Opinión

Un cosaco en Tamalameque

Diógenes Armando Pino Ávila

09/11/2018 - 05:10

 

Un cosaco en Tamalameque
La plaza de la iglesia en Tamalameque / Foto: Archivo PanoramaCultural.com.co

Los cosacos son un pueblo ruso, famoso por sus bailes y tradiciones milenarias, su forma de vestir con chaquetas largas y elegantes, de rojo colorido y altos sombreros de piel que le dan un signo de distinción, ocultando sus ímpetus guerreristas; son expertos guerreros, hábiles jinetes, diestros en el manejo del sable, la daga, el látigo y el cañón. No en vano los zares rusos se valían de ellos para repeler a sus enemigos. Tan interesante la vida de estas gentes que motivó a un ruso grande como León Tolstói a escribir su novela corta “Los cosacos”, obra celebrada en su época por personajes de la literatura rusa. En ella se describía a través de sus personajes el estilo de vida de éste pueblo guerrero mientras cuenta una historia de un amor fallido.

Al parecer derivado de esta historia de Tolstói, la Editorial El gato negro, sello editorial fundado por Juan Bruguera Teixidó (Barcelona, 1885-1933) publicó una serie de comic, entre ellos uno llamado “El cosaco rojo” en cuya portada se anunciaba con ese nombre y una leyenda que decía “Aventuras de un héroe de la estepa”, esta edición después de varios comics con capítulos diferentes, termina cuando los herederos de Juan Bruguera deciden cambiar la razón social y le dan por nombre Editorial Bruguera.

Acá en Colombia, se distribuían para la venta éstos comics. No los alcancé a leer, y me cuentan que, a propósito del comic y de la novela de Tolstói, se comenzó a emitir una radionovela dónde narraban las aventuras de este personaje, radionovela que era ampliamente escuchada y seguida por la clase popular del caribe colombiano. Sus oyentes y seguidores se reunían por las tardes en la puerta de la calle a comentar los sucesos de amores y sinsabores de esta aventura, y a poner al día, contándole exageradamente, al vecino que por razón a su trabajo no había podido escuchar el capítulo del día.

En mi pueblo, uno de los más asiduos y entusiastas oyentes era Hernando Moreno Covilla, en esa época, aprendiz de panadero, bailador de picós, carnavalero y festivo. Tal era su afición por esta serie que en unos carnavales decidió disfrazarse de “Cosaco Rojo”, para ello fabricó su vestimenta, tomando como modelo la que veía en los comics de la Editorial Gato Negro. Ese día, bien acicalado al estilo cosaco, montó una yegua que le habían prestado para la ocasión y salió como jinete estepario caracterizado de cosaco. Fue tal la representación que hizo, que todo el pueblo admiró su disfraz y, como ocurre siempre en el caribe colombiano, a partir de ahí, solo la señora Carolina, su mamá, lo llamaba por su nombre de pila.

Cosaco, como desde entonces es llamado, se convirtió en un personaje popular en el pueblo, y con su pasión al baile se empoderó como una especie de maestro entusiasta, que enseñaba a los jóvenes las danzas del folclor colombiano, atreviéndose, incluso, a modificar algunos pases, adaptándolos a gustos y circunstancias donde se fuera a hacer la presentación (generalmente en los colegios de Tamalameque). Iniciando así una nueva faceta de coreógrafo doméstico que participaba en cuanta danza o fiesta se daba en el pueblo.

Un cura de grata recordación, Jesús Saens, un golcondiano, español de mente abierta y espíritu libertario que fue nuestro profesor en el bachillerato, convocó a los jóvenes para formalizar un club juvenil que se encargara de hacer trabajo cultural en el pueblo, asistimos muchos jóvenes y se organizaron grupos de teatro, declamación poética y danza, en este último grupo, a pesar de ser bastante mayor, Cosaco fue aceptado, y tuvo la voz cantante en el montaje de las danzas y el baile. Los demás integrantes, los de teatro y declamación (yo pertenecía a este último) asistíamos como observadores a sus ensayos. Desde entonces, hace casi 50 años, él participaba como director y bailarín de los grupos de danzas del pueblo, con un entusiasmo y una alegría digna de admiración, hasta que una isquemia cerebral le afectó su vida y lo sumergió en un mundo desquiciado y fantasioso que solo él ve y comprende. Prisionero en ese mundo, Cosaco vive de sus fiestas del ayer, rememorando y distorsionando ese pasado que fue su vida, sólo habla de danzas y de tamboras, de los múltiples festivales de la depresión momposina donde ganó (se los ganó todos) por su baile de tambora y respeto a la tradición, exhibiendo siempre la riqueza folclórica de su estilo y el amor por la cultura de nuestros mayores.

Desde ese lejano carnaval en que cabalgó un cosaco en una yegua baya por las calles de Tamalameque, se quedó en nuestro pueblo ese espíritu estepario que ha asistido a Hernando todos estos años de baile, de danzas y de tamboras en la depresión momposina llevando a muchos sitios la cultura del río Grande de la Magdalena desde este pueblo enclavado en su margen derecha.

Puedo decir, sin temor a equivocarme, que Cosaco se bailó la vida, la gozó a su manera y dejó como legado a las juventudes de mi pueblo el amor por la tambora, puedo decir, además, de eso estoy seguro, Cosaco se danzará la muerte, pues lo de él siempre fue ritmo, danza, baile, goce, folclor y jolgorio. En Tamalameque estamos en mora de hacerle un reconocimiento en vida a quien puso a danzar a este pueblo y a la depresión momposina. ¡Hernando encarnó un cosaco bailarín y mamador de gallo del caribe colombiano!

 

Diógenes Armando Pino Ávila

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Sobre el autor

Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila

Caletreando

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

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