Sheila GualPoco a poco, la capital del Cesar se abre a nuevos ritmos y horizontes. Es una apertura lenta, pero segura. Espacios con ofertas atípicas invitan a descubrir maravillas desconocidas del patrimonio universal y entretenerse de un modo distinto.

El caso de Sheila Gual es particularmente interesante. Esta joven bailarina ha introducido con éxito el arte de la danza árabe en el corazón de algunas instituciones regionales como la gobernación y ciertos colegios.

Aunque su academia –El arte de bailar– es el centro de esta “revolución” bailable, ella se ausenta algunas horas por las tardes para dar clases a grupos de trabajadores. Aparece rutilante,  con un bolso en la mano lleno de artefactos venidos de Medio y Extremo oriente. Entre ellos, destacan unas velas, cinturones árabes con lentejuelas que producen un ruido a cada movimiento y unas pegatinas que se ubican entre ceja y ceja (al modo hindú).

En esta ocasión, el grupo se conforma de mujeres de variadas edades que trabajan en la gobernación. Todas ellas acuden con puntualidad, intercambian algunas anécdotas de las sesiones anteriores y, sin perder un instante, se ciñen el cinturón que Sheila les entrega.

La música oriental empieza a calentar la atmósfera. Primero con un compas sosegado, para relajar y distender el cuerpo. Es el momento para estirar los músculos y tomar consciencia de su cuerpo.

Luego, el ritmo se acelera y Sheila añade nuevas posturas que requieren más esfuerzo. En todo momento, ella da las indicaciones para respirar y con una sonrisa motiva a las integrantes del grupo a seguir.

Sheila va creando figuras con su cuerpo. Sus movimientos sensuales y dinámicos a la vez impregnan la sala de un aire acogedor. Juega con su cabello, mueve su cuello, y todo el cuerpo con la elasticidad que inspira oriente, antes de invitar las mujeres a ser más expresivas, más sonrientes y coquetas. “¡Anímense, chicas!”, expresa ella. Evidentemente, la danza árabe puede ser una forma de cultivar el cuerpo y la autoestima.

Cuando le preguntamos cómo descubrió la danza árabe, Sheila sonríe y mira hacia arriba buscando en sus recuerdos. “Desde niña siempre me ha gustado la parte oriental –comenta–, algo diferente a mi tierra, a mi ciudad. Conocer el mundo. Cuando veía a las bailarinas en televisión, bailándole a los dioses y a los reyes, yo siempre visioné que, en algún momento, acabaría aprendiendo eso”.

Siendo mayor, tuvo la suerte de viajar a Bogotá y conocer algunas de las maestras de la danza árabe a nivel internacional. Entre ellas, varias habían concursado en competiciones en Egipto y se habían impuesto frente a mujeres orientales. El gusto por esa danza misteriosa se le pegó y con ella descubrió también un modo de vida.

“La danza en general, y especialmente la danza árabe, te retribuye el alma y el espíritu –comenta Sheila–. Te vuelve más joven, más bella, te activas psicológicamente y físicamente”.

Según Sheila, la danza árabe fue creada especialmente para facilitar el parto, para que las mujeres prepararan su estómago, su abdomen, su vientre, y que en el momento crucial, no sintieran dolor.  “Al ver los movimientos que las mujeres hacían –añade Sheila–, se fue desarrollando también un ritual alrededor de este baile para pedir ciertas cosas a Dios y para seducir al hombre”.

Si es cierto que la danza árabe está ganando cada vez más adeptos en Colombia, Sheila puntualiza. Lo que se ve por estas tierras debería llamarse “belly dance” (o danza del vientre), es decir la fusión de la danza tribal con otros bailes modernos. “Eso es lo que han popularizado artistas como Beyoncé o Shakira mezclando cumbia, merengue, hip-hop”, manifiesta Sheila.

La danza árabe tiene muchas ventajas. Ayuda a mejorar la condición física, pero también a controlar la respiración y las emociones, a liberar la tensión, a consolidar la autoestima. “Aconsejo esta danza para la que va a parir, la que se va a casar, la que está enamorando –exclama Sheila–. Es una danza que enamora: enamora la mujer y hace que la mujer enamore con más facilidad. Es preciso quererse a uno mismo para que los demás nos quieran”.

La clase llega a su fin y las participantes se esmeran en hacer su último ejercicio: una serie de estiramientos acompañados con una música más suave. Las sonrisas se visten de repente de una satisfacción por haber logrado seguir el ritmo de la profesora y también haber conocido otros ritmos.

Al finalizar esta entrevista, Sheila se despide con una frase que tanto le gusta recordar: “No sólo somos  caja, guacharaca y acordeón. También podemos conocer otras culturas”.

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