Ocio y sociedad

Ramiro Elías Álvarez Mercado: el hombre que aprendió a catar la memoria del Caribe

Laude Fernández Araujo

14/10/2026 - 04:50

 

Ramiro Elías Álvarez Mercado: el hombre que aprendió a catar la memoria del Caribe
Ramiro Elías Álvarez, destacado sommelier y columnista de PanoramaCultural.com.co / Foto: archivo del autor

 

En la vida hay hombres que encuentran en los libros una manera de interpretar el mundo; otros descubren, en las conversaciones de los mayores, en los caminos polvorientos de su infancia y en las melodías de los juglares, una forma de comprender la vida. 

Ramiro Elías Álvarez Mercado pertenece a esa segunda estirpe, la de quienes aprenden observando, escuchando y preguntándose por las historias que el tiempo amenaza con dejar en el olvido.

Nació el 14 de octubre de 1974 en Planeta Rica, Córdoba, una población del Caribe colombiano donde la vida transcurre entre la sabiduría campesina, el humor de su gente y la memoria de las tradiciones populares. Allí comenzó a formarse su sensibilidad, mucho antes de que su nombre apareciera como autor de crónicas dedicadas a la música y a los personajes que han contribuido a construir la identidad cultural de nuestra región.

La finca, su primera escuela

En su artículo autobiográfico ¿Por qué escribo sin ser escritor?, publicado el 17 de noviembre de 2025 en PanoramaCultural.com.co, Ramiro reconstruye algunos episodios fundamentales de su infancia.

Durante sus primeros doce años vivió entre los corregimientos de Campo Bello y Pica Pica, está última me recuerda A José Martínez " El Guao" y Héctor Fabio Aguirre, en un entorno rural donde la finca familiar, los animales, los cultivos y los cursos de agua formaron parte de su universo cotidiano.

El río San Jorge y la quebrada San Jerónimo quedaron grabados en su memoria como escenarios de descubrimiento. Los campesinos, por su parte, fueron maestros de una escuela sin pupitres, donde las enseñanzas se transmitían mediante el ejemplo, las conversaciones y el trabajo diario.

Aquella infancia le permitió descubrir que las historias no nacen exclusivamente en las bibliotecas. También habitan en la palabra de los mayores, en las costumbres de una comunidad, en la memoria de los caminos y en los acontecimientos aparentemente sencillos que terminan definiendo la vida de un pueblo.              

Su acercamiento a la lectura comenzó con historietas, revistas de aventuras y personajes como Kalimán, Águila Solitaria y Arandú. Posteriormente llegaron los grandes nombres de la literatura universal, entre ellos Gabriel García Márquez, Julio Verne, José Eustasio Rivera, Jorge Isaacs, Ernesto Sábato, Miguel de Cervantes y Pablo Neruda.

Cada lectura fue dejando una huella en su imaginación y en su manera de comprender el poder de las palabras. Pero hubo una herencia particularmente significativa, la música.

La música como herencia familiar

“Rami”, cómo le dicen por aprecio, reconoce en su padre una influencia determinante en su afición por la lectura, los deportes y las expresiones musicales del Caribe colombiano.

En su memoria sonora aparecen los nombres de Alejandro Durán, Luis Enrique Martínez, Abel Antonio Villa, Enrique Díaz, Miguel Durán, Juancho Polo Valencia, Alfredo Gutiérrez, Emiliano Zuleta, Leandro Díaz, Rafael Escalona, Leandro Díaz y Pablo Flórez, entre otros intérpretes y compositores que convirtieron sus vivencias en patrimonio sentimental de varias generaciones.

De aquella tradición surgió una inquietud que terminaría definiendo buena parte de su trabajo, conocer a los hombres y las mujeres que hicieron posible la historia musical de la región.

No se trata solamente de escuchar una canción, reconocer un acordeón o recordar una parranda. Su interés consiste en comprender qué hay detrás de cada composición, quién la creó, cuáles fueron sus circunstancias y qué lugar ocupa su protagonista en la memoria colectiva.

En esa búsqueda, el folclor deja de ser únicamente entretenimiento y se convierte en una fuente de conocimiento histórico y cultural.

Bogotá, la distancia que acercó sus raíces

La capital colombiana terminó convirtiéndose en uno de los escenarios fundamentales de su vida.

Bogotá, con su clima frío, sus largas distancias y su ritmo acelerado, representa el contraste con el paisaje rural en el que transcurrieron sus primeros años. Sin embargo, la distancia no apagó su relación con el Caribe; por el contrario, parece haber fortalecido su necesidad de conservarlo mediante la escritura.

En su testimonio autobiográfico, Ramiro explica que fue en Bogotá donde desarrolló con mayor constancia su vocación de escribir. La nostalgia, la lectura y el deseo de mantener vivo el vínculo con su tierra se convirtieron en estímulos para su producción literaria.

Su oficina, según cuenta, puede ser incluso un vehículo de TransMilenio. Allí, entre estaciones y pasajeros, encuentra momentos para observar, pensar y escribir.

Es una imagen reveladora de su personalidad como cronista, no espera necesariamente las condiciones ideales para escribir. Encuentra en la cotidianidad los materiales de sus relatos.

La ciudad que lo alejó geográficamente de sus primeros paisajes terminó ofreciéndole una perspectiva distinta para contemplarlos.

El sommelier que también sirve historias

La trayectoria de Ramiro reúne dos actividades que, a primera vista, podrían parecer distantes, la cultura del vino y la investigación del folclor.

Su perfil biográfico publicado en Panorama Cultural señala que estudió coctelería, bar, etiqueta y protocolo, realizó dos diplomados relacionados con el vino y obtuvo una certificación como sommelier. La misma fuente le atribuye más de dos décadas de experiencia profesional en ese campo.

En un artículo publicado en junio de 2025 por Estampas Vallenatas del Folclor, el autor Osmel Martínez lo presenta bajo una expresión particularmente afortunada, el sommelier de la vid del folclor.

La comparación tiene sentido literario. Así como el sommelier distingue los aromas, los matices y las características de un vino, el investigador cultural procura reconocer los elementos que dan personalidad a una canción, una tradición o una historia.

En ambos oficios se requiere atención, sensibilidad, memoria y capacidad para descubrir aquello que no resulta evidente a primera vista.

El vino tiene una historia detrás de cada cosecha; la música también tiene una historia detrás de cada interpretación.

Ramiro ha encontrado en esos dos universos una oportunidad para observar la vida desde perspectivas diferentes, pero complementarias.

Un escritor que no necesitó proclamarse escritor

 

Uno de los documentos más reveladores para comprender su personalidad es su artículo ¿Por qué escribo sin ser escritor?

En él, Ramiro se define como un hombre empírico y autodidacta, sin formación profesional específica en literatura o escritura. Reconoce que su aprendizaje ha surgido de la lectura, la observación, las experiencias personales y el contacto con la gente.

Esta declaración no debe interpretarse como ausencia de disciplina, sino como una explicación de su particular camino hacia la escritura.

Su interés no consiste únicamente en producir textos bien construidos. Busca comprender la experiencia humana y traducirla en relatos que puedan ser leídos y recordados.

La literatura, en su concepción, es una manera de ordenar las emociones, interpretar el pasado y resistirse al olvido.

De ahí que sus escritos se ocupen tanto de personajes reconocidos como de figuras cuya importancia cultural no siempre ha recibido suficiente atención.

En lugar de concentrarse exclusivamente en las estrellas de la música, dirige también su mirada hacia los compositores, acordeoneros y cantantes que han contribuido, desde diferentes escenarios, a mantener vivas las tradiciones regionales.

Una copa de folclor para servir la memoria

Su presencia como autor en Panorama Cultural se articula alrededor de la columna “Una copa de folclor”, espacio desde el cual aborda la música, las tradiciones y otros aspectos de la cultura caribeña.

Entre sus publicaciones figuran textos dedicados a Hernando Marín Lacouture, Luis Enrique Martínez Argote, Ismael Rudas Mieles, Máximo Móvil, Rafael Escalona y otros protagonistas del universo musical colombiano.

También ha escrito sobre el porro y sus cultores, como lo demuestra su crónica dedicada a Pablo Flórez Camargo.

Estos trabajos revelan una preocupación que atraviesa su producción, reconocer la dimensión humana de los artistas y relacionar sus obras con los territorios, las circunstancias y las experiencias que les dieron origen.

Su aproximación al vallenato no se limita a la celebración de sus intérpretes. También plantea preguntas sobre la historia, la autoría, las influencias y la necesidad de documentar las afirmaciones que se transmiten de generación en generación.

En septiembre de 2026, por ejemplo, publicó en Panorama Cultural un artículo sobre el debate histórico en torno a la paternidad del acordeón en la música comercial del Caribe colombiano. 

Allí destacó la investigación del doctor Ángel Massiris Cabeza y defendió la importancia de examinar los documentos antes de convertir una afirmación repetida en una verdad histórica.

Esa preocupación por la documentación resulta significativa en un género cuya historia se ha transmitido, en buena medida, mediante la oralidad. El folclor necesita emoción, pero también memoria organizada, investigación y contraste de fuentes.

La palabra como puente entre generaciones

En junio de 2026, su escritura también se ocupó de Ignacio Cantillo Vázquez, abogado y poeta, a través de una crónica vinculada con Manaure, Cesar, mi tierra querida, y con los recuerdos de infancia que dieron origen a la canción Un poeta un sentimiento.           

Este trabajo permite apreciar cómo su interés cultural trasciende los límites de un solo municipio o departamento. La música vallenata, en su mirada, constituye una red de relaciones entre pueblos, familias, compositores, intérpretes y oyentes.

Córdoba, Cesar, La Guajira y otros territorios del Caribe comparten historias que no siempre respetan las fronteras administrativas.

Una canción puede nacer en una finca, crecer en una parranda, hacerse conocida en la voz de un intérprete y terminar convertida en parte de la memoria de una región entera.

Como cronista intenta reconstruir ese recorrido. Por eso, sus textos pueden entenderse como una contribución a la conservación de la memoria cultural, una manera de dejar constancia de las personas que participaron en la construcción de una tradición.

El legado que se construye escribiendo

Su trayectoria pública, hasta donde permiten establecerlo las fuentes consultadas, no se caracteriza por una extensa relación de premios o títulos literarios, sino por una producción escrita que combina sus intereses profesionales con una dedicación constante a la cultura del Caribe colombiano.

Su principal escenario de reconocimiento es la publicación de crónicas, semblanzas y artículos culturales en medios digitales.

Estampas Vallenatas del Folclor le dedicó en 2025 un texto de reconocimiento firmado por Osmel Martínez, quien destacó su interés por rescatar historias y protagonistas de la tradición musical.

Panorama Cultural, por su parte, ofrece un espacio donde su trabajo puede consultarse y seguirse a través de sus distintas publicaciones.

Conviene distinguir entre el reconocimiento expresado por otros autores y los premios o distinciones institucionales formalmente acreditados, las fuentes consultadas permiten documentar el primero, pero no establecer un inventario completo de los segundos.

Su aporte debe valorarse, por tanto, desde lo que efectivamente ha publicado y desde las preguntas que sus textos ayudan a mantener abiertas sobre la historia musical de la región.

El Caribe que cabe en una página

Ramiro nació en un territorio donde las historias circulan, como el bostezo decía Rafael Calixto Escalona Martínez, de boca en boca, creció escuchando las voces del campo y encontró en la lectura una puerta hacia otros mundos.

La vida lo llevó a Bogotá, donde desarrolló su oficio profesional y encontró nuevas razones para escribir sobre sus raíces.

Entre una copa de vino y una canción vallenata, entre el recuerdo de una finca cordobesa y el movimiento cotidiano de la capital, ha construido una manera personal de acercarse a la cultura, escuchar antes de juzgar, investigar antes de afirmar y escribir para que las historias no desaparezcan.

Quizá esa sea la imagen que mejor resume su trabajo, la de un hombre que, sin proclamarse escritor, como mi historia de nosotros, ha hecho de la palabra una herramienta para reconocer a otros.

Porque los pueblos no viven solamente de sus monumentos ni de las grandes celebraciones. También sobreviven gracias a quienes conservamos los nombres, reconstruimos los recuerdos y contamos las historias que merecen llegar a las nuevas generaciones.

Y en ese oficio de servir la memoria, Ramiro ha encontrado su propia manera de brindar por el Caribe colombiano.

Un homenaje desde el folclor, la cultura y la tradición

Esta crónica biográfica se construye a partir de información de primera mano, relatos de amigos en común, la lectura de sus escritos y las experiencias que permiten aproximarnos a la dimensión humana y cultural de Ramiro .

Este es un sencillo, pero sentido homenaje desde Folclor, Cultura y Tradición, inspirado en la experiencia y el reconocimiento del Festival Vallenato Mayor, un proyecto forjado al calor de las enseñanzas de los juglares que saben de esto  y del compromiso con la preservación de nuestra memoria musical.

Con estas líneas expresamos nuestra gratitud por sus aportes a la divulgación del folclor y por su labor de rescatar, mediante la palabra escrita, las historias y los protagonistas que enriquecen el patrimonio cultural del Caribe colombiano.

En su día de manteles largos, le deseamos felicidades, salud, bienestar, inspiración y muchos años más para seguir brindando, con su pluma y su sensibilidad, por el folclor, la cultura y la tradición.

 

Laude Fernández Araujo

Presidente del Festival Vallenato Mayor (FVM)

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