Acariciar como se acaricia un instrumento. Templando las cuerdas con extrema precisión. Buscando la tensión exacta y no solo para lograr el sonido más afinado. Apretar las clavijas más de la cuenta, acariciar con demasiada intensidad, puede suponer que pierda esa calidad original que garantiza la pureza de su sonido; puede hacer que la piel se sienta rápidamente invadida,   perdiéndose el montón de sensaciones que se generarán al despertarla, a recorrerla despacio, centímetro a centímetro.

Para lograr una correcta afinación es necesario escuchar el sonido producido por cada cambio de tensión, de la misma manera que es necesario escuchar, estar atento a las reacciones que los dedos producen al rozar la piel y lograr que las mismas se conviertan en sensaciones compartidas. Una vez lograda la tensión adecuada con las clavijas, es necesario pulsar la cuerda con la yema de los dedos con la presión justa. Una presión excesiva puede generar un sonido duro y hasta desagradable. De la misma forma, una presión demasiado suave puede ocasionar que la cuerda vibre de manera indeseada produciendo un sonido oscuro.

Esa misma debe ser la forma de acariciar: con la yema de los dedos; con la presión exacta para que la piel sienta los caminos trazados como senderos de montaña o constelaciones y respondan erizándose a su paso. Unas caricias demasiado suaves pueden dejar una carencia de sensaciones, y demasiado intensas puede robar la magia del contacto. Al Igual que las cuerdas de un instrumento vibran, así debe vibra la piel: en unidad con los dedos que las pulsan o que la acarician.

Solo un instrumento así afinado, solo una piel tratada con esa delicadeza, responderá primero en los pasajes más suaves y en las notas más largas y tenidas, como después lo hará en los pasajes más audaces donde la velocidad y la intensidad de la pulsación sean mayores. Sólo una piel así sensibilizada responderá a caricias más intensas en las que el deseo comienza  a hacer su aparición para buscar nuevas sensaciones.

Solo empleando la misma sutileza con la que se afina un instrumento, se puede lograr que una piel responda a una sinfonía de caricias que van desde la delicadeza más sutil a la generada por la pasión desbordada donde manos, cuerpos, pieles y sobre todo pensamientos, vibran al unísono, sintiendo una fusión mutua: la misma que alcanza el músico y su instrumento.

 

Antonio Ureña García 

 

Contrapunteo cultural
Antonio Ureña García

Antonio Ureña García (Madrid, España). Doctor (PHD) en Filosofía y Ciencias de la Educación; Licenciado en Historia y Profesor de Música. Como Investigador en Ciencias Sociales es especialista en Latinoamérica, región donde ha realizado diversos trabajos de investigación así como actividades de Cooperación para el Desarrollo, siendo distinguido por este motivo con la Orden General José Antonio Páez en su Primera Categoría (Venezuela). En su columna “Contrapunteo Cultural” persigue hacer una reflexión sobre la cultura y la sociedad latinoamericanas desde una perspectiva antropológica.

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