Literatura
Reseña de “El monstruo de los manglares”, de José Arcadio López

José Arcadio López (Santa Marta, 1994) es escritor y guionista colombiano, profesional en Cine y Televisión por la Universidad Jorge Tadeo Lozano. Autor de Tardes de fútbol (Ibáñez Editores, 2024), libro de cuentos que explora la relación entre el fútbol, la amistad y el amor juvenil, y de El monstruo de los manglares (Clu Editores, 2025), su primera novela y el eje central de esta reseña.
En Fundación, un pueblo del Magdalena, la tranquilidad se quiebra con la desaparición de Yorle Chinchiya. Elizabeth Suárez y Martín Arciniegas, detectives de la Policía de Colombia, emprenden su búsqueda. Semanas después, su cadáver es hallado en los manglares, con evidentes signos de violencia. Este hecho despierta la alarma y marca un giro en la investigación. Lo que comienza como una pesquisa rutinaria pronto destapa una red de corrupción, prostitución y fanatismo religioso que involucra a un joven político ambicioso y a una iglesia cristiana con muchos secretos.
El monstruo de los manglares se inscribe con claridad en la novela negra, no solo por la presencia de crímenes e investigaciones policiales, sino también por su mirada crítica sobre la sociedad. Aquí no hay héroes intachables ni justicia diáfana: los protagonistas están marcados por la pérdida, la culpa y decisiones que los persiguen. La narración se desarrolla en una atmósfera asfixiante, un mundo de grises donde la maldad se disfraza de respetabilidad y fe.
Los temas que atraviesan la obra —la culpa, la corrupción política y la descomposición de las instituciones del Estado, incluida la Policía— refuerzan esta filiación. El autor pone en evidencia una práctica normalizada: los crímenes solo parecen importar cuando las víctimas pertenecen a ciertos estratos sociales, mientras otros cuerpos son rápidamente olvidados, archivados sin preguntas y borrados del interés estatal.
La relación entre Martín y Elizabeth es tensa, marcada por diferencias éticas y emocionales. Él busca la verdad; ella, al principio, la validación. Ese contraste enriquece la dinámica de la investigación y da profundidad psicológica al relato. Destaca en estos personajes que sus sombras pesan más que su lado luminoso, una decisión coherente con el género y el mundo que habitan.
La novela presenta una estructura mayoritariamente lineal, con saltos temporales al pasado de los detectives, que permiten comprender sus motivaciones, silencios y formas de actuar. Estos flashbacks no interrumpen el ritmo, sino que lo enriquecen. También hay capítulos dedicados a mostrar cómo el asesino se acerca a sus víctimas, lo que genera una tensión constante: una angustia que empuja al lector a querer intervenir, a gritarle inútilmente a la víctima que no lo escuche, que no confíe, que se dé la vuelta y huya antes de caer en manos de su verdugo.
El libro está dividido en tres partes, compuestas por capítulos cortos, ágiles y de lectura fluida. La estructura responde al esquema clásico de planteamiento, nudo y desenlace, pero se apoya en recursos propios del guion cinematográfico, como escenas delimitadas y diálogos que revelan carácter más que información.
Esta concepción queda clara en palabras del propio autor, en entrevista con Luis Mario Araujo Becerra para Panorama Cultural:
“Tiene todo que ver, mi forma de pensar en estructura, en personajes, en la concepción de la historia en sí está marcada por las teorías de guion. Me gusta pensar cada capítulo como una escena cinematográfica y trabajar a partir de ahí, siempre busco en la medida de lo posible que cada capítulo sea fluido y ameno de leer, como lo sería un guion”.
El Caribe colombiano no es un simple telón de fondo, sino un personaje más de la novela. La descripción de los paisajes refuerza el tono decadente y opresivo del relato:
“Martín frunció el ceño y se fijó en lo que señalaba su compañera. Tenía razón. Muchas de las palmas estaban enfermas, moribundas, con los cogollos y las hojas caídas, dando al paisaje un aspecto desolador”.
Los desplazamientos por carretera desde Santa Marta hasta Ciénaga o Fundación, los pueblos intermedios, las fincas bananeras, los cultivos de palmas africanas y los manglares dibujan una geografía viva y reconocible:
“Dejaron atrás fincas sembradas de banano y extensos corrales de reses que pastaban bajo la sombra de los árboles. Cada ciertos kilómetros cruzaban algún pueblo con tenderetes de frutas o restaurantes donde almorzaban los choferes de tractomulas”.
Incluso los espacios cerrados —la iglesia, el burdel, las estaciones de policía— están cargados de simbolismo y tensión:
“Martín y la mujer ingresaron a una de las habitaciones de ‘Eros’… una cama doble, un sofá sin respaldar… varios bombillos rojos de tungsteno colgados en la pared”.
El lenguaje, marcado por giros y cadencias caribeñas, refuerza la autenticidad del mundo narrado:
“—¿No huele una vaina extraña? —le preguntó James.
Guillermo vio cómo los demás pescadores se detuvieron a oler.
—Joda, sí tienes razón —dijo Dairín Vega, otro de los pescadores”.
Las escenas de acción se construyen a partir de una narración sensorial precisa y envolvente. El autor combina sonidos, olores y efectos visuales para sumergir al lector en el peligro inmediato. Los disparos no solo se escuchan: silban, destrozan muebles, levantan polvo y plumas, dejando huellas físicas que hacen palpable la intensidad de cada momento. La descripción de los movimientos —carreras, coberturas, desplazamientos— dota a las secuencias de un ritmo cinematográfico y verosímil que atrapa al lector desde la primera línea.
Estos episodios no funcionan únicamente como momentos de tensión, sino como espacios de revelación: en medio del caos se siembran pistas relacionadas con los crímenes, demostrando la minuciosidad con la que el autor construyó la historia. Detalles aparentemente insignificantes —un objeto en la pared, una prenda de vestir, un gesto— adquieren sentido más adelante y permiten ensamblar el rompecabezas.
Si el lector se siente atraído por ambientes densos, investigaciones meticulosas y personajes erosionados por una vida de pérdidas y silencios, El monstruo de los manglares ofrece una travesía apasionante. Su mundo oscuro y pantanoso no busca el impacto fácil, sino una inmersión insondable en una violencia que no se disipa al cerrar el libro.
El monstruo de los manglares es una novela negra sólida, atmosférica y consciente de su territorio. José Arcadio López forja una historia donde el crimen es el síntoma de una sociedad enferma, con personajes fracturados, escenarios cargados de sentido y una narración que avanza con precisión y paciencia; la novela confirma una voz autoral que entiende el género y lo adapta con inteligencia al Caribe colombiano. Un debut que no pasa desapercibido y que deja claro que, en estos manglares, el verdadero monstruo no siempre habita en la oscuridad.
Emma Claus
Sobre el autor
Emma Claus
Mientras Hannah duerme
Nació en Becerril, Cesar. Vive en Alemania. Se graduó en ingeniería en minas, pero la literatura siempre le habló al oido, al final, la escuchó y aún siguen conversando. Empezó a escribir a los diez años. La poesia ha estado en su vida desde el principio, tanto que tiene cuatro poemarios sin editar en orden de creación: Principios (1990-1998), Cuando duermo (1999-2001), El forjador y otras odas (2002-2006) y Nuestro secreto (2007-2010). Algunos de sus textos fueron incluidos en los libros “Antología para amarte Uno”,” Antología para amarte dos” de la fundación Siembra, en Sogamoso, Boyacá y en antología de la Revista de arte y cultura en Tunja, Boyacá. En 2020, publicó de la mano de la editorial independiente Calixta su primera novela “Siempre bajo la lluvia”.
Es una apasionada de las buenas novelas y de la literatura colombiana, por eso dedica parte de su tiempo a escribir reseñas, así motiva su lectura y la divulgación de escritores colombianos. Todo inicia con el nacimiento de su hija Hannah y el único tiempo que tenía para escribir y leer era mientras ella dormía, de allí, el nombre de esta columna: Mientras Hannah duerme.
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