Pueblos

La construcción del imaginario “Turco” en la Santa Marta de los 80

Larry Olivero García

18/03/2022 - 04:50

 

La construcción del imaginario “Turco” en la Santa Marta de los 80
El centro social árabe de Santa Marta (año 1932) / Foto: Santa Marta guía turística

 

La Santa Marta de mediados de los 80 era una ciudad en crecimiento en todo ámbito.  Era una ciudad que salía del horror de la guerra guajira y que consolidaba cierto boom inmobiliario producto de la bonanza marimbera de finales de los 70. Además, fue una ciudad que acogía una oleada de migrantes santandereanos y antioqueños, lo que iba a originar un nuevo auge del comercio formal e informal de la ciudad, por vez primera el “Centro” empezaba a hervir y la carrera 5a se hacía intransitable inusitadamente.

Entre los extranjeros, los chinos ya habían dejado la costumbre de las tiendas de barrio y se posicionarían en la gastronomía. Los árabes y judíos, en cambio, se proyectaban financiera, monetaria y empresarialmente. Y es justamente la mal llamada sociedad “Turca” en Santa Marta la que le da vida a esta nota. Así pues, en esos valores dinámicos, se levantaba la ciudad apacible, chica, señorial, bohemia y trasnochadora de mediados de los 80.

Siempre me llamó la atención indagar sobre los “turcos”, pienso que por la cercanía con mi familia materna. La hermana mayor de mi mamá es de apellido Habib y el padrino de bautizo de mi mamá es de apellido Moisés. Además, mi abuela materna le parió a un libanés y otro le bautizó su cuarta hija. A partir de ahí, es menester reconocer que mi infancia y adolescencia en algo estuvo marcada por esta cultura y que a esta altura de mi vida estaba en deuda en escribirle unas letras.

Los estudios arrojan que los árabes, sirios-libaneses y judíos ya para la segunda mitad del siglo XX era la colonia más grande de extranjeros en Colombia, y esa tendencia se mantiene hasta el día de hoy. Entraron al país por los principales puertos del Caribe, en especial Barranquilla a finales del siglo XIX, otros puertos como Cartagena y Santa Marta recibieron importantes oleadas, pero otras poblaciones del Caribe colombiano rápidamente entrarían en contacto con estos; Ciénaga, Mompox, Lorica, Cereté, Corozal, El Banco, Montería y más recientemente Maicao, experimentarían un gran aporte rural en virtud a esta sociedad que, poco a poco, se iba a adaptar y a arraigar al imaginario de todo el caribe macondiano como los “Turcos”.

Para entender a los turcos de la Santa Marta de mediados del 80 había que lidiar con ellos. Era una sociedad que, poco a poco, dejaba de ser cerrada. Tuvieron su propio cementerio en las primeras décadas del siglo XX, su centro social y edificio llamado Casablanca desde la década del 30 hasta la del 60, y apostaban entonces a aportarle a la ciudad en academia y ciencia. Hay que entender, además, que los turcos iban más allá de vender telas o tener compraventas.

En los 80s, la década que yo vi; me mostraba a mi primer pediatra (Bechara), mi segundo médico de cabecera (Aunt), grandes músicos (como los Zawady), literatos (como los Facuseh y Tariffa) comerciantes (como los Moisés), reinas de belleza (como las Dau) y dirigentes políticos (Los David, Eljadue, Moisés, George, Habeych, Buchar).

“El Samario come verdura es gracias a nosotros” (La exaltación culinaria)

Indios envueltos en hojas de parra, Quibbes, Shawarma, y el pan árabe son algunas de las recetas y delicias que mayoritariamente conviven con los samarios desde la primera mitad del siglo XX y que sagradamente los turcos han mantenido con su técnica ancestral.

En la Santa Marta de mediados de los 80 era parada obligada comer los mejores Quibbes en “El Palacio del Pollo”, añejo negocio de comidas propiedad de los hermanos Facuseh, era un Quibbe que no perdía la esencia de la cebolla y las especias, hoy usted se come un Quibbe y da ganas de llorar. El Palacio del Pollo cerró sus puertas, pero dejó un legado en el paladar de los samarios que promedian los 40 años en adelante.

Si hablamos de Shawarma es innegable no transportarnos al del eterno señor samario que aprendió de la mano de los Dau. En plena calle de La Acequia con callejón del Montessori, en frente del antiguo edificio del BCH. Quién no se ha saboreado al transitar por ese trayecto hacía la 5ta. Sencillamente el mejor Shawarma del mundo.

Con el tema de los indios hemos notado una adaptación válida al caribe, y en vez de la hoja de Parra se emplea la col o repollo, pero no es lo mismo.

Mi mamá estando niña pasaba temporadas de vacaciones en casa de su padrino Musa Moisés, y estando niño yo, me refería su experiencia gastronómica con la parra: “Mijo, la hoja de las matas de uva la usaban para todos los platos”. Hacía alusión a que fue una costumbre que trajeron y que jamás olvidaron en sus prácticas culinarias. “Lo que más me gustaba era el indio y otro envuelto de rábano y ahuyama, pero era muy picante”, y es que el picante no sólo debe provenir del chile y otros ajíes, los árabes valoran ciertos tubérculos y especias, muchas especias que dan la sensación del picor en sus comidas. Los turcos son una sociedad que siempre ha exaltado su gastronomía.

La Bicicleta de Zafira: “el pan de vida que rodaba por las calles del centro histórico”

Zafira Moisés fue, sin duda, una de las "turcas" más queridas de la ciudad y, aunque ya no está en este mundo terrenal, siempre será una dicha recordarla. Si Shakira tenía su bicicleta para ir al Tayrona, Zafira tenía la suya para brindar sus famosos panes hechos en horno de leña, una leña bien escogida. Pero Zafira le pedaleaba a la vida y su vida laboral equivalía como a ir y volver del Tayrona un millón de veces.

Llevaba su ropón originario para protegerse del sol ochentero en la samaria, pañoleta colorida, medias hasta las rodillas, pero medias de verdad, y a cuesta por lo menos 10 o 20 kilos de panes de toda variedad, francés, árabe, polaco, ocañero, aliñado y de maíz. Si usted cada vez que iba al centro y no se la topaba, era porque, seguramente, ella estaba enferma, y es que, a pesar del peso de los años, Zafira vendió sus panes hasta que tuvo fuerzas. Originaria de una familia pujante, numerosa y unida, que alguna vez amasó mucho dinero, no tenía la necesidad de trabajar de esa manera, pero recalcitrantemente se convirtió poco a poco en un personaje del centro histórico.

 

Larry Olivero García

 

Fuentes:

El legado de los inmigrantes árabes y judíos al desarrollo de la costa Caribe colombiana. Igirio, K, http://www.Revistas.unimagdalena.edu.co

Árabes en Colombia, 2004. https://www.eltiempo.com/archivo/documento/MAM-1541384

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