Literatura

El reto de narrar la vida de un juglar como Leandro Díaz

Johari Gautier Carmona

17/05/2019 - 05:20

 

El reto de narrar la vida de un juglar como Leandro Díaz
El compositor Leandro Díaz / Foto: El Espectador

 

Antes de convertirse en esa leyenda monumental que alumbra a cantantes y músicos, antes de sentarse naturalmente en el trono de los creadores imperecederos de la costa Caribe, Leandro Díaz fue un hombre de carne y hueso que aparecía naturalmente en las tertulias o parrandas de Valledupar, sin otros adornos que su sencillez.

Entre sus apariciones estelarmente sencillas, debe destacarse su intervención en la biblioteca departamental Rafael Carrillo, en un ciclo de charlas iniciado por los profesores Nelson Martínez y Félix Molina Flórez, en el que también fueron invitados otras figuras emblemáticas hoy fallecidas. Leandro Díaz entró en la pequeña sala acompañado de su hijo Ivo, y con un paso lento avanzó hasta llegar a su asiento frente al público.

Ya estaba Leandro Díaz cerca de la muerte, le costaba escuchar algunas de las preguntas que Ivo le iba repitiendo al oído, pero seguía siendo un hombre con inmensas ganas de vivir, se reía de sus hazañas y mostraba una memoria intacta.

El halo de magia que arropaba el personaje era innegable. Esa magia –la misma que le permitió componer canciones como Matilde Lina- ya había conquistado los corazones de amantes y expertos de la música vallenata, se había incrustado incluso en el interior de grandes obras del escritor García Márquez, pero se liberó y se engrandeció definitivamente después de su funeral en la plaza Alfonso López, cuando compositores y amantes del folclor se despidieron cantando en el homenaje a un hombre único.

A partir de entonces, Leandro pasó de ser una leyenda viva a un recuerdo colectivo, legendario y modélico. Se consolidó como la clara ilustración de un ser humano dotado de una inspiración divina, y, al mismo tiempo, el mejor ejemplo de un juglar que consiguió abrirse un camino con sus propias creaciones. Y en ese proceso de deificación, ese ser tan extraordinario y “moderno” ––en palabras del escritor Luis Barros Pavajeau––, se ganó naturalmente un espacio en las narraciones de quienes aspiran a reconstruir el pasado glorioso de una tierra musical y contar las superaciones increíbles de personas humildes.

En ese orden de ideas, la novela “Leandro” de Alonso Sánchez Baute surge justamente en un momento clave para la conservación de la memoria de esta región. Su prosa se alimenta de ese magnetismo que suscita la figura del juglar, así como de todos los conflictos simbólicos que lo rodean. “Podría haber sido un personaje de García Márquez”, explica el autor vallenato en un conversatorio organizado en la Biblioteca Rafael Carrillo Luquez en el marco del lanzamiento de su obra, antes de enumerar algunas circunstancias que engrandecen los logros existenciales del juglar: “Nació ciego, en un lugar perdido del Magdalena grande, en una noche de carnaval de 1928”.

Conversatorio en la biblioteca departamental Carrillo Luquez con los escritores Luis Barros Pavajeau, Alonso Sánchez Baute y Rodolfo Quintero / Foto: Johari Gautier

Leandro es el espejismo del ser que se construye solo, o casi solo, en un laberinto insondable. Su capacidad de imponerse al rechazo y a las vicisitudes, de ganarse el aprecio de los demás, y de crear obras de una dimensión celestial -a pesar de las limitaciones del cuerpo- hacen de él un ser diferente, que se inscribe dentro de las hipérbolas de Macondo.

“La primera palabra que dijo no fue papá ni mamá, sino gallo ––comenta Rodolfo Quintero en ese mismo conversatorio––. Y eso fue quizás una premonición”. Leandro tuvo que aceptar desde muy temprano la ausencia de un padre que no supo reconocerlo y que interpretó la ceguera de su hijo como un castigo del destino.       

Más adelante, un conflicto determinante expuso el verdadero abandono en el que se hallaba Leandro. Fue cuando apenas tenía diez años, explica Alonso Sánchez. Sus padres se fueron a una parranda, lo dejaron a él solo con su hermano de cinco años, y regresaron diez días después. En ese tiempo, el joven invidente entendió que nadie más que él podía salvarse en estas circunstancias y tuvo que ingeniárselas para sobrevivir. “A partir de esa experiencia, él asume la responsabilidad de crear su personaje y concebir el silencio como espacio de creación”, explica el autor.

La indiferencia y la discriminación fueron elementos con los que Leandro tuvo que lidiar toda su vida. De joven tuvo que superar esa invisibilización impuesta por el entorno, y en medio de ese proceso lacerante, aprendió a escuchar y a escucharse a sí mismo.

“Permanecía horas sin moverse, y terminó conociéndose tanto que se volvió sabio”, sostiene Sánchez Baute para describir esa capacidad de escucha. También lo recalca Rodolfo Quintero al señalar que el canto de los pájaros fue parte de su aprendizaje como compositor. Esa música producida por la misma naturaleza logró despertar muchos de sus sentidos.

Es cierto que Leandro Díaz se volvió una leyenda, y que, de ahora en adelante, lo encontraremos en los monumentos y los escritos, pero la historia que rescata Alonso Sánchez es la parte humana, aquella que precedió al mito y que le ayudó a crear ese personaje inmortal.

“Lo importante de este libro es que dejo atrás el compositor y el artista, y me centro en el ser humano que es lo que interesa”, argumenta el escritor y, sin embargo, también importa otro elemento fundamental: el formato literario. Contar la historia de un ser extraordinario, requiere una narración que sepa identificar y digerir los dotes del protagonista central, así como dar un significado a sus decisiones, interacciones, e incluso silencios.

En esta ocasión, Alonso Sánchez Baute incursiona en la biografía y la mezcla con otros géneros como la novela y el ensayo. Su experimento es el fruto de una constante renovación y un ejercicio de lectura entre líneas. Lo demás, estimado lector, requiere de su participación (y lo encontrará exclusivamente en la obra).  

 

Johari Gautier Carmona

@JohariGautier  

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