Música y folclor
¿Nos contaron completa la historia de la música del Caribe?

La semana pasada hablamos de José Benito Barros y Rafael Escalona, dos gigantes de la música del Caribe colombiano. Escalona desde el universo del vallenato y Benito Barros desde una dimensión mucho más amplia, abrazando distintos ritmos y retratando el alma de la región. Pero existe otro compositor inmenso, nacido también en la Depresión Momposina, que merece ocupar un lugar de honor junto a ellos: Julio Erazo. Benito nació en El Banco y Julio en Guamal, dos pueblos hermanos bañados por las aguas y la cultura del Magdalena.
Anoche, navegando por internet, entré a YouTube sin un propósito definido. No sé por qué escribí "tango de compositor costeño". Entre los resultados apareció un tango titulado “Lejos de ti”, interpretado por Los Caballeros del Tango. Bastaron los primeros acordes para caer en la cuenta de que aquella obra pertenecía a otro de los grandes compositores de la Depresión Momposina: nada menos que Julio Erazo.
Muchos colombianos desconocen que Julio Erazo no solo fue uno de los compositores más prolíficos de la Costa Caribe, sino también un creador de una versatilidad sorprendente. Se movía con la misma naturalidad entre el porro, el vallenato, la cumbia, el paseo, el tango y otros ritmos populares. Además, hizo parte de esa extraordinaria institución musical llamada Los Corraleros de Majagual, una verdadera universidad de la música costeña, de donde salieron algunos de los más grandes intérpretes y compositores del país.
Julio Erazo decidió contar en sus canciones la vida de la gente sencilla. Le cantó al hombre y a la mujer del pueblo, al costeño con todas sus virtudes y defectos. Le cantó al mamador de gallo, al bailador de baile "boleteado", al enamorado despechado, al gorrero impenitente —ese personaje que nunca falta en una parranda, cuenta los mejores chistes, hace todos los mandados, pero jamás mete la mano al bolsillo—, y también a la muchacha humilde de la Depresión Momposina que anda con "la pata pelá".
Erazo inmortalizó a esos personajes tan nuestros, los que jamás tendrán una estatua en una plaza, pero que todos conocemos porque viven en cualquier pueblo del Caribe. Comprendió, mucho antes que muchos de nuestros intelectuales, que el humor también es patrimonio cultural.
Por eso sus canciones parecen cuentos escuchados en una parranda bajo la sombra de un viejo palo de mango, al lado de un fogón de leña donde hierve un sancocho de gallina criolla, mientras corren los tragos y las historias entre amigos. En sus composiciones no hay solemnidad impostada; hay sabiduría popular, picardía costeña y una filosofía sencilla que llega disfrazada de carcajada.
Cuando Julio Erazo cantaba con Los Corraleros de Majagual, el Caribe entero bailaba sin detenerse a pensar que estaba escuchando verdaderas crónicas musicales. Aquella agrupación revolucionó la música colombiana. Mezcló acordeón, clarinetes, trompetas, bombardinos, porros, cumbias, paseos y fandangos hasta crear una sonoridad que terminó convirtiéndose en la banda sonora de varias generaciones. Y allí estaba Erazo, poniendo su voz, su ingenio y su sensibilidad al servicio de canciones que, medio siglo después, siguen alegrando las fiestas de Colombia.
Hay un detalle curioso, muy propio de nuestra cultura. Muchísima gente puede cantar de memoria Hace un mes, El Bailador, La Pata Pelá o Gorrero Pechugón, pero muy pocos saben quién fue el hombre que las escribió o las convirtió en clásicos. Esa es una vieja enfermedad nacional: celebramos las canciones y olvidamos a sus compositores.
Vale la pena insistir en que José Benito Barros y Julio Erazo ocupan un lugar mucho más grande del que normalmente les concede la historia oficial. Uno convirtió la geografía del Caribe en poesía; el otro convirtió el lenguaje cotidiano del pueblo en música. Ambos hicieron escuela. Ambos ayudaron a construir eso que hoy llamamos identidad caribeña.
También demostraron que la verdadera cultura no nace en los ministerios ni en las academias. Nace en el patio de una casa, en una canoa que remonta el Magdalena, en una plaza de mercado, en una rueda de tambora, en un fandango, en una parranda o en una conversación donde alguien exagera un cuento y otro termina convirtiéndolo en canción.
Ya es hora de que el país mire a José Benito Barros y a Julio Erazo con los mismos ojos de admiración con que ha contemplado a otros grandes compositores. Porque un pueblo que olvida a quienes le enseñaron a cantar termina perdiendo también la memoria de quién es.
Al fin y al cabo, una canción puede alegrar una fiesta; pero un gran compositor es capaz de construir la memoria de una nación.
Diógenes Armando Pino Ávila






