Lunes, 21 de ago de 2017
Valledupar, Colombia.

La tolerancia como presupuesto fundamental para la construcción de una cultura de la democracia no debe interpretarse como la fundación de una sociedad permisiva donde no haya límites a sus libertades porque la tolerancia también tiene sus límites. La sociedad no debe tolerar los actos terroristas, la corrupción administrativa y las políticas antidemocráticas, porque ello sería negarse como sociedad que pretende fundar una cultura de la democracia en sus prácticas sociales o políticas. La sociedad debe tolerar todas las manifestaciones culturales que profundicen en el reconocimiento y respeto por el otro, en las prácticas sociales que fomente el pluralismo, el multiculturalismo y la ética y, debe tolerar todas las manifestaciones culturales y políticas donde la sociedad se reconozca a sí misma al reconocer a los demás.

Ahora bien, el modelo de la democracia representativa y pluralista consideran muchos analistas que en la realidad no existe porque en este continente han imperado las dictaduras y los regímenes militares, y la democracia ha sido una excepción que la mayoría de los casos son democracias restringidas. Sus sociedades fundadas en el modelo de Estado de Derecho no distribuye la justicia social y la libertad individual se ve coartada, no hay una distribución de la riqueza ni del poder y las desigualdades sociales son muy profundas. Una democracia sólida se fundará siempre sobre los principios de la tolerancia, el reconocimiento del otro y el respeto por las minorías y por la manifestación de las diversas expresiones de la cultura. En los pensadores del período de la ilustración hubo una separación de la actividad política y la ética, donde la teoría política era la ciencia del ejercicio del poder [1]. Esto es, la política no tenía una fundamentación ética para su ejercicio si no que lo que importaba era la obtención del poder.

Se hace necesario, en consecuencia, articular el ejercicio de la política, la democracia y la cultura con un fundamento desde la ética. La tolerancia debe fundarse sobre un componente ético que garantice el ejercicio de una ética pública y de una ética privada. Humberto Maturana en su obra “La democracia es una obra de arte” (1995) ha señalado que para saber cómo surgió la democracia hay que reflexionar sobre la cultura porque la democracia en América Latina hace parte de una cultura patriarcal (cultura greco-judeo-cristiana) que genera conflictos por la continua presión patriarcal para su supervivencia y por la restitución de la apropiación de los temas de la comunidad por una o por un grupo pequeño de personas y esta es la primera fuente de conflictos de la historia occidental, en la historia del intento del vivir democrático. La segunda fuente de conflicto es el intento de expandir la ciudadanía. Las guerras griegas fueron guerras internas por el intento de expandir la ciudadanía, para que fueran ciudadanos no solamente algunos si no también los extranjeros, denominados “bárbaros”.

Señala Maturana además que la democracia no está en la elección de representantes ni en los sistemas electorales sino en una convivencia en el cual todos los ciudadanos tienen acceso a la cosa pública que son los temas que interesan a los ciudadanos en una convivencia en comunidad. Maturana se pregunta ¿cómo es posible una convivencia en el mutuo respeto, en la igualdad, en la colaboración bajo una cultura centrada en la guerra y la negación? La convivencia democrática es posible solamente si uno aprende el emocionar que hace posible la convivencia democrática y este emocionar se da desde la infancia, se aprende en la infancia porque hemos tenido una infancia matrística y en ese ámbito aprendimos a participar, a conversar, a no resolver las discrepancias en la mutua negación y se aprendió el emocionar que es propio de la democracia. Se aprendió a vivir en el mutuo respeto. El vivir democrático es una obra de arte, es el deseo de convivencia en la fraternidad. La democracia es un proyecto de convivencia, afirma Maturana, que para vivirla tiene que dar lugar a la emocionalidad.[2] Para construir una convivencia democrática se tiene que asumir que la democracia se funda en el respeto por el otro y que el respeto se aprende en la relación materna infantil y en la cultura. (el subrayado es mío). La tolerancia debe entenderse hoy como un principio ético más que como una norma jurídica, como una actitud del espíritu humano que se manifiesta en la voluntad política de los individuos, como una expresión solidaria y humana que habita el mundo, la sociedad y la vida, como un fundamento de la convivencia pacífica y como un ejercicio de la comprensión, la benevolencia y la condescendencia.

Ahora bien, Voltaire señalaba que el derecho natural es el que la naturaleza indica a todos los hombres y en esa dirección el derecho humano no puede estar basado en ningún caso más que sobre el derecho natural y que por lo tanto, el derecho de la intolerancia es absurdo y bárbaro, es el derecho de los tigres y que es mucho más horrible porque los hombres sólo matan para comer.

La intolerancia se caracteriza por la negativa a soportar la diferencia y la consecuente voluntad de eliminarla, afirmaba Voltaire. Una sociedad o un individuo intolerante es quien rechaza con hostilidad a quienes por razones culturales que pueden ser el comportamiento, la religión o la ideología, no comparte sus actitudes, creencias u opiniones. Rechaza el diálogo y el pluralismo. Ser tolerante es apartarse de toda intransigencia sin renunciar por ello a los principios. La intolerancia es la raíz de la persecución y el exterminio [3].

La Organización de la Naciones Unidas consagró en 1995 como el Año Internacional de la Tolerancia que hizo posible que ese concepto político, cultural, ético – jurídico recorriera el mundo. La tolerancia en la sociedad contemporánea tiene que llevarse hasta la esfera racial, étnica, religiosa, lingüística, cultural, social, política y sexual, esto es, a todos los componentes de la cultura porque el etnocentrismo, el racismo, la xenofobia, el sexismo, la sexofobia son manifestaciones de la intolerancia que fractura el respeto por la diferencia y sus libertades. Los perjuicios son las consideraciones que fomentan la intolerancia en tanto que impiden reconocer al otro en su diversidad. La diversigética como una nueva disciplina del conocimiento estudia la diversidad como condición inherente del hombre para vivir pacíficamente, reconociendo el valor del pluralismo, la diferencia y el valor de ser único e irrepetible. Leopoldo Zea afirma, citando a Descartes, que todos los hombres pueden poner a su servicio la razón y pueden por ello comprender el mundo, los otros y hacerse comprender. Por esta capacidad que tiene el hombre de usar bien o mal la razón es que los hombres se van a dividir, estableciéndose discriminaciones y con ellas expresiones de intolerancia. La intolerancia del que sabe usar bien la razón contra el no sabe usarla. No todos los hombres saben usar bien la razón. Y allí radica que unos hombres sean distintos a otros. Todos los hombres son hombres que poseen la razón, pero se distinguen entre sí por el uso que hacen de ella. La razón es por tanto, la fuente de la tolerancia pero puede surgir otra forma de intolerancia y es la del hombre que cree y posee la verdad por la fe y la del hombre que se sabe poseedor de la verdad por su capacidad de hacer buen uso de la razón. La fe también levanta hogueras como el racionalismo autoritario decide lo que conviene a los hombres y pueblos, esto es, la inquisición, los imperialismos y el fundamentalismo. La tolerancia es fundamentalmente el reconocimiento del otro en sus diferencias y el reconocimiento del derecho a ser diferentes, y no indiferencia hacia los demás.

La tolerancia es una construcción social, cultural, política que se construye a través de un proceso de socialización, de reconocimiento de la alteridad. La tolerancia no es neutralidad, y se aplica ese concepto a la aceptación de credos religiosos o posiciones políticas, filosóficas o culturales diferentes de la propia. Por tolerancia política debemos entender la capacidad que tiene la sociedad y el sistema en general para poder asimilar todas las manifestaciones culturales sin que se desestabilice su organización social y su identidad. La tolerancia política es una capacidad del sistema para asimilar las diferentes expresiones de la cultura. Norberto Bobbio sostiene que el principio de la tolerancia prepara y en parte anticipa, el de la libertad política y transfiere de la política económica a la actividad general la teoría del laisser-faire [4].

Ahora bien, Adela Cortina afirma que “pluralismo” significa que en una sociedad distintos grupos proponen distintos modelos de felicidad (ética de máximos) y comparte unos mínimos de justicia. Sin los mínimos compartidos es imposible construir la vida conjuntamente y en ese sentido el pluralismo es uno de los de los valores fundamentales de la sociedad civil  [5]. En la sociedad hay una pluralidad de culturas que hace necesario construir una ética de la diferencia que se traduzca en un cambio de hábitos y convicciones en una sociedad multicultural que atenúe los conflictos. El pluralismo debe garantizar la convivencia pacífica. El reconocimiento del otro como diferente y como interlocutor válido, es ya el primer principio ético que se articula en la comunicación cuando ésta es auténtica conversación y no una simple imposición de la opinión propia. La segunda etapa de la comunicación en la ética discursiva se dirige a encontrar los mínimos sin los cuales no es posible la convivencia humana. Los mínimos como los derechos humanos. En el reino de la diferencia se llega a un pluralismo gracias al reconocimiento del otro que en igualdad de derechos y de perspectivas distintas confluyen en la reciprocidad, la solidaridad y la cooperación social. Esta ética de mínimos debe garantizar la convivencia social [6]. La tolerancia debe trascender ese nivel del respeto por la diferencia y acentuarse hacia un reconocimiento del otro para confluir en un pluralismo que garantice el diálogo y la concertación política. El pluralismo abre espacios en la sociedad para el reconocimiento político y la reconstrucción social de un país en sus diferencias multiculturales.

Este es un proceso ético y político bajo los presupuestos de la sensibilidad social que descubre el sentido genérico de la solidaridad y la reciprocidad [7]. La concepción del respeto no es la de la aceptación, sin lugar a ser susceptible de duda, en donde se anula la crítica ni la del acatamiento por la imposición vertical de una autoridad en donde se expresan comportamientos como la obediencia, cumplimiento del deber y temor. La concepción de respeto no debe estar mediada por relaciones de poder, en términos de Foucault, sino de debate y crítica y la mayor expresión de la tolerancia hoy debe ser el respeto a la vida, el derecho de existir. En Colombia, el espíritu de intolerancia se viene originando desde las guerras civiles del siglo XIX donde se ha dado un proceso de negación sistemática de las minorías, del dominio político de las hegemonías, el monopolio de la tierra, la discriminación religiosa, de raza, origen social. La intolerancia ha diseñado nuevas estrategias y ha formado nuevos dispositivos en la sociedad contemporánea donde la descomposición ética ha generado enriquecimiento ilícito y corrupción. Darío Botero Uribe ha señalado que la violencia es causa y consecuencia de una perturbación de la expresión de la cultura.

La paz sólo es posible reconstruyendo el tejido roto de la cultura. No existe la cultura que permita el aparecimiento de la democracia por eso nunca ha habido democracia en Colombia. La democracia es una forma de interactuar en la vida cotidiana un espíritu de tolerancia, de solidaridad y una confianza en el poder da la palabra. Desde la antigua Grecia la democracia es una confianza en el poder de la palabra. La cultura no se configura en el juego de categorías abstractas sino en el actuar cotidiano y en la forma como prima un espíritu de tolerancia, de respeto, de negociar las diferencias [8]. En la Constitución Política de Colombia, Artículo 67, está consagrado la formación en el respeto a la vida y los derechos humanos, en los principios democráticos de convivencia, pluralismo, justicia y solidaridad y equidad como en el ejercicio de la tolerancia y de la libertad, pero para que esto no sea letra muerta debe imperar en la sociedad la justicia social que es la que hace posible los demás principios éticos y humanos.

El profesor Rubén Jaramillo Vélez ha escrito que la experiencia de la tolerancia corresponde a un período de la secularización de la cultura y de afirmación universal de los valores humanos a través del humanismo del Renacimiento. La burguesía naciente del siglo XI que se enfrentaba contra el feudalismo, formula una teoría universal del hombre que se opone a la concepción de la nobleza feudal, ante la pretensión particularista de la “nobilitas la universalidad de la humanitas”, esto es, la existencia de valores universalmente válidos, la creación de una cultura del hombre en cuanto hombre que debería realizar su proyecto. La única posibilidad de instaurar la tolerancia -escribe Jaramillo Vélez- es una política de la verdad y una política de la verdad tiene que ser radical en el reconocimiento de los síntomas [9]. 

Ahora bien, los presupuestos teóricos que subyacen en el proyecto de construcción son el reconocimiento y el respeto por el otro, sin esos fundamentos no es posible entender ni practicar una cultura de la democracia. El reconocimiento como el valor y la dignidad por la que el hombre arriesga su vida por alcanzar su realización humana en la dimensión teórica analizada por Francis Fukuyama y el respeto en tanto confrontación, critica y debate en la dimensión teórica analizada por Estanislao Zuleta. El ejercicio de la tolerancia social tiene una dimensión política en tanto se reconoce la pluralidad y el multiculturalismo en la esfera de lo social y lo cultural y, se comprende con inteligencia el desarrollo del pensamiento y la ciencia sin que la investigación científica deje de tener una fundamentación ética. La compresión de este problema nos sitúa en la perspectiva de la investigación genética, la investigación que se hace con seres humanos donde se manipula los códigos genéticos. ¿Cómo ejercer la tolerancia frente a este problema? Mientras la investigación científica sea éticamente desarrollada (en un respeto por la vida y sin violar los derechos humanos) son legítimas sus aspiraciones por descubrir los secretos de la naturaleza humana. Las implicaciones éticas que estos procesos de investigación generan es un problema político como es un problema político la tolerancia social. Los limites que el ejercicio de la tolerancia le impone a la sociedad y a los individuos radica en las prácticas, o usos y costumbres que degradan la condición humana.

En Occidente hay diferencias que causan horror pero en otras sociedades es un ritual profundamente arraigado, como por ejemplo, la ablación del clítoris a las mujeres en las culturas musulmanas. Allí el respeto por la diferencia se encuentra en conflicto. Es el choque de civilizaciones culturalmente opuestas. La privación de la libertad individual como es el secuestro, es otro de los límites que una sociedad que se encauza en la construcción de una cultura en la democracia no debe tolerar, porque la construcción de una cultura de la tolerancia como es la construcción de una cultura de la democracia, debe respetar y dignificar la condición humana.

Entretanto si la existencia de los individuos estuviera articulada desde la ética, como en los griegos, en tanto no hay ninguna diferencia entre el pensar y el actuar, entonces es posible la construcción de una cultura de la democracia donde el ejercicio de la razón hace posible el ejercicio de la tolerancia como su fuente originaria; ejercicio de la tolerancia que se traduce en el respeto por las minorías como presupuesto de la tolerancia política. En el ejercicio de la tolerancia social hay que ser político en tanto ello implica la facultad de comprender y reflexionar, aunque no se comparta, pero se respeta y se reconoce la dimensión cultural o política del otro. 

La cultura de la democracia es una cultura de la responsabilidad, los deberes y la transparencia  [10]. Una democracia es una sociedad política que garantiza la paz interna, asegura la libertad individual, se rige por las reglas de la mayoría, posee una tabla de mínimos de bien común y se funda en un conjunto de valores que significa con las prácticas y ritos adecuados. La reunión de todas estas características la transforma en una cultura, en el sentido antropológico del término, en cuanto conjunto de prácticas y de representaciones [11]. El fundamento de la democracia es la creación de un nuevo ciudadano y de un nuevo concepto de ciudadanía con contenido social y un sistema de valores (cultura) fundamentados en la ética.

Los griegos forjaron la palabra “idiota” del  griego ἰδιώτης [idiˈo:te:s] como insulto para denominar al que sólo se ocupa de sus propios intereses y no participa de las tareas de la democracia. El nuevo ciudadano debe inscribirse dentro de esa dimensión filosófica, esto es, debe hacer de la participación política su praxis social para la creación de una cultura de la democracia que profundice más allá del respeto por los derechos individuales y políticos y de la celebración de elecciones libres.

Fernando Savater afirma que es necesario hacer una reformulación de la ciudadanía como opción frente a la generación social de la violencia. Cree necesario reforzar la ciudadanía por la vía de la educación y el convencimiento. La educación debe formar a un ciudadano integral, completo, con sentido de sus obligaciones, con respeto a lo que hay que respetar, y también con capacidad de crítica y de autonomía frente al poder como este no funciona cuando es debido. Se debe formar en valores, la capacidad de razonar y argumentar como la de aceptar y ser movido por razones ajenas. Ambas necesitan una formación y son imprescindibles para la democracia. Una educación para la democracia hace fundamentalmente una educación que valore la reflexión sobre el conocimiento. Es necesario confiar en lo fundamental en el conocimiento y no en la superstición, en hipótesis irracionales, en gurús o en magias. Se debe educar para desconfiar en los absolutos. La educación debe desarrollar la capacidad de deliberar con argumentos racionales. La educación tiene la misión de formar ciudadanos en tanto que el concepto de “ciudadanos”, solo se da en la democracia. Hay que preparar a los individuos para la ciudadanía que es también el ejercicio del gobierno. Nadie puede ejercer la función de gobernar si no ha recibido una formación adecuada. En la democracia todos somos políticos, somos a la vez gobernantes y gobernados.

La formación de ciudadanos son las personas capaces de “participar” y no solamente de “pertenecer”. La madurez ciudadana no implica el abandono de sus pertenencias pero si el desarrollo de las formas de participación. En la democracia cada ciudadano debe ser educado con total libertad. No se debe educar a nadie para ser súbdito. Se debe preparar a los individuos para ser dirigentes. De lo contrario se educaría para obedecer [12] En conclusión, las manifestaciones de la cultura se hacen posibles mediante un espíritu de tolerancia y un espíritu de tolerancia se hace posible mediante la cultura; esto es, el hombre adquiere un espíritu de tolerancia por el conocimiento y la formación que proporciona la cultura, como la cultura se hace posible por el espíritu de tolerancia que impera en la sociedad. Allí se da una simbiosis, que quiere decir que entre más alto sea el nivel de la cultura de una sociedad, más alto será el nivel de espíritu tolerante, como entre más alto sea el espíritu de tolerancia, más alto será el nivel de la cultura porque estar inmersos en la cultura define una postura ética, una visión de respeto por las diferencias, un reconocimiento del otro.

 

Antonio Acevedo Linares

 

Referencias
1. Barragán H, Rey. América Latina. Alternativas para la democracia. M.A. Caracas, 1992.

2. Maturana, Humberto. La Democracia es una obra de arte. Ed Magisterio. Bogotá, 1995.

3. Triviño Córdoba, Jaime. Cartas del Defensor No. 10. Defensoria. del. Pueblo. Bogotá, 1995 Pág. 64

4. Bobbio, Norberto. De derecha e izquierda. Taurus. Madrid, 1994.

5. Cortina, Adela. La ética de la sociedad civil. En ética ciudadana y derechos humanos de los niños. Ed Magisterio. Bogotá, 1998.

6. Hoyos, Guillermo. Ética y educación para la paz. En Ética ciudadana y derechos humanos los niños. Ed Magisterio. Bogotá, 1998. pág. 73.

7. Ibid, pág 78

8. Botero Uribe, Darío. Cultura de la violencia y cultura de la paz. Magazín Dominical No. 789. El Espectador. Bogotá, 1998 pág. 4.

9. Jaramillo Vélez, Rubén. Colombia: la modernidad postergada. Argumentos. Bogotá 1998

10. Varcárcel, Amelia. Cultura y democracia. En la cultura de la democracia: el futuro. Ariel. Barcelona, 2000. Pág. 132.

11. Ibid, Pág. 118.

12. Lecturas Dominicales. Entrevista. El Tiempo. Bogota, Dic 16, 2001

 

Cultura & Sociedad
Antonio Acevedo Linares

Antonio Acevedo Linares (El Centro, Barrancabermeja, Colombia, 1957).Poeta, Ensayista y Sociólogo. Profesor universitario. Magíster en Filosofía Latinoamericana con especialización en Educación Filosofía Colombiana de la Universidad Santo Tomás y especialización en Filosofía Política Contemporánea del Instituto de Filosofía de la Universidad de Antioquia. Ha publicado los libros de poesía y ensayos: Plegable # 1 (Poesía), 1987; Arte Erótica, 1988, Plegable # 2 (Poesía) 1990, Plegable # 3 (Poesía) 1994, Sociedad de los poetas, 1998. Plegable # 4 (Poesía) 1999. Los girasoles de Van Gogh, Antología poética, 1980-1999. Vol.1, 1999, Plegable # 5 (Poesía) 2000, Plegable # 6 (Poesía) 2001, Poesía de viva voz (CD) 2004, Atlántica, Antología poética, 1980-2004. Vol.2, 2004, En el país de las mariposas, Antología poética, 1980-2007. Vol.3, 2007, Por la reivindicación del cuerpo y la palabra, (Reseñas criticas) 2008.La pasión de escribir (artículos, ensayos y entrevistas poetas y escritores colombianos) 2013. La poesía está en otra parte, 2016.

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