Pueblos

Cultura vallenata: ¿una obra que instrumentaliza las fuentes históricas?

Luis Carlos Ramirez Lascarro

07/10/2022 - 05:00

 

Cultura vallenata: ¿una obra que instrumentaliza las fuentes históricas?
Portada de una de las últimas ediciones del libro Cultura vallenata, origen, teoría y pruebas, de Tomás Darío Gutiérrez Hinojosa

 

En este 2022 se cumplen treinta años de la primera edición del libro Cultura vallenata, origen, teoría y pruebas, de Tomás Darío Gutiérrez Hinojosa. Uno de los dos pilares fundamentales de la vallenatología tradicional y en el cual se amplían y enriquecen las posiciones fundacionales planteadas por Consuelo Araujo en Vallenatología (1973).

En estos dos libros se evidencia una intención manifiesta de ubicar a Valledupar como el centro de la música vallenata, para lo cual plantean, entre otras cosas, unas tesis para la territorialización de la música vallenata: En el de Araujo se construye el discurso en función de las diferencias interpretativas entre diferentes regiones del caribe colombiano, lo cual debería implicar consideraciones de tipo musical, tales como bases rítmicas y estructuras armónicas, por ejemplo, sin embargo, estas diferencias se intentan establecer desde lo literario, lo cual es un desacierto y termina convirtiendo la tesis en un rotundo fracaso. En el libro de Gutiérrez se diseña, en palabras de González:

Una apropiación localista del indio ancestral montada sobre una cadena deductiva ciertamente original: todo lo Chimila es vallenato, toda la música que se encuentra en el valle del río Cesar, antiguo territorio Chimila, pertenece a Valledupar y es música vallenata (González, 2003, p. 82)”.

Construcción que parte del supuesto de que todos los terrenos atribuidos a los Chimilas les pertenecían realmente y la utilización de unas denominaciones de tiempos coloniales para el Valle de Upar, sin considerar todos los valles que conforman, geográficamente, este territorio y recurriendo a la instrumentalización de algunas fuentes históricas, como se verá más adelante, lo cual tiende un manto de duda sobre el aspecto que más se resalta en esta obra:

El fuerte de la obra es el componente histórico, el cual evidencia el amplio conocimiento del autor sobre las gestas de conquista, el proceso de fundación y poblamiento de los pueblos de una región a la que prefiere llamar Valle de Upar “(Medina, Treinta años de cultura vallenata, en Revista entornos).

El territorio del Valle de Upar

Gutiérrez ubica como territorio de la música vallenata al antiguo Valle de Upar, acerca del cual proporciona varias delimitaciones, las cuales no permiten tener una certidumbre sobre sus límites, teniéndose al menos cuatro variantes, a partir de las crónicas y notas de Fernández de Oviedo, Juan de Castellanos, Fray Pedro Simón y Luis Striffer, entre las cuales se hace énfasis permanente en las que permiten equiparar el territorio del Valle de Upar con el territorio habitado por los Chimilas a la llegada de los españoles, debido a lo cual el autor afirma que:

Queda claro entonces que se entendió y se entiende por Valle de Upar todo el territorio ocupado por la cultura Chimila con cada una de sus comarcas y tribus, desde el río Magdalena hasta las inmediaciones de Barrancas, en La Guajira, incluida la franja compartida por esta cultura y la de los Tupe o Coyaima. También es necesario aclarar que el extremo noroeste del valle, llamado Valle del Macuir o País de los Guanebucanes y que marcó sus límites con el Valle de Upar mediante el río Ranchería, es geográficamente el mismo valle y a raíz de la Conquista, también terminaron construyendo una unidad étnica mediante la alianza Chimila – Guanebucán; es la razón por la que en épocas posteriores a la Colonia, como lo vamos a ver, los historiadores consideraron que el Valle de Upar se extiende desde el río Magdalena hasta “bien cerca a Riohacha”.” (Gutiérrez, 1992, p. 43).

En esta proposición subyacen tres ideas que es necesario revisar con detenimiento para evaluar la pertinencia de la tesis de Gutiérrez: 1) La correspondencia de los territorios atribuidos a los Chimilas con esta tribu, 2) El papel de líder supremo del cacique Upar entre los Chimilas y en todos los territorios que se les atribuyen y 3) La existencia de variados valles en este extenso territorio del Valle de Upar.

Las tierras de Chimilas

La delimitación territorial mencionada anteriormente coincide en gran medida con los límites descritos para el territorio de los Chimilas por Edgar Rey Sinning (1991) y choca con la registrada por Paul Rivet (1947) quien ubica en gran parte de este territorio a los Malibú, como ya lo he mencionado antes en el artículo: ¿Los Pocabuyes, un pueblo Chimila o Malibú?

El mapa de las Áreas de contacto y exploración desde Cartagena, Santa Marta y Coro - Cabo de la vela (Tovar, 1993, p. 41) permite evidenciar que los Chimilas no eran el único grupo indígena presente en todo el extenso territorio que se les atribuye, que este era mucho más pequeño en realidad, y que los Pocabuyes eran un pueblo distinto a ellos, contrario a lo que afirma Gutiérrez, para quien el territorio de los Chimila "estaba dividido en comarcas (la de Pocabuy y la de Eupari o Upar)" (1992, p. 43). Afirmación que realiza sin aportar fuentes históricas que permitan considerar a los Pocabuyes como un pueblo tributario o dependiente o perteneciente, de algún modo, al Chimila, el cual se estima por muchos autores como una macroetnia (Tovar, 1993).

Más adelante refuerza su apropiación de las características dadas a los Malibú, endosándoselas al grupo de los "Upar", al cual asume como Chimila, invocando -sin citar textualmente- a Restrepo Tirado, quien habría asegurado "que los habitantes de las lagunas y los de los ríos (como se les llama a los de la comarca de Upar), tenían el mismo idioma”. (p. 149).

No se han encontrado referencias, ni dentro ni fuera de la obra de Gutiérrez, que permitan identificar a los Chimilas con los Pocabuyes, por el contrario, se pueden distinguir acudiendo a varias fuentes, tales como las Elegías de varones ilustres de indias (Castellanos, 1787), Historia de la Provincia de Santa Marta y Nuevo reino de Granada (1916) y La perla de América, Provincia de Santa Marta, reconocida, observada y expuesta en discursos históricos (1787), obra en la cual se hace una enumeración de los grupos que habitaban el territorio de la Provincia de Santa Marta, la cual “antes de la llegada de los españoles, estaba habitada por un mosaico de grupos… entre los cuales se destacaban los gayras, tagangas, bondas, guagiros, coyaymas, tupes, itótos, motilones, chimilas, conchas, pocabuces, alcoholados, tamalameques, cipuazas, aruacos, tayronas” (Julián, 1787, p. 103).

No se encuentra justificación a esa instrumentalización de las fuentes, más allá de la intención de extender el territorio endosado al "concepto del Valle de Upar" (Gutiérrez, 1992, p. 41) hasta llegar a fundirlo o identificarlo con todo el territorio ubicado en la margen oriental del curso bajo del río Magdalena, tal como hizo en el capítulo El valle de los Pocabuyes de la serie Región de maravillas (2015) del canal regional Telecaribe, en la cual asegura -a partir del minuto 1:46- que dicho valle se inicia en Bocas de ceniza, pues "desde entonces fue denominado el valle que aquí se inicia, como Valle de los Pocabuyes", esto, apropiándose de los territorios de la otra familia Malibú, los Mocaná, quienes tenían su territorio en parte de los actuales departamentos del Atlántico y Bolívar, cerca del litoral (Rivet, 1947).

Es entendible, hasta cierto punto, que se asumiera por Gutiérrez, así como por muchos otros autores, que todos los terrenos que les son atribuidos a los Chimilas eran, en realidad, de este grupo étnico; sin embargo, a partir de lo consignado por Antonio Julián en La perla de América (1787), se puede entender este fenómeno:

Si hablamos del terreno que ocupan como propio los Chimilas, donde tienen sus bugíos, o ranchos de paja, y sus labranzas, y platanales, es corto y reducido, como se juzga, a cuatro o seis leguas. Pero si discurrimos del campo, de sus correrías, y molestas excursiones, es casi toda la Provincia del Norte a Sur de Occidente a Oriente. Todo lo que no es habitado o no está inmediato a poblaciones, desde el río de la Magdalena hasta los pueblos del Molino y Villanueva, situado en los confines de la Provincia hacia el Oriente, y desde las inmediaciones de la ciudad de Santa Marta hasta Tamalameque, última ciudad hacia el Mediodía, suele llamarse tierra de los Chimilas.” (Julián, 1787, p. 113).

Esta cita permite desvirtuar la anotación hecha por Gutiérrez respecto a que "la nación Chimila no era un pueblo disperso ni trashumante" (1992, p. 43), misma que es usada en la versión más reciente de su obra para mostrar que “Upar era entonces el “rey” de los Chimilas, y por estar esta nación extendida en todo el valle, se denominó con este nombre a dicha región” (Gutiérrez, 2014, p. 54).

No obstante, acudiendo al párrafo siguiente al anteriormente citado de la Perla de América (1787), el cual es ignorado por Gutiérrez, se puede desvirtuar la atribución equívoca de territorios que no les pertenecían en la realidad a los Chimilas, pues se les llamaban así a todas estas tierras “no porque toda, ni siempre sea habitada por ellos, sino porque libre e impunemente giran, corren, y salen por ella con flechas en las manos los Chimilas para asesinar pasajeros, y hacer daño a las haciendas que encuentran, y matar a los esclavos que rodean los ganados, o trabajan en las sementeras” (Julián, 1787, p. 113).

Esta contradicción respecto a la forma de nombrar a los grupos indígenas habitantes de esta región se puede entender a partir de lo expuesto en el trabajo: La vida material del otro lado de la frontera colonial: los pueblos Chimila en la segunda mitad del siglo XVIII (2014), en el cual los autores ponen de manifiesto que se conocía como Chimilas, de manera general, a los habitantes no conquistados de la provincia de Santa Marta, incluyéndose en estos, posiblemente, a diversos grupos étnicos, debido a que, ante los ojos de los españoles, todos los indígenas eran iguales.

Posición que es complementada y reforzada en lo expuesto en los trabajos Ordenar para controlar (Herrera, 2002), Introducción a la Colombia amerindia (ICANH, 1987) y Arqueología del Bajo Magdalena. Estudio de la cerámica de Zambrano (Reichel-Dolmatoff, 1991), como expuse en el trabajo sobre los Pocabuyes publicado anteriormente en este mismo portal, en el cual se dejó en evidencia que Chimilas y Malibués coincidieron cronológicamente durante un tiempo, hasta la desaparición de estos últimos; sin embargo, es necesario recalcar que los Pocabuyes fueron un pueblo Malibú, distinto al Chimila, el cual les sobrevivió, pero se asocian con estos debido a la ocupación, en tiempos distintos, de gran parte del mismo territorio y la gran fama de guerreros bravíos indomables de la que han gozado.

Los diversos valles del Valle de Upar

En la construcción del "concepto del Valle de Upar" por parte de Gutiérrez, cobra suma importancia el río Cesar, pues, asegura el autor, dicho concepto:

partió de los primeros conquistadores cuando éstos, al penetrar por primera vez este hermoso territorio, oculto entre la Sierra Nevada, la cordillera de los Andes y el río Magdalena – y que a la vez era valle por doble motivo, pues además de ser el valle del río Cesar, es un vasto territorio plano incrustado entre montañas”. (Gutiérrez, 1992, p. 41).

La correspondencia entre los topónimos Cesar y Upar se podría establecer a partir de lo consignado en Viaje a Nueva Granada, el relato de los viajes por este territorio del médico francés Charles Saffray, llevados a cabo en 1861 y publicados por la revista francesa “Le tour du monde" entre 1872 y 1873 y el Ministerio de Educación colombiano en 1948, pues en estos se referencia en dos ocasiones al río Upar y en una a la ciudad de Valledupar; sin embargo, no es posible asegurar que el topónimo Upar, empleado para el Valle y la ciudad de los Santos Reyes se origine en este nombre, registrado a finales del siglo XIX para el río Cesar, debido a que éste no ha sido el único nombre que se le ha dado, ni el más antiguo, por lo cual no son claras las razones para la escogencia de este nombre, en relación a este río tutelar, el cual tendría, al menos, siete nombres más, usados con anterioridad a este: Opompotao (Tovar, 1993), Pompatoo (Fernández de Piedrahita, 1881), Xiriri (Simón, 1626), Zazare (Castellanos, 1847), Cesare (Fernández de Piedrahita, 1881), Casir (Fernández de Oviedo, 1852), Cisar (Fernández de Oviedo, 1852) y Cesari (Soto, 1880).

Esta denominación de Upar tampoco es la única registrada para el valle del río Cesar, pues en el libro XXV, Capítulo I, de Historia general y natural de las Indias, islas y tierra firme del mar océano - tomo primero de la segunda parte, segundo de la obra -, escrita por Gonzalo Fernández de Oviedo en el siglo XVI, se le llama Valle de los Pacabuyes (Fernández de Oviedo, 1852, p. 270) y en el libro XXV, Capitulo IV, de esta misma obra, se le llama Valle de los Pacabuyes y los Sondaguas (Fernández de Oviedo, 1852, p. 279).

Esta, posiblemente, sea la denominación más antigua para el valle del río Cesar, la cual Gutiérrez asume como la más antigua para el Valle de Upar al asegurar que: "Precisamente, por este último personaje (Fernández de Oviedo) tenemos la primera información sobre el valle de nuestro interés, pero él no le llamó de Upar, pues ni siquiera llegó a la ciudad del tal cacique" (Gutiérrez, 2014, p. 50).

Sin embargo, esta afirmación no es correcta dado que, en esa misma obra, se nombra al Valle de Upar en, al menos, dos ocasiones, en referencia al valle del río Cesar (pp. 380 y 385).

Los Sondaguas y Pacabuyes son pueblos Malibués, como se ha mostrado anteriormente, aunque Gutiérrez los asuma como tributarios o dependientes de los Chimilas; sin embargo, entre los cambios introducidos en la edición de 2014 de su obra los considera distintos al afirmar que: "el nombre que utilizó fue valle de los pocabuyes, debido a que él no conoció la palabra chimila, sino que a estos indígenas los llamó pocabuyes y sondaguas" (Gutiérrez, 2014, p. 50).

En esta afirmación Gutiérrez comete dos imprecisiones, una más grave que la otra. La menor es emplear la palabra pocabuyes en vez de pacabuyes, la cual es la realmente empleada por el cronista y que es solo una de las, al menos, seis formas de llamar a los pocabuyes que he identificado (Ramírez, 2021). La mayor es asegurar que este cronista desconocía la palabra chimila, pues, en el libro XXVI, Capitulo XVIII, de la obra antes citada, se puede encontrar dicha palabra:

Había los que iban por tierra pasado la provincia que se llama Chimila, que es confín y en la halda de los indios flecheros caribes, y al pasar de un gran rio que hay en aquella tierra, se vieron en mucho trabajo los españoles, y se perdieron muchas cosas que les hicieron falta. Está Chimila de Santa Marta cuarenta leguas; y diéronse mucha prisa para llegar al rio Grande”. (Fernández de Oviedo, 1852, p. 379).

Este topónimo Upar, empleado para el valle del río Cesar, se ha registrado también de varias maneras, tales como: Valle de Hupar (Baquero y Vidal, 2007), Valle de Upari (Friede, 1960), Valle D´Upar (Simón, 1626), Valle Dupar (Simón, 1626) y Valle de Eupari (Herrera, 1726).

Todas estas variantes identificadas –y las que pueden faltar– para nombrar al actual río Cesar, clasificar a los aborígenes de la región, como en el caso mostrado de los Pocabuyes, y nombrar el territorio, como se vio en el caso del Valle de Upar, se pueden deber, entre otras cosas, a errores de transcripción de los documentos paleográficos, la lengua estándar empleada al momento de la redacción de los documentos o a la dificultad de los europeos para comprender las lenguas nativas, a pesar del continuo empleo de traductores en sus actividades.

Utilizar el topónimo Upar, aplicado a todo el territorio que es llamado Valle de Upar y que comprende la gran mayoría del territorio de la antigua gobernación de Santa Marta, a partir del río Cesar, considerando que fue llamado Upar antiguamente, no es la decisión más acertada considerando que este no es, tampoco, el único ni el más importante río en todo este territorio, pues en él se encuentran también los ríos: Ariguaní -principal afluente del Cesar-, Fundación, Badillo, Guatapurí, Cesarito, Ranchería, Palomino, Don Diego, Buritaca, Guachaca, Mendihuaca, Piedras, Manzanares, Gaira, Frío, Sevilla, Tucurinca, Manancana, Aracataca y Magdalena, del cual es afluente el Cesar, además del Cauca y el San Jorge, el río más importante geográficamente de este territorio. Importancia que es, además, histórica, comercial y política; sin embargo, no es en este último río en el que se centra Gutiérrez para nombrar a todo el extenso territorio conformado por los valles de los ríos antes nombrados.

El nombramiento de casi todo el territorio de la antigua Provincia de Santa Marta como Valle de Upar, considerando lo anteriormente expuesto, no se puede asumir como dado a partir del nombre Upar en el siglo XIX al río Cesar, el cual habría sido, también, el nombre del personaje a quien Gutiérrez ubica como el líder supremo de los Chimila:

tanta autoridad ejercía esta nación sobre el mencionado valle, que los españoles bautizaron la generalidad del territorio con el nombre o título de quien consideraron su máxima figura: el Upar (p. 43).

Quedaría, entonces, por considerar la pertinencia del nombramiento de este territorio en función de la figura del cacique Upar, cuya autoridad, aplicada a todas las tierras que se consideran de Chimilas, queda en entre dicho a partir del establecimiento de que no todas estas tierras eran de Chimilas, como afirma Gutiérrez y han afirmado otros autores, debido a lo cual es pertinente preguntarse cuáles eran los territorios que este cacique señoreaba.

¿Dónde señoreaba Upar?

Gutiérrez señala al cacique Upar como el jefe máximo de la nación Chimila, asegurando que los españoles, al entrar en el valle del río Cesar:

“resolvieron con absoluta espontaneidad darle el nombre de Upar, persona a quien conocieron como el máximo jerarca de la nación más numerosa y desarrollada de dicho valle: la nación Chimila”. (Gutiérrez, 1992, pp. 41 - 42).

Gutiérrez, como se ha dicho, asume a todos los pobladores de la región, como pueblos Chimilas, sin aportar pruebas documentales que puedan respaldar esa aseveración:

Ahora, debe quedar claro que toda esta gran extensión, para asuntos del ejercicio de autoridad, estuvo dividida en dos grandes comarcas: una, la del norte, era la de los Upar... La otra comarca era la de Pocabuy, que quiere decir país de las ciénagas y que tuvo su centro en la ciudad de Thámara”. (Gutiérrez, 1992, p. 148).

El mismo Gutiérrez pone en duda la jerarquía propuesta, al aclarar que “[...] en cuanto al término Upar, no se ha definido aún si se trata de un nombre propio o del título que designaba la mayor jerarquía gubernativa de tan importante país precolombino”. (Gutiérrez, 1992, p. 42).

Adicionalmente, la concentración de la autoridad territorial señalada por Gutiérrez, es puesta en duda en Resistencia Chimila: Ni alquilados, ni vencidos (2009), artículo en el cual Rey Sinning afirma que la administración de la autoridad se encontraba dispersa entre varios jefes o caciques locales, que al mismo tiempo cumplían funciones sacerdotales, apoyándose en las descripciones hechas por Castro Trespalacios, quien asegura que “El Cacique Upar gobernaba desde El Molino hasta Garupar… el cacique Tamalameque gobernaba la parcialidad de Panquiche, Malibú, Barbudo, Simichagua, Sempeche y Tamalaguataca” (Rey, 2001, p. 92).

Además de ubicar a Upar como el jefe máximo de los Chimilas, cosa que no se ha podido corroborar acudiendo a fuentes históricas -como tampoco la existencia de una etnia de nombre Upar, Upari o Eupari-, Gutiérrez ubica a la fundación de la ciudad de Valledupar en el sitio mismo en el cual estuvo la capital de esta nación:

además de su capital, situada en el mismo lugar del actual Valledupar, su territorio estaba dividido en comarcas (la de Pocabuy y la de Euparí o Upar), con ciudades y caciques; las principales, algunas con sus nombres originales y otras con nombres dados posteriormente por los españoles; fueron: la ciudad de Upar, completamente destruida por Alfinger; Támara, llamada por los españoles como Tamalameque...(Gutiérrez, 1992, p. 43).

Dicha forma de organización político-administrativa de los Chimilas es, también, puesta en duda por el doctor Rey Sinning, quien respecto a este tema me comentó:

“Si lees mi libro “Poblamiento y resistencia. Los Chimilas frente al proceso de ocupación de su territorio. Siglo XVIII (2012)” vas a encontrar que en el centro del actual departamento del Magdalena es donde se ubicaban los Chimila y ellos no tenían ninguna capital. Ellos no fueron una tribu con una organización lineal de arriba hacia abajo. Había caciques, que a veces eran mujeres, inclusive, pero no había como tal un principal. La gente que estaba en Valencia de Jesús y la gente que estaba en Valledupar, de hecho, era convidada a vencer a los Chimilas que estaban en el centro del hoy departamento del Magdalena. En el municipio de Sábanas de San Ángel era donde estaba el fuerte de los Chimilas. De hecho, allí los españoles construyeron un fuerte en el siglo XVI, que era quemado por los Chimilas”. (Rey, comunicación personal, septiembre 19 de 2022).

Considerando lo anteriormente expuesto, no es posible asegurar que el cacique Upar gobernara en todo el territorio que Gutiérrez afirma este habría señoreado, por lo cual es necesario establecer la ubicación de la ciudad en la cual asentaba su señorío, para lo cual puede servir lo transcrito por Tovar Pinzón en el tomo II de Relaciones y visitas de los Andes, siglo XVI, acerca del origen del nombre de la ciudad de Valledupar:

[...] “y se llama la ciudad de los reyes del Valle de Upar que fue fundada y poblada por el capitán Fernando de Santa Ana... y se llama la ciudad de los reyes porque en tal día de los reyes se pobló en el año de cincuenta y el Valle de Upar porque está situada entre dos cordilleras de norte a sur, en una vega grande de cinco o seis leguas en torno y llano raso sin monte y Upar se llama porque había un Indio Principal que llamaban Upar a quien otros obedecían y que no se sabe que quiere decir Upar”. (Tovar, 1993, p. 264).

Esta cita permite ubicar al sitio fundacional de Valledupar como el sitio o ciudad donde residió el cacique Upar y la ascendencia que este tuvo sobre algunos otros caciques de la zona, sin embargo, no es posible asegurar que el Cacique Upar fuera el jefe máximo de los Chimilas o de todo el territorio que se dice fue de Chimilas, jerarquía que Gutiérrez cree confirmada con la expresión "Todas las provincias del Upare" registrada por Castellanos (Gutiérrez, 2014, p. 52), sin tener en cuenta que en las dos ocasiones que este cronista habla de las tierras o provincias del Upare no lo hace en relación a los territorios señoreados por este cacique, sino a los recorridos por Alfinger en su búsqueda del dorado y la incitación hecha por la india Francisca a su cacique Coro Ponaimo, para que se revelase ante la tiranía de los invasores.

La ciudad desde donde habría señoreado Upar, asegura Gutiérrez, fue quemada por Alfinger, luego de haber ahorcado al cacique y haber recibido una paga en oro para su liberación:

En la noche siguiente de su cautiverio, en medio de la soldadesca europea, formada alrededor de la plaza con antorchas en la mano, ayudaron a bien morir al infortunado cacique después de recibir el bautismo de la religión católica, de manos del sacerdote De Córdoba. Fue ahorcado, ya que por gracia del conquistador, se le había cambiado la forma de muerte y se le redujo a cenizas su casa imperial”. (Gutiérrez, 1992, p. 73).

Esta cita ha sido tomada, de manera literal, del libro Culturas aborígenes cesarenses e independencia del Valle de Upar (Castro, 1979, p. 21). No me ha sido posible, además, hasta el momento, encontrar y confirmar esta cita hecha por ambos autores desde la obra de Fernández de Oviedo - búsqueda que he realizado mediante la herramienta Google Books -, lo cual no solo pone en duda la veracidad de los hechos narrados, sino que refuerza la frecuente instrumentalización de las fuentes hecha por Gutiérrez y la certeza de que este proceder ha sido operado con la intención expresa de construir toda una narración legendaria para los orígenes de la ciudad de Valledupar y ubicarla como la ciudad principal de la margen oriental del curso bajo del río Magdalena, aún desde tiempos precolombinos, razón por la cual es válido para Gutiérrez que a toda la cultura y la música de este territorio se les conozca como vallenatas, configurando una original, pero débil, estrategia de apropiación cultural, fruto, sin duda, de un exacerbado etnocentrismo.

A manera de conclusión

Seguramente en la voluminosa obra de Gutiérrez se encuentren datos del periodo histórico de la conquista y colonia que sean fehacientes, sin embargo, esta revisión somera de su narración reconstructiva de lo sucedido en esos tiempos en la región deja mucho que desear, por lo cual es necesario aproximarse con detenimiento a este trabajo, entendiendo el lugar desde el cual esta visión de la historia fue construida y los motivos que la impulsaron, los cuales, por lo demás, no invalidan plenamente su contribución a la creación de una historia para la música vallenata.

Coda

Siendo consciente de lo polémicas que pueden llegar a ser estas líneas sobre el libro de Gutiérrez, paso a invitar al lector que considere que falto a la verdad en ellas a que lo demuestre, punto por punto, dejando de lado los ataques personales y acudiendo a las fuentes históricas y ejerciendo un trabajo de crítica de las mismas que me ayuden a ver las fallas que he tenido en esta lectura crítica del libro Cultura Vallenata, origen, teoría y pruebas.

 

Luis Carlos Ramírez Lascarro

 

Referencias:

Aguado, P. d. (1916) Historia de Santa Marta y Nuevo reino de Granada - Tomo 1. Tip. de Jaime Ratés.

Araujo, C. (1973) Vallenatología, orígenes y fundamentos de la música vallenata. Tercer mundo.

Castellanos, J. d. (1847). Elegías de varones ilustres de indias. Imp. de la Publicidad a cargo de M. Rivadeneira.

Castro Trespalacios, P. (2000). Culturas aborígenes cesarenses e independencia de Valledupar. Imprenta nacional.

Fernández, G. (1855). Historia general y natural de las indias: Islas y tierra firme del mar océano. Imprenta de la real academia de la historia.

González, A. (2003) Los estudios sobre música popular en el caribe colombiano. Universidad del Atlántico.

Gutiérrez, T. (1992) Cultura vallenata: Origen, teoría y pruebas. Plaza y Janés.

Herrera, M. (2002). Ordenar para controlar. Ordenamiento espacial y control político en las Llanuras del Caribe y en los Andes Centrales Neogranadinos. Siglo XVIII. Instituto Colombiano de Antropología e Historia.

Herrera, A. d. (1730). Historia general de los hechos de los Castellanos en las islas y tierra firme del mar océano. Oficina real de Nicolás Rodríguez Franco.

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Julián, A. (1787). La perla de América, Provincia de Santa Marta, reconocida, observada y expuesta en discursos históricos. Librería de Antonio de Sancha.

Luquetta, D. y Vidal, A. (2014). La vida material del otro lado de la frontera colonial: los pueblos Chimila en la segunda mitad del siglo XVIII. Diálogos, Revista electrónica de historia, 15 (1), 111 – 133. http://www.scielo.sa.cr/scielo.php?script=sci_arttex&pid=S1409-469X2014000100111&Ing=en&ting=es.

Medina, A. (2022) Treinta años de cultura vallenata, en Revista entornos.

Ramírez, L. (2021) ¿Los pocabuyes, un pueblo Chimila o Malibú? en Panorama Cultural:

Rangel Paba, G. (1947). El país de Pocabuy. Editorial Kelly.

Rey Sinning, E. (2009). Resistencia Chimila: Ni alquilados, ni vencidos. Revista Palobra,10, 90 – 108. https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=3156319

Rivet, P. (1947). Les indiens Malibú. Journal de la societé des Americanistes. Tome 36, 139 - 144. https://www.persee.fr/doc/jsa_0037-9174_1947_num_36_1_2360

Saffray, C. (1948) Viaje a Nueva granada. Ministerio de educación nacional de Colombia.

Soto, R. (1880) Estadística de Mompox.

Tovar, H. (1993) Relaciones y visitas a los Andes. Siglo XVI. Tomo II. Región del caribe. Instituto colombiano de cultura hispánica.

Sobre el autor

Luis Carlos Ramirez Lascarro

Luis Carlos Ramirez Lascarro

A tres tabacos

Luis Carlos Ramírez Lascarro, Guamal, Magdalena, Colombia, 1984. Estudiante de Historia y Patrimonio en la Universidad del Magdalena. Autor de los libros: El acordeón de Juancho y otros cuentos y Semana Santa de Guamal, una reseña histórica; ambos con Fallidos editores en el 2020. Ha publicado en las antologías: Poesía Social sin banderas (2005); Polen para fecundar manantiales (2008); Con otra voz y Poemas inolvidables (2011); Tocando el viento (2012) Antología Nacional de Relata (2013), Diez años no son tanto y Antología Elipsis internacional (2021). Ponente invitado al Foro Vallenato Clásico en el marco del 49 Festival de la Leyenda Vallenata (2016) y al VI Encuentro Nacional de Investigadores de Música Vallenata (2017). Su ensayo: El Vallenato protesta fue incluido en el 4to Número de la Revista Vallenatología de la UPC (2017). En el 2019 escribe la obra teatral Flores de María, inspirada en el poema musical Alicia Adorada, montada por Maderos Teatro y participa como coautor del monólogo Cruselfa. Algunos de sus poemas han sido incluidos en la edición 30 de la Revista Mariamulata y la edición 6 de la Gaceta Hojalata (2020). Colaborador frecuente de la revista cultural La Gota fría del Fondo mixto de cultura de La Guajira. 

 

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