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Valledupar: un canto hecho ciudad

Diego Torres

15/05/2020 - 05:30

 

Valledupar: un canto hecho ciudad
La Iglesia Inmaculada Concepción en Valledupar y el monumento a López Michelsen / Foto: PanoramaCultural.com.co

Nacida entre cantos de vaquería y enriquecida  por personajes cuyas historias trascendieron los incomunicados pueblos del Caribe colombiano hasta abrirse camino entre las voces de sus habitantes, te saluda casi homenajeándote y con estilo macondiano una arbolada majestuosa de color amarillo que mece sus recién florecidos cañaguates mientras se deja acompañar por un valle de girasoles. Una belleza natural tan hechizante que los cantos musicales de esta tierra se encargaron de inmortalizar, una escena tan irreal que te lleva pensar que no fue sino Gabo quien la escribió y se hizo realidad. La capital mundial del vallenato, la capital del departamento del Cesar: Valledupar.

La ciudad que a punta de bohemias parrandas con cantos, poesía e historias, caja, guacharaca y acordeón atrajo a políticos y fundó el departamento que lidera. El aquel entonces pueblo que vio coronar en su plaza al primer rey vallenato dio génesis a la fiesta de acordeones que rinde tributo al que fácilmente pude ser el género musical más importante de Colombia, un festival impulsado y construido por una de las figuras culturales y políticas más importantes de la región caribe, la inmortal Novia del Valle, La Cacica: Consuelo Araujo Noguera. Una mujer que no solo batalló contra el machismo arraigado en esta región sino que defendió un género musical que esa misma sociedad rechazaba, una mujer tan admirable como la excepcional María Concepción Loperena, una lideresa que en contra del estigma de su época apoyó y donó 300 caballos al libertador Simón Bolívar para la lucha de independencia.

Aún hoy, y a pesar del ajetreo de la ciudad que parece querer arrancarle la magia del aire y del alma de sus habitantes, se siguen contando innumerables historias en forma de canción, no existe quizás ciudad en Colombia que haya sido más mencionada, homenajeada, halagada e inmortalizada en cantos como lo ha sido Valledupar. Recorrerla es estar ya en un museo vivo gracias a su desarrollo urbanístico que rinde tributo al género musical que la invade, esto permite a quien desee, conocer las particularidades y generalidades del canto vallenato.

Su río, que apresurado baja de la sierra y baña a la ciudad entera, se consagra como lugar indiscutible para visitar y admirar, las heladas aguas del Río Guatapuri (Río frío en lengua chimila) cuentan la historia de una jovencita que desobedeciendo a su madre decide bañarse en este durante un jueves santo, convirtiéndose así en sirena y siendo sus cantos aún escuchados. Tan importante es su leyenda que al margen del río una dorada sirena observa, detenida en el tiempo, el jugar de los bañistas en sus aguas.

Cercano a Valledupar se encuentra el corregimiento emblemático de la ciudad, la cuna de grandes compositores y poets, el árbol que dio el fruto más importante de la composición vallenata: Patillal. Las tierras patillaleras vieron nacer al juglar que hizo un canto de la geografía del caribe, el parrandero bohemio, ese que amaba más a sus amigos que a las mujeres, el hombre leyenda que le dijo a Dina Luz que Jaime molina le pintaría una golondrina en el cielo, el que construyó casas cerca de las nubes, el que dijo que los arcoíris nacen frente a Valledupar y se ocultan cercanos a Patillal, el mito: Rafael Calixto Escalona Martínez.    

Los vallenatos  o valduparenses, el segundo gentílico oficial y el primero el que la historia nos regaló cuando hace ya bastante a las personas de origen pobre de esta zona, al estar enfermos con manchas en su piel, se les denominaba Vallenatos (en relación a los ballenatos crías de las Ballenas que nacen con manchas) de manera despectiva y, además, siendo estas personas de origen popular los que ejecutaban el género musical insignia de la región; bautizado el pueblo, nombrada la música que interpretaban. Los vallenatos con alegría aceptan vivir en una constante melodía acordeonera, sólo se puede hablar con profunda admiración por amar y sentir tanto las tierras de la antigua Provincia de Padilla. No se es orgulloso de Valledupar, se es orgulloso por ser de Valledupar. Su cordialidad se ve amenizada por sus comidas típicas que incluyen chicharrón, arroz de palito, tajadas, queso, carne desmechada, chivo, animales de monte,  agua e´ panela, jugo de caña de azúcar traída de las altas tierras de Chemesquemena y el elixir que quita todos los males de la parranda: El sancocho de gallina criolla.  

Desde un pequeño rincón de Colombia, entre el departamento del hombre caimán y la rebelde Guajira, aguarda esperando la Ciudad de los Santos Reyes, mágica y llena de tradiciones. Una ciudad que respira música, respira leyendas, donde sus habitantes viven el folclor a cada paso, el hogar de Pedro Castro, del Compae’  Chipuco, la ciudad rodeada por aquellas aguas que condenan a todo aquel que se bañe en ellas a volver nuevamente al menos una vez en su vida y luchar entre quedarse e irse para volver. 

 

Diego Torres Soto

Sobre el autor

Diego Torres

Diego Torres

El cronista de Loperena

Diego Torres, abogado, activista político y líder joven nacido en la musical tierra de Valledupar. Escritor y poeta, amante del estudio del folclor vallenato. En "El cronista de Loperena" pretendo hacer reflexiones acerca de la cultura vallenata, algo de política, anotaciones con tinte poético y narrativas que nos hunden en el acontecer caribeño.

@diegtorres97

3 Comentarios


Daniela Gutierrez Martinez 15-05-2020 02:50 PM

Excelente escrito, Somos un orgullo por ser de Valledupar. #MiValle

Valeria 15-05-2020 02:58 PM

Maravillosa lectura

Fredy pabon uribe 16-05-2020 03:38 PM

Maravillosa tierra llena de encanto y melodia.

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