Música y folclor
Grandes canciones vallenatas: Despertar de un acordeón

“¿Quién canta ese disco?”, nos preguntó el doctor Nicolás Polo Figueroa, destacado profesor de lingüística, una mañana cualquiera de 1975 en que decidimos, mi compadre Jairo Tapia Tietjen y yo, llevarnos para la universidad una grabadora portátil y el casete “Una voz y un acordeón” que acababan de grabar Poncho Zuleta y Colacho Mendoza. Como teníamos algunas horas libres, nuestro propósito era recrearnos un rato en los jardines de la Uptc, escuchando las once canciones que figuraban en el casete, que, desde su aparición en el mercado, hacía pocos días, se habían convertido en un verdadero acontecimiento musical. Nos habíamos sentado en una de las bancas que flanquean las hermosas galerías de pinos finamente podados que embellecen las estancias de los pensiles upetecistas. “Póngalo desde el comienzo, para escucharlo completo”, nos sugirió el doctor Polo, quien, arrobado por la melodía de la hermosa canción, olvidó por un momento los principios de la teoría chomskiana y los fundamentos de la gramática generativa transformacional, que eran la moda por esos años en las ventanas de la lingüística, cátedra en la que se había ganado un prestigio singular en el alumnado del alma mater.
Lo escuchó completo y se despidió. “Que sigan disfrutando a Poncho”, nos dijo al marcharse. Y así lo hicimos, pues aún teníamos tiempo suficiente para escuchar al casete completo, sobre todo, porque en esa época los discos eran cortos y no superaban los cuatro minutos. El elepé “Una voz y un acordeón” había salido a comienzo de abril, y la unión de Poncho y Colacho había causado una tremenda sorpresa en el sentimiento musical, por cuanto eran pocos los que tenían conocimiento de esta nueva agrupación. Se habían lucido con once temas de reconocidos compositores, que volvieron loca a la fanaticada, la cual no dudó en calificar como extraordinarias, una por una, todas las canciones. Junto con “Despertar de un acordeón”, autoría del destacado compositor Antonio Serrano Zúñiga, figuraron en el long play: “Fortuna y desdicha” de Sergio Moya Molina, “Promesas de amor” de Julio Oñate Martínez, “Herida de mi alma” de Mario Zuleta Díaz, “Muero con mi arte” de Poncho Zuleta, “Quejas lastimeras” de Juvenal Daza, “Norfidia” de Calixto Ochoa, “Con la misma fuerza” de Emiliano Zuleta (El viejo), “Recuerdos de mi pueblo” de Camilo Namén Rapalino y “El villanuevero” de Armando Zabaleta Guevara.
Y detrás del doctor Polo fueron llegando varios amigos más, sobretodo, de Valledupar y otros pueblos del Caribe, atraídos por la hermosura de las canciones, quienes ya tenían referencias del nuevo álbum ponchozuletista, el cual venía siendo promocionado por mi compadre Jairo Tapia en el programa “Revista Vallenata”, que él dirigía y transmitía todos los sábados de 1 a 3 p.m. por Radio Tunja, en ese entonces, la emisora más escuchada de la capital boyacense. El programa contaba con el patrocinio de don Gabriel Muñoz, director artístico de la casa disquera CBS en la capital de la República. Recuerdo, con amplísima lucidez, que uno de los tantos curiosos, que, también, se acercó a escuchar la novedad zuletista, fue Wilson Macareno Contreras, q.e.p.d, oriundo de Betulia, Sucre, quien cursaba la licenciatura en Ciencias Sociales. Quedó maravillado con la canción “Herida de mi alma” y nos pidió que la repitiéramos varias veces. Muchos años después, ya radicado yo en Sincelejo, y él en Betulia, me visitó en algunas ocasiones, y en medio de las charlas recordatorias, no vaciló en pedirme que lo complaciera con el hermoso disco de Mario Zuleta Díaz, uno de los hermanos menores de Poncho, fallecido en 2008.
“Despertar de un acordeón”, junto con “Reminiscencias”, “Mi viejo guayacán”, “Delirios de acordeón”, “Enamorado corazón” y “Serenata decembrina”, integran la estrella de seis luces musicales compuestas por el doctor Serrano Zúñiga, cinco cantadas por Poncho Zuleta, y “Delirios de acordeón”, interpretada por Jorge Oñate con los Hermanos López, que figuró en álbum “Canto a mi tierra”, el último elepé de esta agrupación publicado a mediados de 1975. Y, prácticamente, la musa creadora del doctor Serrano Zúñiga culminó en 1977 cuando los Hermanos Zuleta le grabaron el paseo “Serenata decembrina”, que figuró en el álbum “El cóndor legendario”, lanzado a finales de ese año. Esta fue una canción que mantuvo una baja admiración y no alcanzó a posicionarse con mucho entusiasmo en el mundo de la fanaticada. Pasó más bien inadvertida. Es posible que la pasión por la academia, y, sobre todo, por la administración educativa, hayan sido los motivos que alejaron al doctor Serrano Zúñiga del ambiente musical e hicieron que perdiera el interés por la composición, el cual desapareció totalmente con su traslado a Bogotá en 1983, ciudad donde partió para la Eternidad el 7 de agosto de 2010, a la edad de 76 años.
En abril de 1975, apenas apareció el long play, “Una voz y un acordeón” y la fanaticada comenzó a saborear la hermosura de las canciones, “Despertar de un acordeón” arrasó con la simpatía popular y se ubicó en la cima de las preferencias, sobre todo, por el embrujo de las notas llamativas que hacen la entrada y la tornan ampliamente cautivante. Una especie de marcha sincronizada que arroba el placer de los oyentes y lo paralizan, cargado de emoción. Una característica singular de Colacho Mendoza, que identifica su estilo musical y es notoria en el inicio de todas sus canciones. Por otra parte, la temática costumbrista que ilumina la composición, fue, tal vez, el motivo esencial para que el disco penetrara más en el sentimiento del universo vallenatófilo y quedara consagrado desde su nacimiento como un verdadero clásico de la música vallenata: “Los parranderos que irrumpen en la madrugada a buscar a un amigo para llevárselo y continuar la parranda”. Una costumbre típica de los pueblos del Caribe, la cual demuestra la inmensa fraternidad que existe entre los círculos amistosos. Una costumbre que ennoblece las amistades y llena de orgullo a todas las personas que han sido o son protagonistas de estas vivencias.
La introducción de “Despertar de un acordeón” es inmensamente sensible, y para causar mayor placer, se repiten los versos pareados que forman las estrofas: “Ay, oye Poncho, que bonito es escuchar / en la madrugada el sonido de un acordeón. / Ay, oye Poncho que bonito es escuchar / en la madrugada el sonido de un acordeón. / Si me despierto, me palpita el corazón / y me lleno de ganas por salirme a parrandear. / Si me despierto, me palpita el corazón / y me lleno de ganas por salirme a parrandear. / Pero mi mujer no me deja levantar / pa pedirte Poncho que me cantes un paseo. / Pero mi mujer no me deja levantar / pa pedirte Poncho que me cantes un paseo. / Ella sabe muy bien que ése es mi deseo / y tú que es un pretexto pa salirme a parrandear. / Ella sabe muy bien que ése es mi deseo / y tú que es un pretexto pa salirme a parrandear”. Seguida de la introducción, la maestría y la originalidad musical de Colacho Mendoza embellecen el ambiente con una fugaz secuencia de notas que conmueven los encantos de la fanaticada y la tornan más placentera. Los versos pareados magnifican el coro: “Los aires musicales de una bella acordeón / son notas melodiosas que alegran el corazón. / Los aires musicales de una bella acordeón / son notas melodiosas que alegran el corazón”.
En el apartado siguiente, el autor expresa los agradecimientos al cantante por haberle interrumpido el sueño, quien con sus cantos improvisados termina ablandándole el corazón a su la esposa: “Yo le agradezco a Poncho cuando me viene a buscar / que por ser tan obstinado siempre tiene que triunfar. / Se pone a improvisar con sentido y con razón / y a mi negra querida se le ablanda el corazón”. Lo pareados del coro, continúan iluminando el ambiente: “Los aires musicales de una bella acordeón / son notas que alegran el corazón. / Los aires musicales de un bella acordeón, / son notas melodiosas que alegran el corazón”. Una súplica del autor a su querida “negra”, consigue su aprobación para salir de la casa: “Ay, Poncho, compadre querido / ¿cómo hago pa parrandear contigo? Ay, negra, déjame salir / que ya vino el compadre por mí”. Entran, nuevamente los versos del coro: “Los aires musicales de una bella acordeón / son notas melodiosas que alegran el corazón. / Los aires musicales de una bella acordeón / son notas melodiosas que alegran el corazón”. Finalmente, la “negra” termina aceptando la salida del marido a continuar la parranda: “Ay negro, vete a parrandear / que ya Poncho te vino a buscar. / Ay negro, vete a parrandear / que ya Poncho te vino a buscar”.
Tuve la oportunidad de conocer al doctor Antonio Serrano Zúñiga en el transcurso de 1973, cuando se desempeñaba como rector del Histórico Colegio Pinillos de la antiquísima Villa de Santa Cruz de Mompós, plantel donde yo me había graduado de bachiller en 1971. Llegó trasladado del Colegio Nacional Roque de Alba de Villanueva, Guajira, donde, según me comentó el día de nuestra entrevista, había hecho los primeros pinitos en el arte de la composición musical. Recuerdo que también me contó que era amigo de los Hermanos Zuleta y que le grabarían una canción en el próximo elepé. Y así sucedió, porque a comienzos de 1974, le grabaron “Reminiscencias” que apareció en el álbum “Río crecido”, lanzado ese año. Tres años después, a finales de 1976, recién graduado de la Uptc de Tunja, nuevamente me comuniqué con el doctor Serrano Zúñiga, quien desde ese año desempeñaba la rectoría del Colegio Nacional Loperena de Valledupar, y acordé con él que a comienzos de 1977 me vincularía a ese plantel. “Lo espero a partir del 20 de enero”, me dijo. Sin embargo, mis planes fallaron: en una visita que realicé a Sincelejo, persuadido por una amiga, tomé la decisión de vincularme al Simón Araújo.
Radicado felizmente con su familia en la capital de la República desde 1983, el doctor Serrano Zúñiga se alejó, podemos decir, parcialmente, de la composición musical, mientras ejercía un cargo en la Contraloría General de la República. Desde esa época sus canciones no volvieron a figurar en los álbumes de los grandes conjuntos musicales. Realizó algunas composiciones, las cuales, según me he enterado, aún permanecen inéditas. A comienzos de 1977, cuando se gestó la huelga en el Simón Araújo contra el profesor Dhimas Arias Valencia, quien fue relevado de la rectoría, el doctor Serrano Zúñiga hizo parte del sonajero de nombres que cobraron resonancia para asumir este cargo. Según comentó una alta funcionaria del Gobierno, el Ministerio de Educación le ofreció trasladarse a Sincelejo, pero el doctor Serrano rechazó el ofrecimiento. Deseaba seguir en la gratísima Villa del Santo Ecce Homo, para estar en contacto directo con las grabaciones estelares de los conjuntos vallenatos y descubrir los talentos musicales que surgían en las aulas del Colegio Loperena. Así como lo había hecho los colegios Pinillos de Santa Cruz de Mompós, Agustín Codazzi de Codazzi y Roque de Alba de Villanueva.
La última vez que supe del doctor Serrano Zúñiga fue en 1996, aún estaba vivo, por un comentario que me hizo don Jaime Castellar Ferrer, quién estaba radicado en Cartagena de Indias y, también, había sido rector del Colegio Nacional Roque de Alba de Villanueva. En septiembre de 1967, don Jaime había sido trasladado para el Colegio Pinillos de Mompós y el doctor Serrano había llegado en su remplazo a Villanueva. “Serrano Zúñiga es una magnifica persona, es un excelente compositor y siempre nos encontrábamos en Bogotá, haciendo diligencias en el Ministerio”, me comentó don Jaime. Y vaya curiosidad: varios años después, en 1973, el doctor Serrano también fue designado rector del Colegio Pinillos, donde solo permaneció ese año. Hoy, cuando han transcurrido dieciséis años de su fallecimiento, considero que, a pesar de que la producción musical del doctor Serrano Zúñiga no fue tan profusa como la de otros compositores, su talento musical, en el arte de la composición, quedó grabado con tinta imborrable en el sentimiento de la inmensa fanaticada, sobre todo, “Despertar de un acordeón”, canción que, después de medio siglo de su nacimiento, sigue iluminando las páginas de la música vallenata.
Eddie José Daniels García





