Turismo

Un paseo por el cementerio San Miguel de Santa Marta

Joaquín A. Zúñiga Ceballos

02/07/2019 - 05:50

 

Un paseo por el cementerio San Miguel de Santa Marta
Cementerio San Miguel en Santa Marta

 

El cementerio San Miguel fue construido en atención al mandato de Carlos III según Cédula Real promulgada en 1787, en la cual se ordena la construcción de cementerios fuera de las poblaciones con el fin de evitar las epidemias producidas por la costumbre de sepultar los difuntos en las iglesias.

Hasta entonces las “gentes de bien” de la ciudad eran sepultadas en los Templos de Santo Domingo, San Francisco, San Juan de Dios y hasta en la Catedral, en tanto que para el común de los habitantes había cementerios periurbanos en sitios no muy precisados.

En 1793, el obispo Anselmo José de Fraga y Márquez con el gobernador José de Astigárraga, definen el lote y dan inicio a la construcción a un costado del viejo camino a Gaira (avenida Bavaria). La obra es terminada bajo el obispado de Miguel Sánchez Cerrudo en el año de 1808. La verja de hierro fue regalada por el señor Manuel Julián de Mier (1800 – 1896), e instalada por orden del obispo José Romero (1864 – 1891).

La mayoría de los cementerios comienzan siendo un pequeño trazado que se va extendiendo o ampliando en la medida que la demanda de espacio, tanto para vivos como para muertos, lo exige. Es lo que se conoce como expansión urbana por efecto del crecimiento demográfico. El buen diseño de un cementerio tiene necesariamente que considerar no sólo espacio suficiente para los muertos que allí han de ser sepultados sino, además, para los vivos, dolientes y acompañantes, que han de visitarlos, y requieren amplitud y comodidad.

El cementerio San Miguel, por el contrario, empezó siendo suficiente, más que suficiente, extremadamente amplio. Sus límites se extendían más allá de la calle 22, sin muro que lo limitara, entre carreras 7 y 8. La carrera 7A termina al unirse con la 8 al llegar a la calle 22.

En 1849 la población fue violentamente atacada por una epidemia de cólera con resultados desastrosos y una incalculable cantidad de muertos. Estos, por temor al contagio y para separarlos de los otros muertos (atrevido y aventurado sería decir de los muertos sanos) fueron sepultados en el extremo sur del cementerio, en el área que pasa más allá de la calle 22. Allí, en carretas, carretillas y carros de tracción animal, iban llevando cadáveres y enfermos en condiciones extremas y próximos a fallecer. Se ha dicho que, años después, en algunas exhumaciones se encontró que los restos óseos mantenían la expresión de desespero de la agónica muerte por asfixia. Esta zona se conoció como cementerio de los coléricos.

El cementerio San Miguel estuvo dividido en dos partes, la zona occidental, unida a la carrera 7, fue destinada para sepultar allí los difuntos pertenecientes a otras creencias o que la iglesia católica tenía excluidos. Refiere el señor Álvaro Manuel Pérez González, empleado del cementerio desde 1947 como sepulturero, que en esa área también sepultaban en el suelo los ataúdes rústicos con cadáveres de gente pobre que moría en el hospital San Juan de Dios y eran traídos en caros de mula y carretillas. La puerta de acceso a esta zona estaba a mitad de cuadra sobre la carrera 7. Todavía se puede observar el madero del dintel de dicha puerta. 

Jerarquización social de la muerte

El cementerio San Miguel, como los demás cementerios, reproduce la jerarquización y el orden social de la ciudad, de tal forma que los difuntos se encuentran, hasta cierto punto, agrupados de acuerdo al estatus a que corresponden.

La parte más antigua del cementerio se encuentra frente a la capilla en proyección semicircular hacia adelante, y comprende el espacio ocupado por las tumbas y mausoleos de las familias de mayores recursos y posición social. A lado y lado de la vía de entrada se aprecia la presencia del mármol y de objetos decorativos del mismo material en los diferentes monumentos, siendo más notable en el sector del lado derecho de esta vía, o zona central delantera. Se destacan mausoleos que por su colocación permiten vislumbrar el orden y el espacio entre uno y otro que existió hasta los años sesenta.

En ese sector se observa que al lado de una tumba suntuosa se halla otra de ornamentación sencilla. Esto corresponde a la época en que la población de Santa Marta se concentraba en el centro, en el espacio demarcado por la línea férrea y la calle 22 o Santa Rita. En esa época, en el centro de la ciudad, la distancia urbanística y social entre las clases, sin negar que existieran, no era muy notable.

Desde cuando se eliminó el enterramiento en las iglesias, a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, las clases pudientes, que gozaban de ese privilegio, han procurado en los cementerios tener sus tumbas lo más cerca posible de las capillas, esto es notable en el cementerio San Miguel donde los monumentos más suntuosos se hallan próximos a la capilla, por la parte delantera y por los lados. Se ha dicho que “Entre más cerca estén los muertos de la capilla, más cerca estarán de Dios”.

 

Joaquín A. Zúñiga Ceballos 

Acerca de esta publicación: El artículo “Un paseo por el cementerio San Miguel de Santa Marta” ha sido extraído del estudio publicado por el profesor Joaquín A. Zuñiga Ceballos bajo el título “De paso por el cementerio San Miguel de Santa Marta”.

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