Germán Piedrahíta

“Experimentando con la expresión”. Así es cómo definiría el pintor y docente Germán Piedrahita las obras que expuso en la sala de exposiciones de la Alianza Francesa. En ellas no faltan los elementos representativos de la ciudad de Valledupar: el acordeón, la guacharaca, el poporo, e incluso la mochila. También destacan el verde intenso de la sierra, el sol radiante de la costa, el blanco de la indumentaria indígena o el relieve de los instrumentos típicos. Pero más que ese cóctel de sensaciones, nos llama la atención la importancia de la actualidad en cada uno de sus cuadros.

Germán Piedrahita es un artista comprometido que incorpora en su obra las problemáticas más importantes que ha conocido la ciudad de Valledupar. “Me encierro en lo local pero trato de dar un rostro moderno o universal a mi obra”, nos explica Germán con un rostro pensativo. Así pues, la violencia es uno de esos ejes destacables que el artista recoge con la sensibilidad y la técnica que lo caracterizan. No faltan las referencias a otros pintores conocidos (como Picasso) pero todas ellas se mezclan con su lenguaje propio.

“La violencia se repite en todas las sociedades ––sostiene Germán Piedrahita––. Cuando Picasso nos muestra la violencia en Guernica también nosotros la conocimos acá”. No obstante, esa violencia que retrata el pintor no sólo es humana. También destaca la violencia impuesta al medio ambiente. Una de sus obras más llamativas ––“El hueco negro”–– hace referencia al desastre natural que supone la minería para la región del Cesar.

Aquí el negro del carbón se impone sobre las hojas de los árboles. La amenaza crece como una mancha incómoda e imparable. Y esa sombra oscura que gana espacio en el territorio cesarénse no es una sombra cualquiera. “En la realidad, ese hueco negro que tenemos en el Valle equivale a cuatro veces el tamaño de la ciudad de Bogotá”, subraya el artista.

Germán PiedrahítaEl arte puede ser estético pero también revelador. Informativo o denunciador. Nos lo demuestra Germán Piedrahita con un tono conmovido y consciente, como si cada golpe propinado al patrimonio natural del Cesar lo padeciera él personalmente. “En Valledupar no se siente todo eso… La ciudad en sí no se ha visto directamente afectada por el drama ecológico que conoce la región”.

Esa es una de las realidades que más nos interpelan mientras conversamos con Germán. La vida en Valledupar sigue relativamente tranquila y cómoda, serena y alegre, y sin embargo, su periferia está conociendo uno de los cambios más importantes de los últimos tiempos. La paz de los palos de mango o de corozo en las avenidas de la ciudad impide entender el horror que conocen otros páramos alterados por la industria minera.

De esta manera, descubrimos otra faceta interesante del pintor Germán Piedrahita: la de vocero concienzudo o de cronista plástico, y en nuestra mente resuena una pregunta que el artista ha formulado unos minutos antes en un momento de reflexión: ¿Cómo puede entender un niño de Valledupar que la naturaleza se está acabando si sigue viendo árboles en la calle?

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