Música y folclor

Armando Zabaleta: el fecundo compositor de “No voy a Patillal”

Eddie José Dániels García

06/09/2021 - 04:55

 

Armando Zabaleta: el fecundo compositor de “No voy a Patillal”
El compositor Armando Zabaleta Guevara / Foto: Fundación Festival de la Leyenda Vallenata

 

Efectivamente: son muchas las personas que sostienen, con amplia seguridad, que el prestigioso compositor molinero Armando Zabaleta Guevara no regresó a Patillal, el pueblo de sus afectos, que solía visitar con marcada frecuencia y permanecer allí parrandeando durante varios días.  Y no lo hizo, sólo para mantener el juramento que había hecho y quedó consagrado en su composición “No voy Patillal”, la cual inscribió para participar en el concurso de la canción inédita y resultó ganadora en el Festival de la Leyenda Vallenata de 1973. El jurado calificador de esta modalidad, integrado por los compositores Wilson “Wicho” Sánchez, Armando León Quintero y Gonzalo Arturo Molina, quedó maravillado con la letra de la composición y no vaciló en seleccionarla como la mejor entre todas aquéllas que participaron. Además, el público aplaudió la escogencia y la canción fue interpretada en varias oportunidades. Con este triunfo, el compositor Armando Zabaleta Guevara, quien hasta ese momento era poco mencionado en el ambiente musical, se anotaba un punto altamente significativo y pasaba de inmediato a engrosar la celebérrima lista de los grandes compositores de la música vallenata.

La canción de Armando Zabaleta quedó consagrada definitivamente como una joya de la música colombiana a finales de ese año, cuando fue grabada por el famoso conjunto de los Hermanos López y Jorge Oñate, ganadores del Festival Vallenato en 1972.  Y fueron, precisamente, los Hermanos López, quienes ese año rompieron la tradición existente, y se presentaron en el Festival con un cantante distinto del acordeonista, pues, hasta entonces, la costumbre exigía que el ejecutor del acordeón debía ser también el mismo vocalista. Así había sucedido con Alejandro Durán, Colacho Mendoza, Calixto Ochoa y Alberto Pacheco, los cuatro reyes ganadores hasta ese momento. Y un ejemplo magnífico de esta costumbre era Alfredo Gutiérrez, quien cantaba las canciones y tocaba el acordeón. “No voy a Patillal” apareció en el long play titulado “El cantor de Fonseca”, al lado de once temas excelentes de reconocidos compositores. Su aparición en el disco fue un acontecimiento histórico, y me atrevo a asegurar que, jamás en la historia del vallenato, ha existido una canción que haya movido tanto fervor, tanto entusiasmo y tanta admiración, como los que tuvo y sigue teniendo “No voy a Patillal”.

“No vuelvo a Patillal”, como es el título correcto, el cual fue cambiado por el cantante al grabar la composición, es un bellísimo paseo costumbrista de tono elegíaco inspirado en la muerte inesperada del compositor patillalero Freddy Molina Daza, ocurrida el 14 de octubre de 1972, quien  mantenía una amistad íntima con Armando Zabaleta, la cual había nacido, precisamente, a raíz del talento musical que a ambos los identificaba. Se habían conocido unos años antes en un Festival Vallenato y, desde entonces, se hacían visitas recíprocas. Y a pesar de mediar entre ellos una diferencia de dieciocho años, se entendían a cabalidad y parrandeaban sin problemas. Cualquier día, Zabaleta se presentaba a Patillal, buscaba a Freddy y, a punta de guitarra y acordeón, armaban una juerga de dos y tres días. El rumor se regaba fácilmente y sin esperarlo aparecían otros compositores: Rafael Escalona, Gustavo Gutiérrez, Sergio Moya Molina o Santander Durán Escalona. Por eso, cuando ocurrió el asesinato de Freddy Molina, Zabaleta sufrió profundamente su desaparición, y  conversando con varios amigos les juró que jamás volvería a Patillal. De pronto, le llegó la musa y, fiel a su consigna, escribió la composición.

El contenido de la canción es ejemplar y su estructura temática está dividida en cuatro apartados, los cuales encierran los tres momentos esenciales de cualquier creación literaria: la exposición, el nudo y el desenlace. El primer apartado corresponde a la “introducción”, en el cual el autor presenta el tema y justifica el título de la canción: “No voy a Patillal / porque me mata la tristeza / al ver que en ese pueblo / fue donde murió un amigo mío. / Era compositor, / como lo es Zabaleta / y era lo más querido / de ese caserío”. Aquí, el compositor se menciona de manera imprecisa, es decir, utiliza su apellido, pero evocando a una tercera persona. En este sentido, establece una comparación de igualdad entre los talentos musicales de los dos personajes. El segundo apartado, que se refiere a la “suposición”, deja abierta la posibilidad de retornar al pueblo, pero, enseguida manifiesta su rechazo a permanecer en él, argumentando la razón de ello: “Si algún día llego a ir / sé que me regreso enseguida / porque me da tristeza / apenas yo empiezo a recordarlo / porque yo sé muy bien / que en su tierra querida / ha dejado un vacío / que no hay como llenarlo”.

Apenas se cantan las dos primeras estrofas, en las cuales se repiten a manera de coro los cuatro últimos versos de cada una, hay un intermedio musical donde las notas agradables y deliciosas de Miguel López, se combinan armónicamente para deleitar el espacio y llenar de placer a los oyentes. Sigue el tercer apartado, la “confirmación”, pues en él, el autor, aparte de expresar su admiración por el lugar, reafirma la sentencia inicial de no regresar al pueblo: “Me gusta Patillal / porque allá me quieren bastante / y cada vez que voy / yo me vengo muy agradecido / pero volver allá / ahora sí no me nace / desde que se murió / ese amigo mío”. Y el último apartado es la “evocación”, al recordar a su amigo entrañable, a través de su canción más representativa, la cual cataloga como un signo de presentimiento.  “Cuando escucho el paseo / de los tiempos de la cometa / me imagino que estaba / presintiendo su despedida / porque es verdad que el tiempo / que se va no regresa / sólo queda el recuerdo / de las cosas queridas”. Para finalizar, una secuencia de notas, sensibles, rápidas y consecuentes, cierran el concierto y satisfacen el deleite emocional causado en todo el recorrido musical. En 1974, “No voy a Patillal” fue magistralmente cantado por la prestigiosa orquesta de Pastor López y su combo, de Venezuela.

Otro acontecimiento histórico que favoreció y le dio trascendencia a Armando Zabaleta ocurrió a comienzos de 1973, cuando la colectividad valduparense y costeña se disponía a participar en la celebración del sexto Festival de la Leyenda Vallenata. En la antesala del evento, que se celebró del 27 al 30 de abril, los hermanos López con Jorge Oñate lanzaron el álbum “Las bodas de plata”, en el cual, la canción del mismo nombre, que pertenecía al compositor de “No voy a Patillal”, fue aclamada por el público, y junto con “El libre” de Camilo Namén, “Corazón Vallenato” de Emiro Zuleta, “La margentina” de Julio de la Ossa y “Mi canto sentimental” de Poncho Zuleta, fueron los éxitos indiscutibles de este trabajo discográfico. El paseo “Las bodas de plata”, es un homenaje que hace Armando Zabaleta a sus amigos Luis Enrique Martínez y su esposa Rosalbina, al cumplir veinticinco años de casados. Y ese año, curiosamente, Luis Enrique fue el ganador del Festival Vallenato. Asimismo, figuró en este elepé otro tema de Armando Zabaleta, “Pensando en ti”, que, lamentablemente, no trascendió y alcanzó poca admiración popular.

También, el nombre del compositor molinero había sido honrado por los Hermanos López y Jorge Oñate, en 1972. En el long play que se lanzó a finales de ese año, titulado “Reyes Vallenatos”, tras haber ganado el quinto festival, le incluyeron la canción “Preguntas y respuestas”, la cual, según la crítica objetiva, tampoco tuvo resonancia. Los temas más exitosos de ese álbum fueron, indiscutiblemente, “Recordando mi niñez” de Camilo Namén, “Soy estudiante” de Elver Araújo Daza, “Estelita González” de Poncho Zuleta, “Tiempos de Cometa” de Freddy Molina Daza y “El cambio” de Emiro Zuleta Calderón. En 1974, nuevamente, Armando Zabaleta es honrado con el paseo “Aracataca espera”, que apareció en el elepé “Fuera de concurso” y fue uno de los temas más reconocidos. La canción era una crítica ligera del compositor a Gabriel García Márquez, quien se había desprendido totalmente de su pueblo natal. Años después, unido ya Jorge Oñate con Colacho Mendoza, le grabaron los paseos “Regreso a mi pueblo” y “Amor comprado”, este último, considerado una canción antológica. Y en 1983, Jorge Oñate, ahora con Juancho Rois, le proclamó el tema “Si yo pudiera”, el cual gozó de poca aceptación.

Cuando los Hermanos López con Jorge Oñate grabaron “Aracataca espera” a comienzos de 1974, “Cien años de soledad” tenía seis años de haberse publicado, y por su trascendencia literaria ya era reconocida en el mundo entero y había sido traducida a muchísimos idiomas. Armando Zabaleta, observando la indiferencia que mantenía García Márquez con su pueblo natal, se inspiró en este detalle para componer el disco. La canción está estructurada en cuatro estrofas de ocho versos menores con rima total o parcial alternada. En el primer apartado se presenta el enjuiciamiento o llamado de atención: “Al escritor García Márquez / hay que hacerle saber bien / que uno la tierra donde nace / es la que debe querer / y no hacer como hizo él / que su pueblo abandonó / y está dejando caer / la casa donde nació”. Es posible, que Zabaleta ignorara que en esta época ya la casa donde nació Gabito tenía otros dueños, pues había sido vendida en 1952. En el último apartado, para darle una lección de agradecimiento, lo compara con el boxeador Pambelé, en ese entonces campeón mundial: “Mejor lo ha sabido hacer / sin ser un hombre eminente / ha sido Kid Pambelé / con San Basilio de Palenque / que apenas se hizo influyente / y empezó a ganar dinero / habló con el Presidente / y le dio luz a su pueblo.

Armando Darío Zabaleta Guevara, como reza su nombre completo, nació el 21 de febrero de 1927 en San Lucas del Molino, un antiguo y hermoso pueblo de La Guajira, inicialmente corregimiento de Fonseca y desde 1989 convertido en municipio, ahora con el simple nombre de El Molino. Allí transcurrió su infancia, apreciando la belleza del paisaje natural, enmarcada entre el valle del río Cesar y la serranía de Perijá, y despertó las primeras luces de su vocación musical, cuando era común verlo entonando y silbando las canciones que hacían época y alegraban las costumbres cotidianas. Muchas de estas vivencias quedaron en su memoria, las cuales le fueron fructíferas más tarde, viviendo ya su plenitud como compositor. Siendo muy joven inició su tránsito por varios pueblos de La Guajira, desempeñándose como arriero, pero siempre con el deseo de conocer los talentos artísticos, desperdigados por la región. Tuvo grandes amigos en Fonseca, Manaure, Villanueva, Urumita, San Juan, Patillal y demás pueblos circundantes y, sobre todo, fecundos en valores musicales. Lo mismo le sucedió en Valledupar, donde conquistó la amistad de excelentes personajes del folclor.

Su inclinación musical comenzó a desarrollarla por los años cincuenta, cuando ya tenía cierto conocimiento del arte y gozaba de bastante aprecio por el talento que empezaba a demostrar. Fue un gran admirador de Guillermo Buitrago, y por él, le nació la idea de aprender a tocar la guitarra, instrumento que no alcanzó a perfeccionar. Apreciaba también a Emiliano Zuleta Baquero, Abel Antonio Villa, Lorenzo Morales  y Alejandro Durán, que por esos años eran los fuertes del acordeón. Se inició como cantante y guacharaquero de Luis Enrique Martínez, después de Colacho Mendoza y más tarde de José María “Chema” Martínez. Al lado de ellos, interpretaba sus canciones y también las de otros compositores. Estas andanzas le fueron abriendo las puertas de la popularidad y el reconocimiento de magnífico compositor. En Valledupar, cultivó una entrañable amistad con el maestro Rafael Escalona Martínez, que se mantuvo inalterable hasta el día de su muerte. Asimismo, fue excelente amigo de Consuelo Araujonoguera, de Hernando Molina Céspedes, de Gustavo Gutiérrez Cabello y alcanzó a conocerse con Alfonso López Michelsen.

En la década del sesenta realizó algunas grabaciones, entre ellas “La garra”, una composición dedicada al obsequio del mismo nombre que el presidente Guillermo León Valencia le hizo al maestro Rafael Escalona.  Más tarde, en 1982, fue interpretada por Diomedes Díaz y Colacho Mendoza. En 1970, Alfredo Gutiérrez le grabó “El chupaflor”, un armonioso paseo donde establece una comparación metafórica entre este pajarito y un hombre enamorado. El título de esta canción solía confundirse con el texto de otra, más o menos similar, del maestro Alejo Durán, cuyo auténtico nombre es “La trampa”. En 1971, Alfredo nuevamente lo proyecta con el hermoso tema “No te aflijas corazón”, una especie de pasebol, profundamente romántico, que con las notas del “Rebelde del Acordeón” resulta incomparable. En 1980, “EL Cacique de la Junta” con Colacho Mendoza le grabaron “Margarita”, un bello merengue dedicado a su compañera Margarita Jiménez, y al año siguiente le interpretaron “Lo mismo me da”, que alcanzó un éxito rotundo. Y quince años después, en 1997, Diomedes ahora con Iván Zuleta le graban “Yo vivo para adorarte”, compuesto en honor de su última compañera.

Igualmente, muchas canciones del compositor “que no regresó a Patillal” fueron cantadas magistralmente por los Hermanos Zuleta. En el período comprendido entre 1975 y 1983, las creaciones del maestro Zabaleta resultaron inmancables en los discos del “Pulmón de Oro”. Inicialmente, con Colacho Mendoza le grabó “El Villanuevero” y después con Emilianito la lista de éxitos se tornó fabulosa con los temas “Déjenme quieto”, compuesto para desafiar a los que comentaban que “ya no componía”, después siguieron los paseos: “El pajarito”, “El nieto de Emiliano”, en honor a Andrés Alfonso, el hijo de Poncho Zuleta, “Recuerdos de don Toba”, en memoria del gran Tobías Enrique Pumarejo,  “No me guardes luto”, donde le suplica a su mujer que no llore ni le guarde luto cuando se muera,  “Jaime Luis”, en loor al hijo de un amigo,  “Riohacha”, donde destaca el progreso de esa ciudad, “Desesperado”, donde manifiesta el inconformismo por no tener a una mujer, “La promesa”, una visita que le ofreció a Emiliano Zuleta Baquero, en El Plan, para preguntarle por Simón Salas, y “El milagro”, tema para pedirle a Dios que le haga el milagro de conseguirle una mujer como él la deseaba..

La vida sentimental del maestro Armando Zabaleta Guevara estuvo compartida con varias mujeres, que fueron motivo de inspiración para diversas canciones.  Con su primera esposa, Rosa Campo, tuvo tres hijos, de los cuales uno heredó su talento musical. Más tarde se unió con Margarita Jiménez, quien le prodigó una hija de nombre Alicia. Asimismo, su trayectoria musical fue muy aplaudida en todas las ciudades y regiones de la Costa Caribe. Muchas alcaldías, gobernaciones y entidades culturales, lo aclamaron y lo honraron con sendas condecoraciones. Los últimos años de su vida los residió en Barranquilla, donde falleció el 8 de junio de 2010, al lado de Adelina María Martínez Zabaleta, la última compañera que tuvo, gracias al “milagro” que tanto le pidió a Dios.  Cuando superó la curva de los setenta años, se vio aquejado por el mal de Parkinson, y más tarde comenzó a perder la memoria a causa del Alzheimer. De vez en cuando, tenía ráfagas de lucidez que lo emocionaban repentinamente. Entonces recordaba episodios lejanos y tarareaba “Las bodas de plata”, “Amor comprado”, “Aracataca espera” y “No vuelvo a Patillal”, las canciones que lo acompañaron hasta el día que partió de este mundo.

 

Eddie José Daniels García

Sobre el autor

Eddie José Dániels García

Eddie José Dániels García

Reflejos cotidianos

Eddie José Daniels García, Talaigua, Bolívar. Licenciado en Español y Literatura, UPTC, Tunja, Docente del Simón Araújo, Sincelejo y Catedrático, ensayista e Investigador universitario. Cultiva y ejerce pedagogía en la poesía clásica española, la historia de Colombia y regional, la pureza del lenguaje; es columnista, prologuista, conferencista y habitual líder en debates y charlas didácticas sobre la Literatura en la prensa, revistas y encuentros literarios y culturales en toda la Costa del caribe colombiano. Los escritos de Dániels García llaman la atención por la abundancia de hechos y apuntes históricos, políticos y literarios que plantea, sin complejidades innecesarias en su lenguaje claro y didáctico bien reconocido por la crítica estilística costeña, por su esencialidad en la acción y en la descripción de una humanidad y ambiente que destaca la propia vida regional.

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