Opinión

Valledupar y el síndrome de las estatuas

Diógenes Armando Pino Ávila

15/05/2026 - 05:05

 

Valledupar y el síndrome de las estatuas
Las estatuas retiradas del Binomio de Oro en Valledupar / Foto: créditos a su autor

 

En Valledupar acabamos de vivir uno de esos episodios que parecen escritos por García Márquez después de una parranda larga y un calor de cuarenta grados a la sombra. La ciudad descubrió un monumento dedicado a dos figuras del vallenato y hubo que retirarlo porque aquello no se parecía ni a los homenajeados ni al recuerdo que el pueblo conserva de ellos.

Lo ocurrido no es un hecho aislado. Es apenas un síntoma de una vieja enfermedad latinoamericana: la obsesión de las élites políticas por inmortalizarlo todo en cemento, bronce o fibra de vidrio, como si la memoria cultural pudiera resolverse con una inauguración, una cinta tricolor y una placa donde aparezca el nombre del alcalde de turno más grande que el del homenajeado.

Desde la Grecia antigua, pasando por Roma y llegando a las plazas coloniales de América, los monumentos han sido instrumentos de poder. No nacieron para embellecer ciudades únicamente; nacieron para imponer relatos. El ágora griega levantaba trofeos militares para recordar victorias. Roma llenó sus foros de emperadores para legitimar el poder imperial. España trasladó esa lógica a América: la Plaza Mayor concentraba iglesia, cabildo y autoridad. Allí se construía el discurso oficial de la sociedad.

Después de las independencias, las repúblicas cambiaron de héroes, pero no de costumbre. Quitaron reyes y pusieron libertadores. Más tarde aparecieron próceres regionales, generales montados a caballo, poetas mirando al horizonte y políticos con cara de “padres de la patria”, aunque algunos no fueran capaces ni de ser buenos padres de familia.

Y así llegamos al Caribe colombiano, donde pareciera que toda administración pública siente la necesidad biológica de dejar una estatua sembrada antes de terminar el periodo. Aquí inauguramos monumentos (Shakira, El Pibe, Joe Arroyo, Carlos Vives) con la misma facilidad con que se inauguran estaderos: con música, fotos y presupuesto inflado.

Valledupar, por supuesto, no escapó de esa fiebre escultórica. La ciudad ha querido convertir el vallenato en un museo al aire libre, llenando glorietas y plazas de cantantes, acordeoneros y compositores congelados en poses heroicas. A este ritmo, dentro de cincuenta años los arqueólogos del futuro van a creer que en el Cesar existió una civilización petrificada que adoraba el acordeón como los egipcios adoraban a Ra.

En el artículo “Derribar la alambrada” que publiqué en esta misma revista en el año 2024 decía: si seguimos haciendo lo mismo, sorprenderemos a los arqueólogos futuros, quienes quizás piensen que imitábamos a los antiguos chinos y sus “Guerreros de Terracota”, sólo que en versión vallenata con acordeón. Esto nos lleva a darle una mirada desde otro ángulo: el problema no es solamente estético. El problema es conceptual.

Las grandes plazas del mundo no son importantes únicamente por sus estatuas. La Plaza de Tiananmén en China representa una narrativa política nacional. Trafalgar Square simboliza el poder naval británico. La Plaza de San Pedro encarna siglos de espiritualidad y arte. Incluso lugares modernos como Millennium Park en Chicago entienden el monumento como experiencia cultural y urbana, no simplemente como adorno para tomarse selfies.

Mientras tanto, nosotros seguimos creyendo que la identidad cultural se resume en ponerle una escultura gigante a cualquier glorieta disponible. Entonces ocurre lo inevitable: terminamos inaugurando figuras que parecen más un muñeco de piñata derretido por el sol que una obra digna de representar la memoria colectiva de un pueblo.

El contraste es que esta crisis escultórica coincide con un momento mundial donde precisamente se están cuestionando los monumentos tradicionales. En Colombia ya hemos visto caer estatuas de conquistadores y colonizadores. Belalcázar fue derribado en Cali. Jiménez de Quesada terminó en un museo. Colón e Isabel la Católica desaparecieron del paisaje urbano bogotano. El mundo entero debate qué merece ser eternizado en las plazas públicas y qué relatos deben revisarse críticamente.

Pero en Valledupar seguimos atrapados en la lógica del monumento fácil, del homenaje automático y de la nostalgia administrada por contratación pública. La cultura no puede seguir reducida a esculturas inauguradas con banda papayera, conjunto de acordeón y discursos veintejulieros. Un pueblo no se honra únicamente levantando estatuas de sus artistas. También se honra garantizando educación artística, fortaleciendo escuelas musicales, creando bibliotecas, apoyando investigadores, protegiendo archivos sonoros y financiando procesos culturales de base.

Hay que tener claro que el vallenato no nació en el bronce. Nació en la voz del pueblo. En los caminos polvorientos. En la parranda. En la memoria oral. En el campesino que improvisaba versos para espantar tristezas. Ninguna estatua, por gigantesca que sea, puede reemplazar eso.

Y quizá ahí está la gran ironía de todo este episodio: Valledupar, que le ha cantado como nadie a la autenticidad, terminó descubriendo un monumento donde ni siquiera se reconocían los homenajeados.

 

Diógenes Armando Pino Ávila

Sobre el autor

Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila

Caletreando

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

@AvilaDiogenes

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