Pocas son las casas que en pleno mes de diciembre carecen de un árbol de Navidad. Sea natural o artificial, el árbol se ha convertido en uno de los mayores símbolos de las fiestas de fin de año. es el lugar en el que convergen todas las miradas.

En el árbol se colocan las bolas decorativas, calcetines, luces y otros adornos que dan vida a la casa. Debajo de él se ubican los regalos que alegran la Noche buena. Pero, ¿de dónde viene esa tradición tan extendida por el mundo occidental?

Como suele ocurrir a lo largo de la historia cristiana, muchas de las celebraciones son el fruto de un largo proceso de integración costumbres paganas ajenas al rito cristiano/católico. El árbol de Navidad se integra en esta óptica de asimilación.

La tradición del árbol -tal y como lo conocemos hoy- surge en la región de Alemania y otros países colindantes del norte europeo. Los primeros documentos que lo mencionan claramente datan del siglo XVII en la región germánica de Alsacia (actual Francia). También se tiene indicios de en el siglo XVI, en los países escandinavos, las familias empiezan a reunirse en torno a un árbol de Navidad. Los niños eran llevados a pasear el día 24 y a su regreso se encontraban con un árbol decorado. Esto abría la festividad de Navidad.

Sin embargo, hemos de mirar las creencias locales, para descubrir la relación de la Navidad con el árbol. En la cultura celta se empleaban tradicionalmente árboles para representar a varios Dioses. También coincide la Navidad cristiana con el nacimiento de Frey, el dios del Sol y la fertilidad en los ritos celtas, fecha en la que se adornaba un árbol. Ese árbol se llamaba Divino Idrasil (Árbol del Universo), y en su copa se hallaba el cielo y en las raíces profundas se encontraba el infierno.

Una leyenda del siglo VII cuenta que San Bonifacio evangelizador de Alemania entendió que era imposible erradicar esa tradición pagana y decidió adaptarla dándole un sentido cristiano. De esta manera cortó con un hacha un roble que representaba a Odín y en su lugar plantó un pino, que por ser perenne simbolizaba el amor de Dios, adornándolo con manzanas y velas. Las manzanas representaban el pecado original y las velas, la luz de Jesucristo.

En el siglo XVIII los soberanos de los países escandinavos llevaron la costumbre del árbol hasta Gran Bretaña.  George III, coronado Rey de Inglaterra en 1762, junto con su esposa alemana, adornaron por primera vez oficialmente su casa con un árbol doméstico. Medio siglo después la sociedad inglesa integraba este rito a sus celebraciones.

 

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