Patrimonio

Día de muertos y cultura de la resistencia

Verónica Zamora Jiménez y Antonio Ureña

30/10/2019 - 06:20

 

Día de muertos y cultura de la resistencia
Celebración del Día de Muertos en México / Foto: México Desconocido

 

En los últimos artículos publicados en esta columna nos hacíamos eco de, por una parte, el desprecio que sufren los pueblos indígenas; y por otra, su importancia en la lucha por la defensa del medio ambiente o los derechos civiles. Ignorados, despreciados desde que fueron presuntamente descubiertos por la también presunta civilización, han sufrido diversos intentos de exterminio. No nos referimos únicamente a los tiempos de la conquista y la colonia: recordemos en este sentido, por ejemplo, la esterilización forzosa de 200.000 mujeres indígenas de Perú, ordenada por Fujimori entre 1996 y 2000.

A lo largo y ancho de la región, un claro componente racista y aporofóbico busca la invisibilidad de la presencia indígena que, sin embargo, vive en tradiciones, fiestas y ceremoniales, de los cuales cada país se siente orgulloso. ¿Cómo se explica esto? ¿Será ese conflicto ontológico al que nos hemos referido en diferentes ocasiones? ¿Será que el sustrato indígena se ha amalgamado tanto con las otras influencias hegemónicas durante muchos siglos y ahora resulta imposible desligarlo de las mismas sin que dichas tradiciones pierdan su esencia?

El propio título de esta columna –Contrapunteo Cultural- hace alusión al diálogo entre las diversas influencias -ya sean indígenas, coloniales, criollas, afrodescendientes- y el sincretismo entre las mismas; un sincretismo que se da en toda la cultura de la Región. Recordemos la mezcla de influencias en lo musical, por citar un ejemplo. Una mezcla; un sincretismo, que también se puede apreciar en lo religioso.  

Aunque el catolicismo en la Nueva España se impuso a golpe de cruz y de espada, no pudieron borrarse, ni mucho menos, una gran cantidad de sentimientos identitarios ligados a la religiosidad prehispánica que aún permanecen vivos. De esta manera, y en relación al estudio de caso que da título al presente escrito: ¿se puede hablar de la identidad mexicana y sus manifestaciones culturales sin hacer alusión al Día de Muertos, declarada por la UNESCO en 2008, como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad?

El santoral católico oficial reconoce la fecha del 1 de noviembre como el Día de Todos Santos, y el día 2 de este mismo mes, como el Día de los Fieles Difuntos. Mientras el primero sirve para recordar y venerar a todos los mártires anónimos que se convirtieron en santos al morir en defensa de la religión; el segundo, se dedica a elevar oraciones por aquellas almas que dejaron la tierra, pero aún no han logrado llegar al cielo; sirviendo este acto como ayuda para que Dios perdone sus pecados.

En México, sin embargo, los días 1 y 2 de noviembre se llevan a cabo celebraciones relacionadas con el Día de Muertos -que en realidad inician desde el 31 de octubre- con un sentido muy diferente al que la Iglesia católica romana determina para estas fechas.

Con múltiples variantes según las diferentes regiones, en este país tienen lugar prácticas asociadas a una creencia generalizada, cuyas raíces se hunden en el sustrato prehispánico: las almas de los muertos regresan desde el lugar en el cual ahora habitan para convivir al lado de las personas aquí dejadas. Un regreso que tiene lugar en estas fechas y por ello -ya sea en el panteón donde yacen sus restos; ya en las casas donde habitaron en vida; o en ambos- sus familiares y amigos preparan ofrendas para recibirlos.

Angélica; una chica de 22 años, nativa de San Andrés Mixquic -uno de los pueblos originarios de la alcaldía de Tláhuac, en la Ciudad de México- explica:

“El 31 recibimos a las almas de los niños, ese día se les pone agua, sal, pan, fruta, comida; se les ponen juguetes, pues todo lo relacionado a los niños. El día primero los despedimos; nosotros creemos que ese día ellos empiezan su camino y ese mismo día vienen los adultos. A los adultos se les recibe de la misma manera, con incienso, con veladoras, cirios… y durante el transcurso del día se les va poniendo comida; se les van ofreciendo los alimentos o se les va ofreciendo lo que les gustaba antes. Como familia nosotros salimos a la calle, prendemos el incienso y desde ahí los recibimos. Es como estarlos esperando ahí para que entren y recibirlos. Ya cuando entran, hacemos una oración, los recordamos, platicamos con ellos y estamos ahí con ellos. Entonces es el momento en el que sientes que ya llegaron y que ya están contigo; se siente entonces felicidad. El 2 de noviembre a las 12:00 se despide a los adultos y se reúne la gente aquí en el panteón toda la noche, para terminar de despedirlos, de encaminarlos”.

Múltiples investigaciones abordan los orígenes de dicha festividad, coincidiendo varias de ellas en situarlo alrededor de las cosmogonías indígenas existentes en México antes de la implantación de catolicismo durante la conquista española. En el presente artículo nos centraremos en una de las culturas con mayor grado de relevancia para la conformación de la identidad del México de hoy; si bien, su visión en torno a la muerte es mucho más compleja que lo que desde aquí pudiera abordarse. Hablamos de la cultura mexica.

Según la creencia mexica, cuando alguien moría por muerte natural, emprendía un viaje al Mictlán (lugar de los muertos), por lo que se hacía necesario brindarle, a modo de ofrenda, todos los elementos necesarios para enfrentar con éxito dicho trance: comida, agua, armas para hacer frente a los peligros latentes, etc. Estas ofrendas se realizaban durante los 4 días después del fallecimiento, colocándolas sobre el lugar donde yacían sus restos. Aquellas se repetían a los 80 días y cada año, durante los 4 años que, se suponía, duraba el viaje al Mictlán. Después no volvía a haber contacto con el difunto.

Además, se tienen registros de unas 6 fiestas mexicas vinculadas con la muerte. La más semejante a lo que hoy es el Día de Muertos se realizaba del 20 de octubre al 8 de noviembre, donde “teas” o antorchas, “saetas” o flechas, junto a comida tradicional como tamales, eran colocadas sobre las sepulturas ( ver Rodríguez: Usos y costumbres funerarias en la Nueva España, 2001)

En otra línea de investigación, hay quienes distinguen en esta tradición del Día de Muertos, una fusión con algunas prácticas implantadas por los evangelizadores españoles, particularmente relacionadas con el Día de Todos Santos. Dicha celebración católica tiene su origen en la Edad Media, cuando las reliquias de los santos mártires del cristianismo comenzaron a adorarse por considerar que tenían facultades redentoras. La fecha que la Iglesia determinó para esta adoración es coincidente con las fechas durante las cuales, en el México prehispánico se realizaban cultos a la muerte. Ello facilitó el sincretismo.

Como dice Elsa Malvido (La festividad de todos santos, fieles difuntos y su altar de muertos en México, 2004), la corona española implantó la costumbre de consumir por esas fechas, dulces y panes con forma de reliquias, que previamente se llevaban a bendecir a las iglesias, y se colocaban en un altar en las casas para rendirles culto y pedirles favores. Tal vez, por ello, en las ofrendas del Día de Muertos en México, se colocan las llamadas “calaveritas” que son representaciones -en azúcar, chocolate o amaranto- de cráneos o bien panes que representan esqueletos; es decir: reliquias, lo que parece ser una herencia de la Colonia.

A pesar de la indudable influencia católica, su esencia corresponde más a la cosmovisión prehispánica, manifestándose con mayor intensidad en comunidades indígenas. Incluso, a nivel nacional, puede constatarse la anulación de las festividades católicas de Todos los Santos y los Fieles Difuntos a favor del Día de Muertos, siendo esta última la que realmente forma parte del imaginario colectivo; constituyendo, por ello, un aspecto identitario de mexicanos y mexicanas.

En el Día de Muertos encontramos una transgresión de las fronteras simbólicas entre la vida y la muerte; unas fronteras que la religión católica plantea como inamovibles, residiendo en esta la separación radical una buena parte de su estrategia de control de masas. Si la cultura de la resistencia es cultura de la transgresión, la trasgresión de fronteras simbólicas entre la vida y la muerte - que podemos encontrar en esta celebración del Día de Muertos-, es una manifestación de resistencia indígena en lo cultural y lo religioso, con pleno sentido identitario tanto para México, según hemos afirmado, como para la región, donde se celebran diferentes rituales, también con raíces prehispánicas, que buscan perpetuar la relación con sus antepasados difuntos.

 

Verónica Zamora Jiménez[i] y Antonio Ureña

 

[i] Verónica Zamora Jiménez, es Licenciada en Psicología por la Universidad Nacional Autónoma de México. Estudiosa en temas de religión, muerte y expresiones indígenas, con un enfoque de antropología social y cultural.

 

Sobre el autor

Antonio Ureña García

Antonio Ureña García

Contrapunteo cultural

Antonio Ureña García (Madrid, España). Doctor (PHD) en Filosofía y Ciencias de la Educación; Licenciado en Historia y Profesor de Música. Como Investigador en Ciencias Sociales es especialista en Latinoamérica, región donde ha realizado diversos trabajos de investigación así como actividades de Cooperación para el Desarrollo, siendo distinguido por este motivo con la Orden General José Antonio Páez en su Primera Categoría (Venezuela). En su columna “Contrapunteo Cultural” persigue hacer una reflexión sobre la cultura y la sociedad latinoamericanas desde una perspectiva antropológica.

2 Comentarios


Teresa turegano 31-10-2019 05:44 AM

Buenos días en este día, muy interesante vuestro artículo, lleno d informaciones sobre esta festividad q tiene celebraciones d diferentes matices. Conocer con más exactitud la relacionada con México me parece muy adecuado e ilustrador justo en este día . Gracias a los dos por ello

Rosalba González 03-11-2019 12:09 AM

Gracias por deleitarnos con ese gran artículo. Nuestro culto a la muerte tiene una variedad infinita de símbolos prehispánicos entretejidos con la religión católica y grandes vestigios de nuestra conquista. El mexicano se rie de la muerte pero a su vez la trata con infinito respeto y cortesía . La presencia de las catrinas , las Calaberitas ( versos dedicados a personajes famosos llenos de crítica y burla) contrastan con la espiritualidad de los altares , los cuales están llenos de simbolos como la sal, los espejos , el incienso y las flores de Xempazuchitl que acompañarán a nuestros muertos a su destino después de su visita anual. Gracias por compartir con nosotros ese tan interesante artículo y felicidades.

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