Ocio y sociedad

Valledupar, entre realismo mágico y realismo trágico: desafíos de una ciudad del Caribe colombiano

Johari Gautier Carmona

16/11/2018 - 05:55

 

Valledupar, entre realismo mágico y realismo trágico: desafíos de una ciudad del Caribe colombiano
La Plaza Alfonso López y el monumento Revolución en Marcha en Valledupar / Foto: Archivo PanoramaCultural.com.co

Sentada en un valle soleado, entre la Sierra Nevada de Santa Marta y la Serranía del Perijá, a orillas del río Guatapurí ––que ha nutrido las nostalgias y melancolías de reconocidos compositores––, la ciudad de Valledupar se asemeja indeciblemente a la ciudad de Macondo, esa gran quimera literaria que Gabriel García Márquez eternizó con su obra “Cien años de soledad”. 

Al igual que esa ciudad nacida de la fantasía, Valledupar surgió como “una aldea de veinte casas de barro y cañabrava”[i] a mediados del siglo XVI  y hasta principios del siglo XX se mantuvo incomunicada, y atada a la costa por un camino tortuoso que debía recorrerse a lomo de mula. De ahí germinó la tradición juglaresca y esos grandes compositores que difundían con el apoyo de sus acordeones las historias familiares, amorosas y sociales de un lado a otro de la Provincia.

Durante siglos, Valledupar se mantuvo alejada de los afanes de las urbes más cercanas del litoral caribeño (como Santa Marta o Riohacha), se ahorró la visita de piratas como Francis Drake o Henry Morgan (aunque estuvo muy cerca de las guerras orquestadas contra los indígenas chimilas), y se centró en la actividad ganadera siguiendo la tradición de los primeros habitantes españoles[ii].

La referencia a Macondo no sólo se debe a la obra escrita, sino también a la vivencia del premio Nobel de Literatura colombiano, quien mostró desde muy temprano su interés por Valledupar y participó ––poco después de que la ciudad fuera designada capital del Cesar en 1967 (departamento fronterizo con Venezuela que surgió de la escisión del departamento del Magdalena)–– en la organización de uno de los festivales folclóricos más reconocidos de Colombia: el Festival de la Leyenda Vallenata.

Desde sus inicios como ciudad-capital, Valledupar expuso una faceta altamente cultural. La tradición musical de este pedazo de tierra es hoy una de los más queridas y representativas de la nación colombiana. Sus habitantes no esconden el orgullo que les otorga el título de “Capital mundial de Vallenato”, participan emocionados en discusiones sobre el futuro de su folclor y la defensa de su identidad, se esmeran en acoger cada año a finales de abril los viajeros que acuden de todos los lindes del país y los foráneos (venidos mayoritariamente de tierras venezolanas, ecuatorianas o mexicanas), y se entusiasman con la elección de los Reyes Vallenatos (los representantes del folclor que se encargan durante un año de difundir las bondades de los cuatro aires originales de la música vallenata).

Acordeoneros frente a la Iglesia Inmaculada Concepción de Valledupar / Foto: El Pilon

Valledupar es, pues, una monarquía musical establecida en los confines de una república de régimen presidencial, que brinda sus servicios y sentimientos para alegrar la vida diaria de todos sus conciudadanos. De hecho, la parranda tradicional –que hoy parece estar en vía de extinción– ha sido durante años uno de sus grandes emblemas (y uno de los productos de mayor exportación). El escritor Alonso Sánchez Baute, refiriéndose a la famosa parranda, describió Valledupar como “una ciudad de sol vehemente y brisa efervescente buena parte del año, donde los acordeones alharacan sus noches bajo el influjo del whiskey y el cielo siempre salpicado de estrellas”[iii].

Sin embargo, esa característica pacífica de ciudad acogedora se ha visto paralelamente turbada en las últimas cinco décadas por el flagelo de la violencia armada (entre bandos políticos, guerrillas, paramilitares y narcotraficantes), siguiendo un patrón circular que tan bien recoge el Macondo de Gabo. A finales de los 70, la ciudad de Valledupar ya era el objeto de protestas y de un incipiente éxodo campesino debido al fin de la bonanza algodonera (y la caída precipitada de los precios)[iv]. En aquella época se observaron las primeras grandes oleadas de familias campesinas sin trabajo y sin tierra, pero el fenómeno se agudizó a finales de los 80 con las protestas que protagonizó el partido político Unión Patriótica[v] ––para exigir tierra en nombre del campesinado, dignificación de las condiciones de vida en el campo, infraestructura y carreteras en el corazón de la ciudad–– y que terminó en un recrudecimiento de la violencia entre guerrillas y fuerzas paramilitares o estatales.

El fenómeno de los desplazados ––gran tragedia de la guerra colombiana–– fue tomando desde entonces la forma de invasiones (o chabolas) descontroladas poniendo en jaque la correcta proyección del centro urbano. A raíz de este problema, la población demográfica de Valledupar se cuadruplicó en menos de cinco décadas pasando de una población urbana de 98.669 habitantes en 1973 a 414.265 habitantes en 2018[vi]. Mientras tanto, la pobreza ––oculta en muchas ocasiones en las periferias–– se mantiene en niveles altos: el 49,9 por ciento de la población de Valledupar se ubicaba en una situación de pobreza monetaria en 2013, según el DANE[vii], y este índice bajó a un 35.5% en 2016[viii].   

La dualidad de Valledupar es innegable. La máscara de una ciudad amable se superpone a otra faceta amarga, en un baile de disfraces que roza a menudo la bipolaridad. La Capital mundial del Vallenato, gran potencia cultural de la costa Caribe, amada y cantada en las canciones, es un lugar bello, de gentes acogedoras y de naturaleza abrumadora, pero también el mejor reflejo de los laberintos que asolan el desarrollo colombiano. Una ciudad que se devora a sí misma continuamente. 

Una vista aérea de la ciudad de Valledupar

El flagelo de la corrupción y la complejidad del contexto social

La paz firmada con la guerrilla de las Farc en 2016 permitió rebajar el ruido entorno al conflicto social colombiano y comprobar una realidad que siempre estuvo ahí: que la corrupción es el mayor flagelo de la nación (y de Valledupar). Sus tentáculos ––muchas veces invisibles y otras descaradamente expuestos a la vista del público––, se han acaparado de todo resquicio de vida social, de cualquier esbozo de iniciativa o propuesta, hasta convertir el sistema en una suerte de maquina agónica que sobrevive entre despilfarros, atropellos y necesidades alarmantes. 

Nada de todo esto es nuevo. En realidad, no son pocos los especialistas que, como el profesor Salomón Kalmanovitz[ix], consideran que la raíz de la corrupción está en los tiempos de la colonia, época en la que se fomentó el clientelismo y se exacerbó la viveza de todas las capas sociales. A continuación, la instalación en el aparato de Estado de enormes mafias hizo lo propio y desvirtuó el sentido de las palabras. Por eso hoy en la política local nada es creíble, todo se cuestiona, todo se infla o desinfla a conveniencia, y, por consecuente, todo ejercicio de contabilidad se distorsiona (para suavizar la realidad).

Hace décadas que la Posverdad acampa en Valledupar, restándole así espacio al realismo mágico. Por eso, si tuviéramos que comparar la corrupción local con algún monstruo, ninguna creatura de Macondo sería lo suficientemente aterradora para ilustrarla, y sería más conveniente acudir a la imagen de un Zombie renqueante, de aquellos que merodean en los alrededores de los cementerios de teleseries actuales. La comparación no es gratuita. Se debe al grado de descomposición en el que pervive el sistema social. La sanidad en cuidados intensivos (con empleados de hospitales públicos esperando durante meses para ser pagados y la calidad de atención al paciente retrocediendo peligrosamente[x]) y la educación pública en estado precario (con una cobertura educativa de muy bajo nivel[xi]) se superponen a otros indicadores alarmantes como la tercera mayor tasa de desempleo del país[xii] y niveles altos de pobreza[xiii].

Altos niveles de informalidad y desempleo en la ciudad de Valledupar / Foto: Archivo PanoramaCultural.com.co

Todos estos elementos que dificultan la gobernanza derivan irremediablemente en un modelo que se desdibuja con cada relevo político e impide un desarrollo sostenible. Valledupar, la ciudad de las sonrisas y de la música, de los árboles de cañaguate y del río Guatapurí, no genera lo suficiente empleo[xiv] debido a la falta de políticas enfocadas en la expansión del tejido empresarial y la mejora de la competitividad. Las condiciones del mercado laboral son deficientes y los índices de informalidad altos, y, como si fuera poco, frente a esta situación emergen nuevas problemáticas coyunturales y continentales que alejan esa deseada paz o armonía social que todos los ciudadanos anhelan.

La inseguridad creciente, denunciada permanentemente en las redes sociales, y considerada muchas veces como “el mayor lunar” de la ciudad[xv], es en realidad el fruto de un sistema que produce violencia y que se desentiende de ella. Las autoridades llaman a “la mano dura” para terminar con la violencia, la combaten en sus discursos o comparecencias, y solicitan al gobierno central apoyo con envíos de cuerpos policiales, generando así una sensación de respuesta inmediata (y milagrosa), pero se olvidan de actuar sobre lo que realmente tiene efecto contra la violencia: la corrupción que anida en las instituciones, y las políticas de creación de empleo y de mejora de la educación pública. Así pues, detrás de esas cortinas de humo, que se repiten con una cruel previsibilidad, la inseguridad crece en las calles (con la misma abundancia que los mangos en los árboles). 

A todo esto debe añadirse el éxodo venezolano, convertido en chivo expiatorio de un sistema estático. La violencia existía mucho antes de que las olas de migrantes cruzaran la frontera, pero, de un día para otro, Venezuela se volvió el centro de todos los males. La delincuencia, la prostitución, y hasta la competencia desleal en el mercado laboral se convirtieron repentinamente en el monopolio de los inmigrantes venezolanos. La xenofobia[xvi], desbordada y galopante, se acapara de las discusiones en las terrazas y las reuniones familiares de Valledupar, y se instala en los titulares de los periódicos de la costa Caribe con naturalidad, multiplicando así el odio o el recelo en una espiral obscura. El mal viene de afuera, así dicen también los que buscan un diagnóstico fácil.

En medio de esta compleja situación, ciudadanos, gestores y economistas ven en la Economía Naranja una posible salvación[xvii] tras los cuestionamientos que se le hace a la minería o ganadería. Se trata de hacer del Realismo mágico una herramienta que genere prosperidad, de sacar a relucir los grandes valores culturales de la ciudad, las caras amables de los juglares, los lugares y las tradiciones que hacen de Valledupar un lugar extraordinario, para que así la ciudad genere un flujo de actividad continuo, desarrolle su turismo y algunos otros sectores derivados (al igual que la ciudad de Memphis de Elvis Presley o Liverpool con los Beatles).

Los nombres de Gabriel García Márquez, Diomedes Díaz y Leandro Díaz, o incluso algunos capítulos de Macondo, pueden ayudar en esa dirección, pero, más allá de esta proyección cultural, se trata también de emplear la Magia de la creatividad y de las ideas contra la magia negra (o trágica) de la corrupción -que impide que prosperen o se mantengan las buenas ideas-. Crear espacios de inclusión que apacigüen los fantasmas de la violencia y favorezcan un desarrollo ilusionado, sin rupturas, y fiel al entorno natural único en el que se ubica.

La ciudad de Valledupar tiene grandes argumentos y bellas historias de superación. También algunos buenos visionarios que trabajan en silencio. Pero el gran reto es que confluyan sanadoramente con la política y el compromiso ciudadano, para darle la vuelta a aquella frase que formuló alguna vez el periodista colombiano Alberto Salcedo con respecto al futuro de Latinoamérica: “Nuestros países son eternos ensayos en borrador que no se animan a encontrar su versión definitiva”[xviii].

 

Johari Gautier Carmona

@JohariGautier

 

Referencias

 

[i] Cien años de soledad, Gabriel García Márquez (Ed. Biblioteca El Tiempo, página 1).

[ii] De la ciudad de los Santos Reyes del Valle de Upar, por Vladimir Daza Villar. https://panoramacultural.com.co/historia/6285/de-la-ciudad-de-los-santos-reyes-de-valle-de-upar

[iii] Líbranos del bien, de Alonso Sánchez Baute (Ed.Punto de lectura, 2011, página 39).

[iv] Análisis cartográfico del posconflicto en el departamento del Cesar. Reintegración de excombatientes y riesgos de violencia. Página 10. http://www.oim.org.co/sites/default/files/Cartilla%20Cesar%20web.pdf

[vi] Valledupar, demografía y otros datos. Wikipedia https://es.wikipedia.org/wiki/Valledupar

[vii] Informe Defensorial Dinámicas de violencia en las ciudades capitales de la Región Caribe. Página 205 http://desarrollos.defensoria.gov.co/desarrollo1/ABCD/bases/marc/documentos/textos/Dinamicas_de_violencia_en_las_ciudades_capitales_de_la_region_Caribe.pdf   

[x] La insuficiencia de los servicios de Salud en el Cesar https://elpilon.com.co/la-insuficiencia-de-los-servicios-de-salud-en-el-cesar/

[xi] La educación en Valledupar debe pasar al tablero https://elpilon.com.co/la-educacion-en-valledupar-debe-pasar-al-tablero/

[xii] Valledupar, una de las ciudades con mayor tasa de desempleo https://elpilon.com.co/valledupar-una-las-ciudades-con-mayor-tasa-de-desempleo/

[xv] La inseguridad, el mayor lunar de Valledupar http://www.enfoquevallenato.com/la-inseguridad-mayor-lunar-valledupar/  

[xvi] Con el aumento de la migración venezolana, también ha crecido la xenofobia https://www.semana.com/nacion/articulo/crisis-en-venezuela-aumento-de-la-xenofobia-en-colombia/556725

[xviii] Fragmento de un post en Twitter de Alberto Salcedo Ramos con fecha del 5 de noviembre de 2018.  

1 Comentarios


Aurora Elena, Montes 25-11-2018 06:38 PM

Y el rancho ardiendo!

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