Literatura

¿Qué sabemos sobre las escritoras del Cesar?

Luis Mario Araújo Becerra

19/08/2020 - 04:40

 

¿Qué sabemos sobre las escritoras del Cesar?

 

Al abordar este estudio sobre la presencia de la mujer en la historia literaria del Cesar, debemos hacer algunas precisiones iniciales.  La primera es que no creemos en la denominación de literatura “femenina” como una literatura cuyas bases, motivos y estéticas tengan contenidos, dinámicas y estructuras diferentes a las de los hombres. En tal sentido, este estudio se dirige a revisar el papel de la mujer como creadora, independientemente de la consideración citada. 

Segunda, la marginación de la mujer en el ámbito socioeconómico también se ha reflejado en el campo literario; motivo por el cual sólo, hasta épocas más o menos recientes, en la medida en que se ha ido rompiendo esa barrera, se ha incrementado su participación.

En tercer lugar, haremos la búsqueda de figuras femeninas en el ámbito de la literatura del Cesar considerando el criterio de publicación; pues es el único, más o menos objetivo, al que podemos acogernos. Se revisan publicaciones individuales y colectivas.

En cuarto lugar, este trabajo no pretende hacer un inventario de todas las escritoras del Cesar, sino que busca plantear una radiografía general de la manera como ha venido evolucionando la presencia de la mujer en nuestra literatura regional.

El papel de la mujer en la literatura cesarense

Tal y como indican algunos investigadores, desde el siglo XIX existen rastros de la presencia femenina en la actividad literaria del territorio que, hoy, conocemos como departamento del Cesar. En particular, se menciona el nombre de Elisa Barrera Madariaga (Chiriguaná), quien se consagró como la primera poetisa del Magdalena Grande, al escribir su obra, Versos de Celia, prologada por Candelario Obeso”. No obstante, pese a la importancia de aportes precursores como éste, es evidente que se trata de fenómenos escasos y aislados, que sólo comienzan a multiplicarse de manera significativa a finales del siglo XX.

El auge progresivo del papel de la mujer en la literatura cesarense tiene raíces recientes y los nombres más interesantes, a mi modo de ver, comienzan a aparecer desde hace más o menos treinta y ocho años.

Por supuesto, su inclusión en el terreno del arte, en particular, así como en la política y economía en general, fue el resultado de una lenta ruptura de los parámetros sociales establecidos en la región. En tal sentido señalan Kattia Alvarez y Yalidys Olivares, en su investigación “Vida social de la mujer en Valledupar (1970-1990)”, que:  “las mujeres tuvieron que luchar decididamente para ganar espacio en el complejo cultural de los roles establecidos de la sociedad valduparense, pero dicha batalla no se libró en el ardor de los movimientos feministas que para los años setenta y ochenta comenzaban a gestarse en el ámbito nacional, sino que, a fuerza de trabajo, se fueron construyendo en la conciencia social de los demás individuos pertenecientes a su entorno. Dentro de dicho acontecer es relevante señalar que quienes protagonizaban dicho proceso eran las mujeres de las clases altas”, quienes por supuesto tenían mayor acceso a los medios ilustrados y al conocimiento del mundo más allá de la aldea.

Este quebrantamiento del orden que se da, inicialmente en lo político, a través de personalidades como Imelda Daza, María Clara Quintero o María Inés Castro de Ariza, termina permeando el ámbito específicamente literario a través de la aparición progresiva de nombres como el de Consuelo Araújo Noguera, quien comenzaría, tempranamente, a publicar artículos en periódicos nacionales; particularmente en El Espectador. Sin embargo, ella misma, de manera posterior haría guiños a la ficción con su cuento “Yo sabía” -crítica velada a un gamonal criollo- que sería recogido en “Recopilación antológica del cuento cesarense” (1992), una valiosa selección coordinada por el escritor Anselmo Rangel.

El trabajo pionero de la Araújo fue evidente en el campo de la reconstrucción histórica con textos como: “Vallenatología” (1973), “Escalona: el hombre y el mito”, “Lexicón del Valle de Upar” y algunos relatos que no han sido reunidos en forma de libro. 

La épica de la mujer cesarense es completada, desde el punto de vista de la promoción cultural, por otra pionera: Lolita Acosta, quien fundaría en 1981 el Diario Vallenato; un pilar del periodismo local y desde donde se catapultaría a varios de los nombres fundamentales de la literatura cesarense de los últimos tiempos.

Pero, el salto definitivo hacia la consolidación del papel de la mujer como creadora de ficción, parece darse al entrar la década del ochenta, con la publicación de un sencillo, aunque significativo, libro de cuentos de Zamira Hernández de Vence (Codazzi): “Lo que nunca supo Timotea” (1984); texto que recorre el imaginario colectivo a través de una serie de historias ligadas a la tradición popular y que, si nos atenemos a nuestro registro, podría ser la primera publicación individual de una cesarense, en cualquier modalidad de ficción en el siglo XX.

El gradual posicionamiento de las mujeres durante esta década, parece no estar directamente ligado al auge que vivieron los grupos culturales en el departamento, sino a un ejercicio solitario, perseverante y personal. Ello es comprobable cuando se revisa la dinámica de estos colectivos. Así, por ejemplo, entre los nombres que conformaron el Café Literario Vargas Vila, se suman apenas los de la poetisa Elsa León y las gestoras culturales Mary Guerra y Libia Oñate. A su vez, grupos como el Callejón, el Alfarero y las Garrapatas fueron mayoritariamente masculinos; aunque con algunas figuras femeninas notables, como Ruth Ariza, quien publicaría poemas en los diarios locales y sería una de las primeras voces en introducir la temática indigenista en nuestras letras.

Durante los años ochenta, hace aparición Clemencia Tariffa (Codazzi), quien viene a romper el molde del dominio masculino y a constituirse en uno de los nombres fundamentales de la poesía cesarenses (nótese que no digo de la poesía “femenina” en el Cesar, sino de la poesía sin distingos ni casillas). Pese a que murió a los cuarenta y nueve años y tuvo una vida atravesada por dificultades neurológicas derivadas de una epilepsia temprana, ese tiempo fue suficiente para iluminar la literatura regional. Inconforme y rebelde, desafió los convencionalismos sociales y se plantó ante la estética pacata y aletargada con una obra atrevida y profunda.

En 1987 publicó “El ojo de la noche”; en 1994 obtuvo el Premio Latinoamericano de Poesía Koeyú (Caracas) y el Premio de Poesía del Cesar; en el 2006 el poemario Cuartel; en el 2014, el escritor Hernán Vargascarreño editó su “obra reunida” bajo el título “Difícil hablar con las sombras” y, en 2008, la Casa de Poesía Silva le rindió honores.

En este periodo, aun compartiendo la hibridez del periodismo, debuta Mary Daza Orozco (Manaure), ganando en 1986 el concurso de cuento del Instituto de Cultura del Cesar e inscribiéndose como uno de los referentes femeninos obligados en la literatura del departamento. Entre sus novelas se encuentran: ¡Los muertos no se cuentan así! (Plaza y Janés, 1991), “Cuando cante el cuervo azul” (Plaza y Janés,1994), ambas finalistas en el Concurso organizado por dicha editorial; “Cita en el Café La Bolsa” (1998); “Beliza, tu pelo tiene” (2001), finalista en los Premios Nacionales de Cultura, y “Si me olvidas, no sabes lo que te puede pasar” (2020).

La obra de Daza Orozco, aunque también toca temas como el amor y la cotidianidad, está centrada en la necesidad de no dejar perder el testimonio de los marginados y golpeados por la violencia colombiana de los últimos tiempos. Ello se refleja, ante todo, en “¡Los muertos no se cuentan así!”, novela que cuenta el drama de Oceana Cayón, mujer que espera junto a otros sobrevivientes a que el cadáver de su esposo pase flotando por el río de Bahía Rubia, Urabá, después de una cruenta masacre.

Con posterioridad al trabajo de Daza, encontramos una narradora que se arriesga por los mundos de lo policíaco y el misterio: Ledys Jiménez (Valledupar). Esta odontóloga, integrante del Taller literario El Candil, publicó sus primeros textos en la Revista Candil (1986-1991) de Cartagena, ciudad donde inició la escritura del libro Tardes tristes con testigos.

“Tardes tristes con testigos” es un volumen de cuentos que mantiene una impresionante unidad temática, guardando siempre una atmósfera oscura, entre el misterio, la crueldad y la ternura. La presencia constante de la muerte, el juego y el suspenso como instrumentos técnicos, la nostalgia por la partida de seres queridos o de los mismos personajes centrales y una exacerbada presencia de la ficción sobre la realidad, caracterizan el texto de Jiménez quien, según comenta Aníbal Kerguelén, “...obliga al lector a armar el más difícil rompecabezas...”.

Otra autora que comienza a construir su carrera en esta época es María Mercedes González; ganadora del segundo puesto en el Concurso departamental de Poesía del Cesar en 1989 y 1994 y segundo puesto en el Concurso de Poesía inédita Café literario “Vargas Vila” (1991). Su trabajo fue publicado en “Antología poética de autores cesarenses” (1994) y “Antología de cuento y poesía. Escritores del Cesar”.

El final del pasado siglo y los años transcurridos del presente, arrojan más nombres que se han arriesgado a incursionar en la escritura, ayudando a sedimentar la estructura tradicional del establecimiento literario (¿estructura patriarcal?) y a hacer más visible la presencia femenina en nuestras letras:    

Margladys Araujo (San Diego) fue Directora del Instituto de Cultura y Turismo del Cesar y Coordinadora de Cultura del Cesar. Ha publicado los poemarios: Ritual de la nostalgia (1993), El color de la ilusión (1994), Nostalgia en prisión (1999), Huellas de silencio (2005).

Martha Maestre (Valledupar), quien sería ganadora del III Concurso de Poesía convocado por el Café Literario Vargas Vila y en el año 2000 publicó su novela Allá por Valledupar, cuya temática es la descripción y denuncia de una violencia poco tratada: la violencia intrafamiliar.

Edelma Zapata Pérez (La Paz). Esta poetisa, hija del reconocido escritor Manuel Zapata Olivella, logró delinear una carrera propia que abarcó desde el intimismo hasta el canto a los ancestros y el reclamo social más sincero. Hablaba en sus versos, tanto de la “Tierra polvorienta nutrida de sangre” como de “un corazón que late calladamente la pena/ruidosamente el dolor”. Sus trabajos se incluyeron en su libro Ritual con mi sombra (1999) y en múltiples selecciones posteriores, como Antología de mujeres poetas afrocolombianas, Poesía Afro Colombiana. Fallecida en 2010, nos dejó una herencia poética que vale la pena reclamar.

Anna Francisca Rodas (Puerto Mosquito, Gamarra), es otra escritora cesarense que viene creando espacios a nivel nacional. Sus textos han sido incluidos en Antología Internacional de Mujeres Poetas, Poesía Colombiana del Siglo XX escrita por Mujeres; y Como llama que se eleva. Antología de mujeres poetas del Caribe colombiano. De manera individual ha publicado los libros: Obsidianna (2010) y La soledad de las clepsidras (2014). Algunos poemas suyos han sido traducidos al italiano, inglés y rumano. 

Por su parte, Diana López Zuleta (La Paz) ha llegado a revitalizar la tradición periodística del Cesar, con un libro “testimonial” que en 2020 ha sido un suceso a nivel nacional: “Lo que no borró el desierto”; en el que, a través de la descripción de un drama familiar, retrata la crisis moral de nuestra región; generada por el enquistamiento de clanes criminales afincados en el narcotráfico y la corrupción política.

Existen, además, autoras que, aunque no son del departamento, se consideran cesarenses por adopción y han publicado libros en el ámbito local, como Silvia Bentancourt Alliegro (Valle del Cauca) con “Peregrinos del tiempo” y Beatriz Vanegas Athías (Sucre), con el poemario “Abriendo las piernas a la carne”.

Esta breve relación hace evidente que, aunque cuantitativamente la presencia femenina puede ser menor que la masculina, los aportes de nuestras escritoras resultan fundamentales en la evolución de la historia literaria del Cesar. Basta con revisar las temáticas tratadas, los ejercicios formales propuestos y su ascendencia a nivel nacional, que aparece representada en reconocimientos, premios, publicaciones en editoriales o colecciones importantes; campos en los cuales han abierto rutas. Ello, hace necesario que se levante el velo de la invisibilización y se estudie a fondo su papel.    

Cuestiones y conclusiones

Con la ruptura definitiva de las barreras impuestas al rol de la mujer en la cultura cesarense y el aumento de su presencia en el campo literario, no cabe duda de que nuestras letras se han enriquecido, sustancialmente, con nuevas visiones y sensibilidades. Esto, exige una reflexión en torno a la importancia histórica de ciertas obras y nombres que resultan fundamentales para entender cómo se fraguaron, tanto ese quebrantamiento, como el progresivo posicionamiento femenino. Pero también, requiere una disquisición sobre la valía estética de las obras de las escritoras del Cesar, de ayer y de hoy. Sólo ejercicios así, permitirán valorar correctamente el camino recorrido y el horizonte por venir.

En el panorama aparece una constelación: Nury Olivella Tariffa (San Diego), con Los pájaros cantan para mí y Entre brumas de silencio; Yolaida Padilla (San Diego) con El tiempo y el amor; Leonor Arzuaga (San Diego) con Así es el caribe colombiano. Junto a ellas, una serie de figuras destacadas en concursos e incluidas en antologías locales, como: Ketty Figueroa (Valledupar) y Karen Quintero (Río de Oro) en Materialización de lo inasible (poesía); Mariluz Guerra (Valledupar), Nina Marín (Valledupar), Claudia García (Río de Oro) y Sandy Sánchez (Río de Oro) en Desde el cielo, Eykos Clast y otros cuentos; Ninfas Zuleta (Valledupar) y Wendy García (Manaure) en Antología de cuentos ganadores 2009. VI Concurso departamental de Cuento; Angie Rivera (Valledupar) y Lucy López (Valledupar) en Antología de cuentos ganadores 2011.VIII Concurso departamental de Cuento; Jasmine Padilla (Valledupar), Cenaida Alvis, Aurora Montes (Valledupar), Diana Méndez (El Copey) y Diana Rojas (Casacará), en Antología de cuento y poesía. Escritores del Cesar (2017); hijas del departamento, por adopción, como Ariana Molina (Guajira) con Asidos en el destello y Dora Manzano (Bolívar); para citar sólo algunos nombres.

¿Qué podemos esperar de ellas? ¿Recogerán el legado de sus antecesoras, quienes, valientemente, se atrevieron romper el molde social, y perfeccionarán ese ejercicio literario? Este estudio, breve como es, no busca dar tales respuestas. Una vez efectuado el recuento correspondiente sólo pretende soportar, de algún modo, la revisión que ha de hacerse a esta naciente literatura cesarense para que encuentre rutas que la lleven a montes más altos, a alturas más queridas. Sólo a eso aspiramos. Dejamos ahora trozos de pan sobre la piedra, para que alguien, continúe con el rastreo y encuentre el camino deseable. 

 

Luis Mario Araújo Becerra

Abogado, escritor y docente universitario. Autor de los libros “El Asombroso y otros relatos” y “Literatura del Cesar: identidad y memoria” (ensayo).

8 Comentarios


Miguel Barrios Payares 19-08-2020 09:23 AM

Excelente artículo, esclarecedor. Yo anotaría también el nombre de Aurora Montes, una cuentista formidable. Cuentos suyos aparecen en varias de las antologías de los talleres Relata, en la “Antología de cuento y poesía, escritores del Cesar buscan nuevos lectores”, en la “Antología cuento corto Biblioteca Rafael Carrillo Lúquez. XI Premio Concurso Departamental De Cuento Corto” y quien además ganó la más reciente edición (XII) de este concurso de cuento corto que organiza la Corporación Biblioteca Rafael Carrillo Lúquez (el libro aún no ha sido publicado).

Elena Rojas Orozco 19-08-2020 01:31 PM

Este es un ejercicio muy valioso para hacer visible el trabajo de las escritoras del Cesar. Es interesante entender que algunas de ellas, han logrado reconocimiento a nivel nacional, mientras que en su departamento no se les conoce ni se les difunde.

Oscar Alvarado 19-08-2020 09:19 PM

Excelente recorrido literario de Nina Marin tengo la certeza que dejara huella tanto en literatura como en el cine y teatro, como considerando que es una de las figuras y exponentes con trayectoria cinematografica donde aplica Dramaturgia a sus guiones.

Oscar H. Pallares R 19-08-2020 10:26 PM

Aguachica no ha tenido tiempo para dejar brotar a sus mujeres en el campo literario. Tampoco hombres. Es una ciudad muy jóven. Apenas en construcción. En estos momentos varias se destacan en el campo local pero necesitan un empujóncito extrínsico y mucho valor intrinsico.

Luis Barros Pavajeau 20-08-2020 03:00 AM

Bienvenido artículo de Araújo Becerra que rescata estas voces tan frecuentemente olvidadas. Trabajo esencial para reconocer nuestro patrimonio literario.

Alejandro Moreno Arias 23-08-2020 11:54 AM

Buen artículo. Importante porque logra mostrar que en el Cesar hay escritoras valiosas, que han abierto un camino. Buen momento para empezar a conocer sus obras.

Xiomara Mesa 23-08-2020 12:37 PM

Excelente trabajo, visibiliza el trabajo de las pioneras en la literatura que no se han dejado quebrantar por los perjuicios sociales. El empoderamiento de la mujer cesarence a través de la literatura.

Óscar Arcos 24-08-2020 08:12 PM

Artículo iluminador sobre el trajinar literario de las escritoras del Cesar. La buena pluma analítica de Luis Mario!!

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