Escena de Nosferatu, el vampiro (1922), de F.W. Murnau

 

Desde la prehistoria el hombre se ha visto impulsado a representar sus miedos por medio del arte, tal vez como una forma de hacer que éstos sean conmensurables y así poder afrontarlos: lo representado es poseído y, por tanto, puede ser vencido.

Con el tiempo, esta íntima relación --que encontramos ya en la pintura rupestre y en los rituales de caza del hombre prehistórico--, se convierte en una fuente de placer y en una simple válvula de escape. La tradición comienza en la literatura pero el cine la adopta desde sus comienzos, desde las primeras proyecciones de la linterna mágica, las cuales tenían como objeto asustar al público de circos, ferias y espectáculos de magia.

Con su asombroso realismo el cinematógrafo provocaba en el público efectos insólitos: magos e ilusionistas (como Houdini) lo explotaron, proyectando imágenes de fantasmas en cementerios solitarios, para terrorífico deleite del público. A la nueva creación se le atribuían propiedades mágicas: la capacidad de devolver a la vida las almas de los muertos. 

Los primeros ejemplos de terror cinematográfico surgen con el expresionismo alemán, como fruto de las inquietudes sociopolíticas de la Alemania de posguerra. Tras “El estudiante de Praga” (1913), de Stellan Rye, filme de acendrado goticismo, llegó a las pantallas El gabinete del doctor Caligari (1919), de Robert Wienne, filme en el que un manicomio regido por un sabio enloquecido escenificaba el drama de la sociedad germana, con las duras condiciones impuestas por las potencias vencedoras en la Primera Guerra Mundial situada literalmente al borde del abismo.

Más acorde con la tradición literaria alemana, El Golem (1920), de Paul Wegener y Karl Boese, ofreció un primer ejemplo de vida artificial, aunque en este caso no era un científico, sino un sortilegio cabalístico, el desencadenante de la animación de ese monstruo de barro. Igualmente inquietante era el vampiro protagonista de Nosferatu, el vampiro (1922), de F.W. Murnau, inspirado (sin reconocerlo), en la magnífica novela Drácula de la inglesa Bram Stoker. Este filme mostraba, entre claroscuros, el drama de un alma en pena condenada a vivir con la sangre de los que fueron sus semejantes. 

Por su parte, también el cine de terror estadounidense se dejó guiar por la inspiración literaria, pero con una mayor inclinación al melodrama. Si la posguerra pobló Europa de soldados maltrechos, con el rostro destruido por la metralla, el cine norteamericano se encargó de poblar las pantallas con románticos y sufrientes monstruos destinados siempre a la fatalidad. Así la doble personalidad del doctor Jekyll era el tema central de El hombre y la bestia (1920), de John Stuart Robertson, filme en el que finalmente se castigaba el atrevimiento del científico por liberar sus impulsos animales. En El fantasma de la ópera (1925), de Rupert Julian, un melómano, cuyo rostro está corroído por el ácido, muere por el amor de una soprano.

Consolidación del género: El terror clásico

El género de terror, tal como lo conocemos hoy, se inicia en la Universal con Drácula (1930), de Tod Browning, película que se vio muy afectada por su origen escénico (procedía no de la novela de Bram Stoker, sino de una pieza teatral inspirada en esa obra) y por una puesta en escena torpe. Pero la novedad del vampiro y la presencia de Bela Lugosi le aseguraron el éxito, por lo que reincidió con Frankenstein (directamente adaptado de la novela de Mary Shelley), que hizo de Boris Karloff uno de los iconos más memorables de la historia del cine. 

Pero ya La hija de Drácula (1936) sugiere el agotamiento del género. Entre 1937 y 1938 ninguno de los grandes estudios norteamericanos (Metro Golding Meyer, Universal, United Artist, Warner…) distribuyen películas de terror. Sin embargo, en 1939 la Universal resucita a Frankenstein en La sombra de Frankenstein, película que es más un canto de cisne que un nuevo principio. 

 

Norma Cabrera Macías y María Carmen Iribarren Gil  

Acerca de esta publicación: El artículo “Primeras manifestaciones del Cine de terror” hace parte de un estudio más amplio sobre el cine universal titulado “Evolución del género de terror en el cine”, escrito por Norma Cabrera Macías y María Carmen Iribarren Gil.

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