Opinión

El regreso al recuerdo

Arnoldo Mestre Arzuaga

20/08/2019 - 05:40

 

El regreso al recuerdo
Iglesia de Pueblo Bello - Cesar / Foto: archivo PanoramaCultural.com.co

Si recordar es vivir, ayer viví momentos de alegría, de nostalgia, pero con lágrimas que encendían mis mejillas de arrebol y gestos de felicidad. No todos los días se regresa a la niñez, soy un nostálgico permanente de los recuerdos que marcaron mi niñez y mi juventud, un admirador de viejas amistades y, sobre todo, un baúl lleno de gratitud por todos los que, en alguna forma, contribuyeron a mi formación moral y educativa.

Cada vez que voy a Pueblo Bello regresa a mí el niño bueno que llevo por dentro. Cuando paso por lo que fue la pista de aterrizaje con mi vista taladrante, busco las casas guardadas en mi memoria y a sus moradores: allí está la casa de Oscarito Pupo, donde presencié parrandas de dos y más días, donde los invitados eran los mismos que  pocos años atrás crearon al club Valledupar, más adelante veo la que era la casa de mis amiguitos los Araújo Baute, a Hernán con su largucha figura, a Tavo el más callado, a Poncho con su sonrisa permanente, a Fello con su cabello liso en su rostro y a la pulguita de Armando que siempre nos seguía cuando íbamos a bañarnos al río, y en el camino Hernán recogía una mata que olía a mentolín y nos decía que de ahí era que lo hacían.

Cómo olvidar al capitán Trujillo cuando aterrizaba con su avioneta hedionda a metilparation después de fumigar algodonales en la zona de Codazzi. Recuerdo que una vez nos asomamos a escondidas y del susto salimos corriendo después de ver que bailaba un grupo de personas desnudas y con una pluma entre sus nalgas que no dejaban caer apretándola fuertemente.

Allí está la casa de piedra, como si el tiempo la hubiera detenido, creí que en un momento iba a salir mi amigo Eduardo Piñeres con su grupo de amigos barranquilleros montados en sus bicicletas para recorrer el pueblo, recordé esa parte y vino entonces el niño triste, yo no tenía bicicleta para unirme al grupo, una vez que el viejo Juancho me vio cómo los seguía con mi vista triste me gritó: "kaquito le voy a decir a kako que te compre una".

Ya al final de la pista vi la casa donde vivía Miguel Rosado, era un señor encorvado, pero eso sí, hablaba de todo y él mismo se celebraba su sapiencia, hablaba de viajes espaciales como también de lo que servía para curar los árboles de naranja enfermos. Al frente estaba la casa de Don Andrés Cortés, hoy de propiedad de Doña Edith Castro viuda de Rodríguez, allí en mi niñez funcionaba el colegio Liceo Cervantes.

Recordé a mis compañeros de estudios: Iván Villazøn Pinto, las Hermanas  Strauch , a Gregorio Pavajeau, a los hermanos Acosta, a los Hinojosa, eran muchos los compañeros de esa época de estudiante, pero jamás olvido a Gelca Nider, la alemana que me traía loco, aunque ella nunca lo supo, diagonal era la casa 'Orlena,' de Don Orlando López y de Ena Ballesteros su  esposa, allí era como una sede del club de Leones de Barranquilla, hacían fiestas pomposas y muchos de los invitados venían en avionetas. 

Al lado viví mi niñez, la más linda que ha vivido niño alguno. Tenía un patio de dos hectáreas lleno de frutas para que yo comiera a mi antojo, jugaba al aviador montado y meciéndome en los árboles de guayaba, jugaba fútbol con naranjas y toronjas. Saboreaba las ricas peras brasileras, encontraba unas gigantescas guanábanas en el suelo que se caían por su propio peso y dejaban al descubierto su rica pulpa. A los mangos pintados por el frío no les paraba bola alguna, pero sí me gustaba quitarle las cáscaras en forma de escamas al árbol de canela.

Finalmente me bañaba en la acequia encementada que pasaba al final del patio. Qué risa. Cómo me gustaba jugar con la ninfa eco, le gritaba groserías y ella, desde el cerro, me respondía lo mismo.

No pude evitarlo. Terminé con mis ojos llenos de lágrimas, la busqué con mi mirada desesperada, pero no pude verla. Los años la envejecieron y la muerte vino por ella. Mi otra mama ya jamás podrá buscarme en el inmenso patio para llevarme a comer.
 

Arnoldo Mestre Arzuaga

Sobre el autor

Arnoldo Mestre Arzuaga

Arnoldo Mestre Arzuaga

La narrativa de Nondo

Arnoldo Mestre Arzuaga (Valledupar) es un abogado apasionado por la agricultura y la ganadería, pero también y sobre todo, un contador de historias que reflejan las costumbres, las tradiciones y los sucesos que muchos han olvidado y que otros ni siquiera conocieron. Ha publicado varias obras entre las que destacamos “Cuentos y Leyendas de mi valle”, “El hombre de las cachacas”, “El sastre innovador” y “Gracias a Cupertino”.

1 Comentarios


Mireya Ariza Piñeres 22-08-2019 01:24 PM

Que buen artículo. La remembranza de la película guardada desde la niñez es un acto digno del escritor. Recordar es vivir, y transmitirlo es compartir. Felicidades.

Escriba aquí su comentario Autorizo el tratamiento de mis datos según el siguiente Aviso de Privacidad.

Te puede interesar

Mitos y realidades: el pachamamismo

Mitos y realidades: el pachamamismo

Son incontables las historias que intentan dar una explicación de los acontecimientos naturales, la mayor parte de ellas se apean con...

Los riesgos alternos de la Cultura

Los riesgos alternos de la Cultura

Cada nación, con sus regiones y comunidades, tiene su propia cultura con elementos distintivos a ella asociados. Podríamos observar...

El aporte del feminismo a la sociedad

El aporte del feminismo a la sociedad

Del latín femĭna (“mujer”), el feminismo es la doctrina social favorable a la mujer. Con esta doctrina se han alcanzado resultados...

La victoria del trabajo

La victoria del trabajo

‹‹Cava un hoyo››, expresaba mi padre cuando me pedía que le alcanzara alguna herramienta del armario, y yo, ante la dificultad de mi...

¿Por qué Álvaro López mereció ser Rey de Reyes?

¿Por qué Álvaro López mereció ser Rey de Reyes?

Definitivamente la tecnología y las redes sociales sirven tanto para bien como para mal. En estos días, a raíz de que fui designado...