualquier expresión de tipo oral, con un lenguaje en el que se involucra todo el cuerpo, el cual también habla, cuenta, canta y danza, pues «por sí misma, la voz humana carece de poder. Tiene que ser amplificada mediante combinaciones de ritmo y número [de repeticiones] que se aprenden con otras habilidades mediante largos años de iniciación [en una cultura]» (Arocha, 1999: 155). Esta gran cantidad de información verbal y no verbal hace que, al escuchar y ver hablar creole, éste sea espontáneo, gesticulado y entonado, ya que «las culturas orales estimulan la fluidez, el exceso y la verbosidad» (Ong, 1994: 47).

Cuando los isleños hablan creole, lo hacen muy rápido y con un volumen de voz muy alto porque, como decía Pastora –mujer oriunda de Palmira, Valle, pero que vive en San Andrés hace más de quince años–, «la brisa se lleva las palabras», y parecieran alterarse con facilidad pues en algunos momentos su tono de voz, más que enfático, parece violento. «La gente piensa que estamos bravos, pero sólo somos así. Esa es nuestra manera de hablar y de comunicarnos», aclaraba Nola.

Mientras el creole lo hablan muy rápido y fuerte pues es un idioma que «expresa un afecto muy particular, un contenido emocional muy grande en su fonética, en la manera como se pronuncia» (Dau, 2002: 68), el español parece ser «forzado» y se habla en un tono de voz más bajo. «Como ven –afirmaba el músico isleño Albert–, yo hablo despacio, porque pienso en inglés, luego tengo que traducirlo al español y, además, pensar en la pronunciación». Esto pasa con todas las personas isleñas, pero es más marcado entre los adultos que entre las nuevas generaciones.

El español es utilizado en el sector comercial, en las oficinas públicas y administrativas, al igual que en la escuela. El inglés estándar lo utilizan en el contexto de la iglesia, en la vida diaria como elemento de distinción social, en situaciones formales de la vida como en las reuniones con la comunidad, para hablar respetuosamente a las personas de mayor edad, para mostrar galantería a una mujer y también para hablar a los extranjeros de países de habla inglesa.

Nuestra lengua isleña es una lengua criolla de base inglesa parecida a las que se hablan con inglés en toda la costa e islas vecinas. Nuestra lengua criolla es el testimonio más claro de la historia que hemos compartido con Jamaica, con las islas Mangle, con Bluefields, Puerto Limón, con Colón, con Belice y con las Islas Caimán.

Esta lengua criolla la utilizamos en casa y entre amigos y contemporáneos. Es la lengua de nuestro diario vivir y es también nuestra lengua de solidaridad porque solamente nosotros la entendemos.

 

Juliana Botero Mejía

Universidad Nacional de Colombia

Acerca de esta publicación: El artículo publicado bajo el título “ Oralidad y escritura en la isla de San Andrés ”, de Juliana Botero Mejía, corresponde a un extracto del ensayo académico &ldquo con el mismo título.

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