Patrimonio
La tambora: la abuela que el vallenato olvidó

En las orillas del majestuoso Río Grande de la Magdalena, desde tiempos inmemoriales, un “dum dum” de cueros ha poblado sus barrancos, caños, ciénagas, playones, pueblos y rancherías de pescadores. A ese latido se unen la melodiosa voz de las cantadoras, el sonar de las palmas y la mágica danza de pies descalzos que, rítmicamente, dibujan una coreografía ancestral bajo la luz de la luna, la suave brisa del río y la presencia silenciosa de nuestros ancestros.
De esa imagen primigenia nació una cultura musical que nos acompaña e identifica desde hace siglos; una tradición que se convirtió en memoria, historia, vida y cultura de un extenso territorio llamado la Depresión Momposina, ese universo anfibio que abraza las dos orillas del río y se prolonga por toda la ciénaga de La Zapatosa.
Desde allí emprendió viaje en busca de otros espacios. Marchó hacia el norte de lo que más tarde se llamaría el Magdalena Grande y, en su recorrido de conquista, fue poblando numerosos lugares. En algunos logró echar raíces profundas, anclándose en la memoria de los mayores hasta convertirse —o, mejor dicho, seguir siendo— la reina de las fiestas, el solaz y la parranda.
A orillas del mar llegó a Santa Marta y, posiblemente, dejó allí su descendencia: una nieta a la que los samarios llaman tambora samaria, y otros, pitaá-pitá. Llegó con el propósito de quedarse y, en efecto, se quedó, aunque para hacerlo debió atravesar un proceso de negociación cultural que la adaptó al modo de ser del samario de aquella época remota, cuando sus pobladores parecían debatirse entre el ser de tierra firme y el ser Caribe.
Allí cambiaron algunos sones y la manera de bailarla y cantarla, pero conservó en su esencia los instrumentos y una palabra que la acompaña desde la Depresión Momposina y que se negó a desaparecer: guacherna. Por eso aún se habla de la Guacherna Samaria, clara reminiscencia de aquellas noches de guacherna de la Depresión Momposina.
Luego buscó el territorio del Valle de Upar, en la antigua Provincia de Padilla, y allí la arriscada aristocracia vallenata la negreó, la ninguneó y la llamó despectivamente “colita”. Esa “colita” no era otra cosa que el festejo de la clase popular, el espacio donde el pueblo celebraba con tambora sus reuniones y sus momentos de alegría.
Sin embargo, buena parte de la historiografía vallenata difundió una versión que, repetida tantas veces, terminó convirtiéndose en una verdad cultural: que la “colita” era el momento en que concluía la fiesta de los pudientes y estos, ya medio chamuscados por el aguardiente, pasaban al patio para socializar con sus peones, mientras la reunión era amenizada con acordeón y ritmos regionales. Dicho de otro modo: con tambora.
Más adentro, Guajira arriba, llegó por la antigua Vía a Jerusalén, como lo registran diversos autores —el viajero francés Candelier (1894), Brugés Carmona (1940) y Sánchez (2009)—, quienes hablan de bundes, vallenatos y cumbiambas. No obstante, todo parece indicar que la población indígena de esa región no fue una receptora efectiva de ese legado y, con el tiempo, aquella huella terminó desvaneciéndose en la memoria colectiva.
Estas razones son las que me llevan a escribir esta nota, con la esperanza de que algún día se haga justicia. Que el prurito de pertenecer a una cultura dominante amaine su mal llevado orgullo y dé paso a una discusión seria, racional, investigada y académica sobre este asunto.
Tal vez entonces podamos reconocer, sin complejos ni jerarquías inventadas, que esa señora mayor a la que durante tanto tiempo hemos llamado tambora no es una invitada de segunda categoría en la historia musical del Caribe colombiano. Es, quizá, la abuela que el vallenato olvidó.
Diógenes Armando Pino Ávila






