Obra El árbol de mirada celeste de Yarime Lobo Baute

 

Era una mañana que, aunque distante, coqueteaba con el punto medio del día cuando me dirigía a un lugar paralelo al Rio Guatapurí. Ese espacio, que imaginariamente limitaba dos mundos, es una línea invisible que se diluye cuando ves más allá de la mirada y lo observas con los ojos de Leandro.

De un costado, enclavada en una esquina, se levanta una vivienda de techos colorados y muros blancos cual los tiempos de colonia. Ese lugar de dos pisos resguardó en su tiempo a una Cacica que rompió los esquemas sociales que limitaban a un reducido espacio la voz de aquellos que en cuatro vientos vallenatos dejaban al alma hacerse sentir.

La creencia inquebrantable de esta mujer permitió que terminaran saliendo del ostracismo para ser un coro de voces y acordeones al que le llaman “Festival de la Leyenda Vallenata”, en el que todos se vuelven unísono y ya no deleitan un puñado sino un arsenal de seres que se dan cita año tras año sin cesar.

Al frente de la Cacica, se levantan gigantes columnas que parecieran una institución de gobierno, es la morada de la viuda de ese patriarca bravío y sensible que nombraban “Pepe”, tuve la dicha de compartir con él en los días del conteo regresivo, allí estaba, apagándose el templo de su espíritu en una silla de ruedas, pero al mirarlo a los ojos se activaba esa alma de niño que se hacía audible en una voz ya no bravía. Era un tono que emanaba la luz propia de quien le dio la vuelta completa a las manecillas del reloj y vive apaciblemente sus extras. Con los ojos mojados por el sentimiento me contaba su manera autodidacta de acceder al conocimiento para hacer de su voz un eco que le sobrevive multiplicado en su descendencia.  Bajando hacia los límites de la línea como palomera se levanta un espacio donde vive la viuda de un visionario letrado irreverente que en vida se hacía llamar Clemente.

Siguiendo la ruta y, cuando menos lo espero, ya estoy al otro costado para encontrarme con la vivienda de un hombre revolucionario que nunca permitió que su voz fuese acallada, aquel de tez morena que todas las mañanas solía zambullirse en el rio frio cual si fuera el elixir que mantenía  su voz encendida, ese que se atrevió a decir con mucha anticipación que este territorio sería una Sorpresa en el Caribe, el que a la vuelta de la esquina tuviera un lugar de plana fachada que aún persiste donde hacía sentir su pensamiento como si saliera de la boca de un árbol seco que se hace radiante cuando se acerca al mes de Abril: La Voz del Cañahuate.

Al lado de donde no se apaga la voz, la vivienda de ella, la Matrona Abigail, la hermana y madre de los sobrinos de Escalona, los que mantienen audible la leyenda, el sentimiento y la hazaña de hacer de la vida un canto donde las voces se hacen una sola prosa de la mano de dos hermanos de nombre Estellita y Santander, los sobrinos de Rafael. Y no pararía de escribir la magia que se esconde en cada espacio que se ve más allá de lo aparente, pero hay que seguir.

Y así, siguiendo la ruta llego a ese espacio grande que llaman Parque, el Parque Novalito que es el punto en el medio donde dicen hace un tiempo un muchacho al que llamaban “Lito” insistentemente solía decir que “NO-VA, Lito NO VA”, pero ¿a dónde no iba Lito? A ese otro lado que en otrora era un monte y estaba “cundío” de hojas aterciopeladas de nombre Pringamoza, cuentos van, cuentos vienen. 

Lo cierto aquí es que me hallaba allí donde una vez la artista Edith levantara una escultura para honrar a las lavanderas que en los tiempos de antaño bajaban al rio a lavar la ropa de los suyos y los de otros cuando se necesita producir para el sustento de los propios, ese espacio dejaba ver una panorámica y al fondo la silueta de un trio de casas, en la esquina la de un hombre cuyo apellido exaltaba las aves. ¿Su nombre? Damaso, pero ni él, ni su amada Elvira están ahí. Suele estar su hija, una mujer que recoge el tono de la mirada de esa parentela que exalta la estirpe de las aves de tonos esperanza, al lado el genio de las cuerdas, ése que las toca y hechiza al que le escucha, le dicen Hugues, tiene pinta de guardián, resguarda la magia de las cuerdas y es el faro de la cuadra, al frente de su casa su gigante camioneta de los años maravillosos de un tono cielo cual antesala a lo que existe contiguo a su casa. Allí, al lado se erige un árbol que da sombra a una casa similar a las otras dos, tras su puerta de entrada un cúmulo de sorpresas que para saberlas tenía que entrar.

Toqué y la puerta se abrió, ya antes había estado allí, pero esta vez era diferente, todo era igual pero distinto. Esta vez sentí que recorría un árbol, un gran árbol que me recibía a través de una de sus ramas, observaba las formas de reparto de esa rama, era claro que de ella se desprendieron tonalidades hecha letras cual música de acordeones y aunque la rama duerme ante los ojos de este plano, ella sigue ahí, alimentada por la savia del gran árbol, continuo caminando hacia el fondo y no pude evitar percibir el nacimiento de más ramas, unas en lo alto que se extendieron a partir de la rama primera, igual seguí ávida por ver el corazón y me esperaba ella, la esencia y soporte del árbol, con una diáfana mirada de tonos celestes.

Me alargaba su mano afable e invitaba a sentarme junto a una mesa que albergaba cantidades innumerables de fotografías que simulaban el follaje del gran árbol. Comenzaba la aventura de adentrarme en su Diario de Vida, el de una Matrona apacible y sencilla de nombre Sara, de apellido Maestre Acosta, soporte y base que garantizó que  la voz del acontecer vallenato se hiciera audible en letras por más de dos décadas. Es Sarita la mamá de Lolita, quien se identifica como Sara Maestre de Acosta a la que de cariño le dicen “Sai”. Ella es ese árbol, quien a toda costa soportó los sueños del retoño quien fuese en vida su viva estampa pero en tonalidades canela y profundos ojos negros con luceros brillantes que parecieran iluminar cualquier oscura noche.

Era increíble ver el tiempo pasar y a su vez congelado en fotos del diario vivir de Sarita a través del diario hacer de su hija Lolita. De repente, se detuvo el recorrido y Sai me condujo a otro lado de la casa, esta vez donde estaba lo que para ella equivale a la joya de la corona: Todas las voces vallenatas que fueron audibles por 20 años condensadas en periódicos de encabezado rojo vivo que citaba “Diario” en mayúscula y  “Vallenato” en negro minúscula, acopiados en estricto orden cronológico en grandes tomos que asemejan a los frutos en estantería, los frutos de una empresa familiar soportados en la Gerencia de una Madre que creyó y sostuvo administrativa y financieramente el emprendimiento y la dirección de una hija que a todas luces sabía que la voz escrita, impresa y circulada era la manera más segura de hacer de las voces del acontecer un asunto de incumbencia y responsabilidad de todos.

La mañana y el medio día por fin se encontraron, era hora de partir, Sarita me miraba y me decía: Puedes venir y estar las veces que quieras y necesites mirar lo que guardo en esos tomos. Me causó ternura y el sentimiento que produce estar sentado al lado de un árbol que crece al costado del rio. Me levanté y agradecí tan noble gesto, me acompañó lentamente hasta la puerta y mientras lo hacía no podía evitar sentirme privilegiada al poder recorrer el interior de ese árbol de la mano de una guerrera mujer de profunda y mágica mirada celeste.

Esta columna es mi sencillo homenaje a la vida de Sara Maestre de Acosta, viva estampa de esos liderazgos femeninos que silenciosos soportan y dan cobijo como los arboles al tejido de la sociedad: La Familia.

 

Yarime Lobo Baute

@YarimeLobo

Obras son amores
Yarime Lobo Baute

Soy la que soy: Mujer, Artista desde mi esencia, Arquitecta de profesión, Fotógrafa aficionada, Escritora desde el corazón y Emprendedora por convicción. Una convencida de que la OBRA está más allá de los cementos, son cimientos que se estructuran desde el SER, se traducen en el HACER y traen como consecuencia un mejor TENER.

Las OBRAS son esos AMORES intangibles y tangibles que están por encima de las mil y una razones.

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