Literatura

¿Te acuerdas, Chovan? (Segunda parte)

Alex Gutiérrez Navarro

17/12/2020 - 05:05

 

¿Te acuerdas, Chovan? (Segunda parte)

III

La borrachera que nos pegamos con varios mililitros de ron que tu papá había dejado en la nevera fue, sin dudas, un episodio cómico. El viejo Iván siempre solía dejar líquidos embriagantes en el frigorífico y tú, ni corto ni perezoso, aprovechabas mientras él se iba para usufructuar esos recursos. La tarde de un mes de vacaciones tu mamá se hallaba durmiendo mientras compartimos los tragos. Estuvimos Santiago, tú y yo. El gordo se negó a recibir la propuesta bajo la premisa de que “los borrachos no van al reino de los cielos”. Se mantuvo en su determinación aún a fuerza de insinuaciones y menoscabos.

Todo iba bien hasta que mi tía Danys se levantó y nos descubrió caminando endebles y hablando incoherencias. Nos hizo la prueba de alcoholemia y, en efecto, dio positivo, a excepción de Santiago, que argüía, como queriendo salvar su pellejo: -yo les dije que no lo hicieran porque los tales no van al cielo. Yo le aseguré a mi tía, a pesar del tufo que me delataba, que no estaba borracho; todo para evitar que me acusara con el chande y librarme de un par de cueros. Ese día, irremediablemente, habíamos sellado nuestro paso al infierno, mientras el gordo, con su apariencia de niño santo, recibiría la herencia celestial.

Los muebles milenarios de la abuela ‘vina’ eran nuestro depósito bancario. Debo confesarte que, desde que descubrí la bondad natural de esos enseres de prodigar monedas de pacotilla, me reservé aquella excitante revelación. Me propuse que no debías saberlo. Fue, tal vez, una de esas pocas ocasiones en que aspiré desenvolverme como un ser más vivaracho que tú, pero de manera timorata y solapada. No recuerdo si alguna vez lograste extraer monedas de allí, lo cierto es que no permanecían por mucho tiempo en los bolsillos de nuestras pantalonetas de andariego. Se iban en baratijas que comprábamos en las tiendas de los cachacos.

Nunca te hizo falta una buena pierna. Tu mamá siempre hacía mención de las eclosiones hormonales de tu adolescencia en tono de apología y de jarana. Te dirigía llamados a la mesura, a veces, en medio de la comitiva familiar, asegurando con un viso de seriedad que algunas cavidades estaban llenas de hormigas. También hablaba de los pendejos incipientes y de sus descubrimientos de tamaños orgánicos. Estoy convencido de que el viejo Iván, aparte de infundir en ti varias tendencias que menciono en líneas anteriores, también alimentó profundamente ese donjuanismo y espíritu bellaco desde las etapas infantiles. Las invitaciones que recibíamos el gordo y yo, de tu parte, no podían ser distintas: a las chamacas hay que quebrarlas, como quebrábamos las botellas a la orilla del río.

No fui ajeno a esas sugestiones. Tenía 15 años cuando celebré fervorosamente, a la manera de los títulos del Junior de Barranquilla, haber dado rienda suelta a los placeres de los hijos de los hombres con una vecina del barrio. Debo reconocer que, de no haber crecido en un hogar de moralidad rigurosa y de valores cristianos ortodoxos, muy probablemente hubiese tenido tanto o mayor desenfreno con las mujercitas lozanas y plagadas de deseo. A ti fue a quien primero comuniqué ese acontecimiento: estabas donde tu amigo Yilmar. Te llamé aparte y proseguí con un monosílabo revelador: ¡viejo, ya! ¡Y fue en el catre de la ‘vina’! La carcajada cómplice no se hizo esperar. Por varios meses me persiguió el infundio de una desgracia derivada de haber escogido ese lugar parental lleno de un aura de consagración y de virtud.

Desde entonces, esa asociación mental se convirtió en uno de mis muchos fantasmas. Por esa época mi abuela tuvo un accidente en la ciudad de Valledupar mientras se desplazaba en una motocicleta y, gracias a Dios, al destino o a la providencia, no resultó con heridas de gravedad. Se me helaron las entrañas. Este percance de Orfelina lo relacioné con haber tomado su lecho para tal propósito. El cargo de conciencia apenas se mantiene. Créeme que por muchos años he querido conjurar estas alucinaciones acechantes con muchas benevolencias y actos de respeto hacia La Vina.

Fuiste un ídolo del boxeo. Me desvivía por ir a las veladas aficionadas que tenían lugar en el parque central. Te veía como el ‘Happy lora’ del 6 de enero. En una de esas presentaciones memorables te hallabas perdiendo una pelea. El entrenador Laudelino ‘ñuño’ Torres te puteó para que reaccionaras.  Era un contrincante del interior del país que desenfundó una ráfaga de golpes y, a instancias del segundo asalto, no lograbas reponerte de aquella sucesión aterradora. Se escucharon gritos de angustia por parte de tu madre; fue poseída por una verborrea patética de la cual solo alcanzó a ser entendible una exclamación maternal: -¡me están jodiendo al pelao; paren el combate! Pero tú no dejarías la localía profanada y en un movimiento que resultó imperceptible para muchos espectadores, sacaste un jab de izquierda que impactó contundentemente en la nariz de tu oponente. Lo dejaste viendo mariposas y con un flujo incontenible de sangre. La pelea concluyó ahí y el juez levantó tus brazos en señal de victoria. La ovación del público no se hizo esperar. Bastó una mano bien colocada para liquidar el enfrentamiento.

IV

Aunque el epicentro de nuestras aventuras y vivencias fue esa calle mencionada con anterioridad, hubo otro contexto que sirvió de catalizador para las ocurrencias de la mocedad: el barrio 6 de Enero; esa comunidad tranquila, en los lindes del municipio de San Diego, donde las horas se suceden con mansedumbre imperturbable y lo único que despierta de la modorra a sus habitantes y les convoca a salir de sus residencias son las peloteras y trapisondas ocasionales. No tengo la más mínima idea de cómo llegó a recibir ese apelativo el ‘pozo del tin’, ubicado a algunos metros del matadero municipal, en la cuenca del Río Mocho. Mucho menos he logrado entender, hasta el sol de hoy, el hecho de que sus visitantes más asiduos se sumergieran en sus aguas, aún a sabiendas de que era el vertedero del plasma sanguíneo de las reses sacrificadas.

Con frecuencia, solíamos ir a atrapar pececillos en ese afluente. Nos aperábamos de anzuelos y un par de lombrices, extraídas del suelo seboso del margen del río, que convertíamos en la carnada de los acuáticos ingenuos. Con devoción de trabajadores incansables, procedíamos a arrancar esos anélidos de la húmeda tierra y, más que por llevar provisión a nuestras casas, aquellas actividades de pesca clandestina lo único que lograban era colmar el ocio y la hiperquinesia de esas etapas vitales. Aún puedo sentir la vibración de los peces atrapados en el anzuelo y rememorar la expresión coloquial de euforia infantil: ¡lo tengo nojoñe, lo tengo!

Las primeras lecciones y técnicas de defensa personal que recibí, con Santiago, fueron obra y gracia de tu voluntad. El patio de la casa de mi tía Danys era el sitio predilecto para los sparrings, al mejor estilo de los pueblos canalla: sin guantes ni protección bucal. Eran golpes de verdad, sin anestesias ni bálsamos. Te dabas a la tarea de conseguirnos contrincantes entre la muchachada del barrio: Juan Diego, Keiner, Sigilfredo, ‘el mono’ Cabarcas, entre otros. Me resultaba vertiginosa la idea de medirme a otro contendor. Imponías, de forma cuasi fascista, esa costumbre de darnos golpes con quienes tampoco eran muy partidarios de esos encuentros. El gordo y Alex veían el patio como una cancha de fútbol; en cambio tú, como un ring improvisado de boxeo.

Creo que los deseos posteriores de autoreivindicación y de recobrar el honor que había sido pisoteado por varios jóvenes de mi edad de los cuales había recibido ofensas y burlas, fueron alimentados en esos entrenamientos básicos. Empecé a considerar la posibilidad de repartir puños a todo el que pretendiera menoscabarme. Tanto así que, en el 2013, ingresé a la escuela del profesor Laudelino. Hice varios guanteos8 en los que privé y también me privaron. Nunca llegué a disciplinarme lo suficiente como para lograr un óptimo estado físico y ese factor era determinante en las tardes nefastas de muchas prácticas. Mis padres nunca dieron un visto bueno tocante a mi preparación como pugilista. Hoy reconozco que una de mis grandes frustraciones juveniles fue no haber tenido, por lo menos, una presentación en alguna velada regional o local. Siempre me enfermaba, no tenía estado físico o no contaba con el beneplácito del ‘chande’ y, mucho menos, de Rocío Navarro, mi mamá.

¿Te acuerdas? Una de las invitaciones recurrentes que me hacía el viejo Iván, tu papá, era a su finca, conocida como “El Pereira”, en las inmediaciones del balneario El Chorro, vía a Manaure, Cesar. Siempre me llamó la atención este nombre porque, además, la trocha que conduce a través de ese paisaje rural y un río que nace en La Guajira y surca las zonas aledañas, también recibe esa denominación. La relación de este nombre con la capital de Risaralda, en Colombia, no está determinada; mucho menos con su sentido etimológico: “huerto de peras”. A lo mejor, como sucedió con el escritor prolífico de Aracataca y el árbol “makondo”, ese huerto de peras nunca existió. Lo cierto es que el término posee muy buena sonoridad poética y bien puede ser el germen de un mundo imaginario, como el de Gabito.

Mientras íbamos o veníamos de la finca, en el Renault 9, el viejo Iván asumía el control de una narrativa macabra y pavorosa: los asesinatos perpetrados por grupos guerrilleros y paramilitares. Nos señalaba de manera pragmática los lugares de posibles fosas comunes y de ejecuciones extrajudiciales. La candidez de esos años no tenía un ápice de discernimiento de la realidad política del país con el apogeo de las guerrillas de izquierda y de derecha. Una de las tareas, históricamente postergada de nuestra querida República, es la de aprender a convivir en medio de la diferencia y la otredad sin que la divergencia sea un pretexto para amenazar, borrar o desterrar.

V

¿Te acuerdas cuando una turba de contrabandistas enardecidos prendió fuego a las instalaciones del palacio municipal? Todo se originó por la muerte de dos pimpineros en enfrentamientos con la fuerza pública. Fue en el año 2007, cuando fungía como alcalde el finado Primo León Montaño. La primera década del siglo XXI, en La Paz, estuvo marcada por ese contexto de profunda inestabilidad política y del orden público. En nuestra región, el contrabando siempre fue visto como algo normal: tabaco, productos de la canasta familiar, hidrocarburos, entre otros. Muchas familias, hasta hace pocos años, vivían de la compra y venta de gasolina. Los gobernantes nunca ofrecieron propuestas claras y alternativas para evitar que decenas de transportadores persistieran en las rutas de la ilegalidad.

Hogaño, he visto que el uso de muchos carros que antes transportaban pimpinas con mineral inflamable, es el de llevar pasajeros a municipios del Cesar y La Guajira, lo que en jerigonza local se conoce como transporte pirata. El negocio ilícito llegó a permear tanto que cuando se incrementaban los controles para impedir el paso de combustible, las multitudes de los Renault 18 y las renoletas, alegaban ser impedidos de su derecho al trabajo.

El día que vulneraron las oficinas del ayuntamiento municipal, también fueron incendiadas las instalaciones del Banco Agrario, el cuartel de policía y la sede de la Secretaría de Tránsito. Aquella estampida ocurrió delante de nosotros como una epifanía de los demonios sediciosos adormecidos de esta comarca. En lugar de miedo, sentí morbo y excitación. En mi mente pueril, asocié a la turbamulta con valientes gladiadores que se imponían airosos ante el poder central que estaba recibiendo su merecido. Desde la terraza del hogar de nuestra abuela Vina, al pie de nuestros padres, pudimos divisar la humareda y sentir el crepitar de las llamas. Recuerdo haberte visto tomar artículos insignificantes que se les caían a los premurosos saqueadores furtivos que iban y regresaban del franqueado palacio municipal.

Estoy seguro que ya percibiste lo anecdótico inmanente a todo este relato. Tú, al igual que yo, quieres entender por qué cuando niños queríamos ser grandes y apurar la copa de la vida. Acostado en una hamaca, amparado en la sombra de un frondoso mango, recibiendo la brisa primaveral del último mes del año, viendo avanzar el sol hacia el poniente, en el patio de mi casa, reflexiono en lo intrincado y paradójico que es el tiempo: no podemos saber en qué consiste realmente; hay un poco de él depositado en cada ser humano en distinta proporción y medida, pero sigue su curso inexorable cuando los afectos y los rencores se van con los mortales en sus fúnebres ramos. Es eso que pasa huidizo y desapercibido, dejando solo recuerdos indelebles.

También, sabes que recordar no es algo exclusivo de los viejos. Mejor dicho, es algo que hacemos desde niños y al pasar los años los recuerdos son más fuertes. [Recordar] es vivir cuando se reconoce que el presente es siempre una gran oportunidad. Tú, con mucha certeza, has comprobado que para vivir se necesita morir un poco: es la realidad y la única posibilidad de los grandes y aunque el tiempo no se detiene y los relojes no dan marcha atrás, quiero invitarte, cada vez que estemos en La Paz, a una agradable retrospectiva en esa calle inolvidable donde la inocencia dibujó nuestros sueños.

¿Te acuerdas lo emocionados que nos poníamos al estrenar la ropa que la Vina nos compra a fin de año? Resultaba un agrado exorbitante salir a la calle oliendo a nuevo, pisando el suelo con la última edición de North Star; eran lujos que solo se da quien tiene una abuela como la nuestra. Cuanta alegría significaba compartir con otros el privilegio de estar bien emperchados para esa época del anuario. Algunos estrenaban ropa más cara o más barata que la de nosotros, pero uno de pelao casi no se fijaba en esas cosas y las únicas presunciones –si era que habían- era por quien más encendiera chispitas navideñas.

[Leer la primera parte en este enlace]

 

Alexander Gutiérrez Navarro

1 Comentarios


Mayra Calderón 18-12-2020 09:29 AM

Me sentí reviviendo esa época al leer esta segunda parte, que buenos recuerdos!! Felicidades Alex quiero seguir leyendo tus anécdotas

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