Patrimonio
Antes que la Tambora se vuelva recuerdo

Por estos días, caminar por las calles de nuestros pueblos de la Depresión Momposina es escuchar un eco extraño: suena música, sí, pero no como antes, y eso habla de nosotros. Las voces que antes cantaban al río, a la ciénaga, al monte y a la memoria de los abuelos, están siendo reemplazadas por cantos y bailes foráneos, que llegan con la barahúnda fiestera y seductora de la globalización, la que se ampara y viraliza por las redes sociales y la televisión.
No propongo rechazar lo foráneo, ni más faltaba. Tengo claro que ninguna cultura viva se construye en aislamiento. No hay que perder de vista que el problema aparece cuando lo ajeno desplaza a lo propio, cuando lo global sustituye lo local, y, sobre todo, cuando nuestros jóvenes crecen sin saber que el territorio donde nacieron tuvo un lenguaje musical propio, una manera singular de contar la vida: el baile cantao, la tambora, la memoria sonora de la Depresión Momposina.
Lo que preocupa, no es solo el desinterés juvenil. Sería injusto culparlos. Las nuevas generaciones no abandonan la cultura propia por capricho: lo hacen porque nadie les ha enseñado su cultura con pasión, con sentido, con método, ni con futuro.
La ausencia institucional es evidente. Las alcaldías suelen reducir la cultura a eventos de tarima y protocolo para alegrar la estadía de los políticos y funcionarios afectos a la administración municipal cuando visitan al pueblo. Las Casas de Cultura, muchas veces sin rumbo ni proyecto, sobreviven entre talleres mecánicos de danza o música que repiten fórmulas sin reflexión. Los promotores culturales hacen lo que pueden, mal remunerados y sin formación metodológica que les permita comprender que hoy la cultura también se disputa en el terreno digital, simbólico y pedagógico.
Las bibliotecas carecen de literatura local; los colegios celebran efemérides sin procesos; las fiestas patronales se llenan de espectáculos ajenos mientras la tradición propia queda relegada a un acto simbólico, breve y casi decorativo. Y en las redes sociales —ese gran escenario contemporáneo de legitimación cultural—, nuestras expresiones locales casi no existen. Los jóvenes y las instituciones suben eventos de otra índole y las páginas web de las alcaldías solo publican videos y fotos del mandatario, en la creencia que eso le sube el rating, todavía creen que están en campaña.
Así se produce lo que los sociólogos llaman desterritorialización cultural: cuando una comunidad pierde las prácticas que le daban identidad y termina habitando un territorio sin memoria. Entonces, la cultura se vuelve nostalgia, y la nostalgia, si no se convierte en acción, termina siendo silencio.
Pero aún estamos a tiempo. La cultura no muere cuando los viejos la recuerdan; muere cuando los jóvenes no la sienten útil para su vida. Por eso el desafío no es solo conservar la tambora, sino re-significarla: llevarla a la escuela, a los proyectos pedagógicos, a las fiestas, a las redes, a los festivales juveniles, a los relatos audiovisuales, a los procesos comunitarios.
Un joven no defenderá lo que no conoce. Un maestro no enseñará lo que no ama. Una institución no preservará lo que no considera estratégico.
La tambora no es solo música: es archivo oral, historia social, geografía emocional, memoria del trabajo, del río, del duelo, de la fiesta y de la resistencia. Es, en esencia, una forma de decir quiénes somos. Si permitimos que desaparezca, no perderemos solo un ritmo: perderemos una manera de nombrar el mundo.
Que ésta no sea una columna de lamento, sino de convocatoria. Que padres, maestros, autoridades, gestores culturales y jóvenes entendamos que defender la cultura propia no es mirar al pasado, sino asegurar que el futuro tenga raíces. Porque un pueblo puede adoptar músicas nuevas, modas nuevas y tecnologías nuevas; lo que no puede permitirse es olvidar el sonido de su propio tambor.
Y en Tamalameque —como en toda la Depresión Momposina— todavía estamos a tiempo de volver a escucharlo.
Hagámoslo como homenaje a estos nobles y augustos ancianos que nos dieron como herencia esa cultura del río: Tamalameque: Julián Ramírez, Brígida Robles, Demetria Carmona, Eliécer Romero, Agustín amírez, Vicente Miranda. La Gloria: Guillermo Cañas, Antonio "La Rula" Cañas, Evaristo Romero, Antonia Burgos, Luisa Caamaño, Ignacia Alboa. Chimichagua: Heriberto Pretel, Reynaldo Ruizdias, Estebana Sereno, Emilia Sánchez. Rioviejo: Ana Matilde S ajonero, Luz María Sajonero, Raimundo Covilla, Samuel Sajonero, Tobías Alvarado Hatillo de Loba: Venancia Barriosnuevo, Diluína Muñoz. Barranco de Loba: Ángel María Villafañe. Altos del Rosario: Agripina Echeverry, Celestino Epalza, Emitilio Vázquez, Rosalía Urrutia, Rosa Elena. San Martin de Loba: Casildo Gil, Vicente Serpa, Nicanor Agudelo, Nelson Ardila, Elauterio Ardila, Ana Regina Ardila Mattos, Talaigua: Ramona Ruiz Quevedo.
Diógenes Armando Pino Ávila
Sobre el autor
Diógenes Armando Pino Ávila
Caletreando
Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).
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