Opinión
Carta de un campesino a su verdugo

Dicen que andas buscándome para asesinarme, tú que me conoces. Ayudé a moldearte cuando crecías y te vi correr desde pequeño, jugar con el carro de madera que tu padre y yo hicimos para que aquel diciembre te lo pusiera el niño Dios.
¿No eres tú el hijo de José y María?, aquel chiquillo que jugaba en las soleadas tardes en el campo, que a machete y pala te hicimos tu padre y yo. Hoy, tienes tu mente perdida y tu corazón endurecido con el tiempo por culpa del señor Estado, por robarte todo.
Tus sueños te hicieron desconocer que somos el mismo rostro que el río se llevó. Me dicen que me andas buscando, que derribas puertas, ventanas. Arrasas a pueblos enteros, en los que las calles son blancas y el silencio es eterno.
Eres don Estado que trata de callar mis ideas, el mismo que dice cuidarme y alardea protegerme, y la realidad es que estoy muerto. Sí, estoy muerto, muerto por el mismo hijo que vi crecer. Toma mis tierras, no mi vida, cultiva en ella el olvido y la tristeza, y lleva el cultivo del horror a la gran ciudad, que devora cual Saturno a su hijo… No olvides que los campesinos son los padres de los hijos, los verdaderos dueños de la tierra.
Baldot






