Pueblos

Historia de un mestizaje en la Alta Guajira

José Trinidad Polo Acuña y Diana Carmona Nobles

02/07/2020 - 05:20

 

Historia de un mestizaje en la Alta Guajira
Playa La Tanoa en la Guajira / Foto: John Hernández

Con el arribo de los europeos a la península de La Guajira comenzó un proceso de contactos entre blancos y grupos indígenas que previamente se encontraban en la zona. Poco tiempo después, estos contactos devinieron en abiertos conflictos cuando la presencia española llegó a ser más importante sobre una estrecha franja costera entre el Cabo de la Vela y Manaure, la cual ofreció posibilidades de extracción de perlas ante el agotamiento de los ostrales en las costas de la isla de Cubagua.

Los empresarios perleros que llegaron a la costa occidental de La Guajira llevaron consigo esclavos, negros e indios, para emplearlos en labores de extracción de perlas, aunque también esclavizaron a nativos de la zona. Las duras condiciones de los esclavos propiciaron su deserción, motivando la interacción entre negros e indígenas en zonas apartadas de las rancherías perleras, donde convivieron con comunidades nativas no sometidas al control español.

En 1550, por ejemplo, el gobernador de Venezuela afirmó que al licenciado Alanís de Paz se le escaparon tres esclavos “[…] con muchas perlas y joyas y cosas que dizque le llevaron, y se entraron a la tierra adentro y escondieron entre indios, sin poderlos hallar”. En 1572, el gobernador Luis de Rojas le hizo frente a una rebelión de 34 esclavos en Riohacha, quienes fueron perseguidos, capturados y regresados a sus propietarios. Un año después escaparon de Riohacha negros esclavizados del mariscal Castellanos, quienes constituyeron un pueblo llamado Nueva Troya; allí permanecieron hasta 1581, cuando fueron sometidos por Francisco de Cáceres. Así, encontramos tempranos acercamientos y colaboraciones entre negros e indígenas guajiros fuera del control de las autoridades hispanas.

A finales del siglo XVII, algunos jefes indígenas se hicieron copartícipes del contrabando de negros esclavizados que se hizo por las costas guajiras, adquiriendo negros tanto para intercambiarlos con otros contrabandistas como para incorporarlos a sus comunidades en calidad de mano de obra o de miembros activos de su parentela; también tomaron esclavizados en los ataques que hicieron a los hatos españoles, convirtiéndose en poseedores, depositarios y propietarios. Se sabe que en 1753 los jefes Caporinche y Majusares poseían ocho negros que al parecer eran empleados en las pesquerías de perlas.

En 1757. el comandante de Riohacha, Manuel Martínez de Escobar, denunció que los jefes nativos de la Alta Guajira poseían negros de contrabando introducidos por balandras francesas e inglesas que arribaban a las costas. En 1775, Francisco Portillo, comandante español que participó en la expedición militar contra las comunidades indígenas residentes en Apiesi (Alta Guajira), encontró en la zona siete negros que luego reclamó como parte del botín de guerra. Se supo después que tales negros habían escapado del corregidor de Aruba por los malos tratos que este les daba. El documento registra que el destino de los negros no era La Guajira sino Coro, pues ellos tenían “[…] la noticia que los esclavos que llegan a la ciudad de Coro, quedaban libres, emprendieron su viaje en una canoita y no habiéndoles permitido las corrientes cogieron el camino de Chichivacoa [y] desembarcaron a sotavento sin conocer la tierra […]”. No queda claro en el documento si los negros convivían o no con los indígenas, pero hay una alta probabilidad que así hubiese sido dado la presencia y el control que poderosas comunidades nativas tenían sobre la Alta Guajira.

Es válido afirmar que muchos de estos negros pasaron a formar parte de la estructura social y política de las comunidades nativas por cuanto se unieron con mujeres indígenas, dando origen a una población zamba que se convirtió en el eslabón parental entre negros y aborígenes. Un caso que ejemplifica esta unión es el de Martín Rodríguez, hijo de un zambo riohachero con una indígena de Cojoro, quien fue un influyente y respetado jefe de una comunidad ubicada cerca de la costa oriental entre Sinamaica y Parauje. Sabemos que el jefe nativo apodado “Capitancito”, uno de los líderes del alzamiento armado de 1769, se hacía acompañar permanentemente de “[…] zambos de indio que son los que le acompañan, y disgustan a Simón Mejía [jefe nativo] y otros indios por ser inquietos, y ladrones, que viven y se mantienen con lo que roban a los que son sus amigos por su antojo”.

Similares acercamientos e intercambios tuvieron lugar entre la población considerada “española” y los indígenas. En un informe de 1773, Antonio de Arévalo señaló que en el llamado palenque de Saltalatuna, cercano a Barrancas, se hallaron conviviendo cincuenta indígenas y otro tanto de españoles a quienes se quería reducir. Algunos hombres “españoles” de Riohacha, por ejemplo, eran mal vistos por las autoridades porque según ellas influían negativamente en los indios. Dos casos fueron el de Joseph Costales, quien “[…] aconseja a los indios que por término ninguno se arrimen a la iglesia, porque aunque se dan tanta prisa para hacerles [llegar], es por engañarlos y cogerlos descuidados para prenderlos […]”. Y otro el de Victoriano Bermúdez, “[…] casado en esta ciudad [Riohacha] que anda fugitivo entre los indios y dándoles perniciosos consejos […]”7

De otra parte, algunos gentilicios utilizados por los nativos durante el siglo XVIII confirman la existencia de jefes mestizos, zambos y mulatos que se hacían nombrar con patronímicos africanos. Así, los cocina tenían un jefe que se hacía llamar “Congo”, y los wayuú otro que apodaban Francisco “Mulato”; dos reconocidos jefes mulatos se hacían llamar Taruapo y Guasara, nombres indígenas. Aunque menos explorado, el proceso de mestizaje también pudo incluir a contrabandistas extranjeros que arribaron a las costas de la Alta Guajira, pues las comunidades nativas ubicadas en esa zona establecieron pactos y alianzas políticas con contrabandistas oriundos de Aruba, Jamaica y Curazao.

El mestizaje también permitió que los nativos adoptaran algunos elementos que en principio no fueron autóctonos de su sociedad, pero que luego domesticaron y aprendieron a utilizarlos como instrumentos de guerra, tales como el caballo y las armas de fuego. Antonio Julián (1951) señaló a mediados del siglo XVIII que los guajiros eran “[…] los que tienen multitud de caballos aguilillas para correr con estupenda velocidad por aquellos sus llanos, y para presentarse en campo abierto en forma de caballería ligera contra el indio cocina confinante […]”.

Las escopetas suministradas por ingleses y holandeses fueron usadas por los nativos tanto en sus guerras intestinas como con las que tuvieron con autoridades y vecinos de Riohacha, tal como sucedió en 1769, 1775 y 1785 entre otras ocasiones. Así mismo, la posesión del ganado llegó a incorporarse como signo de diferenciación social, tal como lo registró José Nicolás de la Rosa (1945) en la primera mitad del siglo XVIII cuando afirmó que: “Y llámese rico el que tiene su hacienda en ganado, y el que tienen es procreado de los frecuentes y copiosos hurtos que en tiempos pasados lograron hacer a los vecinos del Río de la Hacha”. 

 

José Trinidad Polo Acuña y Diana Carmona Nobles 

Universidad de Cartagena (Colombia) 

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