Ocio y sociedad

Moisés Perea y sus recuerdos insólitos de Semana Santa

Redacción

04/04/2012 - 11:00

 

Moisés Perea en la Casa de la Cultura“¿Cómo eran las celebraciones de mi valle?”, se exclama Moisés Perea. El cuentero pronuncia la pregunta en voz alta, para que todo el mundo la oiga, y con una expresión elocuente, casi histriónica, cautiva en un solo instante al público reunido en la Casa de la Cultura.

Después de posicionarse estratégicamente en la sala, de dirigir una mirada reflexiva al techo, el hombre busca sus palabras e inicia su relato: “Yo recuerdo, con ese gusto vallenato, que personas de todas las edades se reunían en el Estado de Salud con el fin de ser sanados”.

Luego describe un desfile de personas que acudían a las primeras procesiones y exponían bellísimos atuendos. Esas vestimentas eran especialmente dedicadas a la Semana Santa y se guardaban recelosamente después de cada fiesta.

“Las mujeres lucían cabellos exquisítos y caminaban con calma”, comenta Moisés. Detrás iban niños y mayores de todos los estratos, animales y carritos, siguiendo la imagen endiosada del Santo. Los hombres vestían de blanco mientras que las mujeres adoptaban colores más sobrios como el gris o el negro.

Valledupar contaba sólo con dos órdenes cristianas, sostiene el señor Perea: la orden de los Nazarenos y la del Santísimo. Esta última orden se caracterizaba por solo incluir a caballeros.

“En la misa del Santísimo, los hombres aguantaban más de tres horas de sermón”, expone Moisés antes de describir la rutina: se levantaban, se sentaban, se levantaban, se sentaban, en un ejercicio que recuerda las genuflexiones de los actuales futbolistas.

Moisés insiste. A esa misa sólo podían acceder los caballeros y los hijos de los caballeros. No se contemplaba la posibilidad de que otras personas entraran en ese círculo cerrado. “Nunca se supo lo que se decía en esa mesa ––comenta Moisés Perea––. Y esa misa la llamaron Minerva”.

Más allá del acto religioso, la gente disfrutaba de la gastronomía. “Comíamos pescao´ de tal manera que uno quedaba lleno. Además, el mujeriego estaba suspendido. No había ni carne de un tipo ni carne de otro. Nada hasta el lunes santo…”

El cuentero explica que, con el paso del tiempo, las fiestas han ido perdiendo esa envoltura de fantasía, devoción y sabiduría que las caracterizaban. La Semana Santa sigue siendo un momento mágico y esencial en la vida local, pero su peso y las expectativas en torno a ella ya no son las mismas.

“Ojalá cada uno de ustedes que componen las edades de esta ciudad vuelvan a ver más Semanas Santas”.

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